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Funeral

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Sólo murió tres centímetros, pero daba la impresión que falleció completamente. Ha muerto una parte de mí, pensó mientras él y su esposa guardanan el silencio respetuoso e incómodo que se usa en estos casos. Estoy muriéndome a pedacitos, logró decir al final de una larga pausa. Ella le apretó la muñeca con sus dedos índice y pulgar y luego le tendió el brazo sobre sus hombros. Este gesto le produjo una amargura mayor. Era una uña terca, torcida y malhumorada, hacia lo que le venía en gana; pero era, al fin y al cabo, hija de esta creación y de esta voluntad divina que nos pone a coexistir de la mejor manera posible, indicó al tiempo que levantó la uña del suelo. Es cierto que odiaba los calcetines: los rajaba cuando mi indolencia la dejaba crecer más allá de los márgenes aconsejables; pero, salvo por ese detalle, se podría decir que era una uña buena: siempre cumplió con su deber y padeció la dosis de sufrimiento que le correspondía, concluyó con la voz atropellada por una cascada de suspiros que bajaban desde las cumbres de su congoja. Dos lágrimas gruesas descendieron por la mejilla en el instante en el que lanzó el cadáver a la caneca del baño. Dio media vuelta y salió del cuarto al tiempo que se consumía el último remanente de esperanza.

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Pajazo: bosquejo de una retractación

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La primera vez que me masturbe fue… fue… ¿cuándo fue? No recuerdo. Dicen los entendidos en la materia que la masturbación destruye la memoria, la aplasta con sus miríada de corrientazos que lo trepan a los últimos peldaños de la inconsciencia. Vuelven la memoria chicuca, como dice mi mamá cuando las cosas caen y se despedazan. Aunque en este caso no cae sino que sube a niveles extraordinarios. Pero igual se destroza, se fragmenta, se arruga y quiebra por todos lados hasta ser una masa deforme que no sirve para nada. O para casi nada. Sirve, al menos, para recordar los eventos que despiertan los bajos fondos, aquellos que su sola mención hace que la sangre corra en tropel a las regiones australes con algarabía cercana a la demencia.

No sé exactamente cuándo fue, pero sé, a pesar de las lagunas generadas por efectos de la masturbación, que sucedió durante el apagón del noventa y dos. Fíjense que la masturbación desmantela algunas evocaciones y preserva otras. Recuerdo que días antes, o quizás meses, no recuerdo, Juan Manuel Santos, entonces ministro de Comercio, hoy presidente de la república, a las doce de la noche del primero de mayo de ese año, con un par de teclazos, adelantó la hora oficial en el Laboratorio del Tiempo de Icontec…

Me masturbé, venía indicando antes de perderme en detalles históricos, una tarde del noventa y dos, al amparo de las sombras que crecían como una inundación. Lo hice con una destreza asombrosa si se tiene en cuenta que lo hacía por primera vez en mi vida. Esto acaso indique que nací con el instinto masturbatorio bastante desarrollado. Posiblemente todos los humanos nacemos con él. Por eso me causa curiosidad que la iglesia la enjuicie ya que, al hacerlo, condena a quien creó dicha destreza. Es decir, la reprobación de la masturbación es, a la larga, la censura del mismísimo Dios…

Exponía antes de extraviarme en especulaciones teológicas, que fue una tarde del noventa y dos (la masturbación también causa que el cerebro sea reiterativo y se pierda en los atajos que le salen al paso). Dije, asimismo, que lo hice con una maestría instintiva. También fue instintivo el temor de ser descubierto haciendo aquello que no sabía cómo se llamaba. Meses después supe que mis compañeros le llamaban paja o pajazo, por una razón que aún desconozco. Lo cierto es que prefiero ese nombre que cualquier tecnicismo gestado en las mentes de los hombres y mujeres que no se masturban por estar ocupados investigando la manera y forma en la que se pajean sus semejantes. También prefiero ser llamado pajuelo en lugar de ser denominado onanista. De hecho, ya que hablamos del señor Onán, hijo de Judá, no fue ningún pajuelo. Su pecado, si acaso se puede denominar así, era practicar el coitus interruptus con su cuñada Tamar, viuda de su hermano Er. Eso, aunque no lo crean, fue suficiente para que Jehová le quitara la vida. Lo pueden encontrar, en caso que les cause curiosidad o que no me crean, en génesis 38: 7-10.

Esa fue la primera vez. Luego lo repetí a lo largo del apagón que finalizó el siete de febrero del noventa y tres. Concluyó no tanto porque El Niño cesara en su empeño de calentar hasta las nieves perpetuas, sino por los buenos oficios que Juan Camilo Restrepo, ministro de Minas y Energía, hiciera con el sindicato de Corelca. Juan Camilo fue ministro en ese tiempo y lo es ahora: antes de Minas, ahora de Agricultura. No es extraño, entonces, que los colombianos tengamos la sensación que nada ha cambiado en el país en los últimos veinte años. Nada excepto mis pajazos: ahora no los hago con tanta frecuencia porque tengo esposa y dejé de ser aquel niño que no tenía nada que hacer. En realidad ahora tampoco tengo oficio, pero hay electricidad, internet y redes sociales. Es justo aclarar que este cambio no es del todo ventajoso: mi esposa no acude con la rapidez de la mano porque trabaja y ni el internet ni las redes sociales funcionarían si hubiera apagón. De hecho, si retornáramos a él (que no es una idea descabellada gracias a que regresó El Niño a Colombia), volverían los viejos tiempos, y quizás con ellos retornaría a las viejas mañas. No las mañas del país, que nunca se han abandonado, sino las que tuve cuando era un niño de doce año que negaba la paja…

Ese es, para ser sincero, la razón que me condujo a escribir este texto: confesar que era un pajuelo y que, a pesar de serlo, lo negaba por vergüenza y temor. Vergüenza con mis compinches que decían que no se echaban sus pajazos y temor de ser rechazado por “pelar cable”. Muchos de mis compañeros fueron, de hecho, marginados bajo el ignominioso rótulo de pajuelos (el cual tuvo la capacidad de ubicarlos en el último piso de la escala social). Debí, como indiqué antes, liberarme de yugo y decir abiertamente que me pajeaba todas las tardes al amparo de las sombras contra las que luchaba Juan Camilo y Gaviria Trujillo, y no tener que pasar la vergüenza de confesarlo a los treinta y tres años de edad, como si fuera un adolescente calenturiento que acaba de ser descubierto en el baño…

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Errores en estudio sobre consumo de alcohol

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El reciente Estudio sobre Patrones de Consumo y Consumo nocivo de Alcohol en Colombia 2012, de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), afirma que Colombia es el tercer país de Latinoamérica en consumo de alcohol. Pienso, con todo respeto, que el artículo se equivoca por dos razones: la veracidad de las respuestas y la incapacidad de calcular la cantidad de alcohol que se ingiere en un año.

La metodología de entrevistar a ciudadanas y ciudadanos generó, en primer lugar, imprecisiones gracias a que en este país nadie se considera alcohólico a pesar de emborracharse dos veces por semana. ¿Alcohólico yo? ¡Nunca! Sepa usted que nunca me he emborrachado en mi vida, apostaría que dijo más de uno. En este país, además de lo anterior, nadie admite que está embriagado a pesar que no se puede sostener en pie o que está dando botes bajo la mesa después de haber ingerido dos botellas de aguardiente.

Quedan dudas, asimismo, de la manera en la que se llega a la conclusión que se bebe 6,3 litros de alcohol por año. ¿Cómo una persona determina cuánto alcohol ha ingerido en una noche?

Para hacerlo necesitaría, en primera instancia, beber el mismo licor. Esto, como todos sabemos, no se cumple, ni se cumplirá en Colombia gracias a que se acostumbra mezclar tragos. ¿Cuáles tragos? Todos. Acá, por ejemplo, bebemos cerveza, vino que parece jarabe, aguardiente que sabe a juagadura de techo de cantina, tequila de caja, ron y brandy en un breve paseo por la cuadra. Vecino; tómese un ron, dicen los dueños de la casa adyacente. Venga el ron. Vecino; tómese un whisky, dicen los propietarios de la casa contigua a la adyacente. Venga el whisky. Así hasta que al límite de la cuadra caminamos en eses, sin saber para dónde íbamos y desconociendo la razón por la que salimos de la casa. Entonces damos media vuelta y empezamos a dirigirnos a ella recibiendo los mismos tragos, pero en sentido inverso.

Supongamos, volviendo al tema y en aras de facilitar el debate, que ingerimos un solo tipo de bebida. Digamos, por decir una cifra, que esta tiene una concentración del 8%. Ahora nace un nuevo inconveniente. ¿Cuántas botellas se bebió? Si se sentara solo en su casa y las fuera acumulando una detrás de otra, sería fácil hacer la cuenta. Pero el colombiano promedio no toma en la casa. Al menos no lo hace en la propia. Bebe en la calle, mientras va de un punto a otro.

Presumamos, entonces, que se sienta en la mesa de un bar y que deja sobre la mesa todas las botellas. Lo malo es que no son pocos los tenderos que les agregan cascos desocupados para aumentar la cuenta. O, si no es el dependiente, son los borrachos de la mesa vecina quienes cambian una botella llena por la desocupada que tienen ellos sobre su mesa. También acostumbran poner un grupo de botellas para aminorar el importe propio y subir el ajeno. Si el lugar está muy lleno se roban la botella entera y se pierden entre la marejada de piernas y brazos que intentan bailar entre los borrachos.

Establezcamos, para facilitar el ejercicio, que nadie roba o cambia las botellas. Ahora viene el problema de la dosis que ingiera en cada sorbo. Quisiera suponer que ingiere la misma dosis. En Colombia, sin embargo, se bebe directamente del pico de la botella. Así la medida depende del diámetro de la boca de la botella (o de las dimensiones del roto de la caja) y de la tolerancia que se tenga en el momento de empinar el codo.

Lo anterior demuestra que es imposible que un colombiano promedio pueda responder con absoluta certeza, cuánto alcohol ingiere en una sola jornada etílica. Piensen ahora el problema que supone hacer los cálculos de un año entero. Normalmente no recuerda la mitad de las bebetas porque se enlagunó en ellas. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Qué hice?, se preguntan poco después que se despiertan en una casa ajena, sin ropa, al lado de una mujer igualmente desnuda, igualmente ajena e igualmente enlagunada. En algunos casos la laguna desemboca, incluso, en el asesinato de los compañeros de jarana a causa de alguna pequeñez. Baste citar, para respaldar esta afirmación, el caso que fue ampliamente documentado por la prensa amarillista de Bogotá, del joven que amaneció al lado del cadáver del amigo que ultimó a puñaladas porque cometió la imprudencia de pedir “un vaso de cerveza”, en lugar de “un vaso con cerveza” (bastante peligroso esto de vivir en un país de gramáticos).

En suma, y para no dar más largas, es imposible determinar cuál es la cantidad de alcohol que consumimos en un año y en consecuencia, es falaz el resultado del Estudio sobre Patrones de Consumo y Consumo nocivo de Alcohol en Colombia 2012, de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).

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Cuarenta y tres metros

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Fue suficiente un roce de miradas para que nos conectáramos desde las dos orillas de un río de personas y mesas. Ella estaba con su pareja y yo estaba sentado junto a mi esposa. Marjorie, mi mujer, no tardó en descubrir las ojeadas que erraban por los cuarenta y tres metros que nos separaban. Arribó la incomodidad con todos sus aguijones. ¿Quién es ella?, pregunto interrumpiendo una conversación azarosa. ¿Quién?, respondí como lo hacen todos los hombres que se sienten descubiertos antes que las ideas (las malas ideas) concluyan su proceso de maduración. Ella, la que lo mira desde hace una hora (no era una hora sino catorce minutos). ¿Cuál?, rematé con otro interrogante con la esperanza que se perdiera en el laberinto de dudas y respuestas para que emergiera, minutos después, en un diálogo inofensivo. Eso, hágase el pendejo, objetó, destruyendo, de esa manera, la única estrategia existente desde los días en los que Filipo de Macedonía, padre de Alejando Magno, la estableciera: confunde y reinarás (creo, de hecho, que es divide y reinarás; para el presente episodio tiene, sin embargo, la misma validez). El caso es que arribó, al término de un bufido que descuadernó los arbustos, una ráfaga de silencio que abrió un abismo de segundos que se marchitaban lentamente.

Poco después la muchacha se levantó y vino contoneando las caderas en una vorágine de balanceos provocativos que succionaba manteles y hojas, que decapitaba frases, que despeinaba las hebras de viento. Marjorie se encrespó cual mar embravecida. No existe mujer que acepte que otra venga a pavonearse de esa manera en el territorio que no es territorio, ni enclave o consulado, sino un espacio tan etéreo como la ley que lo genera y tan escurridizo como los múltiples estatutos que le crecen con los años hasta transformarlo en una maraña de normas tácitas y explícitas que siempre, sin excepción, castigan al hombre por ser como es. Ella continuaba acercándose y Marjorie seguía erizándose como si fuera un animal defendiendo la comarca en el que habrán hijos, casas a quince años, deudas, peleas y reconciliaciones; es decir, en el que hay futuro en estado sólido.

Yo, entretanto, quería bramar con todas las fuerzas de la testosterona que burbujeaba en las vecindades de los ojos. Y no era para menos: ella, ese imperio de carne y sensualidad, venía a toda vela a mi encuentro sin temerle a la mirada rencorosa de mi esposa, a los susurros que hacían ondular su minúscula falda, ni a su pareja. Nada la detenía. Parecía que sólo la impulsaba el deseo de poseerme en un frenesí de sudor y flujos seminales. El cerebro para este momento había apagado todas sus funciones cognoscentes y sólo operaba en modo emergencia. Simultáneamente la especie humana, la bendita especie humana, pedía desde las cumbres metafísicas que hiciera posible su perpetuación. Quizás, me digo en el instante que escribo estas palabras, es el único momento en el que el acto y la potencia son uno y la misma cosa: la perpetuación de la especie (que sólo existe en potencia) se cumple en el ejercicio sexual (que sólo se consuma en acto)… en fin. Concomitante con el llamado de la especie, pero desde los abismos de la animalidad, rugía el instinto sexual: toda la fuerza de la naturaleza se acumulaba en una región que demandaba toda la sangre posible, abandonando, de esa manera, al pobre cerebro a la deriva de su suerte (que era poca).

Ella seguía acortando la infinita distancia que nos separaba. Marjorie la miraba con los ojos inyectados de sangre, en tanto arrugaba la servilleta para retener el alarido que ahogaría el fandango con la eficiencia de un cañonazo. Seguía acercándose y mi mujer continuaba poniéndose rígida y le vibraban los maseteros y el músculo orbicular. La respiración se había transformado en una especie de sortilegio que pretendía convocar un rayo que la reduciría a un cúmulo de ceniza y rescoldos que ella pisotearía a su antojo.

Me levanté cuando le faltaban dos centímetros para llegar a la mesa. Las piernas sólo se sostenían por el ímpetu de la reproducción. Cuando estaba frente a mí dijo en un susurro leve, manso como el silencio que se filtra entre los versos, tierno como la sonrisa de una mujer, Hola. Hola respondí al tiempo que ella continuaba su marcha hasta llegar a la mesa que estaba detrás de mí y abrazar a un hombre corpulento. La sangre se redistribuyó instantáneamente por todos los órganos y extremidades hasta llegar al cerebro (quien dos segundos antes me avisó, a pesar de su avanzado grado de invalidez, que había hecho el ridículo). Sentía que todos me observaban, pero mi esposa era la única que me lanzaba una mirada que helaba la sangre. ¡Idiota!, señaló con rabia. Luego se hundió en una región perdida en las nebulosidades de la indignación. Yo sabía que era lo último que le escucharía esa noche (y quizás el resto de semana). Mañana, o el próximo mes, dependiendo de su humor, cuando vuelva a hacer uso de la palabra, se referirá a ella como “la zorra del centro comercial” (acentuando las comillas con voz temblorosa) y me recordará este episodio hasta el final de mis días para hacerme pagar, de esa manera, la osadía de haberle mostrado, así sea por un par de segundos, la posibilidad de que ese futuro sólido se puede derretir y escurrirse por la rendija de la primera mujer que atraviesa el cuarto piso de un centro comercial.

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Educación

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Me pregunto cuando se habla de la Educación, de la que se escribe en mayúsculas, la que da títulos y abre puertas (en oposición, quizás, a la educación en minúsculas, la que antaño le concernía a los padres y que hogaño le corresponde a la televisión, la que enseña a pedir el favor, a saludar, agradecer y despedirse), cuando se debate sobre su naturaleza y la manera de dirigirla, cuando se discute sobre su función pública, cuando se estudian reformas tendientes a mejorar su calidad y ampliar la cobertura, me pregunto, decía, cuál será el día en el que estaré entre los expertos que deliberan, estipulan, definen, ordenan, miden, sopesan, ajustan y establecen qué es y cómo deben impartirse la Educación. No lo digo porque tenga Doctorado en Pedagogía o en Políticas Educativas. No; lo afirmo por todo lo contrario: porque sólo tengo el título de Bachiller Académico.

Bachiller Académico es, curioso lector o intrigada lectora que desconocen el sistema educativo colombiano, el título que se le otorga a aquel estudiante que se gradúa sin saber contabilidad, mecanografía, metalmecánica, ebanistería, agronomía, dibujo técnico, dibujo artístico, horticultura… es decir, aquel que sólo conoce el arte de leer, aunque con bastante dificultad, y que pueden garrapatear dos o tres operaciones aritméticas siempre que estas no involucren fraccionarios.

Este es, decía, mi único título. Después de él tengo, y esa es la razón por la que debería estar entre los expertos y los investigadores, veintisiete semestres de pregrado. Ellos se distribuyen en dos Programas Curriculares (ingeniería y matemática) y cubren, gracias a mi incapacidad para saber qué me gusta y qué quiero hacer en la vida, más de diecisiete profesiones. ¿Quién, díganme ustedes, más autorizado que yo para hablar de los problemas y dificultades en la Educación Superior?

No soy, sin embargo, el único: conozco una centena de expertos en Educación Media que han estado en el sistema, a lo largo de décadas, cambiando de colegio, de método, de pedagogía, de docentes, de directivas, de orientación religiosa y filosófica. Pasan de un colegio campestre a un internado, del internado salen a una institución de pedagogía experimental, de allí van para un colegio militar, de este se van para un Colegio Distrital y así hasta que terminan, por la gracia de Dios, de Destino, del Azar o, vaya uno a saber si por las bondades del mismo sistema, el dichoso Bachillerato. ¿Quién, díganme de nuevo, más autorizado que ellos para enumerar las debilidades de cada institución en particular y del sistema en general?

Es que ese es el punto: quienes deberían deliberar y disertar sobre la Educación seríamos nosotros, los vagos, los que siempre perdemos materias, semestres y años, y no aquellos señores de doctorados y postdoctorados que nunca levantaron la cabeza de los libros y que, gracias a ello, no conocieron la universidad ni en su estructura ni en su problemática. Quienes duden de ello pregúntenle al más destacado de su clase, al mejor de la promoción, al Suma Cum Laude, si conoció el pastizal vecino de La Capellanía.

-¿Cuál?
-Aquel que están detrás del Polideportivo; cerca de la salida de la veintiséis. Allá dónde nos íbamos a tomar aguardiente con las niñas de Psicología y que después se transformaba en motel de mil estrellas…
-¿Cuál polideportivo?
-en el que estuvo alojada la Biblioteca Central…
-del traslado de la Biblioteca sí me acuerdo pero no del pastizal… y mucho menos del motel ese…
-hombre, pero si usted escribió un artículo sobre la arquitectura de la Universidad Nacional y nombró ese espacio…
-lo que pasa es que esa información la saqué de un artículo de La Sorbona…

Ellos vienen, posteriormente, a decirle a las universidades y a sus estudiantes cuáles son los problemas que tienen porque lo leyeron en algún tratado norteamericano que versa sobre las universidades latinoamericanas o porque suponen que tendremos los mismos inconvenientes que tuvo la universidad europea en los años cincuenta. ¡Todo eso lo saben sin necesidad de poner un pie en la universidad! ¡Qué lumbreras! O si ponen un pie es para dar una conferencia y luego salir corriendo o dando botes y tumbos como le sucedió a Juan Camilo Restrepo hace casi diez años en el auditorio Virginia Gutiérrez de Piñeres. ¿Será, entonces, justo que sean ellos quienes decidan sobre la directrices de la Educación? De ninguna manera. Pienso que el gobierno debería pedirles a los rectores de todas las universidades y todos los colegios la lista de los peores estudiantes, de los que llevan años o décadas en sus instalaciones para llamarlos, sacarlos del olvido, quitarles las telarañas y los estigmas que les ha impuesto la academia, para darles la posibilidad que trasformen la Educación en el carnaval de conceptos, en la borrachera de ideas, en la orgía de argumentos que debería ser…

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Diccionario casero (B)

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(A)

Baco: dios que hace las veces de comodín en la baraja de deidades griegas y quien servía, asimismo, para justificar el alcoholismo de sacerdotes y sacerdotisas.

Bailar: moverse al ritmo de música alegre con la esposa o la hija del vecino en ausencia de este.

Bala: exitoso instrumento usado por algunos gobernantes latinoamericanos para disminuir los índices de pobreza.

Baño: cuarto en el que el adolescente inicia su vida sexual, el adulto su vida crediticia y el anciano su siesta de las dos de la tarde.

Batalla: procedimiento para trasladar fronteras cuando no fueron efectivos los insultos ni las amenazas.

Beata: mujer cuyo aspecto es similar al del gallinazo y quien entrega su vida a la oración en vista que no puede entregársela a nada más provechoso.

Beber: acción que es negativa si se hace en la soledad o en grupos pequeños pero que es positiva si la hace una nación completa. Ejemplo de ello lo evidencian los ingleses (alcohólicos por excelencia), quienes son más apreciados que los abstemios mahometanos (a quienes estos diezmaron considerablemente durante su paso por la India).

Belleza: objeto que las mujeres quieren poseer, los hombres desean obtener y los comerciantes buscan vender. (2) Cualidad de algunas mujeres que tienen la facultad de trasnochar al padre, al novio o el marido y que alegra, en contrapartida, al vecino, al compañero de universidad o al malandrín de la esquina.

Benefactor: dícese de quien regresa lo que le aburre o le causa inconvenientes continuar teniéndolo bajo su poder. (2) hombre que adquiere grandes cantidades de ingratitud y olvido a precio alto. (3) hombre adinerado que desea limpiar el origen de sus riquezas.

Beso: aquello que los hombres dicen que es nada, las mujeres denominan traición y las amantes ubican en el conjunto de los descaches. (2) palabra inventada por los presidentes para que rimara con embeleso con el fin ajustar los sonetos que redactaban al término de sangrientas batallas.

Bestia: animal bípedo que supone que viene a salvar la fauna y la flora de su pequeño hábitat. (2) animal de carga que cree firmemente que el bípedo vino a protegerlo y a salvaguardar los bienes de sus congéneres.

Bígamo: hombre que tiene dos esposas, cinco hijos, seis hipotecas, tres empleos y la férrea (y claramente errada) idea que es feliz y superior a los demás hombres.

Billete: tarjeta o cédula que da derecho de ganarse la sonrisa de los hipócritas, la amistad de los interesados, la admiración de los imbéciles y la envidia del resto de los mortales.

Blindaje: material con que se revisten los vehículos de quienes temen que la justicia pueda enderezar su paso.

Boda: ceremonia a partir de la cual se legaliza la mayoría de pecados (excepto la traición), las deudas se hacen comunes y los bienes se ponen en nombre de terceros.

Borrachera: lo que produce el poder en el débil, el dinero en el miserable, la política en los incapaces y el alcohol en el resto de mortales. (2) estado de la conciencia en el que se dice todo aquello que no se debe pronunciar, se hace lo indebido, se pierde lo que se ama y que queda inmortalizado en las redes sociales (y en las minutas de algunas estaciones de policía).

Brazo: miembro del cuerpo, que comprende desde el hombro a la extremidad de la mano. (2) ~ armado: única fracción de los partidos políticos que cumple sus promesas.

Bruja: mujer fea y desagradable que emplea métodos luciferinos para cumplir sus objetivos. (2) mujer hermosa y divertida que emplea métodos luciferinos para cumplir sus objetivos.

Bruto: Persona que comete la imprudencia de decir la verdad en el lugar indicado. (2) Bígamo.

Buena: mujer que es objeto de canciones, versos, obsequios y amenazas con el único fin de poseerla y de quien se pierde interés apenas cruza el umbral de los cincuenta.

Bueno: hombre a quien las mujeres miran con el único fin de pedirle un favor, los bravucones para agotar su ira y los profesores para que les borre el tablero o haga lo que ellos no desean hacer y de quien se pierde interés apenas cruza el umbral de la puerta.

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Estatuto erótico-fiduciario

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Los desafortunados incidentes que sobrevienen al epílogo de los noviazgos me han enseñado que se debe, antes de iniciar una relación, dejar por escrito los compromisos y deberes que regularán la conducta de los miembros de la pareja. Este documento aseguraría, por tanto, que si una mañana lo llama su pareja enfurecida porque usted, apreciado lector, no la acompañó a la reunión mensual de amigas, le responda, con el contrato en mano, que no se estipuló que debía acompañarla a celebraciones. Regularía, de igual manera, que usted, dulce lectora, le diga a su novio: acá se establece que debes acompañarme a comprar zapatos, además de estar absolutamente prohibido que se queje o que ponga cara de palo, sin importar el número de almacenes que se visiten.

Una vez se han realizado las aclaraciones pertinentes, dejo, para ilustración de lo anterior, el penúltimo contrato celebrado por mí. En él se regula, como podrán ver, la vinculación erótico-monetaria del firmante con una vieja amiga quien, en su condición de prestancia financiera, puede solventar el déficit que han dejado años de desenfreno.

Antecedentes

En vista a que Pepita Pérez goza de abultados salarios y gracias a que el Señor Diego Niño carece de medios económicos para sobrevivir, se establece una asociación en la que las dos partes transfieren una fracción de sus bienes para conformar dicha coalición. Para tal efecto el Señor Diego Niño dará de sí todo lo que la carne puede dar –que en verdad no es poco- y la Señora Pérez dará, en justa contraprestación, un porcentaje de sus ingresos para que dicho señor pueda vivir dignamente.

Parágrafo: Los límites de cada parte serán los que la capacidad física y el monto de los salarios determinen.

Soportes

Al presente documento se anexan doce testimonios -debidamente autenticados en notarías- de las capacidades amatorias del suscrito. Se adjuntan, asimismo, sendos historiales médicos que certifican la idoneidad física del Señor Niño y un video pornográfico titulado “Chita en el País de las Verijas”, donde el firmante hace las veces de León y del Hombre de Hojalata (el anexo A.3 corresponde al testimonio de Chita).

Garantías

El señor Niño se compromete, en el evento que la carne no dé de sí tanto como la contraparte espera, devolver el porcentaje correspondiente a la falta. Así, por ejemplo, si la señora Pérez se siente insatisfecha en uno de cada cincuenta encuentros, el suscrito le entregará al término del mes el 2% de los honorarios pactados.

Si la Señora Pérez, por otra parte, no paga lo que el señor Niño considera que cuestan sus servicios, este último puede desistir de prestarlo hasta que la contraparte jure sobre la biblia que es adicta al cuerpo del señor Niño. Vale decir que en el momento que se ejecute el juramento, el presente contrato tendrá calidad de vitalicio.

Finalización del Contrato

El contrato cesará en el momento en el que las dos partes concurran ante un juez de paz y manifiesten el deseo de cesar las responsabilidades que el contrato grava.

Adendas

Si alguno de los concurrentes desea adicionar al contrato términos ajenos a él (caricias, carantoñas, llamadas todos los días, exclusividad del cuerpo, etc.) debe enviar un oficio a la contraparte, o al representante legal de esta, para notificar el deseo de adicionar al contrato la parte correspondiente. Este, a su vez, estudiará la petición y el correspondiente gravamen que este acto ocasione, para enviar, en el término de tres días hábiles, la respuesta al solicitante.

Firmantes:

Pepita Pérez                                                                                           Diego Niño

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