Archivo diario: abril 29, 2008

Sobre los días hundidos en el fango del tiempo

Hoy recibí dos correos que acreditan el paso del tiempo. El primero de ellos es de un compañero de la Distrital que no veo desde hace nueve años. Sus palabras trajeron las telarañas y las espinas de aquel jovencito de dieciocho años que empezaba a navegar la vida por el margen del alcohol. Me recordó, por ejemplo, las borracheras en una tenducha vecina a la Pola y las jaranas en la tienda de Jairo, al lado de la Macarena. Evocó, además, el huidizo amor de aquella pelirroja que mencioné en otro post.

En el correo me cuenta, asimismo, el destino de los compañeros más cercanos: Arabia Saudita, Sud África, Madrid, Barranca y Villeta. La mayoría de ellos están casados o con hijos. Me cuenta, por otra parte, que él trabajó durante cuatro años en la costa y que ahora está en la fría Bogotá estudiando ingeniería civil. Me pide que nos veamos de nuevo para celebrar las viejas andanzas y, quizás, iniciar nuevas correrías, como lo hacíamos en aquel lejano noventa y ocho.

El otro mail fue de una amiga. Ella me mandó unas fotos en las que está con su hija. Al verlas no pude evitar recordar que la conocí cuando tenía diecinueve años; en este periodo ella, lo recuerdo como si fuera ayer, no quería saber de hijos ni de compromisos, sólo quería vivir el presente. En aquellos lejanos días –vecinos de los de la Distrital- lo único relevante para nosotros era la diversión y la jarana. Hoy, diez años después, lo importante para nosotros está más cercano al sosiego y a la estabilidad. Aquellas delirantes ideas de conocer países a dedo o transitarlos en moto quedaron atrás. Ahora lo importante es, repito, tener un trabajo estable y seguro, o un compañero (a) seguro (a), o cosas de ese tinte. ¿Dónde, me pregunto, quedaron aquellos irresponsables que querían engullirse el mundo de un mordisco?

Ahora que devuelvo los pasos sobre lo escrito descubro que el comentario que hizo Rodolfo en otro post es cierto: aquel que reflexiona sobre la vejez está entrando en ella. No sé cuál es la edad de mis lectores habituales, pero la calculo, por alguna extraña razón, entre los veinticinco y los treinta y cinco. Supongo que ustedes, queridos lectores, han escuchado los lejanos pasos de la juventud; se han ido al espejo y han visto, desde el fondo de los ojos agotados por las obligaciones, a aquel joven díscolo suplicándoles que lo dejen soñar con viajes a países mágicos o que lo dejen aventurar en la tarde gris que muere en el horizonte…



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