Archivo diario: abril 18, 2008

Sobre la edad, sus obligaciones y sus consecuencias

Hace dos días una jovencita de diecisiete años me preguntó por mi edad. Le dije que tenía veintiocho años. ¿Veintiocho años y aún no estás casado?, me preguntó ella con cara de escepticismo. Pero tienes novia ¿cierto?; continuó. Sí, tengo novia, le respondí. ¿Qué se supone que debo hacer a mi edad? Le pregunte, después de una pausa. No sé; estar casado y con hijos; no ves que ya eres un señor mayor; me respondió mirándome a los ojos para afianzar las palabras.

Después me senté a meditar sobre la respuesta de ella: un señor mayor ¿Qué habrá querido decir con eso? A los veintiocho años no se es mayor; es más, no se es señor. Aún eructo sonoramente después de tomar gaseosa como lo hacía a los quince años; veo, asimismo, Los Magníficos y duermo hasta tarde. No veo cuál es la incompatibilidad entre el que era a los quince y el que soy ahora: él como yo somos perezosos, vagos y mamagallistas; la única discrepancia es que el de quince ostentaba un pelamen encrespado que desafiaba las tijeras y el de ahora exhibe una frente amplia y brillante escoltada por una línea tímida de cabello, pero nada más.

Anoche llamé a una vieja amiga que está cumpliendo veintiocho años hoy; me dijo que tenía problemas de cálculos en la vesícula. No te preocupes que si se trata de cálculos no hay quién me gane: he cursado, uniendo las dos carreras, doce cálculos y tres análisis. Creo que no hay quién sepa más de eso que yo; le dije con voz de catedrático. ¿Lo de la vesícula tiene que ver con la Lemniscata de Newton? Si es así lo aconsejable es pasar de coordenadas rectangulares a polares; continué con la misma arrogancia. No; los cálculos en la vesícula son unas piedras que punzan como si fueran espinas; interrumpió ella. ¿Será que a los veintiocho años se entra a la decrepitud? Continuó; porque la verdad me siento muy mal. No supe qué responderle. Colgué y me senté de nuevo a reflexionar.

Hoy, varias horas después, no encuentro la razón porque mi amiga una mujer de diecisiete coinciden que los veintiocho años es una edad avanzada. A esta edad no he conocido nada de la vida: aún quedan países por conocer, mujeres por enamorar y materias por perder. A los veintiocho años las verdes hojas de mi juventud aún no han empezado a declinar su testa; la primavera empieza a anunciar su arribo con lloviznas de regocijo y los senderos no han sido empedrados con la experiencia. A los veintiocho años, en suma, no se ha empezado a vivir. ¿Por qué, insisto, suponen que es una edad avanzada? ¿Será, acaso, que a las mujeres el reloj les corre más rápido? Quizás sea esa la razón. Por ahora la pregunta queda abierta a la deliberación…

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