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Destello

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Un rayo de sol tropieza contra las ramas, se desploma en el piso del comedor, sube por las patas de la silla para terminar haciendo equilibrio en el borde de la mesa. No sé qué amaneceres destilaron su avance o que silencio lo animó a embestir el filo de madera. Lo cierto es que el destello avanza lentamente hacia mi cuerpo. Empieza a trepar los dedos, sube por el brazo hasta atravesar las cordilleras de mi hombro, escala la curvatura de mi cabeza y baja lentamente por la pared. Soy breve escala en el tránsito que lo llevará hacia la oscuridad que sobrevive más allá de las grietas del tablado. Tal vez se filtre una migaja de mi piel en los matorrales infinitesimales o una pequeñísima fracción de mi oreja haga revolotear el polvo, incluso puede que las centellas de mi nuca que se fueron aferradas al rayo, tengan la facultad de promover el zafarrancho de insectos que habitan bajo las catacumbas del comedor…

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Trasgresión

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Boca, boca de adolescente que pide, que balbucea entre lágrimas de alcohol, entre los susurros de la noche, adolescentes y adolescencia que se extravían en las arrugas de la curiosidad, en las miradas que zozobran al borde de la piel oculta bajo la ropa y los prejuicios, en los dedos que se hunden en las remotas comarcas de lo desconocido, grieta del mundo que se abre para recibirlos, dedos que emergen húmedos de cariño que hiede a revistas pornográficas, frases, frases adolescentes que me invitan a entrar, a ser una carne que coloniza el territorio que no volverá a ser virgen, manos que buscan, que encuentran, manos, manos de adolescente que empiezan a marchitarse, a envejecer, a llenarse de lunares y lobanillos, ojos, ojos de niña que se abren para rescatarme de las sombras, para grabar el último instante de inocencia, brazos que estorban, que aferran, que atraen al cuerpo adolecente que penetra, que embate torpemente, que tiembla y empuja, que vacila, que retrocede, que retorna al sudor y al temor, al gemido que lo incita más que el instinto, más que el crujido de tablas abombadas, de bisagras que lanzan baladros que se encajan en mi piel, que se empotran en las cumbres de mi fatiga, en los tendones que se tensan como un arco, labios, labios adolecentes que succionan el cuello, cosquilleo que presagia corrientes seminales, torbellino subterráneos que apremia enclavar la semilla en el último puntillazo, pelvis que se arquea, uñas que abren rendijas por las que huye un hilo de sangre y amor, amor adolescente que no muere, que se graba en la memoria, en el alma adolescente que anhela arribar al orgasmo, manos, manos de mujer enardecida, manos que husmean la huella de pasión, dedos vivarachos que la hacen llegar con violencia, alegría que saluda el nuevo mundo, la nueva cotidianidad, carcajadas, carcajadas adolescentes que se enredan en las hebras del viento…

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Intrigas del destino

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De repente, murió: que es cuando un hombre llega entero, pronto de sus propias profundidades. Se pasó para el lado claro. La gente muere para probar que vivió. Pero ¿qué es el pormenor de ausencia? Las personas no mueren. Quedan encantadas, suspendidas en un paréntesis encharcado de eternidad, en una grieta que crece y crece hasta devorar el último recuerdo, el último vestigio de un pasado impreciso como el destino que lo llevó a morir a manos de un delincuente de falanges nerviosas, o quien, en un golpe de aburrimiento, lo arrinconó, como le sucedió a este hombre que contemplamos en este camastro, en la más extraña de las enfermedades: de felicidad crónica.

Todo inició dos años atrás, cuando le llegó la felicidad en la más categórica de sus formas: primero invadió todos los recodos del presente para luego dar vuelta atrás y poder entrar a saco en su pasado: devastar latifundios tenebrosos, acuchillar evocaciones, ahorcar contradicciones hasta transformarlo en un remanso de buenos recuerdos. En ese instante su vida derivó en una fila de sucesos afortunados en los que siempre había una mano salvadora, un fajo de billetes hallado en los márgenes de una calle, una mujer que vendría a borrar la anterior, una casa que evaporaba, con sus balcones atiborrados de flores, barandas brillantes y pisos en mármol de carrara, los lujos de la anterior, de tal manera que la tristeza no tendría la menor posibilidad de corroer las horas que empezaban a hacerse eternas, inconmensurables en su monótona repetición, en las que las esperanzas se marchitaban gracias a su incompetencia frente a la resolución de la suerte de enderezar todo lo que era susceptible de torcerse.

Luego, con el pasar de los meses, se lanzó a beber diariamente notando, entre noches de algarabía y amaneceres luminosos, que el alcohol sólo cumplía parcialmente sus funciones: lo elevaba por las cuestas del frenesí etílico pero se detenía segundos antes de desbarrancarse en una borrachera atiborrada de quejas y lágrimas.

Sus familiares, amigos y compañeros, en una macabra forma de compensación, empezaron a sufrir descalabros económicos y enfermedades que los mataban en horas. No existió, asimismo, mujer que no cayera en la desgracia de perecer entre las guirnaldas de un amor incondicional, terminante como la balanza que distribuía la desgracia que no tocaba a este hombre que, sea dicho de paso, no tenía la posibilidad de enamorarse porque la felicidad no le permitía la más leve insinuación de añoranza por un cuerpo, una voz, unos ojos extraviados en los laberintos de su gozo, ni mucho menos lo autorizaba a evocar porque en el recuerdo siempre existe, como todos sabemos, el germen de la amargura.

Había, entre las mujeres que fueron llamadas a satisfacer sus más protervos impulsos, una especial: Amy, una hermosa Cienaguera de veinticinco años a quien conoció en Santa Marta a comienzos del año pasado. Ella, poco después de capitular a la tentación de un hombre que ofrecía asilo a su alborotada sexualidad, fue testigo de la muerte de sus cercanos hasta verse reducida a una servidumbre incondicional de quien no tenía la posibilidad de recordar las bondades de un cuerpo fraguado en los hornos del Caribe: sólo la veía como una entelequia que le ayudaba en los trámites de la cotidianidad, en los rigores del tedio que apenas lograba vislumbrar desde las cumbres de su existencia.

Ella no tardó en cansarse del imprudente desequilibrio y, como antídoto a esta inequidad, se lanzó a la tarea de envenenarlo. El único efecto alcanzado por el rosario de brebajes adquiridos en barrios marginales y plazas de Taganga, fue una embriaguez caprichosa que lo despeñaba por una nostalgia dulce, amable como pocas, y quien lo invitaba a hundirse en las laderas del igualmente voluntarioso cuerpo de Amy. Faltaron seis meses de pruebas para que ella descubriera que sólo puede burlar la felicidad mediante el uso de la euforia y la borrachera. Por ello se dio a la labor de embriagarlo diariamente, hora a hora, segundo a segundo, sin dar espacio a la reflexión ni al desacuerdo. A cada botella de vodka le agregaba, para no errar en el intento, algunos gramos de San Isidro, hongo de la familia de los Strophariaceae, que conseguía por algunas monedas en las caravanas de Hippies que vagan por las playas de Santa Marta. Fue una labor lenta que los llevó por las cunetas de quiebras y descalabros económicos hasta arrinconarlo en esta casa de tablones que agoniza a orillas de la Ciénaga Grande de Santa Marta.

A mediados de la semana pasada, no obstante el aparente desinterés de la enfermedad, los vómitos se hicieron frecuentes, el apetito despareció por completo hasta llevarlo al estado catatónico en el que lo encontró la muerte poco antes que el alboroto de turpiales arribara al cuarto. Amy entró a las diez de la mañana con una jarra de jugo de naranja y la primera botella de vodka. Se acercó lentamente, se arrodilló frente al camastro y se quedó contemplándolo hasta que tuvo la fuerza de tocar el cuerpo inerte. Cuando estuvo segura que había muerto, le lanzó un escupitajo en la cara y salió corriendo por la calle a gritar que le había ganado al destino sin saber, sin sospechar siquiera, que él era justamente quien había definido, desde el principio de los tiempos, el futuro de todos los que murieron por causas de este desequilibrio, el deceso de este hombre que deseaba la muerte desde el primer mes de su incomprensible racha de buena suerte y es quien ahora dirige los pasos de esta Cienaguera que conocerá las aureolas del éxito dos años después, cuando le llegará la felicidad en la más categórica de sus formas: primero invadirá todos los recodos del presente para luego dar vuelta atrás y poder, de esa manera, entrar a saco en el pasado, devastar latifundios tenebrosos, acuchillar evocaciones, ahorcar contradicciones hasta transformarlo en un tranquilo remanso de buenos recuerdos…

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Delirio (2)

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Todo está en su lugar: la detonación de carros, motos y camiones estrellándose contra las grietas de la contaminación, el café después del embotellamiento de reflexiones, las begonias acunadas por el sol, el traqueteo de renuentes ollas enjabonadas, la brisa abofeteando la ventana y el desaliento agazapado detrás del gorjeo de los canarios. ¿Los sentimientos? Ahí están en los cajones del alma, junto a las experiencias, alegres algunos, saludables otros tantos, los demás cansados, agobiados de las cargas y recargas de existir. Me preocupan, ahora que lo digo, la esperanza con sus cojeras y malestares estomacales, la paciencia que empieza a enredarse en las bisagras del destino y ni qué decir de la melancolía que está indigesta de tanto recuerdo descompuesto. ¿Los deseos inconfesables? Por ahí andan con sus ceños fruncidos y sus paseos con las manos en la espalda, encorvados, rezongando, especulando sobre lo que no soy, sobre lo que se perdió por la timidez de la adolescencia o lo que se arruinó con el arribo de la madurez, odiando a perpetuidad, perdiéndose el espectáculo del breve instante en el que los segundos se escurren por los pegajosos y deteriorados andenes del tiempo hasta llegar sin aliento a la orilla de las cuatro de la tarde, arrastrándose sobre el lodazal de propósitos descabezados o mutilados, sobre esta descripción delirante que no va a ninguna parte, que no tiene futuro, que empieza a apagarse como una luciérnaga en mitad de la noche…

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Delirio (1)

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Si usted, querida lectora, apreciado lector, tuvieran la posibilidad, por curiosidad, suerte o desventura, de asomarse a mi alma, verá que por ella baja corriendo un desamor sin dar posibilidad que lo alcance el olvido. Corre y corre, camina cuando el cansancio vence el poder de sus piernas, luego emprender un trote ligero, fatigoso, para perderse en algún callejón. En su afán no vio al amor que viene sonriente, el paso tardo, los labios empalagados de besos, en busca de un motel. Las esperanzas lo ven pasar mientras interceptan a Daniel Santos, revólver en mano, para que deje de cantarle al desasosiego. Héctor Lavoe les hace una señal obscena con los dedos y sigue de largo para perderse en el mismo callejón por el que se fue el desamor, al tiempo que cruza la sensatez en su carroza abarrotada de conjeturas que saltan en los baches y quien es sobrepasada por las campanadas de La Obertura Solemne de Tchaikovski que emergen del auto deportivo que lleva a la demencia a los vértices de las tinieblas. Los prejuicios, desde las ventanas del edificio adyacente, observan con los ojos arrugados y el dedo censor tieso de tanto señalar a la felicidad que se sube la falda para orinar los recuerdos que empiezan a marchitarse a fuerza de ser evocados, Joaquín Sabina le lanza un piropo ruboroso, Chavela Vargas levanta la copa para saludar a la desesperanza que cruza afanosa para alcanzar una sonrisa perdida. Yo, aguardiente en mano, debato con el futuro sobre la posibilidad de ser escritor a la vez que Marjorie se extravía en los recodos de un verso…

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