Archivo mensual: abril 2008

Fotografía número dos

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El fondo azul evoca las interminables filas, los vendedores con kimono blanco y las cabinas con fondos intercambiables. La inocencia que navega los ojos del niño sugiere que el retratado tiene a lo sumo doce años. El papel maltratado evidencia el contundente paso de los años.

La foto acecha el fondo de uno de los dos cajones de la mesa de noche. Sus vecinos son un encendedor anaranjado con la mitad del combustible, dos cigarrillos sin filtro que esperan en una cajetilla custodiada por la mirada hosca de un nativo norteamericano y una caja de fósforos regentada por la risa irónica del señor de las tinieblas.

A las doce de la noche el ruido de pasos vacilantes resuena en la oquedad del silencio. El tintineo de las llaves señala que las manos ebrias de cigarrillo y de copas sucias no están en sus cabales. Después de dos patadas a la puerta las llaves entran en la chapa; giran con dificultad hasta que el pestillo cede. La puerta, al abrirse, da paso a un hombre que cruza las tinieblas de la embriaguez. Da dos pasos inciertos; lanza la botella de tequila sobre la cama y enciende la luz. Saca del primer cajón de la mesa de noche la cajetilla arrugada de cigarrillos; extrae un cigarrillo; saca la caja de fósforos y enciende el cigarrillo con el único miembro de testa bermeja que queda en la caja. Siente el humo aletear en los bordes del alma. Se sienta en la cama. Saca la fotografía ajada que lo acompaña en las noches de melancolía. Suspira. Desde el abismo del pasado los ojos del niño le piden explicaciones. No responde a la petición. Toma la botella de tequila; acerca el pico de la botella a la boca al tiempo que la empina hasta que el brebaje desciende por su garganta…

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Fotografía número uno

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Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

(Jaime Gil de Biedma)

 

En el margen derecho un fregadero de cemento vacila sobre una roca; más adelante está la jaula que encarcelaba copetones desplegando el milenario ardid del pan y la cabuya que desenganchaba la puerta de la mazmorra; en el fondo múltiples plantas suspendidas en la eternidad de la tarde plomiza; en el centro del cuadro un niño con actitud de bacán sesentero con escapulario a la vista y barriga cervecera (la sonrisa y la mirada extraviada auguran inclinación a la concupiscencia y al libertinaje); al futuro calavera lo acompaña una niña que concita simpatía…  

En la lobreguez de las noches capitalinas la foto navega por el delgado hilo de agua creado por la llovizna que cubre la ciudad. A dos metros de la espontánea barca el brazo de un indigente tantea el agua en busca de la fotografía que huyó de su mirada melancólica segundos antes.

A doce kilómetros del pordiosero una mujer contempla la calle húmeda con lágrimas en los ojos evocando los atardeceres grises en los que el tiempo se detenía a oír el canto de tres copetones encarcelados en un calabozo de alambre y a ver el alegre retozo de dos inocentes niños
 

 

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Historias de peleas y borracheras

Anoche visité a mi amiga cumpleañera. Estaba, como era de esperarse, abatida por las dolencias vesiculares. Después de una docena de pastillas de Winadol y media docena de cápsulas de Ranitidina el dolor se transformó en una alegría soporífera más cercana a la traba que al bienestar. El semblante bilioso dio paso a una cara violácea que hizo juego con el saco que le regaló la hermana menor.

Una hora después que arribe llegaron dos amigos entrañables de ella: una doctora y un invidente. Una vez se sirvieron las viandas y las bebidas alternamos la ingesta y la bebeta con una animada conversación conducida por Jota, el amigo invidente. Este hombre, con la chispa propia de los genios, narró historias que concitaron las carcajadas durante el convite. Gracias a que una de ellas me pareció interesante la reproduzco en este lugar con el permiso, ¡por supuesto!, del autor.

Me invitaron a una rumba en un bar de chapinero. Llegué media hora antes de lo previsto por lo que me senté a tomarme una cerveza y a hablar con la de la muchacha que atendía la barra. A la tercera cerveza llegaron mis amigos. Cuando nos reunimos todos hicimos una vaca y compramos aguardiente. Después de dos botellas de aguardiente yo estaba lo suficientemente borracho para animarme a bailar el chirrispimpum que sonó toda la noche. A los diez minutos de estar bailando empecé a moverme más enérgicamente; la euforia subió hasta el momento en el que le pegue a una muchacha. Ella, me insultó en medio del ruido. No le di importancia y seguí bailando. A los dos minutos se acercó el novio y me empujó violentamente. Como yo ya estaba entrado en tragos me envalentoné y lance un puño fuerte a la oscuridad infinita con tan mala suerte que le pegue en la teta de una muchacha que se atravesó. Pocos segundos después ya había dos tipos que me empujaban y me decían groserías. Mis amigos, al ver el infame espectáculo, se acercaron a defenderme. En medio del bullicio apareció un tipo al que imaginé invidente como yo porque empezó a lanzar patadas y puños sin control. Alguien seguramente fue a decirles a los celadores que había dos ciegos locos lanzando patadas y puños a la multitud porque dos segundos después estábamos afuera el loco que lanzaba patadas como si estuviera ciego y el ciego que lanzaba puños como si estuviera loco.

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Sobre la edad, sus obligaciones y sus consecuencias

Hace dos días una jovencita de diecisiete años me preguntó por mi edad. Le dije que tenía veintiocho años. ¿Veintiocho años y aún no estás casado?, me preguntó ella con cara de escepticismo. Pero tienes novia ¿cierto?; continuó. Sí, tengo novia, le respondí. ¿Qué se supone que debo hacer a mi edad? Le pregunte, después de una pausa. No sé; estar casado y con hijos; no ves que ya eres un señor mayor; me respondió mirándome a los ojos para afianzar las palabras.

Después me senté a meditar sobre la respuesta de ella: un señor mayor ¿Qué habrá querido decir con eso? A los veintiocho años no se es mayor; es más, no se es señor. Aún eructo sonoramente después de tomar gaseosa como lo hacía a los quince años; veo, asimismo, Los Magníficos y duermo hasta tarde. No veo cuál es la incompatibilidad entre el que era a los quince y el que soy ahora: él como yo somos perezosos, vagos y mamagallistas; la única discrepancia es que el de quince ostentaba un pelamen encrespado que desafiaba las tijeras y el de ahora exhibe una frente amplia y brillante escoltada por una línea tímida de cabello, pero nada más.

Anoche llamé a una vieja amiga que está cumpliendo veintiocho años hoy; me dijo que tenía problemas de cálculos en la vesícula. No te preocupes que si se trata de cálculos no hay quién me gane: he cursado, uniendo las dos carreras, doce cálculos y tres análisis. Creo que no hay quién sepa más de eso que yo; le dije con voz de catedrático. ¿Lo de la vesícula tiene que ver con la Lemniscata de Newton? Si es así lo aconsejable es pasar de coordenadas rectangulares a polares; continué con la misma arrogancia. No; los cálculos en la vesícula son unas piedras que punzan como si fueran espinas; interrumpió ella. ¿Será que a los veintiocho años se entra a la decrepitud? Continuó; porque la verdad me siento muy mal. No supe qué responderle. Colgué y me senté de nuevo a reflexionar.

Hoy, varias horas después, no encuentro la razón porque mi amiga una mujer de diecisiete coinciden que los veintiocho años es una edad avanzada. A esta edad no he conocido nada de la vida: aún quedan países por conocer, mujeres por enamorar y materias por perder. A los veintiocho años las verdes hojas de mi juventud aún no han empezado a declinar su testa; la primavera empieza a anunciar su arribo con lloviznas de regocijo y los senderos no han sido empedrados con la experiencia. A los veintiocho años, en suma, no se ha empezado a vivir. ¿Por qué, insisto, suponen que es una edad avanzada? ¿Será, acaso, que a las mujeres el reloj les corre más rápido? Quizás sea esa la razón. Por ahora la pregunta queda abierta a la deliberación…

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Convocatoria: Post Número Cien

Dada la cercanía del post número cien quisiera abrir los correos y las arcas de la maravillosa y nunca entendida democracia para que los fieles lectores (as), los nuevos lectores (as) y uno que otro señor despitastado o señora despistada puedan opinar y participar sobre el contenido de este memorable post.

La dinámica es sencilla. Ustedes me envían uno o varios post; el mejor de ellos aparecerá con bombos y platillos (o quizás sin ellos) en la casilla número cien de Con Vocación de Espina. Este artículo estará precedido de una pequeña nota del ganador si acaso él o ella así lo quiere.

La extensión y la temática del post son libres. El plazo para entregar el borrador es el domingo 20 de abril.

El correo al que lo pueden enviar es vocaciondeespina@gmail.com .

Si usted es, por otra parte, de aquellas personas tímidas que no escriben comentarios pero quiere comunicarse conmigo puede escribirme al correo. Si usted quiere, asimismo, insultarme puede hacerlo en este mismo lugar.





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¡Mil disculpas!

La hermana de una ex novia es una mujer cariñosa, tierna y delicada en todos los lugares del mundo excepto en uno: en su carro. Cuando se sube a este la mujer frágil se transforma en un energúmeno capaz de engullirse cualquier peatón de un solo bocado. Ella, al igual que Ace Ventura, conduce con la cabeza afuera; sólo que no lo hace por parecer divertida, como el estúpido detective; no; lo hace para lanzar improperios a los conductores vecinos.

La única vez que tuve el infortunio de viajar con ella madreo a todos los conductores que se encontró en la carrera once en el trayecto de la cien a la setenta y dos. En los semáforos hundía el acelerador con rabia haciendo rugir el motor del carro. A los ocho segundos de estar el semáforo en rojo le gritaba a este: “oye hijueputa déjate de masturbarte y cambia ya”; cuando este daba luz verde, y no estaba de primeras, se pegaba al pito al tiempo que gritaba: “apúrate abuelita malparida”. Si estaba de primeras arrancaba haciendo chillar las llantas a la usanza hollywoodense. Luego, cuando salía del carro, se transfiguraba de nuevo en una mujer tierna y mansa.

Por qué les relato esto? Ayer después que leí el comentario que Gabriel Nacional, reflexioné sobre mi actitud y entendí que me pasa lo mismo que mi ex cuñada: me transformo en el blog. Si alguien pasa por la calle y me dice: “eres un idiota”, lo miro con desdén y sigo adelante. Pero no sé porque razón cuando leí el comentario de “Evocaciones no tan lejanas” me ofendí porque un cretino de algún lugar de España me dijo que era un idiota. Hombre, cosas perores me han dicho en la calle y no me he inmutado, ¿por qué, entonces, he de enfurecerme por esta nimiedad? ¿Por qué he de escribir post insultantes? No hay ninguna respuesta a estos interrogantes. Después de recapacitar toda la tarde concluí, sin embargo, que debía calmarme y pedir disculpas a mis lectores. Es por eso que estoy escribiendo este pequeño post: quiero que perdonen mi actitud infantil y pendenciera. Les prometo que no sucederá de nuevo sin importar lo que me digan; les prometo, igualmente, que si alguien escribe improperios no borraré la observación; la dejaré, por el contario, para que las mismas palabras sean el escarnio del que las escribió (no hay peor agravio que aparecer ante los ojos de los demás como una persona vulgar y conflictiva).

Pido de nuevo que me disculpen, no volverá a pasar, lo prometo.



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¡Por la Victoria!

Amigos lectores y amigas lectoras tenemos que hacer una gran movilización para recaudar votos para el concurso de “blogobundos”.

Pueden recolectarlos haciendo llamadas o enviando correos masivos. También los pueden conseguir en bares, discotecas y pastizales pidiendo amablemente a los señores o señoritas que concurren a esos lugares que visiten este blog y que luego voten por él en el torneo de marras.

Quiero a continuación presentarle dos modelos de conversación que podrán servir de modelo para la consecución de votos.

Un ejemplo de conversación petitoria podría ser:

-Disculpe señorita; aprovechando que está gratamente tendida en este pastizal, con los ojos cerrados y con el aliento entrecortado deseo comentarle que hay un blog encantador que usted puede conocer: su dirección es__ ; este blog está concursando en “blogobudos”; en este momento el blog se encuentra punteando pero necesitamos que la diferencia crezca para ganar holgadamente. No le estoy pidiendo, eso sí que no, que vote sin leerlo; no señora; le pido que lo lea primero y que después sopese su voto. ¿Leería usted el blog? Diría usted con voz gruesa.

-ohh, siii; ohhh síiiiiiiii; ohhhhhhhhhhhhhh ssssssssssssssssíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. Respondería ella con voz ahogada.

-Muchas gracias señorita por su entusiasmo. Quiero pedirle, si no es mucho atrevimiento, que invite también a sus amigos para que visiten este agradable lugar. Puede invitar, por ejemplo, al señor desnudo que me mira con odio…

En el caso de ellas la situación podría ser como sigue:

-Disculpe señor no he podido dejar de notar lo atractivo que se ve usted con esa camiseta de Cambio Radical y esos pantalones raídos. Iniciarían ustedes con voz sensual. Déjeme decirle que esas rastas le van muy bien con esos hermosos ojos cafés; continuaría usted. El asunto que me tiene a su lado es que deseo invitarlo a que visite un blog lindísimo llamado Con Vocación de Espina; su dirección es__; le han dicho que ese carro de balineras lo hace ver fascinante; supongo que las mujeres deben lloverle. Bueno, como le venía diciendo, este blog es de lo más interesante; si usted quiere puede, después de leerlo, por supuesto, votar por él en “Blogobundos” un concurso de blogs organizado por Raúl Harper… ¡ay! ¡Qué botella de boxer tan divina! Como le decía, el blog concursa allí y queremos reunir votos para ganar el primer lugar. ¿Usted nos colaboraría?

-No mamita; lo que quiero es que se baje del reloj, el celular y todas las lucas que tenga encima…

Los escenarios son, indiscutiblemente, infinitos. El caso es que, sea cual sea el contexto, busquen, ¡por el amor de Dios!, votos para este blog. Vean que vamos en segundo lugar y el señor Argento, que va de primeras, está haciendo proselitismo en foros y revistas (Ver el recuadro para mensajes de Vagabundos V.I.P). Córtenle los servicios a su novio, de ser necesario, con tal de sumar votos para la digna victoria de Con Vocación de Espina y sus fieles lectores.

Los dejo porque en este momento tengo que concurrir a dos torneos de tejo y cuatro de rana de dónde espero sacar una docena de votos.

Si no han votado aún recuerden la dinámica: entran a Vagabundos V.I.P. Buscan en la columna de la derecha “Con Vocación de Espina”. En el circulito de la izquierda marcan y bajan al lugar donde dice Voten. ¡Eso es todo! No olviden, para terminar, que sólo pueden votar una vez. Nada de hacerse los tramposines y votar doscientas veces para evadir la sagrada responsabilidad de buscar votos. ¡Nada de eso!

De antemano les agradezco el esfuerzo; sin ustedes no habría acumulado 178 votos. De verdad que se les agradece el voto de confianza por el esfuerzo de escribir a diario alguna pendejada. ¡Muchas Gracias!

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Estar Enamorado (Raphael)

Puesto que mi objetivo en estos días es molestar al señor José me tomé el trabajo de buscar el mejor video de esta canción.

Espero que lo disfrute.

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Incorporación a la blogosfera

Ayer llegó el único elemento que faltaba para inscribirme en la blogósfera con todas las de la ley: un comentario agrediendo al blog.

El señor José, en efecto, tuvo a bien decir:

Que asco de blog, odio este tipo de blogs donde cada idiota empieza a escribir idioteces y mamotretos, pero peor aún el grupito de idiotas que te acompañan…

Pon vainas interesantes, no sentimentalismo y cursilerias (sic)”

Qué maravilla! Ahora el título del blog poseerá toda la virulencia del alambre de púas que precede al sitio: siempre que hable de “cursilerías” habrá alguien en el mundo que le punzará el bajo vientre gracias a esto. ¡Muchas gracias señor José!

Debo decirle, asimismo, que un escrito de doscientas ochenta y nueve palabras es un mamotreto sólo si usted está en aquella fase de lectura en la se tarda media hora en leer este número de vocablos.

Y ya que usted habla de idiotas e idioteces debo decirle que en la segunda definición de la Real Academia de la Lengua dice que Idiota es “Engreído sin fundamento para ello”. Y déjeme decirle que usted peca de petulancia al suponer que es una autoridad en lo tocante a la calidad de los contenidos. No expresó, por otra parte, lo que usted considera interesante; quizás usted suponga atrayente la pornografía o las folloneras (como creo que dicen en su natal España) entre adolescentes drogadas. Si es así lamento decirle que en este lugar no encontrará temas de tan alta cuna ya que soy simplemente un hombre que escribe sentimentalismos y cursilerías (con tilde).

Creo que no sobra agradecerle de nuevo la oportunidad de pertenecer a los blogs con partidarios y enemigos. ¡Mil Gracias

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Evocaciones no tan lejanas

Investigando a los forasteros que han llegado a mi blog encontré una visita desde Cali. Recordé que en esa encantadora ciudad hay una mujer que transita las huellas de la memoria por varias razones. La primera de ellas es un regaño. Recuerdo que en ese momento no sabía si pararme e irme, o si debía agachar la cabeza y soportar con estoicismo la reconvención. A los quince segundos entendí que ella tenía razón: el sermón me lo merecía por negligente. Lo segundo que recuerdo de ella es la manera en la que mueve la cabeza mientras escribe en computador. La hace oscilar ligeramente al compás de alguna tonada que navega los surcos de su mente (sé que suena estúpido pero eso recuerdo en este instante). Recuerdo, por último, la calidez con la que atendía en su consultorio.

Ella, la dueña de estas líneas, me comunicó hace algunos meses que viajaba a Cali a trabajar y vivir allí. La mención del viaje me llenó, ¿por qué no decirlo?, de nostalgia gracias a que me había familiarizado con sus particularidades (las tres anteriores sólo son una breve enumeración de muchas que recuerdo) y con la firmeza de su carácter.

Hoy, más de cinco meses después, la recordé por la llegada del visitante caleño a los aguijones de mi blog.y su recuerdo fue ungüento que alivió el tedio de la noche dominical.

Si acaso el visitante eres tú quiero que sepas que no existe, ni existirá doctora que me regañe con el vigor que tu lo hiciste; ni existe, ni existirá doctora que me trate con la cordialidad que tú lo hiciste. Desde esta esquina virtual deseo que las estrellas alumbren tus sueños y que la brisa te susurre versos al oído.

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La inseguridad y los festejos

Ayer venía en transmilenio escuchando los reparos que daba una señora a su hijo a propósito de la fiesta a la que el crío pensaba concurrir.

Esta conversación trajo a mi memoria los lejanos días en los que mi madre me decía que el problema no era ir o no a la fiesta; el problema, decía ella, era la inseguridad y las drogas. ¿Cuáles drogas? ¿Cuál inseguridad? Le contestaba a mi madre, como siempre lo hacía, con más interrogantes.  La verdad era que en los albores de mi juventud nunca vi, ni entendí, eso que las atribuladas mamás denominaban, con trémula voz y ojo lloroso, inseguridad. Si bien me habían robado una vez en un parque a punta de puños y madrazos nunca creí que eso estuviese relacionado con el fenómeno que tanto atormentaba a mi progenitora. La inseguridad era, en mi tonta cabeza, una excusa para evitar que me divirtiera. En cuanto a las drogas, eso era, y es aún, harina de otro costal.

Ayer mi opinión cambió a tal punto que me solidarice silenciosamente con los reclamos de la señora. Es más, quise contarle al joven sobre los atracos, las violaciones a niños, los paseos millonarios, las palizas en los parques y las riñas con navajas y armas de fuego, de la misma manera que lo hizo mi madre para disuadirme de acudir a las celebraciones.

Después de meditar sobre la imaginaria charla descubrí, para mi desconcierto, que ahora pertenezco al nefando grupo de los padres sin ser uno de ellos. Hasta anoche creía firmemente que la ideología de los papás se forjaba en los calderos de la crianza de niños gritones y malhumorados; hoy, después de largas cavilaciones, he concluido que la doctrina paternal se fragua gradualmente en la chimenea de la vida sin que nos percatemos de ello. He descubierto, asimismo, que nadie puede substraerse a este ominoso influjo y que, aceptémoslo o no, terminaremos siendo como nuestros padres en algún momento de la vida; es decir, acabaremos siendo prevenidos, gritones, y muy especialmente, temerosos de la creciente inseguridad citadina.

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Sobre los gatos y sus encarecidas deyecciones

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En Londres el café más cotizado es el evacuado por los gatos civeta. 

La preparación es sencilla y quizás asquerosa para los lectores sensibles: al café Jamaican Blue Mountain se le agrega una dosis del café Kopi Luwak después que este paso por el tubo digestivo de los gaticos. La tasita vale cien dólares (algo así como $170.000 pesos colombianos) y se vende a granel en los prestigiosos cafés londinenses.

Los orines del gato, en un inexplicablemente rapto de ignorancia inglesa, no se recogen: con ellos se podrían hacer elegantes dulces de café amoniacal, o con el resto de las heces se podrían hacer galletas de chocolate con chispas de café, o cosas de igual factura, para acompañar a la costosa bebida.

Esta noticia anuncia que podemos hacernos millonarios fácilmente. Lo primero que debemos hacer es atrapar el primer gato que encontremos (si usted está interesado le puedo vender uno de los tres gatos callejeros que se parquean frente a mi apartamento). Luego les damos dos sobres de paico revueltos con atún para sacar los rastros de ratones, pájaros y cucarachas que han ingeridos en los últimos días. A las veinticuatro horas se les da una nueva dosis de paico, pero esta vez diluida en agua para extraer los residuos de atún. Una vez el gato esté limpio se le deben dar dos kilos de café Kopi Luwak cada tres horas (si no lo hay le puede dar cualquier café pasilla que encuentre a la mano). Los primeros excrementos se deben botar porque aún sabrán al mefítico purgante. Pero la siguiente cosecha se recogerá y se empacará al vacío.

Si usted es de los que gusta experimentar puede asociarle al café aguardiente para hacer carajillos de la más alta estirpe; o si es de aquellos sofisticados puede mezclarle brandy al café. Si usted quiere, por otra parte, el sabor amargo del amaretto debe darle al gato 5 tazas de azúcar, 1/2 taza de brandy, 2 tazas de agua, 6 cucharaditas de extracto de almendra, 2 cucharaditas de extracto de vainilla, 3 tazas de vodka, cáscara de 1 limón,  1 y 1/2 cucharadita de gelatina sin sabor. Si el gato no lo liquida la mezcla usted podrá saborear el mejor café amaretto de la comarca. Puede, incluso, mezclarle el café con aluminio para hace una nueva variedad de café de olla. Las combinaciones están limitadas sólo por su imaginación.

No siendo más sólo me queda animarlo a que se aventure en la nueva empresa cafetera.

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