Archivo mensual: abril 2008

Blogobundos

En el último mes he tenido sorpresas gratas con mis amigos: cuando camino por la universidad o por la biblioteca Luis Ángel Arango, y me encuentro a algún conocido este me pregunta por las votaciones en “Blogobundos” o me hace algún comentario sobre algún post. Este prodigio se lo debo a participar en el concurso de marras.

Cuando me inscribí a este torneo no pensé pararle muchas bolas, lo confieso. Después que Raúl me dijo que había sido seleccionado y que empezaban las votaciones me dije: “hombre, mande algunas invitaciones para que conozcan el blog y de paso dígales que voten por usted en el certamen”. Y así lo hice. Envíe una centena de correos a conocidos y a desconocidos. El resultado, si ustedes lo recuerdan, fue maravilloso. De estar en la cola ascendí a los primeros puestos. En estos he estado (y al parecer estaré) hasta el final. Al término de la semana ante pasada decidí colgar publicidad en el muro de los grupos de Facebook a los que estoy asociado. El conteo creció de nuevo y con él el júbilo de este humilde servidor. El viernes de la semana pasada, por último, envíe correos a mis amigos más cercanos vía Facebook y a los asociados de los grupos de los que soy administrador o creador. Estos correos obraron tres prodigios: subir vertiginosamente el número de votos, recibir una centena de correos en los que me informaban que se solidarizaban con la causa o que, simple y llanamente, habían votado y, como les dije al comienzo, que todos mis amigos conocieron mi blog. Este último es, por supuesto, el más importante de todos.

Claro que no todo fue miel y leche: también hubo detalles feos. El júbilo y la alegría se vieron opacados por la guerra verbal que sostuvieron algunos señores que decidieron, sin permiso de Sergio ni mío, “defendernos” con improperios y frases bajas. Estos, afortunadamente, cesaron el domingo su verborrea gracias a que Sergio y yo los instamos a que interrumpieran sus prácticas.

En las postrimerías del certamen sólo me resta agradecerles a cada uno de las señoras y los señores que votaron por mí; gracias a ustedes recaude más de medio millar de votos, lo cual es, a todas luces, un gran triunfo.

Sólo nos resta esperar los resultados del conteo de votos…

Bueno no tanto así; si usted no ha votado por mí y quiere hacerlo tiene hasta el medio día de hoy. Hacerlo es muy sencillo: entre a Vagabundos V.I.P. Busque en la columna de la derecha Con Vocación de Espina (Séptimo en la lista); pique en el circulito que está a la izquierda del nombre; pique abajo en votar y listo. ¡Ah! No se le olvide que sólo puede votar una vez.

4 comentarios

Archivado bajo General

Sobre el sexo y el ocaso del tiempo

Venía pensando en el bus sobre el ocaso del tiempo. Después de unos minutos de reflexión concluí que los sueños no son los únicos que se desploman: el sexo, con toda su irreverencia, también dobla la testa al paso de los años.

Si no me creen piensen cómo ha cambiado su conducta sexual.

Antes uno complementaba el sexo con Rock a todo volumen en el carro que le prestaba el papá; ahora pone música Barroca o, si uno se siente impetuoso, coloca la quinta sinfonía de Mahler. Ahora se hace el amor bajo la luz de velas; antes se hacía en la oscuridad del garaje o en las penumbras de un parque. Ahora se adereza el sexo con vino importado, antes se aliñaba la fajina con Moscato Passito. Ahora no podemos hacer el amor si no hay debajo sábanas de seda o, si se es un poco lobo, de satín; antes se colocaba hojas de cuaderno, de periódico, o simplemente se echaba sobre el piso sin importarle la arrastrada. Las sábanas ahora deben oler a perfume de sándalo; antes, si se estaba en tierra caliente, se ambientaba el sexo con perfume de sandalia. Ahora, cuando termina el sexo, uno mira a su pareja a los ojos y le dice: “bañémonos juntos”; antes uno la miraba a los ojos y le decía con voz entrecortada: “páseme un pañuelo”.

Como ven el sexo, al igual que las quimeras juveniles, empieza a ajustarse a la norma.




3 comentarios

Archivado bajo General, reflexiones, sexo

Sobre los días hundidos en el fango del tiempo

Hoy recibí dos correos que acreditan el paso del tiempo. El primero de ellos es de un compañero de la Distrital que no veo desde hace nueve años. Sus palabras trajeron las telarañas y las espinas de aquel jovencito de dieciocho años que empezaba a navegar la vida por el margen del alcohol. Me recordó, por ejemplo, las borracheras en una tenducha vecina a la Pola y las jaranas en la tienda de Jairo, al lado de la Macarena. Evocó, además, el huidizo amor de aquella pelirroja que mencioné en otro post.

En el correo me cuenta, asimismo, el destino de los compañeros más cercanos: Arabia Saudita, Sud África, Madrid, Barranca y Villeta. La mayoría de ellos están casados o con hijos. Me cuenta, por otra parte, que él trabajó durante cuatro años en la costa y que ahora está en la fría Bogotá estudiando ingeniería civil. Me pide que nos veamos de nuevo para celebrar las viejas andanzas y, quizás, iniciar nuevas correrías, como lo hacíamos en aquel lejano noventa y ocho.

El otro mail fue de una amiga. Ella me mandó unas fotos en las que está con su hija. Al verlas no pude evitar recordar que la conocí cuando tenía diecinueve años; en este periodo ella, lo recuerdo como si fuera ayer, no quería saber de hijos ni de compromisos, sólo quería vivir el presente. En aquellos lejanos días –vecinos de los de la Distrital- lo único relevante para nosotros era la diversión y la jarana. Hoy, diez años después, lo importante para nosotros está más cercano al sosiego y a la estabilidad. Aquellas delirantes ideas de conocer países a dedo o transitarlos en moto quedaron atrás. Ahora lo importante es, repito, tener un trabajo estable y seguro, o un compañero (a) seguro (a), o cosas de ese tinte. ¿Dónde, me pregunto, quedaron aquellos irresponsables que querían engullirse el mundo de un mordisco?

Ahora que devuelvo los pasos sobre lo escrito descubro que el comentario que hizo Rodolfo en otro post es cierto: aquel que reflexiona sobre la vejez está entrando en ella. No sé cuál es la edad de mis lectores habituales, pero la calculo, por alguna extraña razón, entre los veinticinco y los treinta y cinco. Supongo que ustedes, queridos lectores, han escuchado los lejanos pasos de la juventud; se han ido al espejo y han visto, desde el fondo de los ojos agotados por las obligaciones, a aquel joven díscolo suplicándoles que lo dejen soñar con viajes a países mágicos o que lo dejen aventurar en la tarde gris que muere en el horizonte…



2 comentarios

Archivado bajo desplome de los años, General, reflexiones

Carta al silencio de la noche (1)

Cuando era niño había un loco que cojeaba gracias a que una buseta lo atropelló en la avenida sesenta y ocho. El loco se presentaba como Cacocha. Decían los que lo conocían que era un señor de una cuantiosa herencia representada en enormes terrenos y casas desperdigados en la geografía Boyacense y que su nombre era Carlos.

Me acuerdo que una tarde lluviosa mi papá me señaló un campo sembrado de trigo que se perdía en el horizonte gris; después que lo contemplé esperando encontrar algo anormal mi papá me dijo que este pertenecía a Cachocha.

La particularidad que más recuerdo de este pintoresco personaje era que le gritaba a la luna llena porque lo seguía. Todos los meses lo escuchaba vilipendiar al impasible astro por hostigarlo en las noches claras.

Un buen día Cacocha decidió lanzarse del segundo piso de una de los manicomios en los que lo recluía su familia. Su cuerpo, maltrecho ya por el trato deshonroso del lugar, no resistió el impacto dejando escapara el alma virgen del señor Carlos

En esta noche sin luna llena ni locos bullangueros tu recuerdo enseña sus ribetes anaranjados y sus ridículas blondas. Y lo peor del asunto es que tu recuerdo me obliga a hacer justamente lo que hacía el viejo Cacocha a la luna: hablarle al mutismo de la pantalla con la esperanza que tú, luna silenciosa, respondas mis correos. Yo, al igual que Cacocha, estoy seguro que me escuchas y que alguna de mis palabras te conmoverá. La diferencia con él es, por supuesto, que mis palabras no acarrean la aridez del insulto, sino que traen la pasividad del interrogante.

En este punto, si aún continuas leyendo, te preguntarás por mi insistencia. Pensarás, quizás, que estoy más desequilibrado que el manso loquito que arrastraba su pierna derecha por las calles del dolor y que mis quejas cesarán algún día. Supondrás, posiblemente, que mi paciencia se lanzará del segundo piso de la razón y perecerá magullada sobre el pasto de la realidad. ¡Qué ingenua! Mi paciencia resiste más que el macerado cuerpo de Cacocha, ¡te lo aseguro! La realidad así lo demuestra: han pasado más de seis meses desde que me escribiste tu e-mail en un pedazo de hoja blanca.

(Recuerdo que cruzaste el último cero con una línea oblicua para que no se confundiera con la o. Te dije que ese cero demostraba que tus pasos habían errado el camino; que tu vida no debería estar en ese mundo almidonado y edulcorado; tus pisadas, te dije, deben avecinarse al universo de la fantasía)

Te dejo para que reflexiones sobre la soberbia de tu silencio y el sosiego de mis ruegos.

7 comentarios

Archivado bajo General, personal, serie cartas

Rectificaciones y agradecimientos

Debo una disculpa a aquellos que no nombré en el post “Gratitudes”. En un correo Ever Rodrigo apunta con justicia que “Hay muchos que como yo, leemos los blogs sin necesidad de estar registrados… esos también merecemos un saludo”. Tiene, como acabo de apuntar, la razón.

El primero de ellos es, por supuesto, Ever Rodrigo Rojas. Lo conozco por dos puntas: mi hermana y uno de mis primos. Con mi hermana trabajó en el nunca bien ponderado Muebles Bima. No sé si en este lugar mi hermana acogió la costumbre de trabajar incansablemente; pero sí estoy seguro que en este sitio aprendió a bailar toda la noche y luego vender muebles enguayabada. Pues bien, Ever, pertenece a esta insigne estirpe. En la segunda extremidad está mi primo. No sé bien qué clase de negocios acometieron ellos; el caso es que cada vez que se encuentran se tratan con la familiaridad de los hombres que han delinquido juntos.

Cuando inauguré un grupo en facebook llamado “Grupo Bombril de la Universidad Nacional” nos acercamos gracias a sus experiencias de veterano alumno de la universidad de marras. En Facebook conoció, asimismo, mi blog y ha sido, según anota en el correo ya citado, divulgador del mismo.

Bajo los anteriores antecedentes debo admitir que cometí una deslealtad al no nombrarlo; pido en público mil disculpas.

El segundo que deseo distinguir es Javier Fernández. A este señor lo conocí hace más de quince años en el Colegio Jorge Eliecer Gaitán. Él se ha tomado la molestia de publicitar el blog en la última semana entre compañeros de trabajo, amigos, familiares y extraños. Su labor ha sido, sin lugar a dudas, decisiva en el repunte de las votaciones.

Sé que hay más ayudantes que desde las tinieblas del anonimato han impulsado el blog y a los cuales les debo una humilde recompensa; por ello quisiera nombrarlos en grupos para que no quede ninguno afuera.

Colegio Jorge Eliecer Gaitán

Universidad Nacional De Colombia

Matemáticas – Universidad Nacional de Colombia

300 contactos de Facebook

Miembros de los grupos de Facebook: Grupo Bombril de la Universidad Nacional; Ismael Rivera’s Fan Club; Latinoamérica Alza Siempre tu Voz; Que Viva el Intercambio Regional y Anti Mc-Donalds.

Lectores habituales del blog

Blogueros

Amigos y conocidos de los anteriores.

A todos ustedes miles de agradecimientos.

 

Deja un comentario

Archivado bajo General

Novela Inconclusa

Hace algunos años (casi dos) mi entonces compañera de la universidad y ahora novia, Luz Amparo, me instó para que retornara al vicio de la escritura. Fue tan insistente que terminé escribiendo el primer capítulo de una novela que no he continuado y luego de ello escribí un montón de poemas. Algunos de los poemas los puse en un blog que ya no existe el resto los enterré en la misma fosa común que sepulté la novela.

En esta noche sin bordes por los que pueda lanzar las cenizas de la melancolía, quisiera dejarles el único fragmento de la novela que quizás merezca salvarse del olvido.

A los diez minutos de interesantes gemidos venusino salió la referida; la mire de abajo hacía arriba, como aconseja la urbanidad de Carreño; los pies no se le veían por la esquina opuesta de la cama, las rodillas son un poco grandes, como de futbolista, además tienden a salirse por la lateralidad que habitan, vale decir, la rodilla izquierda se lanza hacia la izquierda y la derecha hacía la derecha, como, perdón por lo reiterativo del símil, carrileros. Los muslos, ¡bendición del cielo!, son perfectos, están en el centro de la excelencia: no pertenecen al rollizo pernil de las obesas ni al anca flaca del las macilentas. En medio de estas dos pilastras de tersa carne, se halla el último bastión de la felicidad masculina abrigado por una diminuta tanga negra de seda, dejando entrever la magnificencia del futuro goce. Navegando hacia regiones más septentrionales se hallan los moderados senos que opacan la simetría múltiple de las piernas, la tanga negra y la curva sinuosa que une las caderas, la cintura y el busto. ¡Nada es perfecto! Dice mi padre desde el averno oscuro del pasado. En el pináculo se hallan dos ojos lascivos y unos labios carnosos que prometen amenas felaciones.

Después de diferir el inicio del cotejo por el necesario tanteo visual, ella se acerca a la cama con pasos cortos. Llega hasta el borde subyacente del lecho, se inclina para posar sus manos sobre el tálamo, levanta la rodilla izquierda para apoyarse en ella y poder subir la gemela; una vez está afianzada en las cuatro extremidades inicia el abordaje con pasos lentos de felino; me debato entre la excitación y el temor; ella, entre tanto, sigue su lento contoneo hasta que su cabeza está más arriba de mis rodillas. Hay una breve pausa; extiende su mano izquierda y toma con  destreza (valga la paradoja semántica)  el candente  ariete; tasa su firmeza (la del mástil) con rítmicos y vigorosos movimientos ascendentes y descendentes; concluida la primera fase de verificación prosigue con la inspección oral: introduce la cabeza del objeto de sus pesquisas en los labios carnosos, dándole una chupada enérgica; me retuerzo simultáneamente con la segunda incursión de la  boca inquisitiva; en este punto del trance Anira se toma confianza iniciando el movimiento conjunto de lengua, labios y manos en magistral coordinación; me deshago en ridículos gemidos que, en imprevisto acuerdo con los destemplados gritos que salen del reo empotrado en la pared, hacen coro. Concluye el ejercicio con una mirada inquisitiva; se tira sobre la cama con las piernas abiertas en espera del consecuente ejercicio lingüístico; desciendo al cálido meridión, donde hallo la negra seda que separa la lengua de su gabela erótica. Tomo el panty por los hilos laterales y lo halo hacía abajo con paciencia, hasta que el guarda que aísla el objeto del deseo empieza a hacerse un rollo; Anira levanta la pelvis para liberar al suave carcelero en tanto sigo con mi dócil tarea de marginarlo de la jornada amatoria; continúo el descenso por los candentes obeliscos hasta que llego a los hasta ahora anónimos pies. Viajo en el sentido contrario hasta llegar al otrora cautivo delta; froto mi mejilla izquierda  en su arenosa superficie hasta que la tranquilidad inunda mi corazón; giro un poco y encaro el objeto  anhelado; le saludo con un beso, y procedo a separar los húmedos pétalos con los dedos índice y pulgar; un olor ácido  inunda el lugar, lo cual no obsta para que me lance a lamer  el timorato cacho de carne que aflora entre los pliegues  de la fétida flor; Anira gime con placer al tiempo que mueve el torso en convulsos movimientos; me animo y sigo en la faena lingüística  hasta el agotamiento. Me levanto para apoyarme en el codo izquierdo y con el derecho le introduzco el dedo índice, zapador por excelencia, en la ignota caverna; Anira clama con sincera exaltación…


Deja un comentario

Archivado bajo evocaciones, General

Diego Jurado, Escritor Invitado

En las grietas de “Blogobundos” conocí a Diego Jurado, autor de Ego Sum Qui Sum. En los albores de la amistad que ha nacido entre los dos lo invité a escribir para este blog por dos razones: tener el placer de contarlo entre los colaboradores; segundo, para que su incursión en estos parajes incite a los demás lectores a enviar escritos para el blog.

Si usted se está empezando a animar le cuento que el tema es libre. Preferiría, además, que el post no sea superior a una hoja puesto que no encajaría en el formato del blog. Pero si tiene algo un poco más extenso puede enviarlo que yo lo leeré y estudiaré la posibilidad de publicarlo…

Volviendo al tema, les cuento que esta tarde encontré, para mi asombro, un correo de Diego. En él me informa que abrió un nuevo blog y que escribió un post para las casillas de este lugar. La dirección del blog se las debo ya que Diego olvido ponerla en el correo. Pero no se preocupen, nada se ha perdido: haré una reseña a tenor de invitación para este nuevo espacio de reflexión.

No quiero alargarme más para no aburrirlos. Sólo me resta agradecerle de corazón al talentoso Diego y a ustedes invitarlos a que sigan su ejemplo. Los dejo, pues, con el post de Diego Jurado. ¡Gócenlo!

 

“¿Quién no ha soñado con una biblioteca de Babel? Una torre que se eleve hasta el cielo y se pierda en las aguas de Caronte, en las profundidades dantescas del castillo siete veces hecho piedra. Horas interminables persiguiendo diccionarios para terminar, lápiz en mano, con una traducción más propia, viciada. Libro tras libro ir limpiando el polvo acumulado, producto de una mala ventilación. La peor parte para nosotros los alérgicos que, luego de estornudar unas cuantas veces, sólo alcanzaríamos a dar vuelta a la página; y diez páginas más tarde caeríamos deshidratados sobre algún estante, como hojas desprendidas de algún tomo enciclopédico. ¿Quién no se ha despertado del sueño para ir al baño a vomitar? Vomitar frases apenas desprendidas de la boca, frases obscenas, impúdicas”

Cómo tener vocación de espina, cómo colarse entre los tejidos del mundo circundante en medio de constantes desvaríos; la ciudad, impermeable, no permite insuficiencias, y tampoco permite intromisiones. El trabajo de la Espina – no hablo del trabajo de cualquier espina – es bastante complicado. Debe llegar hasta el fondo, introducirse con cuidado allí dónde quiere entrar y salir dejando un pequeño rastro de sangre (no debe salir sin resultados y no debe matar a su víctima). ¿Quién no se ha soñado siendo espina?






1 comentario

Archivado bajo General