Archivo diario: abril 28, 2008

Carta al silencio de la noche (1)

Cuando era niño había un loco que cojeaba gracias a que una buseta lo atropelló en la avenida sesenta y ocho. El loco se presentaba como Cacocha. Decían los que lo conocían que era un señor de una cuantiosa herencia representada en enormes terrenos y casas desperdigados en la geografía Boyacense y que su nombre era Carlos.

Me acuerdo que una tarde lluviosa mi papá me señaló un campo sembrado de trigo que se perdía en el horizonte gris; después que lo contemplé esperando encontrar algo anormal mi papá me dijo que este pertenecía a Cachocha.

La particularidad que más recuerdo de este pintoresco personaje era que le gritaba a la luna llena porque lo seguía. Todos los meses lo escuchaba vilipendiar al impasible astro por hostigarlo en las noches claras.

Un buen día Cacocha decidió lanzarse del segundo piso de una de los manicomios en los que lo recluía su familia. Su cuerpo, maltrecho ya por el trato deshonroso del lugar, no resistió el impacto dejando escapara el alma virgen del señor Carlos

En esta noche sin luna llena ni locos bullangueros tu recuerdo enseña sus ribetes anaranjados y sus ridículas blondas. Y lo peor del asunto es que tu recuerdo me obliga a hacer justamente lo que hacía el viejo Cacocha a la luna: hablarle al mutismo de la pantalla con la esperanza que tú, luna silenciosa, respondas mis correos. Yo, al igual que Cacocha, estoy seguro que me escuchas y que alguna de mis palabras te conmoverá. La diferencia con él es, por supuesto, que mis palabras no acarrean la aridez del insulto, sino que traen la pasividad del interrogante.

En este punto, si aún continuas leyendo, te preguntarás por mi insistencia. Pensarás, quizás, que estoy más desequilibrado que el manso loquito que arrastraba su pierna derecha por las calles del dolor y que mis quejas cesarán algún día. Supondrás, posiblemente, que mi paciencia se lanzará del segundo piso de la razón y perecerá magullada sobre el pasto de la realidad. ¡Qué ingenua! Mi paciencia resiste más que el macerado cuerpo de Cacocha, ¡te lo aseguro! La realidad así lo demuestra: han pasado más de seis meses desde que me escribiste tu e-mail en un pedazo de hoja blanca.

(Recuerdo que cruzaste el último cero con una línea oblicua para que no se confundiera con la o. Te dije que ese cero demostraba que tus pasos habían errado el camino; que tu vida no debería estar en ese mundo almidonado y edulcorado; tus pisadas, te dije, deben avecinarse al universo de la fantasía)

Te dejo para que reflexiones sobre la soberbia de tu silencio y el sosiego de mis ruegos.

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