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(Capítulo Anterior)

Tus labios reconstruyen la humedad del cuerpo de Juana al tiempo que tu corazón se reseca como el atardecer que irrumpe por la ventana del local. Quieres borrar los dedos que han quedado atornillados en los ribetes de la memoria. ¿Cómo puede dolerme el alma si no es material?, interrogas al cigarrillo que duerme sobre la mesa. Porque, en efecto, te duele el alma. Empinas la botella hasta que la efervescencia del aguardiente te incinera el cuello. Nihil humani a me alienum puto; Terencio, sentencias fanfarronamente mientras dejas la botella sobre la mesa. Contemplas el establecimiento en busca de alguien; sólo encuentras un aparador forrado de almanaques de mujeres semidesnudas. Lamentas que nadie haya escuchado porque te hubiese gustado vanagloriarte de tus inexistentes conocimientos de latín. Nada que sea humano juzgo ajeno a mí, repites la frase de Terencio. ¿Cómo negar la condición humana cuando el dolor magulla la respiración? Deseas tenerla, como la tuviste horas antes, a tu lado; sentarla en tus piernas y susurrarle versos de Carranza al oído. Enciendes el ajado pielroja al que le has hablado toda la tarde. La adiestrada mano de Juana emerge de las tinieblas para subirse a tu nuca. Su contacto produce un tenue escalofrío que desciende por la espina dorsal hasta la mitad de la espalda. Inhalas con fuerza para amedrentar el espasmo. Imagino que así se siente perder una parte del cuerpo, piensas mientras expulsas el humo con fuerza. Tu cuerpo percibe – o quizás concibe- a Juana como parte de sí. O, mejor, tu cuerpo entiende que sólo es un apéndice de su delgada cintura, de los ojos que serpentean en la oscuridad en busca de la melancolía, de sus piernas perfectas, de la cavidad hecha a la medida de tu cabeza y de aquel rinconcito húmedo donde entierras tu fracaso. En este momento eres, quiérelo o no, una pierna sin el cuerpo que le infunde movimiento, un dedo huérfano de mano, un ojo sin brillo o una caricia abandonada en alguna cicatriz. Soy un muñón de enamorado, susurras al ocaso que debilita las iridiscencias que irrumpen por el vano de la puerta. El amor, como puedes constatar, transforma a un hombre en un trozo sintiente de carne que hunde sus verrugas en el alcohol. Te golpea un estallido de indignación en la frente; te paras violentamente y empiezas a caminar sin control en el pequeño espacio que separa la silla del mingitorio. Te sientas, poco después, haciendo vibrar la botella que está sobre la mesa. Tomas de un sorbo el remanente de aguardiente. Escuchas nítidamente su risotada de cristal. Una sonrisa abate la incertidumbre en la que se había hundido tu mirada. Contemplas a Juana riéndose atronadoramente en la cafetería de la plaza San Francisco. Aquel día la viste caminar en la colmena de estudiantes que salen a almorzar. Aceleraste el paso hasta que la tuviste al alcance de tu voz. Juana, dijiste con firmeza. Volteo a ver sin dejar de caminar. Hola, dijo con cansancio. ¿Me recuerdas?, le preguntaste mientras intentabas seguirle el ritmo de maratonista. Sí, respondió secamente. ¿A dónde vas con tanto afán?, indagaste entre jadeos. Una mirada lastimera atravesó tus ojos. A donde tú quieras, dijo sin convicción. Minutos después estaban sentados en la cafetería intercambiando versos de Jattin y de Sabines

Te quiero porque tienes
las partes de la mujer en el lugar preciso
y estás completa.
No te falta ni un pétalo,
ni un olor, ni una sombra.

Recitas de memoriaa Sabines. Después visitaste a Manuel con la esperanza de encontrarla clavando sus miradas en los pliegues del silencio, enmarañando los atardeceres, o leyendo a Borges en la escalera. Luego, cuando no pudiste disimular la atracción frente a Manuel, seguiste sus pasos en la universidad para encontrarla en los pastizales o esperarla a la hora del almuerzo en los restaurantes que frecuentaba. Eres, sin duda alguna, el porcentaje de paraíso que me corresponde, susurras. Atrás del mostrador escuchas las pisadas del tendero. ¿Me dijo algo?, indaga una voz enredada en las telarañas del sueño. Sí señor; respondes pausadamente; deme otro cuarto de aguardiente. Oyes los pies arrastrándose. La respiración se te pone arenosa. Sabes que el alcohol en cualquier momento te traicionará y empezarás a llorar por su ausencia. Acá tiene señor, dice el tendero al tiempo que coloca una botella de Costeñita sobre la mesa. Podría, por favor, poner música, dices con la voz fracturada. El rastrillar de los pies del vendedor nubla las evocaciones. El alma empieza a desplomarse como una cresta de polvo. Desde la esquina opuesta a tu mesa emerge un silbido acompañado de la voz mineral de Héctor Lavoe. El piano preludia la canción que has cantado hasta el agotamiento en las etílicas noches con Giovanny. Empinas la botella y apuras los 175 centímetros cúbicos de un sorbo. Un pequeño ardor te escalda la garganta.

Si alguien le pregunta cuál fue mi destino
no le diga a nadie que tomé el camino
de los que no quieren que los vean llorando
por causa de un amor…

La canción te desmenuza las entrañas. La fuerza abandona tu cuerpo. Crees que te desmayarás de un momento a otro. Aspiras con fuerza el remanente de cigarrillo que muere en tus dedos. Una nausea oleaginosa te impulsa a levantarte brutalmente. La butaca y la botella caen simultáneamente al piso. Te lanzas a la calle para arrojar por la boca el nudo que nace en el margen del estómago. En la puerta de la tenducha decides correr. De dos zancadas cruzas la calle; una vez allí emprendes la huída. A tu espalda el anciano pronuncia una ristra de improperios que se enzarzan con los rugidos de los buses. Huyes como si tu vida dependiera de ello. A los quince minutos sientes una opresión en el pecho; disminuyes la velocidad hasta detenerte frente a un poste; te inclinas y empiezas a vomitar sin control. Sientes, segundos después, un garrotazo en la nuca. Te desplomas como un muñeco de trapo. Adviertes las manos de los indigentes registrando los bolsillos del pantalón. Empiezas a lanzar patadas a la bartola. El resplandor del puñal que enarbola uno de los gamines te disuade de continuar descargando puntapiés sobre ellos. Este hijueputa no tiene nada, anuncia el pordiosero que enarbola el cuchillo; oyes inmediatamente el garrote castigar el viento y el sonido hueco cuando este se estrella contra tu frente; sobreviene al golpe una nube de patadas que castiga tu espalda y el estómago. La oscuridad, en ese instante, se espesa hasta transformarse en un muro compacto…

Escuchas una voz cavernosa. Cierras los ojos para evitar el dolor de tenerlos abiertos. ¿Cuál es su nombre?, vuelve a inquirir el hombre. A pesar que percibes el rumor de las personas no abres los ojos ni te decides a contestar. Sientes que te izan y que entras a un lugar cálido. Escuchas un sonido parecido al de la puerta de una nevera cerrándose y la voz cavernosa desvaneciéndose en el desorden de bramidos y voces. Te hundes en la greda del sopor. El aguijón de la jeringa revuelve las cenagosas aguas del letargo. Abres los ojos. ¿Cuál es su nombre?, indaga con dulzura una mujer de bata blanca. Pedro, dices tenuemente. Pedro; ¿Cómo te sientes?, inquiere de nuevo. No respondes. ¿Quieres que llame a alguien?, continúa la enfermera. Sí; consigues decir con esfuerzo; llame al 2627700; pregunte por Manuel o por Juana. ¿Qué parentesco hay entre Manuel y tú?, pregunta la mujer. Él es mi hermano y Juana es… su esposa.

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(Capítulo Anterior)

Cuando sus ojos abandonan el universo abstracto de la evocación, para transformarse en realidad palpable, los cardos punzan las esquinas del alma que no han olvidado el roce de sus entrenadas manos; Fernando, entretanto, diserta sobre las asimetrías del despecho. Aspiro con fuerza el cigarrillo para atenuar el dolor que produce el recuerdo de su mirada.
– ¿Por qué volvió a buscarla?, pregunta Fernando entre la nube de humo.
– ¿Cómo?, pregunto para dilatar el tiempo de la respuesta.
– ¿Por qué demonios volvió a buscar a Juana?, repite acentuando con las manos cada palabra.
– Porque con ella fui feliz, digo después de una pausa.
– ¿Feliz? Eso no se lo creo: nadie puede ser feliz siendo un segundón.
– No fui, en primer lugar, ningún segundón. Recuerde que abandonó al marido para irse a vivir conmigo.
– Para vivir seis meses con usted y luego desaparecer. Eso, más que una proeza, es una vergüenza. Interrumpe. Sea sincero con usted mismo y admita que en ese tiempo fue todo menos feliz.
– Fui feliz, por eso la volví a buscar… reclamo, para ser franco, el amor que encontré con ella. Empino la botella para apurar el último trago de cerveza. Llega, entretanto, la imagen de una banca verde y el frío de una noche de septiembre; retorna, asimismo, sus nalgas apoyadas sobre mis piernas y la humedad de su lengua anegando mi boca. Puede que haya traído, continúo, problemas y un dolor insufrible, pero los días que vivimos juntos fueron lo suficientemente agradables para buscarla otra vez.
– ¿Quién le asegura que de nuevo traerá aquel bienestar que tanto añora?
– Nadie. Sólo permanece la certeza que Juana trajo el esquivo amor al cerco de soledad que me encerraba progresivamente.
– ¡Valiente certeza! Creo que tanta estupidez sólo puede explicarse por el empeño de la carne de prolongar el goce.
– Creo que se equivoca mi alcohólico amigo. La carne sobra en asuntos del amor: sólo quiero reiniciar la relación inconclusa, digo con la voz apagada.
– Si fuera amor lo que arde en su pecho, como afirma, se conformaría con saber que ella encontró tranquilidad lejos de su dañina presencia. Créame, usted lo que tiene es un simple y vulgar encoñamiento: sólo quiere gozar con su cuerpo hasta hartase, para luego abandonarla, como ella hizo con usted. En ese momento levanta la mano para pedir dos cervezas. En el ser humano sólo cabe la corte de afectos siniestros; usted quiere volver a sentir el goce que encontró esos días y desea, además, castigar la afrenta perpetrada. Acá no hay, mi caro amigo, amor ni sentimientos nobles.

Un silencio espeso cae sobre la conversación. En la entrada del local una muchacha mira insistentemente hacia la mesa donde estamos sentados. Tiene una blusa negra que deja ver una franja delgada de su cintura. El cabello cae sobre sus hombros con contundencia. Cuando encuentra mi mirada desvía los ojos hacia la calle. ¿A quién esperará esta niña?, me pregunto al tiempo que arriban las cervezas. Fernando se hunde en el flujo de destellos etílicos. Miro de nuevo a la solitaria muchacha. Sirvo la cerveza en el vaso plástico, me levanto con resolución y camino hacia ella. ¿Quieres bailar?, pregunto con calculada indiferencia. Ella asiente con un delicado ademán de la cabeza y prolonga su delgado brazo en pos de mi mano izquierda; dejo el vaso de cerveza sobre la mesa a la vez que ella me lleva suavemente al espacio libre. El breve lapso de silencio acelera mi corazón por vía de la ansiedad. Suenan, poco después, en sordina, las dos trompetas que preludian el idilio musical; el repique, cinco segundos después, da paso, con devoto silencio, al aristocrático piano, quien, en pleno uso de sus prebendas, colma la elipsis rítmica con sinuoso movimiento; la insurgencia se ve reprimida, al poco tiempo, por la imperial voz de Daniel Santos que revela a la receptora, la dádiva, la razón y la obligación:

Dos gardenias para ti,
con ellas quiero decir:
te quiero, te adoro,
mi vida;
ponle toda tu atención
que serán tu corazón y el mío

La mesa nos espera con la misma paciencia con la que lo hacen las cervezas. Nos sentamos frente a frente. La tanteo con los ojos; ella hace lo propio. ¿A quién esperas?, pregunto a quemarropa. No espero a nadie, contesta sin perturbarse; sólo vengo a escuchar boleros. ¿Te gustan los boleros?, inquiero con asombro. Me gustan las letras de las canciones, contesta; dicen cosas que no expresan otros géneros. En ese orden de ideas, le interpelo, ¿consideras que el hecho de que una rubiácea perezca en el curso de una relación amorosa indica que la receptora de la ofrenda ha cometido adulterio? ¿No cabe, acaso, la posibilidad que la gardenia haya contraído un parásito que medre en su cáliz tubular o en sus flores?, interrogo con sorna. Desengancha una carcajada estrepitosa. Eres un tonto; ¿siempre dices tantas estupideces?, dice con mirada dulce. No, respondo con tono de niño recriminado; sólo las digo cuando quiero impresionar a alguien. ¿Crees qué impresionas a alguien con tantas bobadas?, apunta con mirada sugerente. Un tenue rubor tiñe los lóbulos de mis orejas. Irrumpen, en ese instante, dos cornetas anunciando Amor sin Esperanza, en la inmortal versión de Celio González. ¿No te aburre estar sola en una mesa mirando hacia la calle?, pregunto con manifiesta coquetería. No, confiesa al tiempo que sus dedos índice y pulgar hurtan el cigarrillo que tengo cautivo en mi boca y que pienso encender. Lo pone entre sus delgados labios; toma la caja de fósforos que reposa sobre la mesa; extrae un fósforo de cabeza bermeja y lo rastrilla con fuerza contra la caja hasta que restalla; lo acerca a la punta del cigarrillo al tiempo que inhala con fuerza. Usurpo, segundos después, el cigarrillo que humea en su boca y lo acomodo en mis labios. Calcula la profundidad de mis ojos al tiempo que pregunta:
– Y tú, ¿Por qué vienes a este lugar?
– Vengo en busca de la felicidad.
– ¿La has encontrado?, inquiere al tiempo que toma el cigarrillo de mis labios.
– Hace algunos años la halle resplandeciente en aquella mesa, digo al tiempo que señalo el rincón donde Fernando navega en una embriaguez pedregosa.
– ¿qué paso después?
– Huyó con la aurora. Sus ojos vuelven a hacerse palpables en mi cerebro a la vez que una punzada mansa roe el pecho. Pero no hablemos de eso… mejor hablemos de ti; ¿cómo te llamas?
– Alejandra Castillo
– ¿En tu castillo hay fosos infestados de cocodrilos y torres custodiadas por arqueros?
– Sí, pero el camino para franquear el portón es alcanzable para algunos mortales.
– ¿Qué deben tener aquellos mortales para alcanzar la fortaleza?
– Ciento ochenta mil pesos, responde suavemente.
– Emprendamos, entonces, el viaje al tálamo, le digo al tiempo que bebo el último trago de cerveza. Dame un segundo me despido de mi amigo y salimos.

Camino hasta la mesa donde Fernando cabecea. Me siento al tiempo que Fernando me contempla como si emergiera de sus ensoñaciones. Me voy con la vieja del fondo, digo sin preámbulos. Fernando mira hacia la mesa. Aguanta, concluye después de la pesquisa visual. Se inclina hacia adelante y toma la botella por el talle; la empina y bebe la mitad del contenido de un sorbo.
– Lo veo mal; debería irse para su casa a dormir la borrachera, digo en tono conciliador
– Estoy bien; usted es el que está mal: irse a revolcar con una prepago teniendo esposa.
– Candelaria no es mi esposa… y tampoco está en la casa. Imagino que está con el cabrón de Eduardo… o con cualquier hijueputa. En vez de estar diciendo estupideces, continúo después de una pausa, deje de beber y váyase a la casa.
– ¿El amor que siente, o sintió por Candelaria, es el mismo que profesa por Juana?
– Candelaria fue un capricho; Juana es el único amor que he tenido y que tendré; después de ella no hay nadie. Advierto, para mi vergüenza, la cursilería de la frase.
– Lo será hasta que agote todas sus variantes, como hizo con Candelaria; después aparecerá otra mujer y detrás de ella otra hasta que se dé cuenta que el único amor que existió fue el que sintió por sí mismo.
– Sabe qué: me voy que la niña empieza a aburrirse y no quiero que esté desmotivada.
– Relájese que el importe cubre incómodos retrasos. Mejor admita que su única posesión es la nostalgia de una noche de cervezas y boleros… el resto, mi caro amigo, son delirios de un esquizofrénico, o, quizás, sombras en la eterna noche…
Me levanto y le doy la mano señalando que la conversación ha concluido. Fernando la mira sin tomarla, se acomoda en la silla y cierra los ojos. Elevo los hombros, doy media vuelta y le hago una señal a Alejandra. Ella se levanta y camina lentamente hasta mí. ¿Vas a invitar a tu amigo?, inquiere. ¡Ni loco!, respondo al tiempo que me hundo en sus ojos. Se acerca, me da un beso desabrido, se separa y lanza una mirada lasciva que me impulsa a salir del establecimiento…

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Hablando Solo (3)

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(Capítulo Anterior)

El rugido de los buses rasguña las tinieblas. Deben ser las cinco de la mañana, piensas al tiempo que tus dedos se hunden en la manigua de cabellos de Juana. Sientes la felicidad jugueteando en la boca del estómago. La esquiva felicidad, murmuras. En las infinitas noches del ejército barajaste todos los escenarios que harían posible el arribo de aquel sentimiento de plenitud por el que los humanos devastan montañas, tronchan vidas y envenenan ríos. ¿Por qué será, le preguntas a las sombras, que la felicidad de una persona conlleva a la desventura de otra? El regocijo de tener a Juana entre tus brazos, de haberla poseído, es necesariamente la desdicha de Manuel Cadena, el astado marido de Juana. Una erección tibia germina entre tus piernas. Llegan a tu mente las imágenes desmenuzadas del bar de boleros, del taxista ebrio y, por último, de Juana pidiéndote que te quites la ropa mientras ella entra al baño. Prendiste el televisor para recrear la efervescencia que te subía por los entresijos ; a los diez minutos de interesantes gemidos venusino salió la referida; la miraste de abajo hacía arriba, como aconseja la urbanidad de Carreño; los pies no se le veían por la esquina opuesta de la cama, las rodillas son un poco grandes, como de futbolista, pensaste en ese momento; los muslos, ¡bendición del cielo!, son perfectos, están en el centro de la excelencia: no pertenecen al rollizo pernil de las obesas ni a la magra pierna de las macilentas, remataste. En medio de las dos pilastras de tersa carne, estaba el último bastión abrigado por una diminuta tanga negra de seda, dejando vislumbrar, como una mancha en el crepúsculo, la magnificencia del futuro goce. Navegando hacia regiones más septentrionales estaban los moderados senos que opacan la simetría múltiple de las piernas, la tanga negra y la curva sinuosa que une las caderas, la cintura y el busto. ¡Nada es perfecto!, dice tu padre desde el oscuro averno del pasado. En el pináculo se hallan dos ojos lascivos y unos labios carnosos que prometen amenas felaciones. Después de diferir el inicio del cotejo por el necesario tanteo visual, Juana decide acercase a la cama con pasos cortos. Llega hasta el borde subyacente del lecho, se inclina para posar sus manos en el tálamo, levanta la rodilla izquierda para apoyarse en ella y poder subir la gemela; una vez está afianzada en las cuatro extremidades inicia el abordaje con pasos lentos de felino; te debates entre la excitación y el temor; ella, entre tanto, sigue su lento contoneo hasta que su cabeza está más arriba de tus rodillas. Hay una breve pausa; extiende su mano izquierda y toma con destreza (valga la paradoja semántica) el candente ariete; tasa su firmeza (la del mástil) con rítmicos y vigorosos movimientos ascendentes y descendentes; concluida la primera fase de verificación prosigue con la inspección oral: introduce la cabeza del objeto en los labios carnosos, dándole una chupada enérgica; te retuerces con la segunda incursión de la inquisitiva boca; en este punto del trance Juana se toma confianza iniciando el movimiento conjunto de lengua, labios y manos en magistral coordinación; te deshaces en ridículos gemidos que, en imprevisto acuerdo con los destemplados gritos que salen del reo empotrado en la pared, hacen coro. Concluye el ejercicio con una mirada inquisitiva; se lanza sobre la cama con las piernas abiertas esperando que recompenses los favores recibidos; desciendes, por tanto, al cálido meridión, donde encuentras la negra seda que separa la lengua de su gabela erótica. Tomas el panty por los hilos laterales y lo halas hacía abajo con paciencia, hasta que el guarda empieza a enrollarse; Juana levanta la pelvis para liberar al suave carcelero al tiempo que continúas con la tarea de marginarlo; desciendes por los candentes obeliscos hasta arribar a los anónimos pies. Viajas, un segundo después, en el sentido contrario hasta llegar al otrora cautivo delta; frotas tu mejilla izquierda en su arenosa superficie hasta que la tranquilidad inunda tu corazón; giras un poco y encaras el objeto anhelado; le das la bienvenida con un beso, y procedes a separar los húmedos pétalos con los dedos índice y pulgar; un olor ácido inunda el lugar, lo cual no obsta para que te lances a lamer el timorato cacho de carne que aflora entre los pliegues de la flor; Juana gime con placer al tiempo que mueve el torso en convulsos movimientos; la sacudida te incita a prolongar la faena lingüística hasta el agotamiento. Te levantas para apoyarte en el codo izquierdo y con el derecho le introduces el dedo índice, zapador por excelencia, en la ignota caverna; Juana gime con sincera exaltación…

El recuerdo se evapora con la batahola del corredor. Una mujer vocifera sin concierto. Los dicterios brotan como una catarata de su boca. El radio del celador pasa frente a la puerta desperdigando los compases de la Sonora Matancera. Se escucha al fondo la voz empañada de un hombre. Un segundo después cruzan trotando varias personas. La maraña de gritos rebota en las paredes. ¿Qué pasa?, pregunta Juana con voz encharcada. Nada princesita, dices con ternura. La palma de tu mano derecha vaga por su mejilla. Segundos después te sepultas en la suavidad de su pómulo. Los gritos se extravían en una cresta de frases deshilvanadas que derivan, al final, en sollozos afelpados. Juana sucumbe al embate del sopor. El amanecer, murmuras al tiempo que un destello ajado de luz penetra por la abertura de la cortina. Aquella noche en la oficina de Eduardo supiste que no hallarías sosiego hasta que la aurora te hallara en brazos de Juana. Y acá estás: conociendo el letargo causado por la consumación de un deseo. La ejecución parcial de un deseo, corriges. Un sueño, continúas reflexionando, jamás se consumirá plenamente: siempre quedarán rescoldos que brillarán en la caverna de las apetencias hasta el día en el Caronte arribe en su barca. Una buena noche, continúas con la disertación, escucharé un rumor en el fondo de la memoria; inicialmente será un bisbiseo que crecerá hasta transformarse en una insufrible letanía que pasará a cuchillo todos tus pensamientos. En ese instante te lanzarás a buscar el sabor de su piel en otras pieles y la curva de su cintura en otras cinturas. Ensayarás amaneceres pálidos, como el que cruje detrás de la ventana, y noches etílicas como la que pereció pocas horas atrás. Pero ninguna piel poseerá el relente de almidón, ni ninguna cintura tendrá la excentricidad perfecta; los amaneceres serán más turbios o más refulgentes y a las noches les faltará el bolero que incita el recuerdo o las vocales redondas que invitan a la confesión. Una oleada de congoja anega tu corazón.

De todo aquello me quedo un vacío
como un verso de súbito olvidado

recitas de memoria al viejo Carranza. Quisieras atar el tiempo al perchero y abandonarte al goce eterno de su cuerpo; besarlo y penetrarlo hasta el hartazgo; desenmascarar la sabiduría de aquellas manos que te han conducido a un amor de húmedos callejones y de ventanas enrejadas. Porque esa es la parte que te corresponde en esta aventura: callejones donde la nostalgia se marchitará hasta ulcerarse y verjas desde las que vigilarás tu desventura. Un mordisco certero en la boca del estómago te obliga a apretar los ojos. Ese es el desenlace de los sueños alcanzados: dolores inclementes, atardeceres sangrantes y noches enhebradas en el insomnio. Pero es inevitable, continúas: nadie gobierna sus sentimientos ni dirige sus apetitos. Estos son por definición insensatos: no entienden argumentos ni razonamientos, simplemente quieren asaltar el objeto deseado. Es ineludible, por tanto, que estés recostado en una cama de motel con Juanita, como inevitable será el padecimiento que este hecho traerá a tus días. El lamento de un acordeón rasguña la luz mortecina; segundos después un gemido estrangula el brillo de su tonada. El vagido amoroso provocar un cosquilleo espeso que te impulsa a despertar a Juana. Mi vida, dices con tono azucarado. Juana abre los ojos lentamente, como si le doliera abrirlos. Mi vida linda, murmuras tiernamente. Juana lee tus ojos; sonríe y te toma por la nuca para acercarte. Sientes su lengua clavándose en tu boca al tiempo que Beto Zabaleta canta detrás de la pared:

el que persigue placeres se choca
después de haber deshojado una rosa
con un camino de espinas

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Hablando Solo (2)

 

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(Capítulo anterior)

Su cabeza está ligeramente ladeada hacia la derecha. Una gavilla de cabellos negros se desbarranca por el costado oblicuo inundando el hombro derecho en una vorágine de ondas y surcos. Un sendero de lunares custodia una frente amplia y cruzada por dos hendeduras. Las cejas coinciden con el marco bermellón de las gafas. Los ojos están bordeados por una línea violeta que enclaustra una mirada menguada por el tiempo. Los pómulos son prominentes, casi amenazantes. El delgado tabique remata en una nariz respingada. Los rollizos labios permiten ver los pequeños dientes. La imagen sugiere que la mujer hablaba en el momento en el que fue tomada la fotografía. Los anteojos, la cadena que emerge entre la manigua de cabello y los aretes insinúan, asimismo, que goza de estabilidad económica. Las pequeñas bolsas que sostienen los ojos hablan de noches de desvelo y la oscuridad de la mirada sugiere atardeceres melancólicos…

Tomo la cajetilla de Pielroja que descansa en el costado derecho del computador. Extraigo un cigarrillo ajado y lo enciendo con un fósforo. Siento el humo rasguñando los pulmones. Exhalo enérgicamente contra los ojos que me contemplan desde el fondo del tiempo. Candelaria murmura desde la cama. La miro con displicencia. Escudriño los ojos marchitos de Juana. Intento ubicar el último día que la vi. Desde la oquedad de la nostalgia emerge una calle desierta. Brota, de la misma forma, una noche melancólica de borrachos estrellándose con bolsas de basura e indigentes desenterrando esquirlas de felicidad de botellas de pegante. Estoy solo en una tenducha. Sobre la mesa se dibujan las sombras de una docena de botellas. Miro hacia la calle para oxigenar el tedio. Brota repentinamente de las desmedidas carcajadas de un grupo de adolescentes. Me mira por un segundo y continúa su camino. Grito su nombre cuando pasaba frente a mí. Apresura el paso temiendo, quizás, que la persiga. Contemplo su espalda hasta que esta se disuelve en la oscuridad.

Deja de fumar; dice Candelaria con voz pedregosa. Vislumbro el cigarrillo lanzar una estela gris de humo. ¡No; Me; joda!, mascullo pausadamente. Me encara con ira; sostengo la mirada; gira y se arropa la cabeza. ¡Hijueputa; malparido; cabrón de mierda!, dice con la voz enredándose en las cobijas. Si supieras mi pequeña Candelaria que esta mañana me encontré con Juana Otero no estarías lanzando improperios entre las cobijas sino jarrones contra las paredes, pienso al tiempo que hundo el cadáver del cigarrillo en el cenicero.

La tarde del viernes examinaba las direcciones de los locales que tenía que fotografiar. La última dirección atrajo mi atención. Eduardo, dije con una sonrisa gris; ¡esta es la dirección del cabrón del Eduardo!, dije en voz alta, casi gritando. El lugar estaba a seis cuadras del parque donde revisaba los papeles. Cuando arribé a la dirección sentí un temor que nacía del centro del estómago. El local lo ocupaban mesas que descansaban apiladas en un rincón. El piso estaba tapizado por una capa de papeles y tierra. La memoria me llevó a los días en los que Eduardo seducía muchachitas ingenuas internándolas en la maraña de embustes y versos aprendidos en tardes de ocio. Mis profesiones, recuerdo que me dijo el día que lo conocí, son las ventas y la seducción; más la segunda que la primera. ¡Recordando viejos tiempos!, me dijo un hombre desde la puerta. Giro la cabeza sabiendo que la voz pertenece al legendario Eduardo. Recordando; no; trabajando. ¿Trabajando?, responde la sombra que navega en las tinieblas; pero si tu nunca has trabajado en tu puta vida. Una carcajada sonora encrespa el silencio del lugar.

El acopio de doce cervezas me infunde, horas después, el suficiente valor para preguntarle por Juana.
-Esa vieja terminó medicina en Medellín. Allá trabajó un tiempo largo; más de ocho años; luego se devolvió para Bogotá, indica moviendo las manos con energía.
-¿Vive con alguien?
-Con el hijo solamente. El recuerdo del niño que lloraba cuando la abrazaba marchitó la alegría que el alcohol había sembrado en mis ojos.
-¿tienes su teléfono?, dije con voz neutra.
-Sí, pero no te lo daré por nada del mundo. Juanita fue muy clara al advertirme que ese teléfono no podía caer en tus manos.
-¿Cómo va saber ella que me lo diste?, pregunté con desconsuelo.
-Porque soy el único de los amigos de aquellos años que aún trata. Juanita abandonó todos los amigos y lugares que lo unían, después que le jodieras la vida; o mejor; que se jodieran la vida mutuamente. Llegó a mis ojos la banca de la calle 95 y el sauce que la custodiaba; las tenduchas en las que nos embriagábamos; el motel en el que contemplábamos el polvo navegando en los rayo de sol que se colaban por las cortinas.
-Hagamos un trato: me das el teléfono de Juana y yo te dejo seducir a Candelaria.
-¿Candelaria?, preguntó con la botella frente a la boca.
-Mi compañera. Es una guajira de veinte años que conocí en Fonseca, cuando era profesor.
-Veo que no has dejado de ser un completo hijo de perra: ¡¿me estás ofreciendo a tu esposa por el teléfono de tu antigua amante?!
-no es mi esposa. Es… ¿cómo decirlo?… las circunstancias nos unieron y ellas mismas nos separarán algún día. Sólo le doy un empujón al destino.
-En ese caso, mi querido amigo, creo que no es uno, sino dos los favores que me pides.
-Cuando te acuestes con ella entenderás que el de los dos favores soy yo: te doy una amante para alejar el aburrimiento y, como si lo anterior fuera poco, tendrás la oportunidad de conocer el mejor catre de la guajira. La lascivia empieza a lustrar su mirada. Una sonrisa infame deforma la comisura de sus labios.
-¡Trato hecho y no deshecho!, dice al tiempo que extiende su mano. La tomo y correspondo la fuerza con la que oprime mis dedos con una sonrisa fingida.
-Antes de darte el teléfono quiero saber una cosa: ¿cuánto tiempo llevan viviendo juntos?
-tres años y medio, respondo con naturalidad. Una carcajada estrepitosa rasga el velo melancólico del lugar
-siempre he dicho que eres el más cabrón de todos los hijos de perra que haya conocido en mi vida, dice al tiempo que golpea la mesa con la mano abierta…

Contemplo una vez más la fotografía que tome esta mañana. Felipe tenía razón: la felicidad existe. Y no sólo instantánea, como él asegura; también la hay de grandes extensiones. Tomo la cajetilla y extraigo el último Pielroja. Enciendo la punta del cigarrillo al tiempo que aspiro con fuerza. Los pulmones se inflaman con aquella serenidad lacerante que viaja en la densa nube de humo. Una congoja percude la sonrisa que escapa por las comisuras de mis labios. Levanto el maletín que reposa sobre una pila de papeles arrugados. Saco del bolsillo una cuaderno verde. Busco entre sus hojas la letra de Juana. La encuentro entre los versos de Federico Díaz-Granados. Su caligrafía, a pesar de ser encorvada como la mía, es más legible. Bajo su nombre está escrita la dirección de su trabajo y una flecha que llega hasta los versos encerrados en un cuadro rojo. Leo en voz alta:

Las mujeres han salido de este cuerpo dando portazos
quejándose de mi tristeza,
en algunas temporadas se han quejado de la humedad
de mucho frío, de algún extraño moho en la alacena

En la orilla inferior izquierda sale otra saeta que apunta unas palabras escritas con tinta roja:

“la humedad no molesta tanto como la propensión a desembarcar en otras orillas ni la tristeza hiere tanto como el afán de refugiarte en otras piernas”.

En ese instante la voz de Don McLean agrieta la elipsis:

I thought that I was over you
but its true, oh so true
I love you even more than I did before
but darling, what can I do?
oh you do not love me
and Ill always be

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Hablando solo (1)

mujer1(Fuente de la Imagen)

Caminan hacia la salida de la universidad sosteniendo una conversación amena. La llevas de gancho y sientes su mano abierta sobre tu muñeca. Siempre te ha gustado que ella te lleve así. Me lleve, te dices al tiempo que una ráfaga fría golpea tu híspida barba. Ni la llevo ni me lleva, piensas mientras Juana observa una pancarta que pende en la entrada de la universidad. El único responsable de este encuentro es el destino: nadie más que él es capaz de enlazar todas las variantes para que nos encontráramos el miércoles en mitad de la plaza de San Francisco, continúas deliberando. Te gustaría acompañarme a ese evento, escuchas la voz de Juana entre las tinieblas de la reflexión. ¿Cómo dices?, preguntas con la voz enlagunada. Que si me acompañarías a ese evento, dice Juana con su voz de azúcar. Levantas los ojos y te encuentras con un pendón que invita a un ciclo de conferencias sobre la responsabilidad de los padres en la crianza de los hijos. ¿Por qué no invitará al marido?, te preguntas al tiempo que un ligero rumor gorgorea en el callejón de tus sentimientos. Claro, ¿por qué no?, respondes con naturalidad. Quisieras acompañarla a ese y a todos los lugares a los que ella te invitara. Podría ir al infierno si me lo pidieras, murmuras. Un tenue rubor enciende los lóbulos de tus orejas. Más que romántico eres cursi. Siempre te has dicho al filo de la inconsciencia etílica que eres un romántico; pero la verdad, lo sabes mejor que nadie, es que eres un hombre con una enfermiza propensión a la cursilería. Afortunadamente la mayoría de las ridiculeces las guardas para ti. ¿A dónde vamos?, vuelve a interrumpir Juana. Vamos a… no sé. ¿Qué quieres hacer? Juana busca en la oscuridad tus ojos. Quisieras enterrarte en sus ojos tibios hasta el final de los tiempos. Vamos a tomar una cerveza, consigues decir después del desagradable paréntesis. El problema, anuncias con voz vacilante, es que no sé a dónde ir. En ese instante emerge de las sombras un señor con delantal blanco. Tienes la sensación que fue enviado por alguien. ¿Quieren tomar una cerveza y escuchar buena música?, inquiere con una sonrisa bondadosa. El destino lo remitió, te dices mientras contemplas el volante que te entregó. ¿A qué llama usted buena música?, preguntas con voz palpitante. Boleros, contesta sin vacilar. Giras la cabeza a la derecha en busca de Juana. La encuentras con los ojos lustrosos. ¿Entramos a ese lugar?, inquieres con la certeza que dirá que sí. Gira la cabeza en señal de aprobación. ¡Vamos!, le dices al heraldo del destino. Este cruza la calle con una rapidez prodigiosa. Frena en la puerta del establecimiento al tiempo que abre los brazos. La única mesa libre está al fondo, dice al tiempo que pone la mano derecha sobre tu hombro. Te incomoda que la mesa quede al lado de la grieta por donde prorrumpen meseros como brotes de hierba. Uno de ellos se detiene frente a la mesa. ¿Qué desean?, pregunta con las manos en la espalda. ¿Qué quieres?, trasmites la inquietud a Juana. Una cerveza, responde con una sonrisa de comercial de dentrífico. ¿Nacional o importada?, interrumpe el mesero. Nacional, responde Juana con una sonrisa rebosante de sensualidad ¿Aguila, Poker, Costeña o Club?, pregunta de nuevo el mesero. Costeña, indica con los ojos refulgentes. ¿En vaso o en botella? Continúa el mesero. ¿En vaso de vidrio o en vaso de plástico? ¿En plástico transparente o en plástico opaco? ¿En plástico opaco con estrías o en plástico sin estrías?, interrumpes. El mesero te lanza una mirada fulminante. En vaso de vidrio y para mí una cerveza águila en botella, respondes con las vocales magullando la penumbra. Extraes del bolsillo interior de la chaqueta la cajetilla ajada de Pielroja y el encendedor. Contemplas el mechero. Recuerdas que abandonaste los fósforos gracias a que quemaste accidentalmente una extensión considerable de pasto al lado del edificio 404. Sientes el impulso de contarle la historia a Juana pero te detienes ante la posibilidad que ya se la hayas narrado.

A las tres horas la conversación resbala por  engranajes lubricados por veinte cervezas (diez en cada hígado). Quisieras hablar sin detenerte pero la vejiga pide justicia dedsde las nueve de la noche. Cuando te levantas sientes la punzada en los entresijos. Uy jueputa, farfullas mientras caminas al mingitorio. Miras las ramas de eucalipto marchitándose por efecto de los orines. Apuntas el chorro contra las baldosas para no tocar los gajos ambarinos. Miras la pared del frente y te encuentras con un rosario de improperios contra el presidente de turno. Arriba de un epíteto trazado con tinta azul encuentras una caligrafía perfecta que contrasta con las letras encorvadas que han trazado alcohólicos y embravecidos estudiantes durante años. Algo en la redondez de las vocales y en la firmeza de las consonantes te impulsa a confesarle a Juana que te gusta desde la noche que la buscaste en la oficina donde trabajaba Eduardo (amigo común que se vanagloria de alcohólico consumado y mujeriego incorregible). Una espuma dulce asciende por la boca del estómago. Subes la cremallera y sales envalentonado a la mesa donde Juana espera con la mirada opacada por los efluvios etílicos….

Al filo de las dos de la mañana estás navegando en la densa fosca de la embriaguez. Juana te contempla con la mirada arenosa. Debería sentirme satisfecho con haber catado sus labios, te dices al tiempo que empinas la vigésimo primera cerveza. No hay posibilidad que esto se repita; no hay más allá; non plus ultra, concluyes. Quisieras recibir la aurora con su cabeza descansando sobre tu hombro derecho. ¿La invito a pasar la noche conmigo?, te preguntas al tiempo que los labios de Juana atenazan los tuyos. Sabes que sus labios no morderán de nuevo los tuyos y que sus ojos no te volverán a contemplar con la ternura que lo hacen ahora. Entiendes, asimismo, que en la lista de prioridades los primeros escaños los ocupan su hijo y su esposo; tú sólo eres una aventura que concluirá cuando la música se hunda en el silencio y te saquen del establecimiento; en ese instante te transformarás, para tu desgracia, en un exiguo rumor en el tropel de recuerdos. Tomas un mechón de su cabello y lo acomodas detrás de su pequeña oreja. Pasas el dorso de tus dedos por su mejilla izquierda. ¿Quieres pasar la noche conmigo?, te oyes decirle como si fuera otro el que lanza la importuna pregunta. Sí, responde Juana con sensualidad. ¿El niño con quién se queda?, interrogas con amargura. Con mi esposo… esta tarde llame para avisar que me quedo esta noche en la casa de Cristina para hacer un ensayo. La miras a los ojos. ¿Quién puede creerse esa mentira tan obvia? ¿Y si el esposo llama a la casa de Cristina? Cristina ya sabe qué debe decir, responde Juana como si hubiera oído tus pensamientos. Creo que es hora de irnos, continúa. Levantas la mano. Dos meseros acuden afanosos a la mesa. La cuenta, por favor, dices sin dejar de contemplar el sendero de pecas que custodian la nariz de Juana. Los oyes alejarse. Un minuto después ves deslizarse la cuenta sobre la mesa. Miras la factura. Te acercas a los oídos de Juana y le susurras: vámonos que nos están cobrando menos de la mitad de la cuenta. Sacas los billetes arrugados del bolsillo derecho del pantalón. Los dejas sobre la mesa y dices en tono sarcástico al mesero que trajo el recibo: quédese con el cambio. Juana, entretanto, te espera en la puerta. Te levantas al tiempo que Walter Jiménez canta:

Soy ese beso que se da
sin que se pueda comentar
soy ese nombre que jamás
fuera de aquí pronunciarás,
soy ese amor que negarás
para salvar tu dignidad
soy lo prohibido…

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Flores negras (7)

muerte2

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Estás amarrado del cuello y la espalda a la tubería que escolta la tina donde te desangras lentamente. La doctora Cendal te visita cada tres horas para inyectarte 800 mg de Fenitoína Sódica y 500 mg de Enoxaparina. La primera para que no entres en Estatus Convulsivo y mueras antes que el dolor haya roído cada una de las fibras que soportan tu vida; la segunda dosis la suministra para que las heridas que te hace con el escalpelo en muñecas y piernas se cierren con menor rapidez. Magdalena llega silbando bajito. Deposita el bolso en el lavamanos. Abre la cremallera lentamente; saca la jeringa, la Fenitoína Sódica, la Enoxaparina, el escalpelo, la gasa y el agua oxigenada. Camina hacia la tina. Te mira a los ojos con compasión y luego descarga una cachetada sólida. Perro malparido, te grita con ira. Limpia, a continuación, el cuello, con el algodón empapado en agua oxigenada. Introduce la jeringa con la dosis de Fenitoína Sódica. Limpia de nuevo y repite la acción con la Enoxaparina. Levanta, a continuación, el tapón que impide que el agua escape por el sifón. Después que esta se escapa por las cañerías abre las heridas purulentas con el escalpelo. Al término de la operación pone el tapón y abre la llave para que la tina se llene de nuevo. Al comienzo oponías resistencia: te sacudías, pataleabas, la escupías, le gritabas improperios con toda la energía que tu cuerpo permitía. Después de la pataleta ella te golpeaba con el bate que está recostado contra la pared; luego te inyectaba600 mg de alprazolam, esperaba que se apagara el ardor para poder iniciar la labor quirúrgica. Después introduce todo en la cartera y sale para retornar tres horas después. Empiezas, para tu sorpresa, a acostumbrarte al dolor que nace en las muñecas y que derrite tu voluntad como si esta fuera de mantequilla. Ves pasar aquella vida que Dios escribió, con pequeña y encorvada letra, en los torcidos renglones de tu destino. Contemplas los ojos que inauguraron el sendero del amor –el mismo camino que te condujo a la tina donde la vida se escapa lentamente-. Llegan a las cisuras de la memoria el viento que sacudía las acacias de la calle 85 y los besos que abrieron los voluminosos postigos de la pasión. La noche que la conociste, evocas en medio de la agonía, se encontraron frente a un hidrante rojo y bebieron cerveza hasta decidirte a confesarle tus sentimientos. Se besaron torpemente y luego te laqnzastte a sondear las consecuencias de tus actos. Dedique cada uno de los segundos de mi vida a buscar, concluyes al tiempo que ves la sangre teñir el agua. Con la niña de los ojos que enamoran buscaste la felicidad. La hallaste, es cierto, pero solo por tres semanas. Con ella mediste, asimismo, la lealtad de tus amigos y el amor de tu hermana. Mi voz empieza a ser cada vez más borrosa en tu cabeza. Los recuerdos caen como pétalos amarillos en el fango. Escuchas el canto metálico de la trompeta que te despertó durante once meses en el ejército. Con ella viene el estallido del G3-A3 que cargaste como una cruz durante el mismo año. Los labios de la muerte te sonríen desde el fondo del agua que se enturbia con el paso de los segundos. Las manos tibias de Alexa rozan tus testículos desde la oquedad de las reminiscencias. Alexa, dices con voz arenosa. Tantos errores acumulados en los últimos días. Traicionar a tu novia es, sin lugar a dudas, la peor decisión que pudiste tomar. ¿Qué te hizo para que le pagaras de esa manera? Entrego cada uno de los minutos de estos quince meses a amarte con la entrega de una mártir. Sus palabras calentaron tus días de desasosiego y sus manos arrullaron el tedio que te arranca el alma las tardes de domingo. Tú decidiste pagar su devoción acostándote con Alexa y Magdalena. Quizás merezcas estar atado a un tubo desangrándome, te dices sin ánimo. Escuchas el trinar de canarios que alfombro tu infancia. Sientes el impulso de llorar como aquel niño asmático que ponía cara de cachorrito en los atardeceres grises. La tina se sacude imperceptiblemente. Abres los ojos y ves el agua tiñéndose de carmesí. Sobreviene el color del buzo que tu papá se ponía los domingos de mediados de los años ochentas y la certeza que lo abandonaste en el transito de los últimos años. Deseas levantarte y resarcir la ausencia con abrazos y palabras de aliento pero el cuerpo se ahoga en un sopor pedregoso. La cabeza pesa cada vez más y mi voz es tan sólo un murmullo distante que se apaga al mismo ritmo con el que la sangre abandona tus venas. Sientes el mordisco en la boca del estómago que presagia nostalgias incontrolables pero no te importa porque tienes la seguridad que cuando esta llegue estarás muerto. Una mano toca tu espalda con ternura. No necesitas abrir los ojos para saber que es la mano de tu novia. Sus dedos empiezan a descender por la espalda con la misma ternura con la que te acariciaba en las noches de zozobra. Se traslapa sobre su imagen la figura de tu mamá. La ves arqueada zurciendo camisas y remendando pantalones. El dolor conquista las fibras del corazón. La melancolía huye por las incisiones de tus muñecas. La vida se escurre con la misma lentitud con la que empezó a poblarte en la niñez. Vez el gallo negro que habitaba el patio de la casa donde el asma hincó sus colmillos sobre tus pulmones. Al tiempo que se esfuma los infinitos pastizales del patio escuchas el canto del gallo que no dejaba dormir en Tunja, hace pocas semanas. Ves, segundos después, las estrellas que custodiaban la noche en la que un hombre de cuarenta años te persiguió con un machete por las carreteras de Moniquirá. La bóveda celeste se diluye en las manchas oscuras del zorro que cuidaba la casa de la hermana de tu abuelo en el mismo pueblo. Las manos de tu tía se transforman en la mirada reflexiva de su hermano, tu abuelo, sentado en el porche de su casa. Sus ojos se derriten en una sustancia amarilla que paladeas en la boca. Guarapo, piensas al borde de la inconsciencia. Quieres levantar la cabeza para ver la muerte a los ojos. La cabeza es un fardo que tu cuello no resiste. El último remanente de vida sale por las cortaduras y yo, sostenido por el impulso de hablarte, me deshago en el ligero soplo que acaricia el agua ensangrentada…

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Flores Negras (6)

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En las crestas de la noche empiezas a sentir aquel rumor que te incita a hurtarle palabras a las sombras. Magdalena continúa hablando de las causas de la parálisis postictal en pacientes con epilepsia focal. ¿No se cansará de repetir incansablemente el mismo discurso?, te preguntas al borde de la saturación. En breve hablará del doctor Todd, al igual que lo hizo en la conferencia de esta tarde, continúas pensando al tiempo que agitas el Deep Orange que se calienta en tu mano. El doctor Robert Bentley Todd nació en Dublin, dice Magdalena ostentosamente. No debí aceptar la invitación a Magdalena, concluyes con desgano. Sabías perfectamente que vendrías a ver el despliegue de arrogancia de la Doctora Cendal frente a sus colegas. Sabes, sin embargo, que estás atado a la promesa tácita que edifica una mirada lasciva y el roce milimétrico de sus labios en el lóbulo de tu oreja. La imaginas desnuda, con el cabello suelto y los pezones enhiestos. La bragueta se inflama al tiempo que la comisura de tus labios asciende tenuemente. A través de la bruma de la fantasía la mano de Magdalena recorre tu pecho; imaginas, asimismo, las yemas que en este momento recorren las grietas de la mesa surcando lánguidamente el interior de tu muslo, como si quisieran dejar huella en todas las fibras nerviosas. Un corrientazo que nace en el lugar donde supones transitarán sus dedos, te hace saltar de la silla. Todos te miran con curiosidad. ¿Acaso nunca han visto saltar a un hombre de su asiento?, te preguntas al tiempo que retornas a tu posición. En los pacientes de Gallmetzer la parálisis fue siempre unilateral y afectó al miembro superior derecho en el 54,5 % de los casos y al miembro superior izquierdo en el 43,2 %, continúa la doctora Cendal. A lo lejos suena Hasta Siempre Comandante Che Guevara. Ves los ojos lluviosos de Carlos Puebla escuchando conmovido a Fidel Castro leer con voz temblorosa la carta de despedida del Che Guevara:

“Digo una vez más que libero a Cuba de cualquier responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo. Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento, será para este pueblo y especialmente para ti. Que te doy las gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo y que trataré de ser fiel hasta las últimas consecuencias de mis actos. Que he estado identificado siempre con la política exterior de nuestra revolución y lo sigo estando. Que en dondequiera que me pare sentiré la responsabilidad de ser revolucionario cubano y como tal actuaré. Que no dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena; me alegro que así sea. Que no pido nada para ellos, pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse”.

Es la noche del tres de octubre de 1965; día en el que se instala el Comité Central del Partido Comunista de Cuba. El dolor confisca el alma de Carlos Manuel Puebla en sus húmedas y oscuras paredes. Camina a su casa con desgano. Intenta dormir pero las palabras rebotan en las comisuras que labra el desconsuelo en su alma. A la una de la mañana, después de intentar conciliar el sueño, se levanta sudoroso; toma el cuaderno apolillado que lo espera en la mesa de noche y escribe:

Aprendimos a quererte,
Desde la histórica altura,
Donde el sol de tu bravura
Le puso cerco a la muerte.

Deseas interrumpir a Magdalena para narrar esta historia a los comensales pero te quedas enroscado a la butaca. Examinas discretamente el tedio de los compañeros de mesa. ¿No se dará cuenta que los aburre?, te preguntas con fastidio. Los ojos verdes de Alexa te llegan con los últimos acordes de la guitarra. Sacas el celular y le escribes un mensaje de texto para allanar las rugosidades de la noche anterior. Aún sientes remordimiento por entregarla a las mentes sedientas de morbo. Debiste, cuando menos, llamarla esta mañana para preguntarle cómo había llegado a casa. Magdalena interrumpe su conversación y te mira pulsar el mensaje redentor. ¿Qué haces?, pregunta con voz ronca. Le escribo a una amiga, contestas sin levantar la mirada de la pantalla del teléfono. Los colegas aprovechan la pausa para levantarse de la mesa. ¿Se van?, pregunta la doctora con entrenada pesadumbre. Sí, contesta una mujer de treinta años que, al parecer, es la vocera del grupo. Abre los brazos para espantar el paréntesis engendrado por la monosílaba respuesta. Magdalena se acerca para recibir el abrazo. Los demás hacen fila detrás de la representante para hacer lo propio. Después del último apretón salen en tumulto entre las mesas. Magdalena te mira a los ojos en busca de una respuesta. Dime, dices sin inmutarte. Nada, responde ella al tiempo que se sienta. Toma la copa cuyo borde está escarchado con azúcar y la acerca al borde de la mesa para contemplar el contenido nacarado y a la arandela de limón que se sostiene en el borde de la copa. Tú, entre tanto, miras el borde de tu vaso. ¿Piensas dejarme botado en el Olímpica de la cien?, preguntas sin quitar los ojos del vaso. No lo haré; pero te juro por dios que preferirías que te abandonara en cualquier potrero de la ciudad a merced de violadores y asesinos, dice al tiempo que contempla tus ojos emerger del tedio en el que los sumergió la velada. Examinas sus ojos para tasar la veracidad de la afirmación. Encuentras vestigios de compasión en sus ojos. No importa: quiero tenerte entre mis brazos cuando llegue la aurora, dices sin parpadear. Te juro que te arrepentirás, responde sin bajar la mirada. ¡Asumo el arancel!, dices con aquella arrogancia encrespada que te ha granjeado fama de malnacido. En ese caso vamos, dice al tiempo que toma el bolso que pende del gancho que queda bajo la mesa…

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Flores Negras (4)

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(Capítulo Anterior)

Miras cada diez minutos el buzón del correo con la esperanza de encontrar la misiva de Alexa, la niña que desvalijó el andamio donde se apoya tu prudencia. Suspiras al recordar sus ojos verdes y la negligencia que les hace juego. Si por lo menos fuera mayor de edad, piensas en tanto escribes la línea anterior. Ves las palabras emerger del fondo blanco y suspiras como si la vida se evaporara en cada letra. Giras la cabeza para contemplar la hoja en la que anotaste la fecha y la hora en la que verás a la doctora Cendal. Magdalena Cendal, te corriges en voz alta. Su llamada te sorprendió a pesar que sabes que los doctores tienen acceso a la información de sus pacientes. Te invitó con indiferencia clínica a una conferencia que dictaría ella en la IPS sobre Epilepsia Focal (así, con todo y mayúsculas). Fue tan neutra que no tuviste el menor reparo en aceptar la invitación. Anotaste la fecha y la hora y colgaste agradeciendo la cortesía. Divisas por la ventana las tinieblas marchitando el día. Mi primer día de clase, le dices al computador que continúa engendrando palabras. El recuerdo de Magdalena te llega nítido, casi tangible. La ves con su mirada provocadora y sus palabras retadoras. Evocas su mano tomando el timón y la seguridad con la que hablaba aquella tarde sombría que te abandonó en el Olímpica de la Cien. Todas las tardes son sombrías, concluyes. Nunca en tus veintinueve años has visto un atardecer que ilumine la mirada y que resucite la extraviada voluntad. Los atardeceres te traen, por el contrario, esa respiración arenosa que presagia catástrofes y que incita a narrar azarosas historias de amor con finales amargos. Finales amargos, repites en voz alta mientras repasas lo escrito. Toda historia de amor tiene un final amargo, sentencias de nuevo. Este es el día de los axiomas, piensas mientras bebes el remanente del agua de boldo. Peumus Boldus, murmullas mientras las primeras gotas de lluvia golpean la Lucerna. Hace unos días tuviste el impulso de citar en latín a San Agustín para descrestar a la rubia hiperbólica que se sienta en la primera fila del salón. ¡Victoria Cendal!, le dices al computador que sigue poblando la pantalla de palabras. Ceeeennnnnndddddaaaaaaaaaaaaaaalllllllllllllllllllllll, repites lentamente el apellido de Victoria. Te gusta el ascenso de la “a” por la pradera de la “d” y la explosión mansa de esta contra la ele. Ceeeeeeeeeeeeeennnnnnnnnnnnnnnnnnnndddddddddddddddddaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaalllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllll. Lo haces más despacio para sentir el rebote de la “e” contra la ene. Quisieras repetir el ejercicio con la palabra Magdalena pero sientes que la nostalgia te invade. Picas nuevamente en la pestaña del correo para ver si Alexa te escribió. Nada. Contemplas el agua resbalar por la ventana del cuarto. Te acercas al cristal para examinar el camino que sigue una gota de agua que resalta por sus dimensiones. La vez bajar campante al tiempo que engulle las goticas que encuentra en su camino. Al lado de esta resbala una minúscula gota parda. No le inquieta, al parecer, el embate de su vecina pues se desliza pausadamente, como si estuviera contemplando las microscópicas colinas de tierra que se han apropiado del vidrio. Te alejas y escribes lo que acabas de ver. Sabes que el peor oficio del mundo es anotar lo primero que te venga a la cabeza para invadir el tiempo de las personas que están al otro lado de la pantalla. Miras el reloj del computador. Las 18:00. Picas en la pestaña del correo y no encuentras nada en el buzón. Es una tontería esperar que Alexa responda un mensaje que les enviaste a todos los estudiantes, meditas al tiempo que repasas el mail. Lo que debo hacer es escribirle algo que la incite a responderme. El corazón empieza a rebotarte en el pecho y las manos empiezan a empaparse. Es una menor de edad, te dices para justificar tu cobardía. Nadie me asegura que es menor de edad, te dices en un inesperado giro; del hecho que se graduara el año pasado no se infiere que su edad sea menor a dieciocho años. El recuerdo de la última vez que la viste aletea en tu memoria. La ves atornillada al pavimento con una mirada que anuncia un abrazo ardoroso; aún sientes la punzada de los segundos que te quedaste esperando que viniera a rodearte con sus brazos largos. Los siguientes segundos son nebulosos: brazos que te envolvían, sonrisas abiertas, felicitaciones y agradecimientos ruborosos… contemplas los puntos suspensivos que acabas de abandonar sobre en la pantalla; sientes el impulso de borrarlos y reemplazarlos con descripciones interminables, sentimientos inconfesables y sentencias descrestantes. Sabes, sin embargo, que los puntos puestos en fila india hablan justamente de la incapacidad de resumir la realidad con las palabras que magullas con tus dedos y con tu lengua. Miras la palabra lengua porque te parece estriada, húmeda para el contexto. Revisas de nuevo el correo y no hallas su nombre en el casillero. Cuando te decides a escribirle el celular te interrumpe. Tomas el aparato y miras la pantalla iluminar el nombre de tu novia. Mi novia, te dices. El teléfono repiquetea entre tu mano. No te decides a oprimir el botoncito verde que te conectará con tu compañera. Lanzas el teléfono sobre la cama en tanto piensas en Magdalena Cendal y su egocentrismo. Suspiras. Increíble que un corazón tan pequeño pueda contener tres amores, te dices; ahora que lo pienso García Márquez tenía toda la razón cuando dijo que el corazón es como un hotel lleno de cuartos. Examinas la hoja que espera al lado derecho del computador. En una semana Doctora Cendal, le dices a la hoja como si esta pudiera escucharte. El computador pone tus palabras a tamaño doce y espacio sencillo. Respiras hondo y empiezas a escribir el correo que pretende atraer a Alexa al imperio de tus caricias…

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Flores Negras (3)

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El silencio resbala por las ranuras de una conversación que se marchita en el aire gris. Miras de reojo la mano blanca de Magdalena sobre el manubrio. Estás aterrado. Lo sabes y, lo que es peor, Magdalena lo percibe en el temblor de tu respiración. Intentas hablar desapasionadamente de tus obligaciones, de las novelas que consumiste en las arrugadas noches de tu juventud y de las extravagantes investigaciones norteamericanas, para que ella, la causante de este terror que te tiene atornillado al asiento del carro, piense que es frecuente que las mujeres te inviten a tener sexo después de una conversación breve. En cada semáforo la Doctora Cendal te mira a los ojos para burlarse de tu agitación y del estúpido impulso de abrir la puerta y huir como la cometa que se libera de las cadenas que la atan a la tierra. Como las cometas que mueren en los cables de la luz, dices en voz baja. ¿Dime?, pregunta Magdalena con los ojos refulgentes. Nada, pensando en voz alta, contestas con voz neutra. Tienes, contesta la doctora al tiempo que empuja la barra de cambio hacia adelante, ideas extrañas. El silencio sigue descendiendo de las montañas, de la tarde que quiere volverse noche, de la amargura del lunes y del terror que te produce viajar con una desconocida sin saber sus intenciones. Ese es justamente el problema: que no conoces sus pretensiones. ¿Será, te preguntas con el alma en vilo, que quiere llevarme a un potrero oscuro donde una cáfila de violadores me esperan para saciar sus inclinaciones eróticas? ¿Cuánto le pagarán por llevar a huevones como yo? Continúas meditando mientras el automóvil se interna en la manigua de busetas, vendedores ambulantes y hombres que escupen fuego. ¿Quizás lo que quiere es propinarme un tiro en la nuca, destazarme, meterme en bolsas de Carulla y repartir mis pedazos en todos los pastizales baldíos de la ciudad?, piensas en tanto ves a un niño escupir fuego a escasos centímetros de ti. En ese caso por lo menos no seré objeto de vejaciones, concluyes con una sonrisa temblorosa. ¿En qué carajos piensas?, pregunta Magdalena con una frialdad que te eriza los vellos de los brazos. En la salud dental del niño que escupe fuego, contestas lo primero que se te atravesó por la cabeza. Magdalena suelta una carcajada que retumba en el agujero que crece en la boca del estómago. El recital de cornetas, pitos y gritos interrumpe la euforia de la Doctora Cendal. Magdalena te mira a los ojos cuando cruzan la intersección de la Avenida Suba con Avenida Cien. ¿A dónde vamos?, preguntas con indiferencia postiza. A mi casa, responde la doctora Cendal. ¿Dónde queda tu casa?, preguntas con el corazón galuchando en tu pecho. En la calle 106, arriba de la novena. ¿Cerca del Batallón Rincón Quiñones?, preguntas con la consonantes vibrando en tu lengua. A una cuadra, responde secamente. En ese caso, ¿Por qué vamos por la Avenida Suba? Te mira a los ojos y desenfunda una sonrisa perversa que te rasguña los entresijos. ¿Por qué tantas preguntas profesor?, pregunta en tono irónico. ¿No pensarás que te voy a hacer algo malo?, sigue sin dejarte contestar. No, para nada, dices con la voz viscosa. Desamarra otra risotada sonora. La ves mofarse de tu respuesta, de ti, del temor absurdo que te tiene al borde de un infarto. ¡Soy un verdadero imbécil!, te dices con la mirada perdida en el andén descascarillado. En la calle 106 gira a la derecha. La ruta es, por lo menos, congruente con el lugar donde dice vivir, piensas mientras ves el semáforo cambiar a rojo. Emergen de las tiniebla un grupo de mendigos que arrastran piernas sanguinolentas o brazos segados por la hoz del destino. El recuerdo del ciote que viste horas atrás llega a los pliegues de tu memoria. Platycichla flavipes, dices en voz baja. ¿Dijiste algo?, pregunta Magdalena con la voz sepultada en la penumbra. Sólo somos gusarapos reptando en el légamo oscuro y denso de nuestros temores, piensas en voz alta. La Doctora Cendal tantea la oscuridad en busca de tu mirada. Tus ojos siguen hundidos en la pata inerte del Ciote. La luz verde sustrae a Magdalena de la contemplación. El automóvil ruge opacamente al tiempo que gira a la derecha por la carrera 53. Al fondo se ve un semáforo encendiendo perezosamente la luz amarilla. El motor gruñe cuando Magdalena pisa el acelerador. Cruzan debajo del semáforo mientras la luz verde ilumina el piso húmedo. La Avenida Cien ruge como un animal enjaulado. Contemplas los buses gimiendo. Oyes las llantas chillar y te vas hacia adelante con fuerza. ¡Hijueputa!, grita Magdalena con la cabeza asomándose por la ventana. La mujer del carro de adelante la reta con la mirada por el espejo retrovisor. La Doctora Cendal alarga su dedo medio al tiempo que encoje los compañeros. Tu mirada se pierde en la ristra de bombillos rojos. Después del semáforo hay un Olímpica. Ve comprando los preservativos que yo te espero parqueada en la bahía que está frente a la droguería, te dice Magdalena. La miras a los ojos. ¡Hágale profesor!, te azuza. Suspiras sonoramente. Desenganchas el cinturón al tiempo que los seguros emergen de sus orificios con un golpe seco. Abres la puerta, sales lentamente, con desgano. Compra de los que tienen turupes y los que tienen estrías; esos son los mejores, dice Magdalena cuando estás cerrando la puerta. Empiezas a caminar hacia el Olímpica. Recuerdas que años atrás, cuando eras un tierno adolescente, entraste, junto con cuatro compañeros del colegio, a ver qué podían hurtar del legendario Olímpica de la Cien. Ese día tenían el primer examen físico del ejército, lo que ocasionó que toda la hez del grado once concurriera a las puertas del que fuera el Batallón de Policía Militar Número Quince. Batallón al que meses después pertenecerías. ¡Qué pequeño es mi mundo!, te dices al tiempo que cruzas las puertas del Olímpica. Desde el postigo contemplas los estantes de licores donde extrajeron el aguardiente que encendió la jarana. Caminas hacia la droguería pero recuerdas que los preservativos esperan en los estantes que están al lado de las cajas. Te devuelvas. Miras los condones y buscas los que tienen turupes. No ves ninguno. Caminas hacia el siguiente anaquel. No hay condones pero hay un paquete de papas que te sonríe. Lo tomas, lo abres, introduces la mano y extraes media docena de papas. Caminas hacia la siguiente estantería. De nuevo hurgas entre los preservativos para ver si hay con chichones. Al fondo encuentras una caja con destellos amarillos con el sugestivo –y acaso manido- nombre de Punto G. Bajo el rotulo hay un dibujo de un preservativo que exhibe pequeños grumos. Debajo del bosquejo dice, en letras blancas, “tu seguro para el amor y la vida”. ¿Qué seguridad puede ofrecer un preservativo para el amor?, te preguntas al tiempo que caminas a la caja rápida. Pagas siete mil pesos y sales. Afuera te recibe una llovizna densa. Giras tu cabeza a la derecha y a la izquierda. No ves el carro de Magdalena. Das dos pasos lentos hacia la bahía. Entre las bolsas de basura reconoces una maleta abandonada que se parece bastante a la tuya. La curiosidad te impele a mirarla más cerca. Cuando estás a dos pasos te das cuenta que es tu morral. Lo levantas y lo sacudes con asco. Lo hueles. Miras a todos lados. No encuentras a Magdalena ni a su carro. ¡Esta es mucha perra!, dices en voz alta. Empiezas a caminar vigorosamente de un lado para otro. ¡Malparida!, gritas a la lluvia que sacude los árboles del separador. Respiras hondo y suspiras con fuerza. Te quitas la maleta de la espalda y la contemplas con compasión. Sientes el impulso de consolar el morral. Ves un papel mojándose en la malla lateral. Lo extraes. Caminas hacia la bombilla que se hunde en el aguacero. Lo desdoblas con cuidado. Ves una nota con letras que se derriten. Te acercas bien para entender el mensaje. ¡Malparida!, dices con una sonrisa ladeada. Miras de nuevo la nota para verificar el contenido. Lees en voz alta:

Vamos uno a uno.

Espero que este no sea el último encuentro.

PD: ¿De verdad pensó que se iba acostar conmigo?

Este no es, en efecto, el último encuentro, le dices al papel que se deshace en tus manos…

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Flores Negras (2)

parque1(Fuente de la imagen)

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Estás sentado en el parque contemplando las nubes que engullen la bóveda azul. El estallido del exhosto de una buseta desvía tu atención hacia un ciote que contempla estático el forraje. Platycichla flavipes, te dices con arrogancia. Sabes perfectamente que tu conocimiento se nutre de la memoria que ejercitas diariamente. El nombre lo viste en google y lo repetiste incansablemente hasta quedar aferrado a los pliegues de la memoria. Soy un ocioso, te dices mientras ves al ciote clavar su pico anaranjado en la tierra húmeda. Platycichla flavipes, repites para asegurar que el nombre no desaparezca en las cisuras del cerebro. Desde niño memorizas los nombres en latín para hacerle pensar a los demás que dominas la biología. Recuerdas aquella ocasión que acompañaste a tu vecina –lejano amor platónico- a la biblioteca Luis Ángel Arango y leíste, mientras ella y sus compañeras se hundían en su investigación, un libro sobre las pulgas. Repetiste hasta el agotamiento que la pulga constituye el orden Siphonaptera. El nombre científico de la pulga del perro es Ctenocephalides canis, el de la del gato Ctenocephalides felis y el de la pulga humana es Pulex irritans. El nombre científico de la pulga de la rata de los trópicos es Xenopsylla cheopis; el de la pulga de la rata europea es Ceratophyllus fasciatus. El nombre científico de la pulga que se aferra a su huésped es Echidnophaga gallinácea. Lo repites como si alguien te estuviera tomando la lección. ¡Soy un verdadero imbécil!, te recriminas al tiempo que llega a tu oído la voz temblorosa de una jovencita de veinte años. Giras la cabeza y la vez protestando, con los ojos lluviosos, a su compañero de banca. El amor es el emporio del forcejeo, recuerdas la frase que te cruzo por la cabeza en el consultorio, minutos atrás. Hubieras querido decírsela a alguien para discutir su contenido. Llegan a tu memoria los ojos de la doctora Cendal; Magdalena Cendal, te corriges. Contemplas la maleta donde aguarda el cargamento de tabletas y cápsulas que consumes con un fervor vecino a la demencia. Acaso tiene razón tu ex novia cuando te tilda de hipocondriaco. Quizás tenga motivos para hacerlo, te dices mientras la cantaleta de la jovencita adormece el viento frío. Finalmente es doctora y habrá tenido que lidiar con hipocondriacos que creen ser presa de indisposiciones causadas por el agua o por la polución. Miras la banca vecina. La jovencita llora calmadamente. Está confiada con el resultado de su estrategia lacrimosa. Las comisuras de tu labio se levantan lentamente. Miras hacia la pila que lanza agua. Yo no estaría tan seguro de la victoria, imaginas diciéndole a la muchacha que se limpia las mejillas con el empeine de la mano. El ciote sigue oteando el pastizal en busca de gusanos. Otro ejemplo de desarraigo, te dices al tiempo que los ojos de tu compañera de universidad llegan a la floresta de tu memoria. Recuerdas la tarde en la que ella te contó que estos animales fueron empujados hacia la ciudad gracias a la construcción de edificios de apartamentos en las montañas que escoltan la ciudad. La modernidad que profana, roba, devora, arrasa y por la que nos arrastramos como gusanos por la estéril tierra, piensas al tiempo que el alma se te ablanda al ver la pata izquierda colgándole, inerte, al pájaro. Reptamos por la modernidad, las ideologías y por el amor como gusarapos malolientes, piensas en tanto el ave intenta volar a las torcidas ramas que están sobre tu silla. El mismo amor que te tiene sentado en la banca de un parque esperando que avancen las cinco horas que te separan de la hora convenida. Esto no es amor, es impulso sexual, te dices con la seguridad propia de los idiotas que creen que siempre tienen la razón. Sabes perfectamente que la doctora Cendal no pertenece al amplio grupo de mujeres apetecibles. Deseable la adolescente que enreda los sentimientos de su compañero o la señorita de jean ajustado y escote profundo que conversa incansablemente por celular. Ellas golpean primero las fibras de la carne y luego, si las circunstancias dan para ello, las puertas del corazón. Magdalena con su mirada provocadora y su arrogancia calculada al milímetro, incita más a la charla y al cotejo de opiniones que a la carnalidad. Las mujeres que te cautivan conversando han ganado, por otra parte, buena parte del terreno y casi siempre han terminado en las estrías de tu corazón. Sientes un cosquilleo en la boca del estómago. Estiras los labios para desmentir la conclusión. El jovencito empieza a llorar para asombro de su compañera. Ella lo contempla al tiempo que él oculta su llanto en los antebrazos que esperan sobre la maleta que está, a su vez, sobe las piernas. ¡Master!, le dices mentalmente. Las nubes han sembrado tinieblas en la voluntad de los habitantes de la ciudad del destierro. Las personas transitan el camino de ladrillos con la mirada hundida en el piso. La adolescente se enreda en su telaraña de embustes para contener la ira de su compañero. El joven, en un giro inesperado, se levanta y se aleja dejándola con la frase en puntos suspensivos. ¡Maestro!, le dices al hombre en ciernes que se aleja con pasos vigorosos. Las gotas de agua golpean las hojas haciéndolas vibrar. ¿Para dónde me voy?, piensas al tiempo que ves a las personas correr ridículamente con hojas de periódico sobre la cabeza. Por el mismo sendero por el que se fue el joven viene una mujer con una bufanda café oscura, una chaqueta del mismo color, guantes vino tinto, pantalón marrón y una sombrilla beige. El corazón reemplaza el manso trote por la carrera desbocada. A pesar que el velo de lluvia no te permite ver su cara sabes que es ella. ¡Imposible!, te dices. La mujer detiene su marcha al verte. No te cabe duda, es ella. Te levantas de la silla. Ella empieza a caminar. La esperas con el corazón a todo galope. ¿Pensabas esperarme toda la tarde bajo la lluvia?, dice secamente. Eso pensaba hacer, en efecto, dices con el agua resbalando por la mejilla. Pensaba dejarte metido; dice fríamente; pero, ¡ya ves!, me tropecé contigo. Te sube por la boca del estómago una espuma densa. ¡Cabrona!, piensas en voz alta. ¡Huevón!, responde. Das media vuelta y empiezas a caminar. Diego; espera. Te detienes contra tu voluntad. Oyes el taconeo acercarse pausadamente. No te pongas bravo, te dice, susurrante, al oído. Un escalofrío nace en el talón del pie derecho y te sube por la pierna templándote como un arco. Ven, acompáñame al taller a recoger el carro y luego te invito a comer algo, dice con voz insinuante. Quieres empezar a caminar y dejarla abandonada bajo la lluvia a la usanza de las películas norteamericanas, pero tus pies no responden. Todos los músculos están atados a una fuerza ajena a tu voluntad. No te hagas de rogar, mira que después te arrepientes. No necesitas girar para ver su mirada rebosante de lujuria. Está bien, vamos, dices sin tu consentimiento. Vamos pues, dice Magdalena. Empiezan a caminar bajo el aguacero que ensombrece la tarde y tu coraje. ¿Llevas preservativos o tenemos que comprarlos en el camino?, pregunta intempestivamente la doctora Cendal. La miras con asombro a los ojos. No puedes creer que una mujer sea tan… descarada. Esa es la palabra. Decirte, además, que te iba a dejar plantado y luego salirte con que quiere acostarse contigo; que no es por nada, pero acaba de conocerte y no eres más que un extraño más en el enjambre de hombres anónimos. Acostarse con un completo desconocido, eso es lo que hará en unas horas, es una verdadera perra, te dices con el aliento entrecortado. ¿Será que no le ensañaron en la universidad nada sobre enfermedades de transmisión sexual? ¿Será que en la casa no le enseñaron a comportarse? Además ese cambio de ánimo es una evidencia fehaciente que está loca de remate. No entiendo porque le hago caso… ¡¿Qué?!, pregunta Magdalena con los ojos abiertos. Nada, dices con la voz pastosa; que hay que comprarlos por el camino, rematas con voz neutra. Al amparo de un árbol ves a la adolescente entregada al llanto. Llega el recuerdo del causante. ¡Hasta los niños tienen más carácter que yo!, concluyes…

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Esquirlas (1)

venganza1

Tus dedos transitan el margen de mis pantaloncillos y mi pene se yergue orgulloso. Mi lengua explora, entretanto, la humedad de tu boca y mis dedos asedian tu pubis con objetivos inconfesables. La cadencia de tu respiración aumenta su ritmo y la lengua, acorde con el ascenso, palpa la textura de mi boca. Tu mano irrumpe en mi pantaloncillo y toma el enhiesto pene con violencia. Mi corazón se desboca en el pecho y mis dedos, prudentes hasta ese momento, invaden tu vagina. El beso se torna en mordisco y las manos arrancan la ropa que frena la arremetida. El palpitante ariete entra en la gruta con violencia al tiempo que gimes con pasión. En el momento que la consciencia me abandona empiezo a embestir con frenesí…

Cuando camino por el apacible médano del orgasmo siento el frío hierro hundirse en el esplenio del cuello. El puñal sale para morder un segundo después el esplenio de la cabeza. La sangre, tibia y vehemente, desciende por el cuello hasta caer en las sábanas verdes. Contemplo la sonrisa de Melina. La miro con horror. La navaja sale mansamente para bajar con violencia contra el romboide mayor. Me desplomo sobre Melina al tiempo que gruñe por el peso que la comprime. Me empuja hacia arriba con las manos y gira su cuerpo hacia la izquierda. Caigo al piso. De las tinieblas emerge mi esposa con una mueca de desprecio surcándole las comisuras de los labios. Melina se incorpora velozmente y corre a los brazos de mi mujer; la abraza con fuerza mientras las lágrimas lavan sus mejillas. Mi esposa, después de unos segundos, la aparta de sí; la mira a los ojos; le quita los cabellos húmedos que están adheridos a sus mejillas y la besa apasionadamente en la boca. Le sonríe con compasión; da media vuelta y empieza a caminar hacia la puerta. Melina la mira con asombro. Juliana, le dice con voz tenue; mi mujer se queda quieta bajo el marco de la puerta; ¿a dónde vas?, pregunta Melina con la voz temblorosa. Mi esposa hunde las manos en los bolsillos del gabán. ¿A dónde vas?, vuelve a preguntar. Juliana da media vuelta al tiempo que saca las manos del gabán. Melina corre hacia Juliana pero un estallido la detiene a mitad del camino. Su cuerpo se desmorona en las tinieblas como un edificio abatido por una explosión. Juliana da media vuelta y empieza a caminar por el oscuro pasillo…

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A más de mil kilómetros de ti (9)

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Subo por unas escaleras decoradas con cáscaras de plátano y bolsas plásticas. Contemplo, asimismo, la huella del agua en las paredes viejas y siento el olor a vejez que consume el edificio. Veo en la pared un letrero en lata que anuncia el arribo al cuarto piso. La placa está, además de oxidada, adornada por corazones atravesados por flechas. Tomo aire para recuperar el aliento perdido durante el ascenso. Salgo a un corredor largo paredes descascarillándose. Camino hacia la puerta que se ve al final de él. Mis pasos son deliberadamente lentos. El taconeo rebota en los viejos tabiques. Cuando estoy frente a la puerta introduzco la mano en el bolsillo derecho de mi pantalón y extraigo una llave plateada. La introduzco en la cerradura y hago fuerza hacia la derecha y hacia la izquierda en un movimiento frenético. Las guardas ceden al término de la décima oscilación. Las bisagras chillan en el viaje de la puerta hacia adentro. En el interior se ve un hombre desnudo abrazándose las rodillas. Diego, digo con voz firme. EL hombre no se mueve. Diego, repito con más fuerza. Diego levanta la cabeza lentamente. Abre los ojos con dificultad. Me contempla largamente. Gustavo, dice al final del tanteo visual, ¿qué hace acá? ¿No me reconoce?, inquiero con arrogancia. Míreme bien. Diego me contempla de los pies a la cabeza con desgano. ¡Deje de joder!, dice cuando sus ojos llegan a la altura de los míos. Mire Diego, mi nombre verdadero no es Gustavo, es Julián; Julián Alvarado. ¿Julián Alvarado?, dice Diego con la mirada perdida en los meandros de la memoria. Estudie con usted en el bachillerato, le digo en amparo de sus recuerdos. Me mira con los ojos perdidos. ¡Déjese de maricadas Gustavo! Siento un mordisco manso en la boca del estómago. ¡Mire gran hijueputa; nos sentábamos en la esquina del fondo –al lado de la caneca-; usted se la pasaba recostado contra la pared mirando la ventana en clase; yo era el que le pasaba la copia de álgebra!, el corazón me palpita en el cuello. Me mira con escepticismo. ¡¿Me está diciendo que en los dos años que he trabajado con usted no me he dado cuenta que es Julián?! ¡Pura mierda! En los pliegues del estómago se agita una espuma oscura. En noveno la niña que le robaba el aliento se llamaba Yenny González; era alta, cabello y ojos negros y vivía cerca a su casa. Los ojos de Diego se abrieron desmesuradamente. ¿Cómo lo sabe? Preguntó con la respiración agitada. ¡Imbécil; se lo vengo diciendo desde hace una hora: porque soy Julián Alvarado! Un silencio espeso detiene el tiempo. Saco del bolsillo interior de la chaqueta una foto y la lanzo hacia Diego. La fotografía navega por el aire y luego, cuando toca el suelo, se desliza hasta sus piernas. ¿La reconoce?, pregunto con insolencia. Sandrita, dice con la voz temblorosa. En realidad se llama Melyssa; la conocí en un burdel del norte. Es una mujer, que además de atractiva, vendería su madre por dinero. La contraté hace un par de meses para que lo sedujera. ¿Acaso usted cree que una mujer así se fijaría en usted? Los ojos de Diego empiezan a temblar de ira. Intenta levantarse pero el cansancio lo abate. Cristina fue más difícil: tuve que sembrarle cizaña por años; cada vez que podía le decía que usted algún día la iba a cambiar por otra mujer. Nunca me creyó: decía que usted era un hombre maravilloso. No sabe cuán enamorada estaba esa mujer de usted. En ese momento Diego se levantó y se abalanzó sobre mí. Hago un esguince y lo recibo con un puño en la cara. Cae pesadamente sobre la mesa. Se levanta y se lanza nuevamente contra mí. Esta vez lo recibo con una patada en el estómago. Escapa de su boca un gemido; queda inmóvil un segundo y luego se desploma. Contemplo cómo se hunde en una asfixia viscosa. Cristina, como le venía diciendo, lo amaba mucho; pero todo sentimiento tiene una espalda inmensa y peligrosa: ese amor se fue trasformando en un odio si orillas que fui puliendo durante meses. Cada arista, cada filo fue moldeado por mis palabras hasta que Cristina estuvo dispuesta a asesinarlo sin piedad. La conecté con algunos amigos que la guiaron hasta la casa de Susan Hans. En ese momento saco del bolsillo otra foto y la arrojo sobre Diego. Ella se llama Karol; amiga canadiense de Melyssa. Es, sin duda alguna, una gran actriz. Después vino la llamada de Fred (otra foto cae sobre el suelo), que en el bajo fondo se conoce como El Cuaji. Después la idea de quemarlo. Claro que no permitiría que muriera de esa forma: me aseguré personalmente que el cilindro no tuviera la cantidad suficiente para explotar; dejé, además, baja la batería del despertador para que el destello fuera mínimo. Miro el reloj de mi muñeca y constato que debo irme. Bueno mi querido Diego, es hora de irme. Camino hacia la puerta lentamente. Un corrientazo en la cabeza me recuerda que debo devolverle el celular a Diego. Giro sobre mis talones quedando frente a él. Extraigo del bolsillo derecho el celular y lo lanzo sobre la cama. El aparato viaja por el aire y rebota en la cama cuando cae. En los contactos le dejé el teléfono de Melyssa, en caso que quiera contratar sus servicios. No se preocupe por el asunto de Yenny, digo al tiempo que doy media vuelta: con la paliza y el susto del despertador ya quedó saldada. Bajo el marco de la puerta saco una agenda de tapas duras. Tomo la cinta roja que descolla entre las hojas y la aprieto con los dedos índice y pulgar. Halo con fuerza hasta que los papeles ceden. La agenda queda abierta en una hoja que dice en marcador rojo: “Pendientes”. La miro con detenimiento; tacho la palabra “Diego Rodríguez”; miró abajo y encuentro el nombre “Yenny González” acompañado de la palabra encerrada entre paréntesis: Medellín. Sonrío al tiempo que me digo: es hora que el ángel justiciero vuele sobre Medellín…

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