Archivo mensual: octubre 2012

Puente

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Puentecito dormido
y entre el murmullo de la querencia,
abrazado a recuerdos,
barrancos y escalinatas. 

Canta Chabuca Granda

¿Cuántos años han pasado bajo el puente de mi corazón? ¿Quince? ¿Dieciséis? El tiempo ha corrido bajo su arco llevándose miradas y besos, destiñendo el paisaje que acompaña la nostalgia, cargando recuerdos amoratados en su viaje hacia el olvido, terrones de vida que se transforman en barro que flota por unos metros y luego se hunde en el fondo de este riachuelo de mil millonésimas de segundo apiñándose en su carrera hacia la eternidad.

Fuiste una mujer prohibida… aún eres una mujer prohibida a pesar de los años y de los olvidos que no han podido borrar la norma que condena que tú y yo estemos como estuvimos aquella noche que se pierde en los remolinos del tiempo

[noche que continúa huyendo de quienes fuimos, de quienes somos ahora (ceniza y polvo de nuestra juventud), de la piel que espera tercamente y de estas palabras que desean perpetuarla entre las salientes de las consonantes y la curvatura las vocales]

Todo muere aguas abajo, pudriéndose en la lucha contra la corriente, recuerdos hinchados de masticar flores de silencio, de revolcarse en el fango de la indiferencia. Todo muere, menos tu imagen que se aferra, testaruda y hermosa, a la imprecisa orilla de la memoria en la que sigues siendo aquella adolescente que perturba todas las aristas de mi cuerpo…

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Mamá…

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Hace diez años regresé de una adolescencia que naufragó en los precipicios del alcohol. Al llegar estaba mi mamá arqueada sobre la máquina de coser, los mismos problemas, la misma mirada concentrada en las costuras, el mismo ensimismamiento con el que repasaba su vida. Imágenes amarillas rodaban por los laberintos de su memoria: los años en los que trabajó interna en una joyería en La Candelaria, los meses en los que fungía como administradora de una zapatería, el matrimonio en el que se encerró para el resto de sus días.

Después de mi retorno compartimos la melancolía de las lluvias de noviembre, la falta de dinero, las dificultades que agobiaban (y aún agobian) a tíos y hermanos,la alegría de los nietos de su hermana que fueron haciéndose hombres o mujeres mientras ella continuaba arqueada sobre la máquina de la que salían pantalones reformados, perros de hocico alargado a quienes contemplaba y hablaba como si fueran reales y aquel salvoconducto económico que me autorizaba a cohabitar temporalmente con Cortázar o García Márquez.

Algunas veces se unía mi papá que perdía trabajos y esperanzas, mi hermana cuando coincidían las vacaciones universitarias con las laborales o, en casos excepcionales, mi abuelo que se iba lentamente, con la misma velocidad de los pasos que se arrastraban entre los bastones que diseñó para acortar la distancia que lo separaba de la muerte. Todos, decía, coincidíamos, en el apartamento que zozobraba entre la algarabía de la olla express, entre el canto de canarios y el bramido del viento que entraba por las ventanas sacudiendo las ramas del Billete o de la Espalda de Cristo, a las que mi mamá les hablaba cuando estaba de buen humor.

Todos, sin embargo, fueron bajando del tren: mi papá consiguió trabajos ocasionales que le dieron la posibilidad de paladear las chocheras de la vejez, mi hermana ascendió por los ramales del éxito y mi abuelo llegó, a pesar que cada paso era más corto que el anterior, a la puerta por la que todos saldremos de este mundo infame.

Corrió y corrió el tiempo hasta arribar a este presente en el que continúo aferrado a las novelas y a los versos, a la carrera que aún no termina, a la escritura y a las clases de matemáticas con las que gano el dinero con el que prolongo el periodo de estar al lado de mi mamá y de las manos que a pesar que se han llenado de pecas y silencios, siguen trabando y destrabando el motor que arrastra las agujas y las horas que se intrincan en el letargo de la tarde.

Algunas veces me desligo de los versos de Bonifaz Nuño, o de la novela de turno, me acerco a ella para halarle las orejas en busca de un bufido o, cuando hay suerte, de robarle una carcajada que la lleva en volandas a la juventud en la que apedreaba el Teatro La Candelaria, porque, a estas alturas de la vida, esa es la única manera en la que puedo aliviarle el peso de los años…

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Albergue

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                                                                       Dedicado a Marjorie Carbonó

Algunas inquilinas de mi vida han partido cautelosas de no despertar al dueño de casa para irse sin pagar la cuenta. Otras han salido dando portazos por el vaivén del ático, por la propensión a la melancolía o por un par de cucarachas que les han salido en el caldo de euforias. Otras tantas se han ido avergonzadas por dejar el alma atiborrada de huellas, las ventanas y puertas clausuradas, el futuro equilibrándose en tres patas. Otro grupo contempla desde afuera la luz que ilumina los corredores, la cocina en la que resuenan algarabía de trastos y quisieran compartir mesa y cobija, noches y anécdotas, pero al final deciden irse para una posada menos incierta. Otra, la permanente, la que siempre está, la que paga el alquiler borrando las huellas de arrendatarias anteriores, reparando las goteras que oxidan los engranajes del tiempo, abriendo ventanas para que vuelva a soplar la esperanza en el alma, es quien lentamente, sin que el dueño lo advierta, empieza a cobrar deudas pendientes, cerrar vacantes, espantar posibles inquilinas que observan desde la vereda, hasta que ha hecho de este albergue un lugar donde sólo duermen ella y el propietario, un hogar donde encuentran cobijo sus sueños y en el que sólo es necesario que ella encienda su sonrisa para apaciguar la tormenta que baja de la montaña…

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Bernardo Hoyos

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A Bernardo lo conocí sin saber quién era: en los lejanos días de ejército (mil novecientos noventa y siete) me veía obligado a hacer guardia en la esquina de la Calle Ochenta y dos con Carrera Séptima. Todas las alboradas, en el momento en el que las tinieblas empiezan juguetear con las hebras de luz que se filtran por las grietas de la noche, emergía de la Calle Ochenta y uno, doblaba la esquina y venía caminando por la carrera con pasos que medían, en su lentitud, los abismo de la ceguera; giraba frente a mí y bajaba hasta perderse en los crespones en los que navegaba el amanecer bogotano.

Después lo volví a ver en decenas de programas que rodaban por la parrilla de Señal Colombia y a escucharlo en la transmisión que emitían al filo de la media noche en la emisora de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. En estos exhibía una memoria sobrehumana y un amor por la cultura en sus más diversas y luminosas formas. Tuve, además, la suerte de repetir un par de veces la experiencia de verlo de cuerpo presente. La primera vez sentí el impulso de hablarle pero me venció la timidez y en la segunda tuve la ventura de manifestarle la admiración que merecía su trabajo como divulgador cultural y relatarle las historias de quienes se decidieron por las letras o la música impulsados por sus apasionados comentarios.

Hoy, más de quince años después de verlo deambular por las fracturadas aceras de la Carrera Séptima, me enteré que el paseo crepuscular de esta madrugada lo dio en las praderas del cielo acompañado de su amado Duke Ellington (a quien, sea dicho de paso, continua sorprendiendo con su inusual colección de circunstancias perdidas en las arrugas del olvido).

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Cecilia


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Ella no puede hacerse la cera, ni siquiera podría darle una sonrisa razonable gracias a que sus dientes quedaron aferrados a los años perdidos en las catacumbas del olvido. Lo espera, sin embargo, con las pocas esperanzas que no han marchitado los tumbos de una vida que se ha llevado hijos y alegrías y quienes sólo le han dejado una soledad que ni siquiera Carlos puede llenar con las visitas dominicales que matiza con astromelias envueltas en papel periódico o, cuando no hay dinero (que es lo más frecuente), con choco break que se derriten los bolsillos de la chaqueta de cuero que se desmigaja cuando la abandona en cualquier rincón. Nada, decía, llena su soledad: ella sólo es vacío y miseria, silencio y necesidades que nunca se satisfacen o que, en el mejor de los casos, se resuelven a medias, como si las soluciones le hicieran cocos desde la esquina del tiempo, se acercaran tímidamente y la acompañaran por unos días para luego irse con cualquiera. Así piensa ella, La Veci, como le dicen quienes suben o bajan por estas laderas de calles jabonosas, mientras espera a Carlos todos los domingos.

Él siempre llega sin importar si llueve o hace sol, si pierden o ganan los equipos capitalinos, si hay o no hay sueldo: sólo le dice a su esposa que va a hacer una vuelta, sale de su casa dando un portazo furibundo porque la violencia es el único argumento que él conoce en el trato con sus semejantes, y empieza a caminar por calles fracturadas que empatan con un sendero que las pisadas tallaron sobre el pastizal y quien, al final de una hora de marcha, desembocan en los caminos de herradura por los que suben mulas arrastrando carromatos. Sólo lo acompaña un palillo que muerde con ternura hasta que se deshace en hebras de balso que expele en densos escupitajos.

Suenan dos golpes autoritarios que ordenan bajar el volumen de la grabadora que se conecta a un cable que se embute en la maraña de alambres tentaculares que roban algunas horas de electricidad a las redes que descienden a barrios igualmente marginales, pero que tuvieron la suerte de arribar antes que ellos. La Veci se levanta despacio, acomoda los pliegues de la falda, ajusta el cabello detrás de la oreja y camina hacia la puerta hecha con las mismas latas de las paredes y del techo. Lo recibe con una sonrisa porosa que él corresponde con una mirada agresiva que pretende instalar los sentimientos en los lugares correspondientes. Alarga el brazo con el habitual ramo o, si no hubo trabajo o el sueldo se fue en una borrachera, saca algunos choco break’s de los bolsillos de la chaqueta y los depositas en sus manos. Camina hasta el fondo y se sienta en la única silla que hay en esta vivienda. Ella, entretanto, va a la hornilla donde aguarda una sopa en la que nadan dos patas de pollo, la sirve en un plato desportillado y, desde la viga que sostiene la techumbre, lo observa comer vorazmente. Luego sobreviene el amor apurado, sin trámites ni caricias preliminares: un ataque feroz atiborrado de envestidas, gemidos y cuerpos trenzados que terminan diez minutos después, entre la mirada adolorida de ella y los ojos de él cerrándose a pesar de la resistencia…

Afuera suena el temblor de hojas, un perro lanza un aullido que el crepúsculo atrapa en su vuelo, al tiempo que unos ojos que vigilan, indiferentes, el silencio que crece a la velocidad de las tinieblas. Adentro La Veci contempla el techo acanalado que cruje por el cambio de temperatura y piensa que está nuevamente sola, con las entrañas insatisfechas y una larga jornada que la espera a la otra orilla de la noche. Su vida, piensa, es un pozo ancho y oscuro del que no saldrá jamás. Cierra los ojos para dejarse llevar por las fantasías mientras concluye lo que Carlos inició horas atrás.

Él, entre tanto, jura que es la última vez que se acuesta con ella, siguiendo, de esa forma, el libreto que se repite todos los domingos. Sus hijos merecen respeto; especialmente la menor, la que le escribe cartas en hojas de cuaderno ferrocarril que él guarda en el cajón de las camisas, piensa entre largas zancadas. También, se dice con la culpa galopándole en el pecho, Cecilia merece respeto por el sólo hecho de acompañarlo en los más difíciles e intransigentes años de su existencia. Cecilia, reflexiona con los ojos temblorosos, ha mantenido a flote la casa lavando ropa ajena, remendando pantalones, volteando el cuello de camisas raídas, subsanando los huecos que deja su alcoholismo galopante y tolerando las ínfulas de mujeriego que lo llevan ladera abajo hacia la encrucijada en la que está un grupo de muchachitos bebiendo vino para acorralar los efectos del bazuco.

Los saluda después que fracasa en su intento de equiparar sus caras con el recuerdo de la fisonomía de los compañeros de colegio de Gonzalo, su hijo. Le dan la mano, se cruzan miradas opacas, le ofrecen la caja de vino que él rechaza con un movimiento de cabeza. Hágale, insiste el mayor de ellos. No gracias, responde Carlos al tiempo que intenta continuar su camino. Una mano le detiene el paso al tiempo que otra, a su espalda, lanza la primera cuchillada.

El siguiente domingo La Veci lo esperará sentada frente a la grabadora. Más abajo, en la casa de Carlos, su ausencia crecerá por todos los rincones de la casa, subirá por el silencio de las tres de la tarde y se hará palpable a las ocho de la noche, hora en la que él llegaba oliendo a mujer y a rencor. Luego Cecilia, enfilando meses y congojas, asumirá el papel de la madre del hijo que tomó la antorcha del alcoholismo y quien, siendo fiel a la consigna, emprenderá, con paso firme y seguro, el camino por el que se perdió su papá.

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Viaje de Mina (Michael Ondaatje)

Reseña publicada originalmente en El Espectador

El Oronsay acoge a jóvenes que terminarán su ciclo de estudios en Inglaterra, profesores que sueñan con la cultura londinense, millonarios confinados tras las rejas de una maldición, misteriosos botánicos, artistas de circo, un preso y toda clase de personas que hormiguean en sus entresijos.

Lo que promete ser un viaje agobiante para Michael (el narrador), se transforma, una vez la embarcación leva anclas, en una aventura por el simple capricho de ser ubicado en la mesa número 76, a la cual, por su posición marginal, casi condenatoria, denominan “mesa de gato” (Cat’s Table, el título original de la novela).

Con este panorama inicia la última obra de Ondaatje. Los primeros capítulos son cortos, inconexos, incluso podría decirse que pecan de rudimentarios. No podría, sin embargo, ser de otra manera: los once años, edad que tenía Michael cuando aborda el Oronsay, es un período en el que los remanentes de niñez impiden ser visto como un adolescente y en la que, simultáneamente, se es demasiado grande para ser tomado por niño. Es, por tanto, una temporada precaria, difícil de transitar por cuenta de la doble marginación, las exigencias que suponen una madurez incipiente y los privilegios que quedan intrincados en las hebras de la infancia. A este hecho, fragmentario en sí mismo, deben agregarse las limitaciones de la memoria cuando retrocede a esta edad que, por su condición limítrofe, se escabulle fácilmente por las arrugas del olvido.

La novela, entretanto, avanza a la misma velocidad con la que la barca embiste la mar. Lentamente, con paciencia sólo atribuible a un hombre maduro, el autor lleva a Mina (apodo que recibe Michael durante el viaje) al Canal de Suez. Al entrar en él, el Oronsay navega entre aguas fatigadas y rumores de voces que se ven superadas por los gritos de vendedores sonámbulos que se pierden en las tinieblas del amanecer en el que Michael, en un giro imprevisto, arriba a los treinta años. Esta ruptura en la narración es la razón por la que asistimos a este viaje: las personas que pululan en los corredores y comedores del buque serán, por absurdo que suene, quienes definirán el futuro del niño. El autor afirma, para respaldar esta conjetura, que nuestra vida se desarrolla “gracias a desconocidos interesantes con quienes cruzaríamos sin que se produjera ninguna relación personal”..

La historia, entonces, no es un relato juvenil, como sugieren algunos críticos, sino una metáfora de la vida en la que el Oronsay hace las veces de este planeta vagabundo que peregrina en torno a un sol igualmente errático y al cual se aferran los humanos con sueños y fantasías, quejas y dolores que son en apariencia insignificantes, pero que afectarán, siguiendo la hipótesis sobre la que Ondaatje construye la novela, a los demás miembros gracias a que la humanidad es una red nodular en la que la perturbación de uno de sus miembros incidirá, finalmente, en los nódulos restantes.

En este punto no puedo dejar de pensar que estas palabras, las que lees en este momento, son producto de uno de aquellos “conocidos interesantes” de El Espectador que decidió elegirme entre los cincuenta y tantos para ser quien reseñara esta novela. Acaso, dejándome llevar por la algarabía de la imaginación, fue aquella muchacha de sonrisa luminosa que me entregó el libro o, quizás, nunca se sabe, fue un señor de ceño fruncido que tomó la resolución en un escritorio que naufragaba entre hojas y libros. El caso es que su sentencia impulsa en este momento mis dedos sobre el teclado y tus ojos sobre estas líneas, de tal suerte que éstas, quizás, te impulsen a obsequiar la novela a una compañera de universidad que, a la vuelta de circunstancias y años, se transforma en tu esposa o, quién sabe, en la hermana de tu esposa. La decisión de aquella muchacha de sonrisa luminosa, o de aquel hombre de ceño fruncido, sería, en ese caso, la responsable de esa unión, de ese porvenir con hijos y casas a quince años, de ese futuro de vaivenes en este planeta que transita los flujos y reflujos de la eternidad.

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