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A la vital A. T. y a la razonable J. P.

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Hoy, con el perdón de los lectores, hablaré a dos mujeres que conocí en el departamento de matemáticas de la Universidad Nacional. La primera de ellas decidió partir a Sostrup, un frío pueblo de Dinamarca, para hacerse monja. La segunda resolvió, en un incomprensible arranque de crueldad, terminar el blog en el que trabajó más de un año. Las acerca, paradójicamente, la distancia con la mayoría de las estudiantes de matemáticas. Las aleja los asideros con los que sostienen su vida: una se hunde en las experiencias y la otra contempla desde las ventanas de un convento la existencia. Las dos, según el resultado de los sondeos, cavan la tierra para encontrar la raíz del amor.

A una de ellas la conocí una tarde de septiembre en el margen izquierdo del departamento de matemáticas. Después que queme accidentalmente una franja de pasto seco al lado de un árbol me dijo: nunca he conocido a alguien que tenga tan mala suerte. Mi primo tiene peor suerte que yo, le contesté; él atribuye su destino a haber nacido un viernes trece. Luego de este prólogo nos vimos ocasionalmente en el departamento (ella, al igual que yo, acostumbra no asistir a más de ocho clases al semestre), además de encontrarnos en algunas reuniones de amigos comunes.

A la segunda la conocí gracias al concurso “Blogobundos”. Contesto uno de los correos masivos de mis contactos de Facebook; en su respuesta me comunicaba que su blog también estaba concursando y me invitaba a visitarlo. Cuando pique en el link me encontré con una bitácora que había recorrido meses atrás. Una tarde la hallé casualmente en la puerta del departamento. Conversamos, al calor de un café, durante una hora sobre nosotros, nuestras vidas, nuestras expectativas, etc. Recuerdo que su lenguaje me pareció muy dinámico y ágil, (avergonzando a las palabras medidas al milímetro que salían perezosas de mi boca).

Ayer, por conducto de Facebook y de la blogosfera me enteré de la aciaga noticia: una estaba en Dinamarca escuchando el murmullo de las oraciones al tiempo que la otra se despedía de la blogosfera con un post breve. Las dos dejan un silencio espeso en el viento y un relente de ausencia en la aurora. Sé que a ninguna de las dos le hable tanto como lo he hecho con otros compañeros o compañeras de matemáticas, pero siempre han tenido un rinconcito en mi corazón a causa de los post concisos de una y de la fragilidad de la otra. Las dos hablaron de la incertidumbre del amor y de las espinas que lo hacen más apetecible; las dos señalaron las huellas que dejaron en la arena del tiempo y la brisa que se empeñaba en borrarlas…

Sean, pues, estas breves palabras un homenaje a la reflexiva J.P. y a la entusiasta A.T.

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Diego Patiño

Hay quienes se ufanan de tener cientos de amigos en todas las regiones del mundo. Otros, más cercanos a las rutas virtuales, dicen que tiene mil contactos en Facebook y otro tanto en Hi5. Siempre que oigo a una persona decir eso me nace la misma pregunta: ¿Habrá, acaso, alguno entre sus miles de amigos, que sepa cómo se llama su mamá, cómo conoció a su novia, si se siente deprimido o alegre, etc.?

Me pregunto esto porque las personas tienden a pensar que amigo es todo aquel con el que entabla conversaciones protocolarias, o se va ocasionalmente al estadio o a pasear. Con estas personas, a quienes podríamos llamar compañeros, están vinculadas siempre y cuando el lazo que los unió no se rompa. Es así que uno no vuelve a saber nada, o casi nada, de los compañeros de la universidad una vez se salió de esta. Los amigos, al contrario de los cómplices, socios, camaradas o colegas, siguen ahí a pesar de los años y la distancia. Sé que suena a frase de cajón, pero es cierto. El sentimiento de amistad no se menoscaba por el trote de los años ni por la acumulación de kilómetros. Todo el que ha tenido amigos sabe a qué me refiero.

Pues bien, Diego Patiño es uno de mis amigos. Lo conocí en el año noventa y uno cuando contábamos con once años de edad. Él era lo que los profesores denominan alumnos problema. Recuerdo que era altanero y que contestaba ramplonamente a los profesores (nunca olvidaré cuando le dijo a la profesora de español que no entraba a su clase porque era muy aburrida). En séptimo a él le correspondió el 704, en tanto que a mí me tocó el 705. En octavo volvimos a encontrarnos en el 801. En este curso, junto con otros cinco compañeros (Walther García; Humberto Suarez; Miguel Aguilar, más conocido como EL Negro; Diego Navarrete y Nabyl Cortes) conformamos un grupo de siete “gonorreas” que hasta el día de hoy sigue unido. Ese año, como dato curioso, el juicioso de la agrupación era Diego Navarrete gracias a estar repitiendo el curso (en décimo, si no me falla la memoria, estaba Gustavo Navarrete, su hermano, repitiendo ese grado).

En once, para abreviar el cuento, nuestra amistad encontró dos catalizadores idóneos: el billar y el alcohol. Una noche fuimos a jugar Diego y Gustavo Navarrete, Patiño, y yo billar. Los hermanos Navarrete nos dieron una paliza ejemplar. El sábado siguiente decidimos ir a entrenar el esquivo deporte en unos billares de mala muerte. Estuvimos toda el día tacando hasta que empezamos a entender las dinámicas del juego. El lunes siguiente invitamos a la mancorna de oro a jugar en el billar de mala muerte en el que entrenamos. Después de una hora de juego, en un final de infarto, les ganamos por una o dos carambolas. Hay que decir, en honor de la verdad, que nos ayudó el hecho que empujábamos la mesa de billar cuando ellos tacaban (el billar era tan de mala muerte que las mesas no eran firmes; algunas, incluso, descansaban sobre hileras de ladrillos). Desde esa inolvidable victoria visitamos los billares todos los días de clase. Aunque había veces que saltábamos el muro para llegar más temprano, la hora de llegada era a la una de la tarde y la de la salida variaba según el ánimo del garitero (el día que más tarde salimos fue a las diez de la noche).

El alcohol no fue tan frecuente como el amado billar. Quizás la borrachera más memorable de aquellos días se protagonizó el diecinueve de octubre. Después que Castro arrastró, embarró, le echo huevos y le lanzó la camiseta de Patiño a las ruedas de un bus fuimos a mi casa a beber. El trago con el que llegaron el Negro, Patiño y Nabyl era un brandy barato e indigerible llamado Faena. Después de la tercera botella el brebaje empezó a bajar sin dificultad por el gaznate escaldado. Cuando consumimos las cinco botellas fuimos a conseguir más trago barato. A dos cuadras de la casa conseguimos un aguardiente que valía mil doscientos la botella. Compramos tres botellas y nos fuimos a la casa a rematar la borrachera.

Sólo una vez, en los cerca de dieciocho años que nos conocemos, nuestros gustos coincidieron en la misma mujer. Se llamaba Abigail pero le gustaba, por alguna razón incomprensible, que le dijeran Doris. La invité a una de las decenas de fiestas que Patiño organizó en su casa. El objetivo era, como todos sospechan, “levantármela”. Cuando se la presente a Patiño entendí, sin embargo, que había cometido un error inmenso: los ojos de los dos brillaron cuando se dieron la mano. Después de una hora de monopolización, Patiño la saco a bailar. A la tercera pieza de baile se estaban besando. ¡Nada que hacer!

En diciembre de ese mismo año (1999) Patiño se fue a Francia y con él se fue un fragmento de mi pasado. Las cosas nunca volvieron a ser las mismas: las fiestas eran más insípidas, las bebetas eran, o más frenéticas o más lentas, nunca con el ritmo adecuado y las tardes de ocio se tornaron grises. El tiempo, a partir de su ausencia, empezó a masticarnos transformándonos en personas extrañas a aquellos adolescentes que derretían sus tardes en billares hundidos en el humo y el alcohol.

En noches como la que está precipitándose ahora mismo sobre Bogotá caminábamos por la calle sesenta y ocho sin un peso en el bolsillo, pero con el corazón alegre de las victorias conseguidas mediante carambolas alucinantes o gracias “chochazos” inconfesables. Es por ello, y porque está cumpliendo años, que decidí escribir en su homenaje.

Patiño: desde este rincón del mundo deseo que todas las estrellas encuentren el camino de su casa y que todos los fantasmas huyan con el repiqueteo del piano, el serpenteo de la trompetas y el martillar del los timbales de Tito Puente.

¡¡Feliz Cumpleaños!!

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Caballo viejo (Simón Díaz)

Con el farallón desmoronándose bajo mis pies contemplo tus ojos alumbrando el vacío del pasado y las experiencias inútiles que este trajo. En tu juventud examino, asimismo, el vigor que se desmenuza en los engranajes del tiempo y el talento que se evapora por las comisuras del viento.

Lo anterior, sin embargo, no perfora el afecto que nació aquella mañana que entraste por la puerta blanca para guiarme por los recovecos de las particiones con tus manos de astromelia, ni frena el campaneo de mi corazón cuando el destino nos concede dos minutos de tregua.

Estas palabras acudieron a mi mente cuando el rumor de la composición de Simón Díaz llego a las bordes de mi aliento. Sea, pues, esta canción un homenaje a tu vibrante lozanía y a la alegría que esta trajo a mis días.

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A Elizabeth

(Fotografía de Elizabeth Ruiz)

Algunos destacan por construir teorías que penetran en los meandros del conocimiento; otros, por el contrario, descuellan por sus capacidades físicas; las de más allá sobresalen por la delicadeza de sus curvas o la superioridad de su voz. Ellos, sin embargo, no agotan el grupo de los que dejan su huella en las arenas del tiempo: en cada rincón encontramos personas que dejan estela en el alma de los hombres por su paciencia, inocencia o, incluso, por su malgenio. Puede que su pie no deje su impronta en el lugar más concurrido de la playa, pero está escrito en el corazón de personas que, al igual que ellos, caminan en la fronda del anonimato y que en sí mismas valen más que la gloria que demanda la vanidad que nos palpita en las venas.

La autora de la foto, por ejemplo, ha dejado un rastro indeleble en mi alma gracias a la firmeza de su carácter: admiro su arrojo porque la ha conducido por los senderos que su corazón ha diseñado desde, supongo, la adolescencia; la ha sostenido en borrascas capaces de amedrentar filibusteros y bucaneros; y porque carezco de él: soy de los que abandona el barco cuando una nubecilla esconde el sol en el horizonte o ante el primer rugido del mar.

Aprovecho, pues, para enviarle un saludo desde este rincón virtual y desearle toda la suerte del mundo en su nueva empresa en las frías tierras de Canadá.

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Sofía Borsini

El tiempo tiene dos hijos gemelos: el azar y el destino. El primero actúa irracionalmente, es resbaloso y silencioso. El segundo, contrario a su hermano, obra ajustado a la dinámica racional, es calmado y a pesar que habla en un dialecto desconocido, se intuye el significado de sus vocablos. Lamentablemente su calidad de gemelos impide diferenciar quién ejecutó el trabajo.

Pues bien, una tarde de noviembre del año 2006 llegó a Palabras al Viento, mi extinto blog de poemas, un mensaje de una niña argentina llamada Sofía Borisni: en él dejó su correo y un acotación sobre el contenido del blog.

Después de algunas espontáneas conversaciones vía MSN me envió gran parte de sus poemas para que los leyera y le hiciera algunos comentarios. La glosa que hice la dejó en el costado derecho del blog bajo el título Crítica. Meses después me envió el borrador de una novela escrita en verso para que le escribiera el prólogo. Esta comisión, lamentablemente, no concluyó gracias a la confluencia de trabajo y a las ya gravosas obligaciones de la universidad.

El jueves me llegó un correo masivo en el que Sofía anunciaba que había subido el tráiler de Psique, la novela en verso que me había enviado meses atrás. Piqué en el link y vi esto:

Lo primero que sentí, al ver el título en Youtube, fue un hormigueo que nació en la región lumbar y que ascendió hasta la coronilla dejando una agradable estela de electricidad en la columna. Después las mariposas que presagian amores interminables revolotearon en mi estómago durante los cincuenta y cuatro segundos que dura el tráiler. Al final, cuando el tráiler terminó, las cosquillas y las mariposas se agruparon en aquel rincón del alma donde los sueños se compactan, extendieron sus alas y celebraron la victoria de Sofía…

Esta noche decidí robarle unos minutos al sueño para expresar la emoción que me embargó el jueves y el orgullo que aún desciende, con los brazos abiertos, por la orilla de mi corazón y para saludar al hijo del tiempo que la trajo a mi vida.

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Breve homenaje a Alicia

Cuenta Miguel Méndez Camacho en el diario La Opinión que en su exilio en argentina tuvo la oportunidad de conversar con Borges. En una de sus visitas el abogado cucuteño le preguntó al maestro: “¿La fama anula la mezquina vanidad?”. Borges, después de una sonrisa enigmática, le dijo a Miguel que cuando publicó su libro Fervor de Buenos Aires pasaba todos los días por las librerías para preguntar cuántos libros habían vendido. “Al mes, dice Borges, tenía 17 compradores que imaginaba fervorosos lectores, con caras, cuerpo, oficio y edad aproximada, deleitándose con mi poesía”.

Cuando leí esta anécdota pensé en la dinámica que genera la tecnología y en la naturaleza de los blogs. Los que escribimos en blogs no tenemos, por ejemplo, la necesidad de ponerle nombre a nuestros lectores ya que ellos mismos se colocan uno–real o no- cuando dejan su comentario en la casilla correspondiente. Dejan, como si lo anterior fuese poco, el correo electrónico para podernos comunicar con ellos y preguntarles cómo llegaron al blog o cómo les parecen los post o el diseño del mismo. Gracias a este intercambio de información no recurrimos a la volátil imaginación para saber de dónde son nuestros lectores, cuál es su verdadero nombre, qué edad tienen, etc.

En los albores del blog mi ansiedad por conocer a los lectores me impulsó la noche del 8 de abril a escribirle a Alicia, una lectora que había entrado ese mismo día y que me había dejado comentarios por todo el blog. Después que le escribí recibí una notificación de gmail que me comunicaba que la dirección del correo no existía. Desilusionado levanté los hombros y continúe con el extravagante ejercicio de escribir pendejadas.

El 18 de abril Alicia apareció de nuevo. En esta ocasión le pedí, a través de los comentarios del post, que me escribiera al correo personal. Tres días después encontré para mi alegría un correo de ella. En respuesta a la misiva le indagué sobre el blog y la forma como llegó a él. Alicia me contestó con un correo maravilloso al que respondí con dos preguntas secas. Y así iniciamos con una correspondencia fluida de preguntas, comentarios, narraciones y anécdotas.

El 16 de mayo, después de un intento fallido, pudimos hablar por teléfono. Recuerdo que la sensación inicial era de estar frente a una catarata de palabras emanadas de una fuente cristalina de pasiones y reflexiones. Luego de acostumbrarme a que el torrente de ideas desbordara mi capacidad de filtración, me abandoné a la caricia de las palabras. Y así ha seguido siendo en las pocas ocasiones que hemos hablado por teléfono.
Nuestra amistad, por tanto, se ha cocinado en el crisol de la palabra escrita y se ha sazonado con ocasionales llamadas telefónicas.

El miércoles pasado Alicia me envió un correo contándome que no podrá visitar el blog con la misma frecuencia con la que lo ha venido haciendo durante los últimos cuatro meses. Me dice, asimismo, que los correos se espaciaran gracias a que las obligaciones le robarán el tiempo que empleaba para escribirme. Esta noticia, como se podrán imaginar, ha sembrado sombras en la curva de las vocales y hundido en las tinieblas a la rigidez de las consonantes…
Sean pues este post y el poema que abajo transcribo el homenaje a una de las lectoras más fieles de este blog y a una gran amiga.

ALICIA

Si deseas abandonar la multitud detenida en el reloj
lleva a Alicia
y cruzarás el límite de la transparencia y la pared.
Cuando en el vacío te angustie el habitual ritmo del vértigo
las pequeñas ocurrencias de Alicia
fundarán ciudades,
y mientras cambia el color de la magia y de los besos
las efigies encerradas en las monedas volverán a ser hombres.
Tu mano allí querrá alargarse para ajusticiar el sol,
¡ déjala !
todos somos poseídos por Alicia en algún instante de la vida.
Si no has sentido bajo tu piel los pasos de Alicia
recuerda que ella puede aparecer de repente.
Con la paciencia que el sueño seduce a la noche
jugando a las virtudes del mal te dormirás en secretos jardines
y entonces en tu cuerpo el dolor de las matemáticas
será un constante deleite.
Con ella
el tiempo del esclavo suelta un pájaro por la ventana.

(Víctor López Rache)

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El mejor vecino

En los once años en los que he vivido en este conjunto he tenido toda clase de vecinos: ruidosos, peligrosos, amables, cordiales, antisociales, malhumorados, discretos, etc.

Recuerdo, por ejemplo, los vecinos que iniciaban las fiestas los viernes a las ocho de la noche y la terminaban el lunes a la una o dos de la mañana. Sus festejos eran amenizados por grescas monumentales y visitas de la policía al amanecer. Después de múltiples demandas entabladas por los vecinos y por la administración del conjunto, el grupo de alegres bochincheros nos abandonó un lunes por la mañana después de una jarana con improperios y patadas en las puertas de los vecinos.

Este conjunto lo caracteriza, por otra parte, el hecho que la mayoría de sus habitantes (el 70%, aproximadamente) son adolescentes. Este fenómeno hace que el conjunto se contagie de la alegría de los estrepitosos jóvenes y de la belleza de las mujeres en ciernes. De la mano de las prerrogativas vienen, sin embargo, sus hermanos los inconvenientes: no son pocas las veces que los jóvenes hacen peleas campales a causa del amor de una doncella o arman proyectos que incluyen drogas, sexo y alcohol (¡qué envidia!). En una ocasión, ante el asedio de los preocupados padres, metieron un kilo de marihuana en el carro de mi papá para no ser descubiertos.

(Imagínense la cara de mis papás cuando vieron un paquete del tamaño y forma de una almohada envuelto en papel periódico y expeliendo el característico olor del cannabis sativa).

Hay, no obstante, entre los vecinos uno que llegó hace diez años al conjunto y al que todos sin excepción queremos como si fuera de la casa: Pamplo, un perro callejero adoptado por el celador del conjunto hace diez años. Cuando llegó contaba con un par de meses y medio kilo de ternura. Su afición de robarle las chanclas a los niños fue celebrada por todos los residentes (excepto, quizás, por algún niño amargado). Su comida favorita era (y sigue siendo) el pan de coco de la panadería de la esquina. Su mayor afición era dormir a pierna suelta a la sombra de un Renault doce abandonado.

Actualmente Pamplo es un perro maduro que emplea la mayoría de su tiempo en dormir en la portería. Los años, para desgracia de la comunidad, le han secado la ternura que lo acompaño en su cachorres, transformándolo, en un perro serio que menea la cola tan sólo en contadas oportunidades (como cuando ve una perra joven) y que ladra sólo en casos que ameriten el esfuerzo: perros intrusos, gatos inoportunos o extraños que corten las rejas con segueta.

Ahora que mi partida de este lugar se vuelve inminente sé que al único vecino que extrañaré será al de mirada seca y cuello peludo que me mira de reojo cuando salgo a la universidad. Sean, pues, estas palabras un homenaje a mi mejor vecino.

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