Archivo mensual: octubre 2008

¡Ah de la vida!


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Hace siete años decidí renunciar a programar mi vida (quiero decir, proyectarla más allá de una semana). Desde ese momento el tiempo, que antes era un fardo estorboso, se transformó en una suerte de brisa tibia. Los compromisos dejaron de atascarse en la boca del estómago y de sedimentarse en las venas. La vida, en suma, se soltó el cabello y corrió libre por las praderas. Da gusto vela cantar bajo la sombra de los árboles o silbar mientras se baña en los riachuelos. En las noches narra, mientras la escucho sentado en sus piernas, las desventuras que le imponía la desconfianza y luego, cuando el sueño toca mi hombro, me susurra versos de Quevedo o sonetos de Petrarca. Hay días, sin embargo, que amanece melancólica. Su mirada se pierde en los pliegues del pasado, sus palabras se marchitan en el aire y sus pasos se hacen lentos. En esto momentos no dejo que la preocupación me aconseje ya que sé que al siguiente día se levantará frenética, abrirá puertas y ventanas, encenderá las rosas y disolverá las tinieblas del pasado…

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A las profesoras Martha y Edilma

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Todos extrañan a los familiares que parten o a los amigos que la vida conduce a tierras ignotas. Algunos añoran ciudades, barrios, casas; otros echan de menos a canarios, perros, gatos o salamandras; los de más allá se apenan por no sentir el olor a pino, jazmín o, acaso, el sabor del pan caliente. A los que parece que no se extrañan, o se añoran muy poco, son los docentes. No he conocido a la primera persona que gima de dolor porque el profesor de macroeconomía no le volverá o porque el “profe” de matemáticas se va del país. La ausencia de estos es causa, por el contrario, de regocijo y alegría entre sus alumnos.

Antenoche, no obstante este olvido premeditado, recordé a las profesoras del colegio gracias a que hallé a dos de ellas en Facebook. Después de escribirles e invitarlas a pertenecer a mi grupo de amigos, me entregue a la convulsión de las reminiscencias.

El primer recuerdo llegó cuando vi la foto de Martha, profesora de química; dicho invocación se remontó hasta el laboratorio del colegio. El objetivo del experimento que nos había convocado esa mañana era extraer alcohol de un pucho de vino. Para tal efecto el grupo debía llevar, como era obvio, una botella del licor. Aquella mañana integrante llego con su respectiva botella y con una sonrisa socarrona que cabreó al coordinador de disciplina. Después de empalmar todos los instrumentos le vertimos una copa de vino al balón (creo que así se llamaba el recipiente redondo) y otras cinco a las gargantas de los miembros del grupo; tapamos el balón, encendimos el mechero y nos sentamos a esperar el resultado. Mientras la bebida empezaba a evaporarse saboreamos otro trago de vino. Cuando el alcohol empezó a viajar la espiral de vidrio ya estábamos entonados a fuerza de sorbos cortos. En el momento en el que todo el alcohol estuvo el vaso nos sentíamos alegrones. Cuando concluimos el saldo de las botellas escondidos en el baño de hombres vacilábamos entre una borrachera mansa y la euforia.

La segunda evocación llegó cuando vi a la fotografía de Edilma, profesora de español. De ella recuerdo la exposición del libro Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada. El día que nos correspondió la exposición llegamos sin haber leído uno solo de los poemas. Asustados iniciamos a hablar de lo que no habíamos leído. Dos minutos después llegaron tres albañiles a taladrar, martillar y cincelar el salón del segundo piso. La exposición, por tanto, quedo aplazada. La siguiente clase llegamos igual que la anterior: sin haber leído un solo verso. Después de concluir la charla la profesora nos increpó y nos puso cero.

(Como nota a pie de página debo decir que fue, paradójicamente, un verso de ese libro (“puedo escribir los versos más tristes esta noche”) el que, cuatro años después, me abrió la puerta a la poesía -portón que, sea dicho de paso, permanecerá con los postigos de par en par hasta el final de mis días-).

Después de escribirle un correo a cada una pensaba que fueron ellas (y otras tantas profesoras y profesores) las que, además de introducirme en los meandros de la química y de la literatura, trabajaron para transformar al incorregible vago en un hombre comprometido con la vida y la sociedad. Quizás no lograron corregir mi perversa inclinación a la molicie y a la disipación, pero sí lograron impregnar de ciencia y la literatura mis días, lo cual es suficiente para estarles agradecido por el resto de mis días.

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Adonay (Los Hispanos)

Mi infancia estuvo sazonada por una maraña de sonidos, conceptos y culturas: en una mañana alternaban los Rolling Stones con los Beatles en tanto que en la tarde La Sonora Matancera acobardar el sopor con el repiqueteo de trompetas. En la noche tocaba, según el estado de ánimo, Roberto Carlos, José Luis Perales o Joan Manuel Serrat. Había días en los que el monopolio lo ganaba Héctor Lavoe o la Fania. Al anterior conjunto un tío trajo, a mediados de los ochenta, los Bee Gees, Supertramp, Toto, América y otros tantos grupos norteamericanos de la época.

Hoy, años después de estar sometido a esta promiscuidad melódica, veo la huella que ha quedado en mí: las canciones que más busco son de los Rolling Stones, de Perales o de Joan Manuel Serrat. No son pocas las veces, asimismo, que me he descubierto tarareando a Vicentico Valdés al tiempo que me baño, como lo hacía hace veinte años mi papá. Esto me lleva al segundo punto: la incidencia de los hábitos de los padres en nuestras costumbres. Varias veces que peleo con mi hermana porque deja todas las luces encendidas. El regaño es, como si lo anterior no fuera preocupante, igual que el de mi mamá: “apague la luz que los servicios están llegando carísimos”. Cuando se prorroga el baño más de lo aconsejable al sermón le añado al argumento anterior uno de mi cosecha: “apúrele que el agua no es gratis; con su irresponsabilidad está acabando con los recursos hídricos; ¿quiere que sus hijos jueguen en los ríos?…”. Claro que mi hermana no se queda atrás: cuando ve televisión se queda dormida igual que mi mamá y es igual de generosa que mi papá. Siempre que veo la estela de sus manías, gustos y defectos surcando mis días me pregunto: ¿Será que repetiré los mismos errores y aciertos de mis padres?…

Estas reflexiones emergen cada vez que Rodolfo Aicardi interroga a Adonay en la canción que nos gusta a mis padres, a mi hermana y a mí.

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Sobre las fotografías vergonzosas de nuestra niñez


(Fotografía: Familia Zambrano)

Viendo en Facebook las fotos de Daniel, el hijo de una amiga, recordé las tormentosas instantáneas que mis papás me tomaron.

Ellos y los de su generación tenían, en primer lugar, la extraña manía de retratar a sus hijos desnudos. Tengo un repertorio de fotografías en las que estoy parado sobre una piedra, a la orilla de un río o sobre una cama completamente desnudo con un carro de juguete, un balón de fútbol o una media en la mano. La segunda extravagancia era captar a sus hijos en la etapa en la que los dientes de leche abandonan la boca. No son pocas las láminas en las que exhibo una sonrisa digna de un texto de patologías dentales. La tercera excentricidad de mis padres fue fotografiarme con los disfraces más ridículos: sacerdote, Superman con capa y sudadera azul, pitufo, etc. A las anteriores singularidades hay que agregar una que las congloba todas: mostrar a las visitas aquellas degradantes imágenes adornándolas con anécdotas vergonzosas de diversos calibres.

Cuando vi esta fotografía me alegré, por tanto, de constatar que nuestra generación abandonó estas prácticas denigrantes y se encaminó, para regocijo de nuestros hijos, por la ruta de las instantáneas decentes.

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Diego Patiño

Hay quienes se ufanan de tener cientos de amigos en todas las regiones del mundo. Otros, más cercanos a las rutas virtuales, dicen que tiene mil contactos en Facebook y otro tanto en Hi5. Siempre que oigo a una persona decir eso me nace la misma pregunta: ¿Habrá, acaso, alguno entre sus miles de amigos, que sepa cómo se llama su mamá, cómo conoció a su novia, si se siente deprimido o alegre, etc.?

Me pregunto esto porque las personas tienden a pensar que amigo es todo aquel con el que entabla conversaciones protocolarias, o se va ocasionalmente al estadio o a pasear. Con estas personas, a quienes podríamos llamar compañeros, están vinculadas siempre y cuando el lazo que los unió no se rompa. Es así que uno no vuelve a saber nada, o casi nada, de los compañeros de la universidad una vez se salió de esta. Los amigos, al contrario de los cómplices, socios, camaradas o colegas, siguen ahí a pesar de los años y la distancia. Sé que suena a frase de cajón, pero es cierto. El sentimiento de amistad no se menoscaba por el trote de los años ni por la acumulación de kilómetros. Todo el que ha tenido amigos sabe a qué me refiero.

Pues bien, Diego Patiño es uno de mis amigos. Lo conocí en el año noventa y uno cuando contábamos con once años de edad. Él era lo que los profesores denominan alumnos problema. Recuerdo que era altanero y que contestaba ramplonamente a los profesores (nunca olvidaré cuando le dijo a la profesora de español que no entraba a su clase porque era muy aburrida). En séptimo a él le correspondió el 704, en tanto que a mí me tocó el 705. En octavo volvimos a encontrarnos en el 801. En este curso, junto con otros cinco compañeros (Walther García; Humberto Suarez; Miguel Aguilar, más conocido como EL Negro; Diego Navarrete y Nabyl Cortes) conformamos un grupo de siete “gonorreas” que hasta el día de hoy sigue unido. Ese año, como dato curioso, el juicioso de la agrupación era Diego Navarrete gracias a estar repitiendo el curso (en décimo, si no me falla la memoria, estaba Gustavo Navarrete, su hermano, repitiendo ese grado).

En once, para abreviar el cuento, nuestra amistad encontró dos catalizadores idóneos: el billar y el alcohol. Una noche fuimos a jugar Diego y Gustavo Navarrete, Patiño, y yo billar. Los hermanos Navarrete nos dieron una paliza ejemplar. El sábado siguiente decidimos ir a entrenar el esquivo deporte en unos billares de mala muerte. Estuvimos toda el día tacando hasta que empezamos a entender las dinámicas del juego. El lunes siguiente invitamos a la mancorna de oro a jugar en el billar de mala muerte en el que entrenamos. Después de una hora de juego, en un final de infarto, les ganamos por una o dos carambolas. Hay que decir, en honor de la verdad, que nos ayudó el hecho que empujábamos la mesa de billar cuando ellos tacaban (el billar era tan de mala muerte que las mesas no eran firmes; algunas, incluso, descansaban sobre hileras de ladrillos). Desde esa inolvidable victoria visitamos los billares todos los días de clase. Aunque había veces que saltábamos el muro para llegar más temprano, la hora de llegada era a la una de la tarde y la de la salida variaba según el ánimo del garitero (el día que más tarde salimos fue a las diez de la noche).

El alcohol no fue tan frecuente como el amado billar. Quizás la borrachera más memorable de aquellos días se protagonizó el diecinueve de octubre. Después que Castro arrastró, embarró, le echo huevos y le lanzó la camiseta de Patiño a las ruedas de un bus fuimos a mi casa a beber. El trago con el que llegaron el Negro, Patiño y Nabyl era un brandy barato e indigerible llamado Faena. Después de la tercera botella el brebaje empezó a bajar sin dificultad por el gaznate escaldado. Cuando consumimos las cinco botellas fuimos a conseguir más trago barato. A dos cuadras de la casa conseguimos un aguardiente que valía mil doscientos la botella. Compramos tres botellas y nos fuimos a la casa a rematar la borrachera.

Sólo una vez, en los cerca de dieciocho años que nos conocemos, nuestros gustos coincidieron en la misma mujer. Se llamaba Abigail pero le gustaba, por alguna razón incomprensible, que le dijeran Doris. La invité a una de las decenas de fiestas que Patiño organizó en su casa. El objetivo era, como todos sospechan, “levantármela”. Cuando se la presente a Patiño entendí, sin embargo, que había cometido un error inmenso: los ojos de los dos brillaron cuando se dieron la mano. Después de una hora de monopolización, Patiño la saco a bailar. A la tercera pieza de baile se estaban besando. ¡Nada que hacer!

En diciembre de ese mismo año (1999) Patiño se fue a Francia y con él se fue un fragmento de mi pasado. Las cosas nunca volvieron a ser las mismas: las fiestas eran más insípidas, las bebetas eran, o más frenéticas o más lentas, nunca con el ritmo adecuado y las tardes de ocio se tornaron grises. El tiempo, a partir de su ausencia, empezó a masticarnos transformándonos en personas extrañas a aquellos adolescentes que derretían sus tardes en billares hundidos en el humo y el alcohol.

En noches como la que está precipitándose ahora mismo sobre Bogotá caminábamos por la calle sesenta y ocho sin un peso en el bolsillo, pero con el corazón alegre de las victorias conseguidas mediante carambolas alucinantes o gracias “chochazos” inconfesables. Es por ello, y porque está cumpliendo años, que decidí escribir en su homenaje.

Patiño: desde este rincón del mundo deseo que todas las estrellas encuentren el camino de su casa y que todos los fantasmas huyan con el repiqueteo del piano, el serpenteo de la trompetas y el martillar del los timbales de Tito Puente.

¡¡Feliz Cumpleaños!!

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Elogio a la embriaguez

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Voy a confesarles algo sumamente vergonzoso: llevo 1974 días sobrio. Es lamentable ver cómo la falta de alcohol ha afectado mi vida: primero llegó el sueño tranquilo, luego arribó el apetito y, al final, llegó la sensatez. Sí, como lo oyen: ¡me volví sensato! Yo que antes rodaba por el mundo sin más objetivo que el de embriagarme hasta perder el sentido he caído en las redes de la cordura. Ha sido tal el equilibrio al que he llegado, que en algunas ocasiones he pensado graduarme y conseguir un trabajo estable. ¿En qué cabeza enferma, ¡por Dios santísimo!, cabe una idea de este calibre? Terminar la universidad y luego trabajar… Já, Já; déjenme reírme de este despropósito. Como si trabajar (y esto suponiendo que concluir la universidad conlleva necesariamente a conseguir empleo) convenciera a la felicidad de arrimarse; el trabajo, al contrario de lo que piensan los teóricos, rechaza la felicidad como si se tratase de una perra sarnosa. Si no me creen les insto a que se paren en la puerta de una fábrica o de una oficina al término de la jornada para que contemplen el rostro de la tristeza y la frustración. Sus semblantes invitan a la compasión y a la piedad. Es tan grande su dolor que los viernes, cuando se liberan de sus obligaciones, corren a bares y tabernas a hundirse en los afectuosos brazos de la embriaguez.

Después del primer año sin alcohol, como les venía diciendo, la melancolía empieza a crecer en las comisuras del aliento hasta invadir el cerebro. Al tercer año se olvidan los improperios y la descortesía es asunto del pasado. Al cuarto año el amor se transforma en un objeto incompatible con el ardor que burbujeó en las noches etílicas. Al quinto año, como dije al comienzo, la cordura invade la razón. Al décimo año, dicen los expertos, el alma se apaga y la voluntad se desmorona como un castillo de arena.

Un mundo habitado por entes sin voluntad, sumidos en la melancolía y arrodillados ante la sensatez estaría condenado a la extinción: para crear y conquistar es necesaria la pasión que inyecta el alcohol. Alejandro Magno no hubiera salido, por ejemplo, de Pela a conquistar el mundo sin la ayuda del vino, ni William Hamilton hubiera construido la maravillosa teoría de los Cuaterniones sin la ayuda del Whiskey. Ni que decir del definitivo impulso del alcohol al arte.

Lo anterior demuestra que el verdadero combustible del progreso no es, ni de lejos, la necesidad; el verdadero carburante de increíbles hazañas y de descubrimientos asombrosos es el alcohol. No entiendo, por tanto, porque desconfían tanto de él. Es cierto que hay algunos hombres y mujeres a los que el espíritu del trago los lleva a senderos poco recomendables. ¿Piensan, acaso, que el egregio elemento se nos da gratuitamente? Por supuesto que no. Debemos cubrir el importe con algunos chispazos de miseria y de violencia intrafamiliar en algunos países subdesarrollados. Pero este precio es irrisorio comparado con las ventajas ofrecidas por avance de la humanidad. Si los anteriores argumentos no lo han convencido aún lo invito a que se imagine un planeta gobernado por borrachines, con su nariz roja y su intrincada conversación. No me puede negar que es mejor que un mundo administrado por avaros, ¿o sí?

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Respuesta a una duda engendrada en la pila del mono

El jueves en la noche Diego y María José sembraron una pregunta en mi cabeza: ¿para quién escribo?

En un blog es difícil saber para quién se escribe puesto que está abierto a todo el mundo. Creo, sin embargo, que aunque cualquiera lo lee no va dirigido a literatos ni académicos. Mi propósito, en primer lugar, no es convertirme en un escritor de culto; ni siquiera quiero volverme un escritor que vive de escribir, que da conferencias sobre novelas, que es galardonado, etc. Lo que escribo está más cerca de una actividad ociosa que de un trabajo productivo y su objetivo no es otro que el de entretenerme, distraerme, y en no pocas ocasiones, divertirme. Y, ahora que lo pienso, lo que espero de escribir es que los post diviertan y entretengan a los lectores. No espero más. En ese orden de ideas mis escritos van dirigidos a personas que quieren distraerse leyendo tonterías en la red.

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