Archivo mensual: junio 2011

Narnia

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Somos, en este pequeño reducto de minutos acorralados, de horas marginales, dos náufragos que comparten la incertidumbre del cuerpo (si es posible que aquellos actos puedan participar de la generosidad de aquel verbo). No podemos, por tanto, menos que desearnos sin complejos ni culpas gracias a los destellos de las prohibiciones, a la comodidad que supone llamarte Narnia en lugar de decirte Cristina, o Juliana (hecho que me introduciría, si se mira con detenimiento, en tu mundo de cabriolas y rebotes con el título de amante, del otro, de aquel a quien visitas cuando el alma te pide vértigo o precipicios) o que me llames Florentino en vez de decirme Diego, como me dicen todos, o casi todos, encajándote así en este laberinto de silencios, de miradas extraviadas, de sueños confusos, en el que caen quienes me conocen. Por ello me alegra cuando llega el correo en el que informas (porque sabes que tus bien proporcionadas carnes te dan la posibilidad de exigir) que debo esperarte a las tres de la tarde en la Estación de Las Flores (lugar donde, en efecto, aguardo a que llegues con aquel pesimismo sin fisuras con el que recibes la vida, con aquel jean que acentúa cada turgencia y cada hondonada, con aquella blusa de botones que se abren a voluntad). Luego caminamos hacia el mismo motel, hacia la misma señora que nos recibe con ojos enrojecidos por el sueño o la rabia y quien nos asigna uno de aquellos cuartos que zozobran en el silencio de la tarde. Entramos, nos desvestimos lentamente, sin afanes, mientras empiezo a ser el Florentino de versos dulzones, de amores contrariados al tiempo que te transmutas en la tierra inabarcable, perturbadora si se quiere, en la que se tuercen mis escrúpulos. Arriban, a los pocos segundos, las caricias agitadas, las frases hiperventiladas, la penetración que hace rechinar el camastro, el orgasmo que comprime los segundos y la mirada turbia que deriva en un abrazo desesperado. Después vienen las frases deshilachadas, los comentarios sobre el clima, el acopio de prendas, el maquillaje apresurado, las manos surcando faldas y blusas magulladas, la despedida que evita la caricia o el compromiso y la promesa que nunca llega pero que se asoma a la confusión de las siete, a la barahúnda de vehículos agobiados por el peso de la noche, a los ojos (tus ojos) enternecidos. Te transformas, una vez has cruzado la puerta, en Cristina o en Juliana, la estudiante, la novia ejemplar, la hija dedicada, la jovencita de curvas convergentes y opiniones divergentes que comete el acierto de tener encuentros furtivos con un tipo que conoció en formspring (aquel lobanillo de twitter) y quien le permite evadir los rectos caminos de la razón con la misma eficiencia con la que el verso elude las tinieblas del silencio…

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Encuentro

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Algunas mañanas juego a buscarte en los rincones donde me escondo de las obligaciones. Sonrío al imaginarte transitando con tu silencio melancólico entre los habituales fumadores de hierba y los estudiantes que deciden perderse, al amparo de las nubes de marihuana, en atolondrados juegos de adolescentes o de adúlteros. Te concibo sorprendida de verme por aquellos senderos, con los ojos abiertos y con aquella leve inclinación de la cabeza con la que recibes la expresión de mis ojos, mis palabras y los silencios con los que te digo cosas que nunca podré comunicar con la voz. Yo, entretanto, te acojo con una expresión extraña, un poco enigmática, con la que, supongo, hablo cuando estamos frente a frente. Improviso, en consecuencia, un diálogo lleno de lugares comunes (que son los únicos sitios a donde nos llevan las charlas públicas), de implicaciones evidentes y a cuyo término te despides dejando la esperanza que te volveré a encontrar bajo la sombra de un arbusto, al borde de una evocación, en la borla del café o en el tropel de voces. Quedo entonces inmóvil, viendo cómo te alejas de la congoja de las horas, del peso de los años, del dolor de esta realidad apabullante, incluso angustiante, que nos quiere incomunicados, hijos de otros brazos y otros labios y que no deja otra posibilidad que la de escribirte públicamente sin que nadie sepa (o sospeche siquiera) que eres tú de quien hablo…

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Indignación

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Laura tenía una jean descaderado que se aferraba a su cadera a pesar de tener dos botones deliberadamente abiertos, un top blanco, una placa metálica que bailaba en medio de sus senos, el cabello cayendo en dos vertientes, un gabán café, una mirada asustadiza y la desconfianza de las mujeres criadas bajo los excesos varoniles.

– ¡Qué frío tan terrible!, señaló a manera de saludo.

– Subamos que hace menos frío en un bar que conozco.

– ¡Hágale!, dijo con altanería, casi con odio.

Nos sentamos en la mesa que estaba al lado de la puerta. Levante el índice y el corazón a la muchacha que se hundía en las tinieblas de la barra. Se escuchó, a los pocos segundos, el tintineo de las botellas en la penumbra de una tarde de lloviznas horizontales. La mesera trajo dos cervezas y encendió la vela que reposaba sobre un enorme montículo de parafina.

Dos horas después me besaba largamente, con confianza, con la serenidad de recorrer parajes conocidos. No te muevas; quédate quieto, decía cuando intentaba intervenir en el beso. Me gusta que los hombres se queden quietos, remataba. Yo le hacía caso: dejaba que la lengua se enroscara e ingresara como una víbora en mi boca, que acariciara las hendiduras del paladar, que saliera y jugueteara con la mansedumbre de mis labios.

– ¿Te gustó?, inquiría con sus ojos clavados en los míos.

– Espera, dije cuando sentí la vibración del celular. Me levanté y salí corriendo del local. A los diez minutos regresé con la mirada turbia.

– Mi mujer.

– No te preocupes: esta noche le pasa el malgenio, aseguró al tiempo que se aferraba a la pretina de mi pantalón.

– Más bien aprovechemos el tiempo y vayamos a un sitio en el que podamos estar solitos

– ¿Dónde tengo pintada la P?… ¿piensas que sólo quiero darla a la tiradera?, preguntó con ira.

– No te pongas así; sólo era una sugerencia

Me senté y empezó a besarme tranquilamente, como si eso compensara su cobardía, o la mía, o la indecisión del destino que no quería ponernos las circunstancias fáciles, seguras, sin tropiezos morales. Mejor dejemos las cosas de ese tamaño, declaré mientras intentaba liberarme de sus brazos. Quiero que las cosas se hagan con mañita, que no parezca que me buscas sólo para pasar un buen rato, indicaba mientras mis ojos divagaban por su largo cuello. Yo también quisiera que fuera así, pero sabes que no es conveniente para nuestro trabajo…

[Porque somos, mi querida y paciente lectora (o lector) compañeros de trabajo. Ella, con su mirada sensual, con su cinturita de avispa, con sus veinte años que parecen diecisiete, o que se acercan, cuando habla con las eses silbantes, a los quince, o quizás a los doce, es licenciada de idiomas, lo cual, unido a las intrigas del destino o a las componendas de Dios, la llevo a uno de lo Pre-Icfes que pululan en Bogotá (aquellos que prometen duplicar el puntaje, o entrar a la Universidad Nacional, de los que tienen el buen criterio de atiborrar las paredes bogotanas con sus afiches de colores chillones) y en cuyas instalaciones nos coqueteábamos a pesar que ella tiene novio y yo esposa (o quizás por ello mismo) sin el menor reparo en lo que pudieran decir o pensar compañeros o alumnos].

…pienso, por tanto, que es mejor que tengamos una relación en la que sólo haya espacio para jornadas de gemidos y quejidos, de ropa tirada de cualquier manera y carcajadas al salir agachados en un taxi, aseguré al tiempo que el mundo se resquebrajaba bajo sus pies. Midió mis palabras con violencia y dolor. Eso quiere decir que me buscas sólo para sexo, interrogo con asombro [como si mis palabras hubieran dejado un espacio, una grieta siquiera, a otra interpretación]. En efecto: así son las cosas, confirmé. ¡Hijueputa!, gritó mientras descendían dos lágrimas por las mejillas. No existe mayor adicción que la que produce el sufrimiento, pensaba mientras ella se desvanecía en las telarañas del rencor. Deja de llorar, le pedí para evitar los susurros de las mesas vecinas; permite que las cosas continúen por donde van: no es tu culpa ni la mía que la esquina estuviera doblada cuando llegamos; poco podemos hacer con el hecho que yo sea un hombre comprometido y que tú confundas las necesidades fisiológicas con el amor y a este con la felicidad. Está bien; vamos, afirmó imperceptiblemente…

Horas después yo estaba desnudo y atado a las listones de la cama. Ella me contemplaba semidesnuda desde la esquina opuesta del cuarto. Golpearon en ese instante. Llego quien esperaba, susurró. Al abrir la puerta vi a mi esposa con cara de circunstancia. ¡Das lástima!, afirmó con voz serena al tiempo que extraía una nueve milímetros de la cartera.

– Ahora quiero ver quién es el machito que se las come a todas, afirmó Laura entre las guirnaldas de una sonrisa publicitaria.

– No te conviene que te pongas agresiva, interrumpió mi mujer mientras le apuntaba a la cabeza con el arma.

– ¡Que empiece la fiesta!, sugerí.

– Hazle sexo oral a mi marido, le pidió al tiempo que levantaba el martillo de la pistola. Y tú deja de sonreír que esta es la última vez que usamos a niñitas tontas; ¿o acaso se te olvidó la gritería que armó la estúpida que botamos en el potrero del Tintal?…

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Última

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No fue una borrachera que empezara en alguna esquina del tiempo y que terminara en otra, cercana o lejana de la inicial, puesto que mi vida fue, hasta ese momento, una interminable orgía etílica. El hecho es que aquella ocasión se inauguró con cajas de aguardiente en los pastizales de la universidad y se prolongó por los andamios de las horas hasta converger en una jarana en un andén del Nicolás de Federmann. De allí todo fue anarquía de los sentidos: deambulamos por lupanares de Chapinero en los que bailamos con prostitutas agobiadas por el manoseo de borrachos hasta desmenuzarnos en grupos minúsculos que se enredaban en las piernas de alguna meretriz, en los faldones de la noche o que se desvanecían en alguna silla de bordes resbalosos, de olores inciertos, bajo la penumbra rojiza de orgasmos de alquiler. A las cuatro de la mañana éramos, por tanto, una cuadrilla de borrachos que contemplaba jovencitas famélicas contorsionándose en escenarios desvencijados, de maderas crujientes, de puntillas que brotaban entre paños extenuados por la fricción de tacones desastrados, y quienes esperábamos que el amanecer germinara en las montañas para continuar bebiendo en alguna tieducha de eucalipto en los orinales. Vi, entre la viscosidad de los minutos, a una muchacha que dormía plácidamente a pesar de la descarga de vallenatos y quien aventajaba en belleza a las mujeres que hormigueaban por el salón. Noté, después de contemplarla largamente, que emergía del bolsillo de su camisa un billete de cincuenta mil pesos que pedía, casi gritaba, transformarse en la última ronda de aguardientes. Me acerqué lentamente, como quien no quiere la cosa, y cuando estuve a dos centímetros me atrajo, más que el billete, la piel blanca, casi jabonosa, de los senos que se desbordaban de las márgenes de una camisa a cuadros. Tanteé, en consecuencia, el tetamen con manos ávidas, urgentes diría el poeta, que la despertaron inmediatamente. Piensa robarme gran hijueputa, grito con los ojos rojos. En ese momento hice lo que hago en estos casos (y que, por una razón incomprensible, siempre termina en problemas): decir la verdad. Se equivoca; sólo quería manosearla, afirmé con la tranquilidad de quien deambula por las praderas de la sinceridad. Malparido, grito al tiempo que atenazó mi cuello con sus manos. Caímos al suelo entre los dicterios de las otras suripantas. Ellas, al tenerme al alcance de sus piernas, empezaron a patearme sin misericordia. Suelte a la hija del dueño, aseguró una voz grave, casi masculina, entre la manigua de dicterios y alaridos. No sé cómo me las quité de encima y escapé corriendo sobre sofás y mesas hasta alcanzar la puerta que cedió ante los empellones de mis compañeros de parranda. En la calle cada uno eligió, entre los disparos que rasguñaban la alborada, una de las azarosas calles que convergían (y que seguramente aún convergen) a la puerta del prostíbulo…

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