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Final, Final… no va más…

Este es el final de una etapa que duró muchísimo más de lo que imaginé aquella noche que inicié la aventura de escribir en un blog. De los mil visitantes que suponía que llegarían a curiosear por estos predios, llegué a poco menos de 255.000 visitas en los 65 meses en los que estuve aferrado a esta bitácora. De igual manera, de los 10 post que creí que publicaría antes de desfallecer en mi intento de ser bloguero, llegue a 521 (incluyendo el actual), siendo esta cifra el acervo total de este sitio. Vale decir que una parte de este patrimonio fue quien nutrió la antología publicada en Tampa, Florida, gracias a la amable invitación hecha por el Dr Oxel Portilla, Editor de Portilla Foundation (y que aprovecho para invitarlos una vez más a comprarla en Amazon).

Como ven son miles las razones por las que me siento agradecido con este lugar que a riesgo de sonar cursi, fue el hogar de mis desvelos, voz cuando no quise o no pude hablar, manos cuando necesité acariciar a través de la distancia, sonrisa y coqueteo con ese destino que muchas veces fue esquivo.

A partir de ahora iniciaré una nueva etapa en mi vida de bloguero y escritor en ciernes ya que desde ahora estaré publicando en Tejiendo Naufragios, blog que pertenecerá a la comunidad de El Espectador. Allá continuaré con el ejercicio narrativo y reflexivo que llevaba en este lugar, con los mismos objetivos azarosos y con el mismo amor con el que trabajé en cada texto que subí a Con Vocación de Espina. Por ello están cordialmente invitados para que me visiten allá, comenten las entradas y se nutran de la diversidad de enfoques y temas de la comunidad.

No puedo irme sin antes agradecer su sincera y grata compañía, los comentarios que dejaron diseminados a lo largo y ancho de la bitácora, los correos y palabras emocionadas que siempre me dieron razones para creer en el poder de la palabra.

Como siempre les envío un abrazo desde la fría Bogotá y reitero la invitación para que visiten Tejiendo Naufragios, su nueva casa.

¡Gracias por su paciencia!

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El incendio de abril (Miguel Torres)

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Reseña publicada inicialmente en El Espectador

Quien penetra las páginas de esta novela se entrega al vértigo del infierno: cientos de voces que se articulan en torno de la muerte de un líder que era la esperanza de quienes sobreviven rasguñando las paredes del infortunio. Voces que no son voces sino lamentos, gritos de indignación, crujido del futuro cercenado por los delirios de un demente o, quizás, mutilado por la orden de un cobarde amparado en las sombras.

Torres nos va conduciendo por las calles en las que estallan robos, barrios en los que hay cientos de hombres que deciden sacrificar su vida por la muerte de Gaitán y mujeres que asumen su destino de viudas. Emergen, igualmente, disidentes que señalan con bravuconería de matón de esquina, “por fin le dieron a ese negro hijueputa”, sin pensar, al afirmar, que ellos, al igual que el muerto, son herederos de la misma cepa genética, sin sospechar que comparten el mismo destino de la nación que a partir de ese momento empezó a desbarrancarse, a hacerse trizas entre la gritería y los robos, entre los incendios y las balaceras.

Los testimonios continúan avanzando, solapándose, contradiciéndose en una vorágine de vidas que sobrevuelan el Bogotazo, aquella denominación totalizante que pretende encerrar las circunstancias en una palabra que deja afuera las preguntas que penetran, los interrogantes que excavan y socavan, las hipótesis que iluminan. En los corredores de la novela también hay capitanes que le ponen pecho a los proyectiles, policías que se unen a la horda iracunda, médicos que se esconden en ataúdes por temor a ser asesinados por la masa enardecida y temerosos dirigentes liberales (Echandía, Lleras Restrepo, Araújo) encerrados en salas de cine.

Entre tanto naufraga la noche. El centro de Bogotá es un solo incendio que lanza humo y ceniza que el viento dispersa por todos los puntos de la ciudad y de la memoria. Los soldados disparan y disparan, sin reflexión ni motivo, sólo cumplen la orden de matar a todo el que se atraviese llevado por los criterios del azar. Mujeres, hombres y niños mueren, entonces, por cometer el crimen de buscar a sus seres queridos o de regresar a sus casas.

Se extravían, entre el fandango de muerte y desolación, las razones que incitaron a la revuelta. Baste citar, para apoyar esta afirmación, al comerciante Javier Tibaduiza: “queríamos sacarnos de adentro ese dolor de patria que nos agusanaba el alma por la muerte de Gaitán. Pero ya nadie hablaba de revolución. Esa causa se había embolatado con el correr de las horas a cambio del consuelo de acabar con todo, de incendiarlo todo, de asaltar negocios y robar y emborracharse hasta que San Juan agachara el dedo”. Así, en efecto, se hizo: se entregaron al saqueo, a incendiar todo lo que se atravesara en su marcha, a la bebida que enmarañaba los caminos de la razón dejando, en su lugar, una alegría torpe, una euforia malsana que estropeaba los resortes de la insurrección.

Fue en este momento que el país se echó a perder. No se malogró, sin embargo, por las mentes acaloradas por el alcohol, ni por la sevicia de miles de hombres y mujeres analfabetas que robaron, destruyeron y quemaron. No. Se extravió a causa de los dirigentes del Partido Liberal que se escondieron en cines, de los conservadores que huían de la ciudad o que, en un ataque de oportunismo, como en el caso de Laureano Gómez, pedían al presidente entregar el poder a manos de militares, y por culpa del mismo presidente por entregarse al pánico. Ninguno cumplió con su obligación política e histórica. Todos ellos causaron este derrumbe que no cesa de precipitarse por los abismos de la miseria y la desigualdad.

Finalmente la noche dio paso al primer día de los miles en los que Colombia se asesina a sí misma por cuenta de pertenecer a este o a aquel partido político, mientras los dirigentes de dichas toldas debaten pacíficamente gracias a que “la cosa es bien simple: tú, Pombo y yo somos liberales, con nuestra variadas tendencias, y Urrutia, Umaña y Dávila son conservadores con las suyas. Pero unos y otros nos encontramos todas las mañanas jugando golf en el Country Club”. Los únicos que pusieron la sangre y los muertos fueron, por tanto, los que creyeron que hay diferencias entre un partido y otro, sin pensar que el asunto no es de bandos ni de ideologías, sino del poder y sus vergonzosos laberintos.

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Viaje de Mina (Michael Ondaatje)

Reseña publicada originalmente en El Espectador

El Oronsay acoge a jóvenes que terminarán su ciclo de estudios en Inglaterra, profesores que sueñan con la cultura londinense, millonarios confinados tras las rejas de una maldición, misteriosos botánicos, artistas de circo, un preso y toda clase de personas que hormiguean en sus entresijos.

Lo que promete ser un viaje agobiante para Michael (el narrador), se transforma, una vez la embarcación leva anclas, en una aventura por el simple capricho de ser ubicado en la mesa número 76, a la cual, por su posición marginal, casi condenatoria, denominan “mesa de gato” (Cat’s Table, el título original de la novela).

Con este panorama inicia la última obra de Ondaatje. Los primeros capítulos son cortos, inconexos, incluso podría decirse que pecan de rudimentarios. No podría, sin embargo, ser de otra manera: los once años, edad que tenía Michael cuando aborda el Oronsay, es un período en el que los remanentes de niñez impiden ser visto como un adolescente y en la que, simultáneamente, se es demasiado grande para ser tomado por niño. Es, por tanto, una temporada precaria, difícil de transitar por cuenta de la doble marginación, las exigencias que suponen una madurez incipiente y los privilegios que quedan intrincados en las hebras de la infancia. A este hecho, fragmentario en sí mismo, deben agregarse las limitaciones de la memoria cuando retrocede a esta edad que, por su condición limítrofe, se escabulle fácilmente por las arrugas del olvido.

La novela, entretanto, avanza a la misma velocidad con la que la barca embiste la mar. Lentamente, con paciencia sólo atribuible a un hombre maduro, el autor lleva a Mina (apodo que recibe Michael durante el viaje) al Canal de Suez. Al entrar en él, el Oronsay navega entre aguas fatigadas y rumores de voces que se ven superadas por los gritos de vendedores sonámbulos que se pierden en las tinieblas del amanecer en el que Michael, en un giro imprevisto, arriba a los treinta años. Esta ruptura en la narración es la razón por la que asistimos a este viaje: las personas que pululan en los corredores y comedores del buque serán, por absurdo que suene, quienes definirán el futuro del niño. El autor afirma, para respaldar esta conjetura, que nuestra vida se desarrolla “gracias a desconocidos interesantes con quienes cruzaríamos sin que se produjera ninguna relación personal”..

La historia, entonces, no es un relato juvenil, como sugieren algunos críticos, sino una metáfora de la vida en la que el Oronsay hace las veces de este planeta vagabundo que peregrina en torno a un sol igualmente errático y al cual se aferran los humanos con sueños y fantasías, quejas y dolores que son en apariencia insignificantes, pero que afectarán, siguiendo la hipótesis sobre la que Ondaatje construye la novela, a los demás miembros gracias a que la humanidad es una red nodular en la que la perturbación de uno de sus miembros incidirá, finalmente, en los nódulos restantes.

En este punto no puedo dejar de pensar que estas palabras, las que lees en este momento, son producto de uno de aquellos “conocidos interesantes” de El Espectador que decidió elegirme entre los cincuenta y tantos para ser quien reseñara esta novela. Acaso, dejándome llevar por la algarabía de la imaginación, fue aquella muchacha de sonrisa luminosa que me entregó el libro o, quizás, nunca se sabe, fue un señor de ceño fruncido que tomó la resolución en un escritorio que naufragaba entre hojas y libros. El caso es que su sentencia impulsa en este momento mis dedos sobre el teclado y tus ojos sobre estas líneas, de tal suerte que éstas, quizás, te impulsen a obsequiar la novela a una compañera de universidad que, a la vuelta de circunstancias y años, se transforma en tu esposa o, quién sabe, en la hermana de tu esposa. La decisión de aquella muchacha de sonrisa luminosa, o de aquel hombre de ceño fruncido, sería, en ese caso, la responsable de esa unión, de ese porvenir con hijos y casas a quince años, de ese futuro de vaivenes en este planeta que transita los flujos y reflujos de la eternidad.

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Cuarto anuncio

Debo aclarar, frente a la catarata de preguntas ocasionadas por el anuncio anterior, que es un libro impreso el que se encuentra en Amazon y que, por ahora, no hay versiones para descargar ni hay manera de conseguirlo en librerías.

La idea, para ser franco, es lograr “visibilidad” en la red para que las librerías sepan, al buscarlo en la internet, que existe un libro titulado Con Vocación de Espina.

Ahora, si tienes curiosidad sobre el texto, pica acá para que puedas descargar un fragmento de él y tengas, de ese modo, la posibilidad de conocer algunos pasajes y poder imaginar cómo se verá impreso. No sobra decir que la selección fue aleatoria en cuanto categoría y textos dentro de cada una de ellas (espero sinceramente que te guste y, por esa vía, te persuada de comprar el libro).

Recuerda, para finalizar, que puedes encontrar el libro en Amazon.com y en Amazon.es.

Gracias por apoyar esta noble causa.

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Tercer Anuncio

Señora, señores, lectoras y lectores de todos los recodos de este hermoso y conflictivo planeta. A continuación les dejo la exhortación que quedó en la contraportada del texto que está en circulación… sí señora, sí señor, como lo oye: ya se encuentra el libro en Amazon donde, si está interesada(o), que sé que lo está, lo podrá hallar tecleando el título en el buscador de libros. Es más, acá le dejo el link para evitarle cualquier molestia ocasionada por la agitación que pueda generar la búsqueda.

Muchísimas gracias por el apoyo y por la compra 🙂

Si eres de las personas que les causa curiosidad las profundidades de los hombres o mujeres que, al igual que tú, se alegran con la puesta de sol, se enamoran sin restricciones o les duele la indolencia con la que viven sus semejantes y quien, quizás, se cuenta entre las personas que les atrae el lento cabeceo de las begonias, la dulce caricia de la brisa de las seis de la mañana o el aleteo de una duda al margen de las tinieblas de las doce de la noche, poco después de entregarse al arqueo de pesares y alegrías. Si lo eres, decía, te atraerá el libro que acaba de publicarse quien contiene las especulaciones de un hombre que, al igual que tú, cuenta y calcula los sucesos del día, se solaza contemplando los granos de polvo en su lento ascenso por los rayos de sol que penetran por las rendijas de los días, canta en la ducha y le sonríe a la señora que encuentra todas las mañanas en el bus que lo lleva a esa vida que le trae más interrogantes que respuestas. Encontrarás, además, sus fantasías bosquejadas en las decenas de historias que emergen de cualquier rincón del libro sin saber si son enteramente ficticias o tienen raíces en sus vivencias que, por lo que refiere en la primera parte, han sido lo suficientemente anárquicas y desordenadas como para suponer que le pertenecen.

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Segundo anuncio

(Fuente de la Imagen)

Amada lectora, paciente lector, visitante que el viento de la internet ha traído a esta bitácora, es un gusto, ¡qué digo gusto!, es un orgullo anunciarte que terminé, después de dos largas semanas, el borrador del libro.

Te invito, por tanto y como preludio a este, a que leas el prólogo y me des tu opinión por los conductos que ya conoces (diegoninho@gmail.com o https://www.facebook.com/diegoninho).

Gracias por el apoyo.

Vienes caminando por la calle que cubre una sombra que crece vertiginosamente. Una llovizna imprevista o el empuje de la curiosidad te llevan a una librería que te aguarda aferrada al crepúsculo. Lees y relees títulos, autores, géneros hasta llegar a un libro de un autor tan desconocido como el título pero en quien hay algo en la asociación de palabras que te impulsa a desenterrarlo del estante en el que lleva minutos acechando tu mano. Le miras el lomo, la carátula, lo abres en la tercera página en la que aparece este texto que te lleva a la librería, al estante y a la ciudad en la que estás en este preciso instante pero esta vez desde los abismos de la imaginación de un individuo que tiene, al igual que tú, al igual que todos los seres humanos, todos los elementos de un personaje de novela y quien está navegando por los compases del Claro de Luna de Beethoven. Te sientes, en consecuencia, atraído por casualidades que quizás nos sean tal cosa sino líneas trazadas desde el comienzo de los tiempos por la mano de algún dios juguetón…

O quizás no te acerques por aceras o calles sino que te aproximes por los azares de un buscador. Miles de nombres corren, en consecuencia, por tus ojos a la velocidad que le imprime el dedo a la rueda del mouse. Te detienes en algunos autores famosos, o en textos desconocidos; contemplas portadas y sinopsis en busca de aquel compañero que quieres tener al margen de la cama, faro y guía en las noches de insomnio o compañero de viaje, quizás acertado y prudente consejero. Llegas, de pronto, a un libro que es igual a millones salvo porque él, en este lugar y circunstancia, acaba de nombrarte, robando, de ese modo, una sonrisa cómplice y toda tu atención…

Sea como sea, acá estamos, apreciada lectora, querido lector. Solos tú y yo. Es hora, por tanto, que te hable de lo que sigue, de lo que está más allá de estas palabras que buscan animarte, acaso por pertenecer al prólogo, a que leas el libro de tapa a tapa, de comienzo a fin, sin dar tregua a las reflexiones o, tal vez, dando espacio a las pausas necesarias para digerir alguna frase, algún callejón que te lleve a tu niñez, a un amor esquivo o a un naufragio de recuerdos.

Lo primero que debo decir de este libro es que es el resultado de cincuenta y tres meses de publicaciones en el blog que lleva el mismo título de este trabajo. En ese periodo de tiempo publiqué cuatrocientas sesenta y tres post, como se denominan en la jerga bloguera, de quienes seleccione noventa y dos que fueron discriminados en siete categorías. El criterio con el que elegí dichas categorías, arbitrario como toda discriminación, se ajustó a la evolución del blog: inició como un espacio para la reflexión y la divulgación, por llamarlo de alguna manera, de evocaciones y aspectos de mi vida. Este concepto, sin embargo, fue fluctuando hasta la irrupción de A más de mil kilómetros de ti , la primera blogonovela de la bitácora. A partir de ese instante el blog empezó a dar un giro hacia relatos e historias hasta arribar al veintidós de abril de dos mil nueve, día de la publicación del primer capítulo de Hablando Solo . Desde ese día Con Vocación de Espina se transformó en un lugar, con honrosas y bellas excepciones, para narraciones que giran en torno a temas de Amor-Desamor, Saudade, Epístolas y una especie de microrrelatos denominados Mínimas, acaso en oposición a las máximas que enseñan y educan.

Ahora bien, la distribución de los textos, a lo largo de cada categoría, es cronológica. Esta inicia, por tanto, en febrero de dos mi ocho (mes y año en el que se inauguró la bitácora), y terminan, en algunos casos, con textos de esta semana. El objeto de este trayecto es que tú, querido lector, tú, impaciente lectora, viajes por la evolución o retroceso, según tu criterio y gusto, de los textos en la misma dirección que viaja el torrente de este río caudaloso y escandaloso que algunos llaman Tiempo y otros tantos denominan, sin entrar en honduras técnicas, Vida.

Pasó, hechas las anotaciones (in)necesarias para comprender el criterio y las razones que tomé para que el libro tenga esta forma y orden, a la última oferta. Si mis palabras, amable lector, querida lectora, te han parecido adecuadas te invito a que te decidas a llevártelo a tu casa para que te acompañe en las noches en las que el sueño se escapa por las rendijas de las tinieblas o para que sea fiel compañero de los días en los que te asalte el tedio. Ahora, si aún no tienes dudas, te exhorto a que abras el libro y te detengas, llevado por los vientos del azar, en alguna página y leas el texto correspondiente. Si no te gusta simplemente lo cierras y lo dejas abandonado a su suerte pero, si sucede lo contrario, llévalo para que sea parte de tus jornadas, de tus noche y días, para que permanezca en los cajones de tu escritorio o alineado con otros textos, aguardando como el fiel amigo que espera en algún recodo de tu vida.

Muchas gracias por tu paciencia

Diego Niño

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Primer anuncio

(Fuente de la Imagen)

No se debe suponer que cambiar de opinión es una actividad exclusiva de políticos o gobernantes. Mudar de criterio es, en mi sentir, la característica más frecuente en la especie humana. Piensen, sin acaso no los persuade esta premisa, que aprender es el continuo y prolongado ejercicio de edificar por vía de la reelaboración o eliminación de pre-conceptos que no es otra cosa que retractarse, adicionar y/o sustraer. Ahora, gracias a que, como reza el adagio popular, todos los días se aprende, se tiene necesariamente que rectificar, o cambiar de creencias, es una tarea que se hace a diario y, me atrevería agregar, es un trabajo que se ejecuta varias veces cada día.

¿A qué viene, se preguntará usted, esta aclaración? Hago la salvedad gracias a que desde hace un par de años amigos bienintencionados, entusiastas lectores y compañeros de universidad me han sugerido en todos los tonos posibles, incluso amenazándome con el puño cerrado y la mirada ardiente, que debería publicar un libro con una selección de textos de esta bitácora. Me negué a esta posibilidad a lo largo y ancho de los años aduciendo toda suerte de argumentos hasta que la insistente e insobornable vanidad me convenció que ha llegado el momento en el que dicha antología deba ver la luz.

Aprovechando, por tanto, dicha coyuntura, usted, amada lectora, apreciado lector, puede sugerir textos que desee ver publicados en el compendio de marras. Para hacerlo sólo basta que deje el título del escrito en el apartado de comentarios para que yo tome en consideración su propuesta y la responda al correo que queda en dicho lugar (y que nadie más puede ver). Ahora, si es una persona tímida o reservada que prefiere el anonimato puede enviarme la sugerencia a diegoninho@gmail.com o al correo de facebook (mi perfil es https://www.facebook.com/diegoninho). Agradezco, de antemano, su colaboración.

Les prometo, para finalizar, que los mantendré al tanto del avance de la iniciativa.

Va, por ahora, un cordial y efusivo saludo desde la fría Bogotá.

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