Archivo de la etiqueta: adolescencia

Pajazo: bosquejo de una retractación

masturbacion1(Fuente de la Imagen)

La primera vez que me masturbe fue… fue… ¿cuándo fue? No recuerdo. Dicen los entendidos en la materia que la masturbación destruye la memoria, la aplasta con sus miríada de corrientazos que lo trepan a los últimos peldaños de la inconsciencia. Vuelven la memoria chicuca, como dice mi mamá cuando las cosas caen y se despedazan. Aunque en este caso no cae sino que sube a niveles extraordinarios. Pero igual se destroza, se fragmenta, se arruga y quiebra por todos lados hasta ser una masa deforme que no sirve para nada. O para casi nada. Sirve, al menos, para recordar los eventos que despiertan los bajos fondos, aquellos que su sola mención hace que la sangre corra en tropel a las regiones australes con algarabía cercana a la demencia.

No sé exactamente cuándo fue, pero sé, a pesar de las lagunas generadas por efectos de la masturbación, que sucedió durante el apagón del noventa y dos. Fíjense que la masturbación desmantela algunas evocaciones y preserva otras. Recuerdo que días antes, o quizás meses, no recuerdo, Juan Manuel Santos, entonces ministro de Comercio, hoy presidente de la república, a las doce de la noche del primero de mayo de ese año, con un par de teclazos, adelantó la hora oficial en el Laboratorio del Tiempo de Icontec…

Me masturbé, venía indicando antes de perderme en detalles históricos, una tarde del noventa y dos, al amparo de las sombras que crecían como una inundación. Lo hice con una destreza asombrosa si se tiene en cuenta que lo hacía por primera vez en mi vida. Esto acaso indique que nací con el instinto masturbatorio bastante desarrollado. Posiblemente todos los humanos nacemos con él. Por eso me causa curiosidad que la iglesia la enjuicie ya que, al hacerlo, condena a quien creó dicha destreza. Es decir, la reprobación de la masturbación es, a la larga, la censura del mismísimo Dios…

Exponía antes de extraviarme en especulaciones teológicas, que fue una tarde del noventa y dos (la masturbación también causa que el cerebro sea reiterativo y se pierda en los atajos que le salen al paso). Dije, asimismo, que lo hice con una maestría instintiva. También fue instintivo el temor de ser descubierto haciendo aquello que no sabía cómo se llamaba. Meses después supe que mis compañeros le llamaban paja o pajazo, por una razón que aún desconozco. Lo cierto es que prefiero ese nombre que cualquier tecnicismo gestado en las mentes de los hombres y mujeres que no se masturban por estar ocupados investigando la manera y forma en la que se pajean sus semejantes. También prefiero ser llamado pajuelo en lugar de ser denominado onanista. De hecho, ya que hablamos del señor Onán, hijo de Judá, no fue ningún pajuelo. Su pecado, si acaso se puede denominar así, era practicar el coitus interruptus con su cuñada Tamar, viuda de su hermano Er. Eso, aunque no lo crean, fue suficiente para que Jehová le quitara la vida. Lo pueden encontrar, en caso que les cause curiosidad o que no me crean, en génesis 38: 7-10.

Esa fue la primera vez. Luego lo repetí a lo largo del apagón que finalizó el siete de febrero del noventa y tres. Concluyó no tanto porque El Niño cesara en su empeño de calentar hasta las nieves perpetuas, sino por los buenos oficios que Juan Camilo Restrepo, ministro de Minas y Energía, hiciera con el sindicato de Corelca. Juan Camilo fue ministro en ese tiempo y lo es ahora: antes de Minas, ahora de Agricultura. No es extraño, entonces, que los colombianos tengamos la sensación que nada ha cambiado en el país en los últimos veinte años. Nada excepto mis pajazos: ahora no los hago con tanta frecuencia porque tengo esposa y dejé de ser aquel niño que no tenía nada que hacer. En realidad ahora tampoco tengo oficio, pero hay electricidad, internet y redes sociales. Es justo aclarar que este cambio no es del todo ventajoso: mi esposa no acude con la rapidez de la mano porque trabaja y ni el internet ni las redes sociales funcionarían si hubiera apagón. De hecho, si retornáramos a él (que no es una idea descabellada gracias a que regresó El Niño a Colombia), volverían los viejos tiempos, y quizás con ellos retornaría a las viejas mañas. No las mañas del país, que nunca se han abandonado, sino las que tuve cuando era un niño de doce año que negaba la paja…

Ese es, para ser sincero, la razón que me condujo a escribir este texto: confesar que era un pajuelo y que, a pesar de serlo, lo negaba por vergüenza y temor. Vergüenza con mis compinches que decían que no se echaban sus pajazos y temor de ser rechazado por “pelar cable”. Muchos de mis compañeros fueron, de hecho, marginados bajo el ignominioso rótulo de pajuelos (el cual tuvo la capacidad de ubicarlos en el último piso de la escala social). Debí, como indiqué antes, liberarme de yugo y decir abiertamente que me pajeaba todas las tardes al amparo de las sombras contra las que luchaba Juan Camilo y Gaviria Trujillo, y no tener que pasar la vergüenza de confesarlo a los treinta y tres años de edad, como si fuera un adolescente calenturiento que acaba de ser descubierto en el baño…

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo adolescencia, amigos, anécdota, colegio, comentario, desplome de los años, evocaciones, humor, mujeres, narraciones, personal, reflexiones, sexo

No reside destinatario

ref- 026

A la memoria de Nabyl Cortes

Veintitrés años. Veintitrés años y una semana. Esa era la edad que usted tenía cuando murió. Ahora que soy uno de esos viejos de los que renegábamos, y a quienes nunca les dimos la oportunidad de explicarse, estoy tentado a decir que usted era un niñito, en diminutivo, como si quisiera acentuar la invalidez de su edad. Veintitrés añitos. Casi nada. Ni siquiera había empezado a construir su identidad, como no lo habíamos hecho ninguno de nosotros (los de siempre, los del colegio, los de toda la vida). Aún éramos lo que nuestros padres habían hecho de nosotros. O querían hacer de nosotros. Después nos fuimos apartando de sus directrices hasta ser lo que somos. ¿Qué somos?, se preguntará usted. La verdad, no sé. Le podría decir, en contraprestación, qué hacemos. A mí, por ejemplo, me da algunas veces por decir que soy profesor. Otras tantas me da por decir que escribo.

¿A qué se dedicaría usted en este momento? Quizás habría seguido con la idea de ser bombero y seguro que habría desistido a mitad de camino. Por ahí contaba Walther a propósito del proyecto, que usted le mostró una foto en la que está sobre uno de aquellos carros de bomberos enormes, rojos, llantas veloces, manubrio postizo, que servían para que uno se desmierdara en la primera callejuela inclinada que apareciera. Si ve que siempre quise ser bombero, dice Walther que dijo usted al tiempo que le mostraba la foto. Poco después de habérselo dicho y de que sobreviniera su muerte (que estuvieron bastante cerca), tuvimos la oportunidad de ver la fotografía gracias a que su abuela la había hallado entre los libros de la habitación que aún le decían, empujadas por la inercia de la costumbre, “el cuarto de Nabyl”. Todos miramos la fotografía con el vértigo de quien contempla la profundidad del abismo y sentimos deseos de llorar largamente, como si se hubiera muerto nuevamente.

O tal vez habría cuajado la idea de ser chef. Marica, deberíamos meternos a un curso de chef en el Sena, me dijo usted al margen de la Calle Cuarenta y Cinco una tarde de lloviznas y presagios. ¡De una!, respondí contagiado por su energía. Tres semanas después averigüe qué debíamos hacer para entrar. Usted nunca lo supo. ¡Cómo iba a saberlo si la muerte no le dio tiempo de enterarse de esas pequeñeces! Se lo iba a decir la noche que le conté al Negro que estaba saliendo con Astrid. Usted, poco después de mi confesión, me miró como si hubiera perdido el juicio. No tuve tiempo de demostrarle que tenía razones poderosas para hacerlo: tenía la certeza que usted y Walther detendrían al Negro mientras yo salía corriendo. Ustedes, contrario a mis expectativas, empezaron a caminar para atrás. Un paso, dos pasos, tres pasos. Clac, clac, clac. El segundero transitando mansamente. El Negro levantándose y mirándome con los ojos inyectados en sangre. Otro paso para atrás y los brazos levantados para evitar que les salpicara sangre a la cara. Mi vida completa desfilando frente a mis ojos a la velocidad de las tragedias. Clac, clac, clac. El segundero continuaba en su tránsito circular. No hay problema, dijo El Negro poco antes que la vida retornara a mi cuerpo.

Después vino el largo y minucioso ejercicio de organizar aquella fiesta en una casa semi-destruida de Chapinero. Venían las ideas, venían las cervezas. Emergían nuevas ideas, emergían nuevas cervezas. Irrumpían otras ideas, irrumpían otras cervezas. Hasta que nos echaron de la tienda y tuvimos que irnos a la casa de Walther. Allí seguimos bebiendo, pero las ideas para la fiesta se habían agotado. Tampoco quedaba rastro de mi intención de ponerle al día sobre las averiguaciones del Sena. Sólo quedábamos nosotros y el recuerdo de la época del colegio. Dele y dele al aguardiente hasta que brotó el amanecer, nítido, agresivo, sobre las terrazas de las casas. En ese momento usted afirmó, con su infatigable optimismo, que dormiría media hora y luego se iría a trabajar. A pesar de su buena voluntad, abrió los ojos a las once de la mañana, justo después que le llegara la certeza que tendría problemas con su tío. Al rato nos fuimos caminando por las calles que naufragaban entre las guedejas del sol del medio día, el dolor de cabeza y las nauseas. Hable y camine, camine y hable, hasta que apareció la buseta por alguna grieta de la mítica Calle Sesenta y Ocho. Emprendió, entonces, su patentado pique de choro al tiempo que me gritaba, nos vemos luego…

Pero no nos vimos luego porque usted se fue de cabeza en el lago. En uso de sus facultades o en ausencia de ellas. No importa. Lo relevante es que se fue de la misma manera que huye la sangre de quien se asusta. O como se acallan el murmullo después de un disparo: de tajo, sin aspavientos, de repente, de un solo golpe.

Siempre he querido pensar que aquella noche del trece de diciembre del dos mil dos, justo diez años antes de estas palabras, usted saltó la reja, evadió la seguridad y posteriormente se dio a la tarea de deambular por el parque. Primero caminando entre las sombras de los árboles, tropezando en los altibajos, cayendo en las inclinaciones que aparecían intempestivamente. Después llevado por la inercia del paseo, por el empuje de los pensamientos. Al final el lago: una mancha más oscura que la oscuridad de la noche. No sé si se fue al borde y se hundió lenta pero irreversiblemente hasta quedar aferrado al fango de la muerte. No sé si pegó el glorioso pique de choro y se lanzó. Plash. Un leve chapoteo de agua y luego el blub de su cuerpo abriéndose camino para la eternidad. Así, en medio de la noche, sin testigos, sin un alma que diera fe de lo que hizo, de lo que dejó de hacer o de lo que le hicieron, si es que le hicieron algo. Sólo dejó conjeturas en las últimas horas de su existencia. Conjeturas y un dolor amargo, difícil de digerir, agrio como el óxido del tiempo, una aflicción que vive atravesándose en las arterias de la memoria.

Solo en su soledad se fue para la perpetuidad en la que nos aguarda con su mirada ladeada, con su tumbao de malevo, con sus veintitrés años y una semana.

¡Qué pronto te fuiste Nabylón!

Cómo me gustaría que aún subsistiéramos en medio de la borrasca etílica para ver cómo van cayendo los compañeros, uno detrás de otro, en los pantanos de la borrachera. Puf, puf, puf. Para después quedarnos aferrados al trago y a la charla sobre las mujeres que nos miran desde la altura de su indiferencia. Nabylón, ¿alguna novedad? Ninguna. ¿Rumbeos? Cero. ¿Y usted? A ceros, como siempre. Y como siempre levantaría el codo para espantar la frustración. Pero queda el trago, diría antes de entregarle la botella. Pero queda el trago, repetiría usted con los ojos vidriosos de la borrachera. Después contemplaríamos las esperanzas que se iran tiñendo con la misma serenidad con la que la alborada envuelve las tinieblas…

Deja un comentario

Archivado bajo adolescencia, amigos, anécdotas, borrachera, calle, desamor, despedida, desplome de los años, evocaciones, fiesta, mujeres, narraciones, personal, reflexiones, saudade

Puente

(Fuente de la Imagen)

Puentecito dormido
y entre el murmullo de la querencia,
abrazado a recuerdos,
barrancos y escalinatas. 

Canta Chabuca Granda

¿Cuántos años han pasado bajo el puente de mi corazón? ¿Quince? ¿Dieciséis? El tiempo ha corrido bajo su arco llevándose miradas y besos, destiñendo el paisaje que acompaña la nostalgia, cargando recuerdos amoratados en su viaje hacia el olvido, terrones de vida que se transforman en barro que flota por unos metros y luego se hunde en el fondo de este riachuelo de mil millonésimas de segundo apiñándose en su carrera hacia la eternidad.

Fuiste una mujer prohibida… aún eres una mujer prohibida a pesar de los años y de los olvidos que no han podido borrar la norma que condena que tú y yo estemos como estuvimos aquella noche que se pierde en los remolinos del tiempo

[noche que continúa huyendo de quienes fuimos, de quienes somos ahora (ceniza y polvo de nuestra juventud), de la piel que espera tercamente y de estas palabras que desean perpetuarla entre las salientes de las consonantes y la curvatura las vocales]

Todo muere aguas abajo, pudriéndose en la lucha contra la corriente, recuerdos hinchados de masticar flores de silencio, de revolcarse en el fango de la indiferencia. Todo muere, menos tu imagen que se aferra, testaruda y hermosa, a la imprecisa orilla de la memoria en la que sigues siendo aquella adolescente que perturba todas las aristas de mi cuerpo…

2 comentarios

Archivado bajo adolescencia, amor, desamor, desplome de los años, evocaciones, mujeres, narraciones, personal, saudade, sexo

Viaje de Mina (Michael Ondaatje)

Reseña publicada originalmente en El Espectador

El Oronsay acoge a jóvenes que terminarán su ciclo de estudios en Inglaterra, profesores que sueñan con la cultura londinense, millonarios confinados tras las rejas de una maldición, misteriosos botánicos, artistas de circo, un preso y toda clase de personas que hormiguean en sus entresijos.

Lo que promete ser un viaje agobiante para Michael (el narrador), se transforma, una vez la embarcación leva anclas, en una aventura por el simple capricho de ser ubicado en la mesa número 76, a la cual, por su posición marginal, casi condenatoria, denominan “mesa de gato” (Cat’s Table, el título original de la novela).

Con este panorama inicia la última obra de Ondaatje. Los primeros capítulos son cortos, inconexos, incluso podría decirse que pecan de rudimentarios. No podría, sin embargo, ser de otra manera: los once años, edad que tenía Michael cuando aborda el Oronsay, es un período en el que los remanentes de niñez impiden ser visto como un adolescente y en la que, simultáneamente, se es demasiado grande para ser tomado por niño. Es, por tanto, una temporada precaria, difícil de transitar por cuenta de la doble marginación, las exigencias que suponen una madurez incipiente y los privilegios que quedan intrincados en las hebras de la infancia. A este hecho, fragmentario en sí mismo, deben agregarse las limitaciones de la memoria cuando retrocede a esta edad que, por su condición limítrofe, se escabulle fácilmente por las arrugas del olvido.

La novela, entretanto, avanza a la misma velocidad con la que la barca embiste la mar. Lentamente, con paciencia sólo atribuible a un hombre maduro, el autor lleva a Mina (apodo que recibe Michael durante el viaje) al Canal de Suez. Al entrar en él, el Oronsay navega entre aguas fatigadas y rumores de voces que se ven superadas por los gritos de vendedores sonámbulos que se pierden en las tinieblas del amanecer en el que Michael, en un giro imprevisto, arriba a los treinta años. Esta ruptura en la narración es la razón por la que asistimos a este viaje: las personas que pululan en los corredores y comedores del buque serán, por absurdo que suene, quienes definirán el futuro del niño. El autor afirma, para respaldar esta conjetura, que nuestra vida se desarrolla “gracias a desconocidos interesantes con quienes cruzaríamos sin que se produjera ninguna relación personal”..

La historia, entonces, no es un relato juvenil, como sugieren algunos críticos, sino una metáfora de la vida en la que el Oronsay hace las veces de este planeta vagabundo que peregrina en torno a un sol igualmente errático y al cual se aferran los humanos con sueños y fantasías, quejas y dolores que son en apariencia insignificantes, pero que afectarán, siguiendo la hipótesis sobre la que Ondaatje construye la novela, a los demás miembros gracias a que la humanidad es una red nodular en la que la perturbación de uno de sus miembros incidirá, finalmente, en los nódulos restantes.

En este punto no puedo dejar de pensar que estas palabras, las que lees en este momento, son producto de uno de aquellos “conocidos interesantes” de El Espectador que decidió elegirme entre los cincuenta y tantos para ser quien reseñara esta novela. Acaso, dejándome llevar por la algarabía de la imaginación, fue aquella muchacha de sonrisa luminosa que me entregó el libro o, quizás, nunca se sabe, fue un señor de ceño fruncido que tomó la resolución en un escritorio que naufragaba entre hojas y libros. El caso es que su sentencia impulsa en este momento mis dedos sobre el teclado y tus ojos sobre estas líneas, de tal suerte que éstas, quizás, te impulsen a obsequiar la novela a una compañera de universidad que, a la vuelta de circunstancias y años, se transforma en tu esposa o, quién sabe, en la hermana de tu esposa. La decisión de aquella muchacha de sonrisa luminosa, o de aquel hombre de ceño fruncido, sería, en ese caso, la responsable de esa unión, de ese porvenir con hijos y casas a quince años, de ese futuro de vaivenes en este planeta que transita los flujos y reflujos de la eternidad.

Deja un comentario

Archivado bajo adolescencia, amigos, comentario, desplome de los años, familia, publicación, reflexiones

Trasgresión

(Fuente de la Imagen)

Boca, boca de adolescente que pide, que balbucea entre lágrimas de alcohol, entre los susurros de la noche, adolescentes y adolescencia que se extravían en las arrugas de la curiosidad, en las miradas que zozobran al borde de la piel oculta bajo la ropa y los prejuicios, en los dedos que se hunden en las remotas comarcas de lo desconocido, grieta del mundo que se abre para recibirlos, dedos que emergen húmedos de cariño que hiede a revistas pornográficas, frases, frases adolescentes que me invitan a entrar, a ser una carne que coloniza el territorio que no volverá a ser virgen, manos que buscan, que encuentran, manos, manos de adolescente que empiezan a marchitarse, a envejecer, a llenarse de lunares y lobanillos, ojos, ojos de niña que se abren para rescatarme de las sombras, para grabar el último instante de inocencia, brazos que estorban, que aferran, que atraen al cuerpo adolecente que penetra, que embate torpemente, que tiembla y empuja, que vacila, que retrocede, que retorna al sudor y al temor, al gemido que lo incita más que el instinto, más que el crujido de tablas abombadas, de bisagras que lanzan baladros que se encajan en mi piel, que se empotran en las cumbres de mi fatiga, en los tendones que se tensan como un arco, labios, labios adolecentes que succionan el cuello, cosquilleo que presagia corrientes seminales, torbellino subterráneos que apremia enclavar la semilla en el último puntillazo, pelvis que se arquea, uñas que abren rendijas por las que huye un hilo de sangre y amor, amor adolescente que no muere, que se graba en la memoria, en el alma adolescente que anhela arribar al orgasmo, manos, manos de mujer enardecida, manos que husmean la huella de pasión, dedos vivarachos que la hacen llegar con violencia, alegría que saluda el nuevo mundo, la nueva cotidianidad, carcajadas, carcajadas adolescentes que se enredan en las hebras del viento…

Deja un comentario

Archivado bajo adolescencia, amor, delirio, desplome de los años, mujeres, narraciones, saudade, sexo

Primaveras y azares

(Fuente de la Imagen)

Si tuviera quince años menos no habría aceptado una negativa, ni hubiera partido con la tarde susurrante, melancólica, que me decía, que me pedía a gritos que te secuestrara una sonrisa de aquellas que lanzas cuando amas, cuando te ilusionas, las mismas que, según dicen, me arrojaste cuando habían cafés sobre la mesa y conversaciones que se perdían, que se dislocaban entre coqueteos discretos, tímidos, que no fueron a ningún lado, que no me llevaron a tu cuarto ni te trajeron a este cerco de sueños tronchados que tanto se parece a la insensatez. Los años son, como puedes ver, el bozal que censura las palabras que escondo bajo las patas de este corcel de hierro y honestidad que abre puertas de universidades y colegios, que me transporta por senderos que conocerás luego, cuando el silencio empiece a perderse en los rodeos de la vida, cuando el amor deje de ser ese delirio que te ilumina los ojos y se transforme en aquella cotidianidad tan hermosa y tan compleja que te malhumora en las mañanas cuando la camisa está arrugada y que en la noche te llena de presagios de eternidad. Pero no sé por qué te hablo de esas cosas si eres demasiado joven para los absolutos que llegan con la acumulación de primaveras que te curvan el abdomen, que te quitan el cabello, que te ponen a errar por el mundo con una maleta y un par de marcadores como únicas herramientas, que deshilachan tu voz en una rinitis fibrosa que traerán quince años de cigarrillos, los mismo quince años que no quisiera tener en este momento para ser aquel joven a quien puedas ver con ojos benévolos, no de curiosidad ni de temor, que son con los que me miras cuando nos encontramos en las calles abrumadas de azar, cuando la sombra de una nube o el aleteo del amor sobrevuela tu cuerpo sin que te des cuenta, o dándote cuenta pero obviándolo como si sólo hubiera sido un presentimiento, hablando, después de reponerte de la sombra o del presentimiento, con movimientos serenos, estudiados al milímetro, lanzando al final un Hasta Luego que me deja palpitante, sollozante, como si fuera el adiós definitivo, el que no da pie a revanchas, dando, en el instante mismo de mi desasosiego, media vuelta y extraviándote por calles empinadas o trotando por escaleras, como hiciste la última tarde en la que viniste con tu cuerpo que continúa en su empeño de abandonar la rectilinealidad de la adolescencia, que busca afanoso los frutos de la pasión que sólo conoces por algunos escarceos temerarios y al que dejarás de engañar cuando tengas mi edad, cuando seas mujer casada, con todos los compromisos del mundo, con el cuerpo acostumbrado a las tragedias del tiempo, cuando tus hijos renieguen de trigonometría o de álgebra y mi recuerdo te llegue como un relámpago desde la las grietas del olvido y te digas que yo tenía razón, que otra tonada habría sonado si hubiésemos tenido la misma edad, si hubiera sido un joven irresponsable, un muchachito temerario que te hubiera buscado día y noche hasta extraviarte en los laberintos de la ternura…

Deja un comentario

Archivado bajo adolescencia, amor, desamor, desplome de los años, evocaciones, mujeres, narraciones, saudade, sexo

Capullo

(Fuente de la Imagen)

La conoces justamente cuando empieza a abandonar los vértices de la adolescencia, cuándo aún queda inocencia en su mirada y las caderas continúan en su afán de alejarse de la odiosa rectitud; te contempla con curiosidad, te habla con una mezcla de ansiedad y respeto, como si vinieras de otro planeta, como si fueras el primer hombre que se acerca a sus comarcas de especulaciones, a su universo de prevenciones; los únicos que he conocido, te dice, se dice, son niños, simples niños, repite con ojos que se abren desmesuradamente para justificar los besos a escondidas, las caricias urdidas a la sombra del álgebra; te mira de nuevo, una vez, acaso dos, sonríes, te vas con ella por historias que se extravían en los horizontes de su memoria embrionaria, piensas en tu esposa que te espera en la otra orilla de los treinta, en el mismo margen en el que estabas antes de desandar los años, de caminar cuesta arriba por estos senderos cenagosos y caprichosos del tiempo que te regresan al Ahora que es, de alguna manera, de muchas maneras, tu ayer pero más venturoso ya que ninguna jovencita, cuando tenías dieciséis, diecisiete, te miraba, o no lo hacía de esa manera tan luminosa, tan insinuante, ni mucho menos siendo tan atractiva como la que tienes al frente; te entristece saber que llegó en el instante en el que tú estás dando tumbos, hundiéndote, saliendo a flote, en mitad de este río enorme que llamamos vida y en el que ella hasta ahora está en las riberas, metiendo los piecitos para tazar la temperatura del agua o chapaleando cerca de la orilla; te levantas dando dos o tres excusas de las que damos los bogotanos para no quedar mal, le dejas un beso largo y palpitante en su mejilla y te vas con la madurez que te insinúa que en poco tiempo empezará a desteñirse a causa de tanto compromiso acumulado, de tanto amor silencioso y silenciado, de tanta aventura de final incierto, brumoso como los años que se le irán encima como una montaña rugiente, hasta que te alcance en algún recodo de ese río que algunas veces se hace manso como los pétalos y otras irascible como las espinas…

Deja un comentario

Archivado bajo adolescencia, amor, desamor, desplome de los años, mujeres, narraciones, saudade, sexo, traición