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Acotaciones a la columna de Rafael Nieto

 

Tiene usted toda la razón amigo Nieto: todo el que nos ataca debe morir como una rata así se esconda en las madrigueras de los países vecinos. Además, como usted bien dice, las normas internacionales apoyan esta prerrogativa: “Confieso que no acabo de entender la renuncia a este argumento, por demás defensable a la luz del derecho internacional contemporáneo. Lo prueban las resoluciones del Consejo de Seguridad después del 11 de septiembre, en las que legitima el bombardeo norteamericano a Al Qaeda (y a los talibanes que les daban protección en Afganistán). Y lo confirman, sólo doy ejemplos de este año, las acciones posteriores de Estados Unidos en Somalia y de Turquía en Irak, frente a las cuales la comunidad internacional no ha protestado”.

Claro que hay que atacar, destrozar, romper y rematar a los sobrevivientes con balazos en la cabeza. Así lo hizo hace poco el admirable Ejército en las asquerosas vecindades para honra de nuestra amada república y de su igualmente venerado gobierno. Pero la comunidad internacional, en un inexplicable impulso de estupidez nos ha dejado, perdóneme la expresión, con los pantalones abajo: “Ahora quedamos en el escenario más negativo: nos obligamos a no volver a usar la fuerza frente a guerrilleros refugiados en otros países, ¡es el colmo!  Como si no nos asistiera el derecho a hacerlo.

En ese escenario tendremos que resignarnos a ver a los bandidos medrando en la manigua vecina sin la menor posibilidad de aplastarlos con la bota militar ni podremos estrenar los misiles que hemos comprado a precio de libertad al coloso del norte.


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Un comentario a: “Orgasmo masculino”

Estoy de acuerdo contigo: los hombres somos los seres más estúpidos del planeta. Creemos que la mejor parte del sexo la llevamos nosotros, pero las evidencias presentan una realidad distinta: las mujeres, con sus lágrimas de algodón y sus carteritas de fresita, gozan cien veces más del “parque acuático”. Nosotros, impedidos de llegar a esos niveles, debemos resignarnos a lanzarlas, una y otra vez, a su frenética aventura y verlas gozar desde el borde de “las puertas del gustirrinín”. Luego, cuando, la inercia de su euforia nos impulsa a lanzarnos por la pendiente infinita del éxtasis comprobamos que nuestros tres segundos de alegría son un triste remedo de los quince minutos de su delirio. Pero ¿qué le podemos hacer?, la esquina ya estaba doblada cuando llegamos, poco es lo que podemos hacer para enderezarla.  El problema, quizás, no sea este imperativo biológico sino la farsa machista que nos obliga a mentirnos como si fuésemos imbéciles. Esa, amigo Kin, sí es una dificultad remediable.

Te envío un cordial saludo desde la fría Bogotá.


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El padre Alfonso Llano y sus virtudes católicas

Tiene usted toda la razón Padre Llano. Debe alegrarnos que hayan masacrado a ese impío hombre como la rata que es; que le hayan lanzado misiles y le hayan llenado de metralla el cuerpo. Debe regocijarnos, igualmente, que hayan exhibido su cuerpo baleado para escarnio de los sinvergüenzas que quieran oponerse a los designios de nuestro señor.

No debemos olvidarnos, asimismo, que la gleba ignorante no escuche las enseñanzas de aquel milenario revolucionario de barba y cabello largo que gritaba a la multitud que a sus pies se congregaba:

“Amad a vuestro enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mat. 5:44).

Estas palabras sólo pueden salir de uno de aquellos hombres de hábitos sospechosos que generalmente apoyan el matrimonio entre homosexuales y que pervierten la moral de los hombres probos que se ven forzados a incumplir los sagrados mandamientos del señor para extender su gloria por el orbe.

Celebro su elocuencia y la justeza de sus argumentos y, sobre todas las cosas padre, elogio sus probadas virtudes católicas.  



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La fritanga y sus facultades afrodisiacas

La historia apunta que la comida ha sazonado los tálamos de los amantes de todas las latitudes. Fresas, zarzamoras y champagne nunca faltaron, por ejemplo, en las orgías organizadas por Paulina, la hermana de Napoleón Bonaparte. El caviar y el vodka, a su vez, aliñaron las noches de licencia y libertinaje de Catalina de Rusia. Colombia, con su rico acervo gastronómico, no se podía quedar atrás: desde huevos de iguana hasta el tímido banano, pasando por el mefítico alacrán, se consumen en esta región para colmar la concupiscencia. Muchas viandas, en el país del sagrado corazón, han pasado al podio de los afrodisiacos por múltiples razones: forma, sabor, composición química, etc. Esta multitud de alimentos, sin embargo, han marginado a la legendaria fritanga de su cónclave (quizás por arribismo o por simple envidia).  El presente escrito busca, por lo tanto, rescatar este plato del ostracismo en el que lo hundieron sus cofrades.

¿Quién niega la sensualidad de la fritanga? La sicalíptica rellena, negra y sudorosa, reposando sobre el enhiesto chorizo y sobre la pornográfica longaniza, y todos ellos pernoctando sobre un colchón de voluptuosas papas criollas. ¡Nada más sensual! ¿Qué me dicen, además, de los lugares en los que este manjar se sirve? Pastizales y potreros con insinuantes matorrales; o las eróticas plazas de mercado con sugerentes bultos de papás o tentadores atados de arvejas tendidas en cochambrosos tierreros. Esta delicia es servida -como si fuera poco lo anterior- por mujeres de miradas pícaras y prominentes vientres. Esta comida se acompaña, finalmente, con litros de inspiradora cerveza o en su defecto, de milenario guarapo.  ¿Por qué, me pregunto, nadie ha notado la eroticidad de este plato? Pero la forma es sólo uno de los elementos que muestran los poderes voluptuosos de la fritanga. Quienes hemos tenido la oportunidad de gozarla sabemos que después la ingesta de un kilo de ella nos llega a la mente, cual obsesión freudiana, una cama, un chinchorro, un potrero o cualquier lugar donde podamos recostarnos. ¿Acaso los camarones producen ese efecto? No. ¿El banano, con su fálica fisonomía, causa esto? No. ¿Acaso el raro caviar y el flamígero Vodka engendran tan hermoso efecto? No. Yo diría, además, que no solo la neurosis que llamaré de camastro sino el contexto son, por sí mismos, elementos suficientes para elevar a la fritanga en la cumbre de los afrodisiacos, razón por la que me abstendré de enumerar sus cualidades clínicas o sus virtudes sensoriales.

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La bien amada pega

Ayer me dieron en el restaurante de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional pega. Sí pega.

(Para aquellos lectores extranjeros la pega es ese delicioso remanente del arroz que nos espera, cual viejo amigo, en el fondo de la olla; de ahí su nombre: pega. Estas piezas son, en oposición a los blandos y esponjosos arroces que habitan la superficie de la olla, rígidos, se apelmazan entre ellos cual siameses y su tono es café oscuro. Su sabor es recio gracias a que conviven con los elementos primarios con los que fueron cocinados: aceite, ajo, cebolla, sal y demás aderezos).

Pues bien, como les venía narrando, en el restaurante de marras se puede elegir entre el grano blanco y fofo o la tiesa y parda pega. Está última se da en cantidades mayores al albo cereal. La mayoría de los comensales prefirieron el tradicional arroz debido a que este, en su opinión, es menos grasoso y más blando. ¡Qué tontería! Esa es justamente la razón por la que se come este espurio espécimen: porque es grasoso, salado y tieso, de no tener estás hermosas características sería un arroz convencional. Yo pedí dos porciones adicionales de pega y chasqueé, cual perro callejero, el menospreciado manjar sin importarme la cara de asombro de los demás. Además, ¿por qué me debería avergonzar? Estoy seguro que había más de uno que querían solazarse con la hermosa pega pero su estupidez no le permitió lanzarse al chasquido sonoro y al hilo de aceite que desciende por la boca de quien mastica este connotado ejemplar.

Lo que motiva este comentario es que este es el primer restaurante, comedero, merendero o chuzo que brinda la posibilidad de comer pega. Hace unos años le pregunté a la dueña del restaurante donde almorzaba con regularidad si me podía dar pega. Ella, enojadísima, me dijo que ese no era un restaurante de esos; de cuáles, le pregunte. De los que tienen pega. Será, me pregunté en ese momento, que en ese restaurante el arroz del culo de la olla sale albo e inflamado como el del medio. Le pedí, acto seguido, a la señora que me dejara ver la olla del arroz para comprobar que en ese lugar el fondo de las ollas está libre del desestimado grano. La señora, aún más ofendida, me dijo que me fuera a comer a otro lado. A partir de ese día me conformé con zamparme sendos platos de pega en mi casa o en la de algunas tías.    

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