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Final, Final… no va más…

Este es el final de una etapa que duró muchísimo más de lo que imaginé aquella noche que inicié la aventura de escribir en un blog. De los mil visitantes que suponía que llegarían a curiosear por estos predios, llegué a poco menos de 255.000 visitas en los 65 meses en los que estuve aferrado a esta bitácora. De igual manera, de los 10 post que creí que publicaría antes de desfallecer en mi intento de ser bloguero, llegue a 521 (incluyendo el actual), siendo esta cifra el acervo total de este sitio. Vale decir que una parte de este patrimonio fue quien nutrió la antología publicada en Tampa, Florida, gracias a la amable invitación hecha por el Dr Oxel Portilla, Editor de Portilla Foundation (y que aprovecho para invitarlos una vez más a comprarla en Amazon).

Como ven son miles las razones por las que me siento agradecido con este lugar que a riesgo de sonar cursi, fue el hogar de mis desvelos, voz cuando no quise o no pude hablar, manos cuando necesité acariciar a través de la distancia, sonrisa y coqueteo con ese destino que muchas veces fue esquivo.

A partir de ahora iniciaré una nueva etapa en mi vida de bloguero y escritor en ciernes ya que desde ahora estaré publicando en Tejiendo Naufragios, blog que pertenecerá a la comunidad de El Espectador. Allá continuaré con el ejercicio narrativo y reflexivo que llevaba en este lugar, con los mismos objetivos azarosos y con el mismo amor con el que trabajé en cada texto que subí a Con Vocación de Espina. Por ello están cordialmente invitados para que me visiten allá, comenten las entradas y se nutran de la diversidad de enfoques y temas de la comunidad.

No puedo irme sin antes agradecer su sincera y grata compañía, los comentarios que dejaron diseminados a lo largo y ancho de la bitácora, los correos y palabras emocionadas que siempre me dieron razones para creer en el poder de la palabra.

Como siempre les envío un abrazo desde la fría Bogotá y reitero la invitación para que visiten Tejiendo Naufragios, su nueva casa.

¡Gracias por su paciencia!

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El porno y la calidad del semen

Los hombres usan generalmente la internet para ver pornografía. Esto no es un secreto para nadie. Lo que no sabíamos es que este hábito ayuda a mejorar la calidad del semen.

Un estudio hecho por la Universidad de Australia Occidental demostró que a los varones que ven varios hombres frente a mujeres desnudas, la densidad de espermatozoides mejora sustancialmente. Leigh Simmons asegura, con respecto a este fenómeno, que “Los hombres eyaculan más esperma y de más calidad cuando tienen competencia”.

Esto quiere decir que si usted, apreciado lector, ve a otro hombre actuando, su semen gana densidad y cantidad puesto que usted entra inconscientemente en “una competencia de semen” con otros hombres (claro que si la que ve con otros hombres es su esposa se le espesa primero la sangre que el esperma, pero eso es otro asunto).

De ahora en adelante si a usted lo encuentra su novia o su esposa viendo páginas pornográficas no se asuste, dígales simplemente: ¡no hagas esa cara mi terroncito, no ves que estoy mejorando la calidad de mi esperma!; luego acomódese en la silla y continúe deléitese con los estrepitosos gemidos, al tiempo que siente los espermatozoides creciendo en sus genitales.

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Preguntilla

El distrito le pondrá policía a los 80 colegios para protegerlos de la violencia [1]. La pregunta es ¿Quién protegerá a los niños de los policías?

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La eroticidad de las pelirrojas

Hace diez años el destino trajo a los bordes de mi alma una mujer pelirroja. Recuerdo el tono de sus ojos y sus palabras acariciándome las tardes sangrantes de abril. Lastimosamente la perdí en un giro de las estrellas. Pero bueno, ella sigue (supongo) navegando por las aristas de la vida con los doscientos kilos de ternura que siempre la acompañaron.

Hoy la brisa de la evocación la trajo cuando leí en el Daily Mail que las mujeres pelirrojas son más activas sexualmente que las demás mujeres y que ellas, además, tienen un número mayor de parejas. Dice el artículo, asimismo, que las mujeres que se pintan el cabello de rojo “saying that they are looking for something better” [1]. Si su novia, por lo tanto, se pinta el cabello de rojo, le está diciendo que si no reforma su comportamiento será desbancado por el primer advenedizo que cruce el territorio. 

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Apocalipsis informático

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El fin del mundo está cerca: la internet colapsará en dos años y no tendremos oportunidad de escuchar, ver o saber nada de los otros rincones del mundo. Todas las transacciones bancarias se harán en interminables filas de ancianos y mensajeros con maletas descomunales. No veremos más videos de españolas dándose coses al tiempo que lanzan improperios al improvisado camarógrafo o el video de colegialas colombianas mostrándole la lanosa entrepierna a sus compañeras de curso. No más pornografía ni más música pirateada. No tendremos correos electrónicos a donde puedan llegar las presentaciones de Power Point con frases de cajón, música de John Lenon y rematadas con una maldición si no se reenvía a otros desocupados. No podremos, ¡por el amor de Dios!, decir que somos modelos o gringos a nuestros compatriotas en chats argentinos o mexicanos. No sabremos, ¡sagrado rostro!, qué dicen los demás blogueros.

Ante este panorama lo mejor que podemos hacer es pegarnos un tiro o colgarnos del árbol más cercano porque una vida sin internet no vale la pena vivirla.

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Sexo en los parques

Hacer el amor en lugares públicos debe ser agradable. Confieso que no me he solazado con el efímero polvo de pastizal o con el maloliente polvorete de baño público. Lo más cerca que he estado a esta actividad es un par de refriegas que he tenido acá, en mi cuarto, a plena luz del día, con tías y primitos corriendo por el apartamento. Nada más que eso. Los amigos y amigas que han realizado la fajina coinciden en que no es tan placentero como se murmura en los corredores: los arañazos, los olores fétidos, la arena en la las partes pudendas, la piquiña del pasto orinado, son razones que aducen para disuadir a los que no nos hemos lanzado a experimentar el sexo público. Si quiere hacer algo estimulante, me dicen, cómprese una buena botella de vino, una libra de fresas, una película porno bien sugestiva, encienda la chimenea e invite a una amiguita a su apartamento. Quisiera hacerle caso a mis bienintencionados amigos pero no puedo tomar vino porque me daría un derrame cerebral gracias a que tomo, desde hace cinco años, tegretol retard; las fresas me aflojan el estómago; las películas porno no son de mi agrado; no hay chimenea en el apartamento y si traigo una amiguita mi novia me obliga a tomarme una botella de vino, a zamparme dos libras de fresas y doce gramos de cianuro.

Si algún día decido probar suerte lo haré en el parque Volden, en Ámsterdam. ¿Por qué este lugar? Porque allí está permitido atizarse un par de revolconchis sin que la policía, los jueces, los militares o los simples peatones puedan reprimirlo. Ellos, de hecho, serán multados si se interponen en el ajetreo. El acto amoroso no se puede consumar, no obstante, a cualquier hora ni en cualquier sitio. En primer lugar no se puede hacer cerca de niños (como si uno pudiera tirar frente a la tierna mirada de un niño); sólo se puede hacer de noche (como si alguien lo pudiera hacer bajo la canícula primaveral) y no se pueden dejar, por supuesto, desperdicios en el parque.

(En un esfuerzo de imaginación, querido lector, piense cómo serían las cosas si Colombia adoptara la misma legislación. En primer lugar se verían señores cochambrosos con cajas de madera colgándoles del cuello pregonando en la entrada de los parques: cigarrillos, chicles, condones, espermicida, dispositivos intrauterinos. Adentro, en los vergeles, estarían, a la sombra de los árboles, algunos señores, con enormes cicatrices surcándoles la cara, esperando a la primera pareja que se bajara los pantalones o se quitara la ropa para atracarlos. En las bancas estarían dos o tres ancianos comentando los últimos coitos de la noche. ¡Sería horrible!)

Creo que las pocas parejas que acostumbraban lanzarse por las laderas del sexo en los parques no lo seguirán haciendo porque este perderá lo único que lo diferenciaba del sexo casero: la posibilidad que lo encontraran y lo detuvieran. Sin peligro no hay gusto. Esta medida impulsará, por lo tanto, a los kamikaze del sexo a probar nuevas variantes en lugares hasta ahora inexplorados. Esto estará por verse. Por ahora debemos solazarnos con la idea que hay un parque en el mundo donde podemos hacer la caída del ángel desde las ramas de los abedules, o en el que podemos cumplir nuestra fantasía de tener sexo como tarzan y Jane: colgados de los bejucos y gritando a voz en cuello.

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“Rojas” y el miedo insufrible

En una entrada anterior explique con algún detalle las cinco figuras jurídicas que podían salvar a “Rojas” de la cárcel, y dado que el ministro de defensa asegura que la fiscalía no procesará a Montoya por el asesinato de Ríos ya que el subversivo se hallaba bajo miedo insufrible, me detendré un poco más en esta figura.

En el anterior post yo aseguraba que: “Quizás ‘Rojas’ haya creído que las babuchas de garras que su jefe dejaba bajo el chinchorro demostraban que su jefe se transformaba en hombre lobo, lo cual lo condujo a un estado de pánico de tal suerte que perdió los estribos y le propinó una disparo en la frente con la bala de plata que Van Hellsing Jaramillo le llevó desde Transilvania, Caldas” [1] Después de profundas cavilaciones concluí que ese no puede ser la única razón por la que “Rojas” pudo atemorizarse.

Al guerrillero lo pudieron asustar por lo menos dos elementos adicionales:

1.      Los ruidos. Es de todos conocidos los múltiples rumores, sonidos, murmullos y silbidos que repiquetean en la manigua. A estos hay que agregarles los emitidos por los humanos: ronquidos, jadeos, estornudos, eructos y regüeldos. Quizás este pobre hombre desentrañó del concierto de silbidos propios de la selva, jadeos y gritos ahogados que emergían del cambuche de su jefe. En ese momento pensó que un grupo de desertores estaban asesinando a su amado dirigente. Se armo de valor (y de un fusil, por supuesto) y se encamino al refugio. En la sombra distinguió el forcejeo de los cuerpos y los resuellos, se persignó y disparo hacia los bultos negros. Se acercó al cambuche, vio los cuerpos desnudos y exánimes del cabecilla y su mujer. Ay diosito, la cagué, se habrá dicho al tiempo que veía los pétalos de rosas sobre el chinchorro y el ejemplar del kamasutra descansando sobre un charco de Chateau Latour cosecha 64. ¡Ah! que hijuemadres, untado el dedo, untada la mano, habrá dicho al tiempo que le cercenaba la mano a Ríos. Con ella, el computador, la cédula, las botas, las orejas, el libro Corazón, de Amicis, el microondas, los dos preservativos que aún quedaban en la caja y el Rolex de su jefe corrió en la oscuridad en busca del ejército…

2.      El ejército. A cualquiera aterroriza un grupo de soldados que recorren las selvas durante ocho meses:  sucios, malolientes, desmadejados por el hambre y el cansancio. “Rojas”, al verlos con los binoculares pensó que era un grupo de zombis resucitados por la sustancia química 2-4-5 Trioxin o por la radiación de una sonda espacial de la NASA traída desde Venus. Corrió asustado hacia el campamento; entró al cambuche de Ríos y lo encontró legañoso y con una halitosis de moribundo. Asustado pensó que ya lo han mordido los zombis; le disparó en la frente a él a su mujer que exhibía voluminosos moretones en el cuello. Le quitó, luego, la mano al cabecilla para dársela a Curt Reynolds, hijo de un coronel que investiga el posible uso de los muertos vivientes como armas de guerra…

Ahora, si de lo que se trata es de salvar con mentiras a “Rojas” para darle la recompensa creo que la mejor excusa es decirle a la opinión pública que Ríos, al escuchar al ejército, salió corriendo, se tropezó, cayó y se enterró una bala en la frente. Así Montoya queda exonerado de cualquier cargo de asesinato. En cuanto a la mano… digamos que se le desprendió a Ríos hace dos meses, a causa de la lepra.

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