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Dos versiones y un único asado

El sábado tuve la fortuna de ser invitado a esta tradicional reunión. En esta ocasión la anfitriona cedió las prerrogativas a uno de los asistentes para poder sentarse cómodamente a discurrir sobre las Lecciones de Jena impartidas por Hegel entre los años 1804 a 1806. En el momento en el que hablábamos de la dialéctica del trabajo el condumio estuvo dispuesto, razón que nos impulsó a cesar en la agradable charla para paladear las viandas (Estas se acompañaron de la ancestral cerveza y el novel aguardiente). Al término de la pitanza reflexionamos sobre el carácter en la “Ética” de Aranguren. En el punto más álgido L. C. se levantó a perorar largamente sobre la racionalización en Weber frente a todos.

Una amiga tiene, sin embargo, una versión que difiere de la mía en algunos puntos: la anfitriona no habló de las Lecciones de Jena entre los años 1804 a 1806 sino de las Aberraciones de Jenny entre el primer semestre del 2004 y el segundo del 2006. Después de “tragar como marranos” (con esas palabras se refiere mi amiga) hablamos toda la tarde de la falta de carácter de Aranguren y la poca moral de su novia. L.C., para finalizar, no disertó sobre la racionalización de Weber sino que balbuceó algunas palabras frente al inodoro antes de devolver las atenciones.

¡Hay que ver cómo cambian las cosas con aguardiente en la cabeza!

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La vitamina E aumenta la posibilidad de contraer cáncer

 

Como lo oye: la hasta ayer favorable vitamina E incrementan la posibilidad de contraer cáncer [1]. Ante esta notificación debemos avisarle a Popeye que deje de consumir espinacas porque estas son más dañinas que la pipa que indefinidamente cuelga de su boca o más letales que las puntapiés y empellones que el despreciable Brutus le propina a diario. Debemos, asimismo, informarle a los millones de mamás que torturan a sus famélicos hijos con gigantescas dosis de brócoli que este alimento puede propiciar el arribo de la nefasta enfermedad. Debemos, para finalizar, contarle a Tony que sus cereales no aumentan la posibilidad que sus consumidores se transformen en aventajados deportistas sino que amplían los márgenes del cáncer…


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La fritanga y sus facultades afrodisiacas

La historia apunta que la comida ha sazonado los tálamos de los amantes de todas las latitudes. Fresas, zarzamoras y champagne nunca faltaron, por ejemplo, en las orgías organizadas por Paulina, la hermana de Napoleón Bonaparte. El caviar y el vodka, a su vez, aliñaron las noches de licencia y libertinaje de Catalina de Rusia. Colombia, con su rico acervo gastronómico, no se podía quedar atrás: desde huevos de iguana hasta el tímido banano, pasando por el mefítico alacrán, se consumen en esta región para colmar la concupiscencia. Muchas viandas, en el país del sagrado corazón, han pasado al podio de los afrodisiacos por múltiples razones: forma, sabor, composición química, etc. Esta multitud de alimentos, sin embargo, han marginado a la legendaria fritanga de su cónclave (quizás por arribismo o por simple envidia).  El presente escrito busca, por lo tanto, rescatar este plato del ostracismo en el que lo hundieron sus cofrades.

¿Quién niega la sensualidad de la fritanga? La sicalíptica rellena, negra y sudorosa, reposando sobre el enhiesto chorizo y sobre la pornográfica longaniza, y todos ellos pernoctando sobre un colchón de voluptuosas papas criollas. ¡Nada más sensual! ¿Qué me dicen, además, de los lugares en los que este manjar se sirve? Pastizales y potreros con insinuantes matorrales; o las eróticas plazas de mercado con sugerentes bultos de papás o tentadores atados de arvejas tendidas en cochambrosos tierreros. Esta delicia es servida -como si fuera poco lo anterior- por mujeres de miradas pícaras y prominentes vientres. Esta comida se acompaña, finalmente, con litros de inspiradora cerveza o en su defecto, de milenario guarapo.  ¿Por qué, me pregunto, nadie ha notado la eroticidad de este plato? Pero la forma es sólo uno de los elementos que muestran los poderes voluptuosos de la fritanga. Quienes hemos tenido la oportunidad de gozarla sabemos que después la ingesta de un kilo de ella nos llega a la mente, cual obsesión freudiana, una cama, un chinchorro, un potrero o cualquier lugar donde podamos recostarnos. ¿Acaso los camarones producen ese efecto? No. ¿El banano, con su fálica fisonomía, causa esto? No. ¿Acaso el raro caviar y el flamígero Vodka engendran tan hermoso efecto? No. Yo diría, además, que no solo la neurosis que llamaré de camastro sino el contexto son, por sí mismos, elementos suficientes para elevar a la fritanga en la cumbre de los afrodisiacos, razón por la que me abstendré de enumerar sus cualidades clínicas o sus virtudes sensoriales.

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La bien amada pega

Ayer me dieron en el restaurante de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional pega. Sí pega.

(Para aquellos lectores extranjeros la pega es ese delicioso remanente del arroz que nos espera, cual viejo amigo, en el fondo de la olla; de ahí su nombre: pega. Estas piezas son, en oposición a los blandos y esponjosos arroces que habitan la superficie de la olla, rígidos, se apelmazan entre ellos cual siameses y su tono es café oscuro. Su sabor es recio gracias a que conviven con los elementos primarios con los que fueron cocinados: aceite, ajo, cebolla, sal y demás aderezos).

Pues bien, como les venía narrando, en el restaurante de marras se puede elegir entre el grano blanco y fofo o la tiesa y parda pega. Está última se da en cantidades mayores al albo cereal. La mayoría de los comensales prefirieron el tradicional arroz debido a que este, en su opinión, es menos grasoso y más blando. ¡Qué tontería! Esa es justamente la razón por la que se come este espurio espécimen: porque es grasoso, salado y tieso, de no tener estás hermosas características sería un arroz convencional. Yo pedí dos porciones adicionales de pega y chasqueé, cual perro callejero, el menospreciado manjar sin importarme la cara de asombro de los demás. Además, ¿por qué me debería avergonzar? Estoy seguro que había más de uno que querían solazarse con la hermosa pega pero su estupidez no le permitió lanzarse al chasquido sonoro y al hilo de aceite que desciende por la boca de quien mastica este connotado ejemplar.

Lo que motiva este comentario es que este es el primer restaurante, comedero, merendero o chuzo que brinda la posibilidad de comer pega. Hace unos años le pregunté a la dueña del restaurante donde almorzaba con regularidad si me podía dar pega. Ella, enojadísima, me dijo que ese no era un restaurante de esos; de cuáles, le pregunte. De los que tienen pega. Será, me pregunté en ese momento, que en ese restaurante el arroz del culo de la olla sale albo e inflamado como el del medio. Le pedí, acto seguido, a la señora que me dejara ver la olla del arroz para comprobar que en ese lugar el fondo de las ollas está libre del desestimado grano. La señora, aún más ofendida, me dijo que me fuera a comer a otro lado. A partir de ese día me conformé con zamparme sendos platos de pega en mi casa o en la de algunas tías.    

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