Archivo mensual: septiembre 2008

Despedida (1)

Septiembre, en los últimos diez años, ha sido un mes sobrecargado de amor y de desamor. En este mes cumplen años cuatro de las cinco mujeres que me han marcado sentimentalmente (la quinta, aunque no nació en septiembre, está relacionada con él porque nos ennoviamos un día de este mes). Todos los días de septiembre me traen recuerdos de besos inolvidables, de miradas tiernas, de noches inagotables y de paseos nocturnos. Este mes es, como si fuera poco lo anterior, el del amor y la amistad.

Por eso, y por otras cosas que no vienen al caso, despido este mes con una lágrima en la solapa y un ramo de nomeolvides en la mano derecha.

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Carta sin destino

No hablábamos mucho, es cierto. Tampoco se puede decir que tuvimos una amistad a prueba de ventiscas, y mucho menos de ventarrones. Te llamaba cuatro o cinco veces al año y nos encontrábamos igual número de veces. Conversábamos sobre lugares y amigos comunes. La tertulia decaía varias veces, pero no me importaba puesto que sabía- y aún sé- que tendremos cientos de amaneceres juntos para agotar las palabras que tengo sembradas en la garganta. (Viendo tus fotos en ignotas tierras pensaba que veremos, quizás, los ribetes de nuestra salud amarillarse a causa del otoño de los años y, tal vez, tendremos descendencia que juzgarán nuestros errores).

Lo incompresible, en ese orden de ideas, es el temor que le des la espalda a nuestro destino quedándote en las campiñas del norte. Tiemblo, por tanto, al pensar que dejarás versos huérfanos y amaneceres oscurecidos; o al suponer que tus manos no sembraran caricias en mi pecho y tu lengua no labrara mi boca en las cumbres de la pasión. Y me amedrento que esto pase porque, desde aquella madrugada de diciembre he construido, con las migajas de paciencia que dejan los días, castillos de paredes ambarinas y torres que rasguñan el cielo. ¿Imagínate tener que abatir paredes y acuchillar cocodrilos?

¡Tantas palabras y tantas quejas para decirte que te extraño y que espero que cumplas tu promesa de visitarme en enero!

(Estas palabras nunca llegarán a tus ojos por obvias razones).

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Mosaico

Gracias a que las fotos están marginadas en mi blog decidí copiar la siguiente idea a BlueSoul.

Ir a Flickr e ir poniendo la respuesta a cada una de las siguientes preguntas en el buscador.

1. ¿Cuál es tu nombre? Diego
2. ¿Cuál es tu comida favorita? Ajiaco
3. ¿A qué escuela secundaria fuiste? Jorge Eliecer Gaitán
4. ¿Cuál es tu color favorito? Azul
5. ¿De qué famoso estás enamorado? Elizabeth Shue
6. ¿Cuál es tu bebida favorita? Pony Malta
7. ¿Cuáles son tus vacaciones de ensueño? Santa Marta
8. ¿Cuál es tu postre favorito? Brazo de reina
9. ¿Qué quieres ser cuando seas grande? Profesor
10. ¿Qué es lo que más amas en la vida? Libertad
11. Una palabra que te describa: Paciencia
12. Tu nombre de usuario en Flickr: diegoninho

Después, elegir una foto de la primera página de resultados. Por último, poner la URL (dirección) de la página de cada foto en el Mosaic Maker.

Este es el resultado:

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Palabras suscitadas por el hallazgo de una mujer perdida

Hace algunos años te veía sentada en la biblioteca estudiando geometría para el parcial o jugando futbol para ablandar los colmillos de la ansiedad. Aunque nunca hablamos supe de tu vida por las bien intencionadas observaciones de compañeros de clase. Por ellos supe, por ejemplo, que después de tres años de luchas, renunciaste a continuar en la fatigosa tarea de demostrar teoremas y hallar contraejemplos en las alforzas de la matemática. Tu abandono, aunque anunciado, fue doloroso para los que seguíamos tus movimientos desde las sombras del anonimato. Los días del semestre que inauguró el vacío eran pegajosos y fueron sedimentándose en los pulmones hasta ahogarnos.

Hoy, después de más de cuatro años de ausencia, veo tus ojos impresos en revistas magulladas y en afiches ajados, o en fotos en la orilla en piscinas de Miami acompañada de modelos de sonrisa reluciente y vientre cuadriculado. No sé si alegrarme por tu éxito o lamentar el asesinato de la mujer espontánea que iluminaba los salones con su sonrisa.

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Y por tanto (Charles Aznavour)

Te despiertas asustada. Miras el reloj y confirmas la hora. ¡Debo irme!, dices con el cabello revuelto y la mirada desorientada. No hay afán, te digo con voz insinuante. Dame un besito, concluyo. No estoy para jueguitos, dices al tiempo que lanzas una mirada hiriente; además tienes que encontrarte con tu novia. Ella puede esperar, te digo con el corazón aumentando su ritmo. Me inclino hacia adelante para darte un beso en los hombros desnudos. ¡Déjame!, contestas a la vez que tu piel se endurece. Mi mano recorre tu vientre pequeño y se desliza a la espesura de tu sexo. Te tensas como la cuerda de un arco. Te beso el cuello y los tendones empiezan a remitir su fuerza. Mis dedos siembran placer en la zanja húmeda. El chasquido de tu voluntad antecede tus labios lúbricos. Las lenguas retozan en la niebla de la pasión…

Dos horas después estás caminando sola por las calles de la ciudad que devora almas y mancilla cuerpos. Las lágrimas te bañan las mejillas. El celular repiquetea en tu maleta. Sabes que es tu mamá indagando por la tardanza. No contestas porque odias decirle mentiras. Un delgado velo de lluvia cae sobre las calles solitarias. Un dolor manso te muerde las comisuras del alma. Miras hacia atrás y le lanzas improperios a la oscuridad. Desde una ventana sale Charles Azvanour…

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A más de mil kilómetros de ti (9)

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Subo por unas escaleras decoradas con cáscaras de plátano y bolsas plásticas. Contemplo, asimismo, la huella del agua en las paredes viejas y siento el olor a vejez que consume el edificio. Veo en la pared un letrero en lata que anuncia el arribo al cuarto piso. La placa está, además de oxidada, adornada por corazones atravesados por flechas. Tomo aire para recuperar el aliento perdido durante el ascenso. Salgo a un corredor largo paredes descascarillándose. Camino hacia la puerta que se ve al final de él. Mis pasos son deliberadamente lentos. El taconeo rebota en los viejos tabiques. Cuando estoy frente a la puerta introduzco la mano en el bolsillo derecho de mi pantalón y extraigo una llave plateada. La introduzco en la cerradura y hago fuerza hacia la derecha y hacia la izquierda en un movimiento frenético. Las guardas ceden al término de la décima oscilación. Las bisagras chillan en el viaje de la puerta hacia adentro. En el interior se ve un hombre desnudo abrazándose las rodillas. Diego, digo con voz firme. EL hombre no se mueve. Diego, repito con más fuerza. Diego levanta la cabeza lentamente. Abre los ojos con dificultad. Me contempla largamente. Gustavo, dice al final del tanteo visual, ¿qué hace acá? ¿No me reconoce?, inquiero con arrogancia. Míreme bien. Diego me contempla de los pies a la cabeza con desgano. ¡Deje de joder!, dice cuando sus ojos llegan a la altura de los míos. Mire Diego, mi nombre verdadero no es Gustavo, es Julián; Julián Alvarado. ¿Julián Alvarado?, dice Diego con la mirada perdida en los meandros de la memoria. Estudie con usted en el bachillerato, le digo en amparo de sus recuerdos. Me mira con los ojos perdidos. ¡Déjese de maricadas Gustavo! Siento un mordisco manso en la boca del estómago. ¡Mire gran hijueputa; nos sentábamos en la esquina del fondo –al lado de la caneca-; usted se la pasaba recostado contra la pared mirando la ventana en clase; yo era el que le pasaba la copia de álgebra!, el corazón me palpita en el cuello. Me mira con escepticismo. ¡¿Me está diciendo que en los dos años que he trabajado con usted no me he dado cuenta que es Julián?! ¡Pura mierda! En los pliegues del estómago se agita una espuma oscura. En noveno la niña que le robaba el aliento se llamaba Yenny González; era alta, cabello y ojos negros y vivía cerca a su casa. Los ojos de Diego se abrieron desmesuradamente. ¿Cómo lo sabe? Preguntó con la respiración agitada. ¡Imbécil; se lo vengo diciendo desde hace una hora: porque soy Julián Alvarado! Un silencio espeso detiene el tiempo. Saco del bolsillo interior de la chaqueta una foto y la lanzo hacia Diego. La fotografía navega por el aire y luego, cuando toca el suelo, se desliza hasta sus piernas. ¿La reconoce?, pregunto con insolencia. Sandrita, dice con la voz temblorosa. En realidad se llama Melyssa; la conocí en un burdel del norte. Es una mujer, que además de atractiva, vendería su madre por dinero. La contraté hace un par de meses para que lo sedujera. ¿Acaso usted cree que una mujer así se fijaría en usted? Los ojos de Diego empiezan a temblar de ira. Intenta levantarse pero el cansancio lo abate. Cristina fue más difícil: tuve que sembrarle cizaña por años; cada vez que podía le decía que usted algún día la iba a cambiar por otra mujer. Nunca me creyó: decía que usted era un hombre maravilloso. No sabe cuán enamorada estaba esa mujer de usted. En ese momento Diego se levantó y se abalanzó sobre mí. Hago un esguince y lo recibo con un puño en la cara. Cae pesadamente sobre la mesa. Se levanta y se lanza nuevamente contra mí. Esta vez lo recibo con una patada en el estómago. Escapa de su boca un gemido; queda inmóvil un segundo y luego se desploma. Contemplo cómo se hunde en una asfixia viscosa. Cristina, como le venía diciendo, lo amaba mucho; pero todo sentimiento tiene una espalda inmensa y peligrosa: ese amor se fue trasformando en un odio si orillas que fui puliendo durante meses. Cada arista, cada filo fue moldeado por mis palabras hasta que Cristina estuvo dispuesta a asesinarlo sin piedad. La conecté con algunos amigos que la guiaron hasta la casa de Susan Hans. En ese momento saco del bolsillo otra foto y la arrojo sobre Diego. Ella se llama Karol; amiga canadiense de Melyssa. Es, sin duda alguna, una gran actriz. Después vino la llamada de Fred (otra foto cae sobre el suelo), que en el bajo fondo se conoce como El Cuaji. Después la idea de quemarlo. Claro que no permitiría que muriera de esa forma: me aseguré personalmente que el cilindro no tuviera la cantidad suficiente para explotar; dejé, además, baja la batería del despertador para que el destello fuera mínimo. Miro el reloj de mi muñeca y constato que debo irme. Bueno mi querido Diego, es hora de irme. Camino hacia la puerta lentamente. Un corrientazo en la cabeza me recuerda que debo devolverle el celular a Diego. Giro sobre mis talones quedando frente a él. Extraigo del bolsillo derecho el celular y lo lanzo sobre la cama. El aparato viaja por el aire y rebota en la cama cuando cae. En los contactos le dejé el teléfono de Melyssa, en caso que quiera contratar sus servicios. No se preocupe por el asunto de Yenny, digo al tiempo que doy media vuelta: con la paliza y el susto del despertador ya quedó saldada. Bajo el marco de la puerta saco una agenda de tapas duras. Tomo la cinta roja que descolla entre las hojas y la aprieto con los dedos índice y pulgar. Halo con fuerza hasta que los papeles ceden. La agenda queda abierta en una hoja que dice en marcador rojo: “Pendientes”. La miro con detenimiento; tacho la palabra “Diego Rodríguez”; miró abajo y encuentro el nombre “Yenny González” acompañado de la palabra encerrada entre paréntesis: Medellín. Sonrío al tiempo que me digo: es hora que el ángel justiciero vuele sobre Medellín…

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A más de mil kilómetros de ti (8)

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¿Creíste que te ibas a quedar sin castigo?, pregunta Cristina mientras camina de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Pues no. Cada una de las noches de estos dos meses estuve diseñando mi venganza. Primero tenía que averiguar quién era esa niñita. Para eso me ayudo tu amigo Gustavo -con quien, sea dicho de paso, me acosté varias veces-. Él me dio el número del celular que te regalo esa perra. Con el número pude buscar el nombre en la base de datos de Telcel. Fue muy ingenuo, o muy imbécil, seguir en la misma compañía de celulares: ¿no te paso por la cabeza que tengo acceso a sus bases de datos y que podía hacer algo con esa información? Claro, qué le iba a pasar por la cabeza una idea de esa envergadura a un imbécil que es capaz de acostarse con la esposa de un traficante. ¿Un qué?, preguntas con los ojos abiertos. ¿No sabías?, responde Cristina con ironía. La estúpida te compró el celular con su tarjeta de crédito; en ella aparece como Sandra Hans. Después de dos meses de búsqueda conseguí la dirección de Susan Hans, hermana de Fred Hans, el esposo de tu adorada princesa. Fui a su casa y la puse al tanto de las aventuras de Sandra contigo. Inicialmente no me creyó, pero después de mostrarle las fotos que les tome durante un mes se convenció de la veracidad de mis afirmaciones. Me pidió el teléfono y me dijo que en un par de días tendría una respuesta. Esa misma noche me llamó un hombre que dijo ser Fred. Hablamos durante una hora sobre ustedes. Al final de mi relato me dijo que él se encargaría de todo. Me preguntó, antes de concluir la conversación, cómo quería que te asesinaran. Le dije que bastaba que te golpearan brutalmente y que te dejaran amarrado en este lugar.

El cuarto se balancea sin control. Sientes que la razón pierde el rumbo. Deseas con todas tus fuerzas cerrar los ojos y desaparecer el dolor que te agobia y la confusión que te abate. Cierras los ojos e imaginas que todo es una pesadilla. Una patada en la pierna derecha te recuerda que no estás soñando. Intentas abrir los ojos pero los párpados te pesan. ¡Hijueputa!, dice Cristina al tiempo que lanza una bofetada seca. Cae tu cabeza hacia adelante y empieza a oscilar imperceptiblemente. Escuchas los pasos de Cristina irse hacia la cocina; oyes el grifo abierto lanzando agua a un balde. Los pasos se acercan y cuando están cerca de ti sientes el impacto del agua sobre tu cara. ¡Despierte cabrón de mierda!, te dice al fondo del túnel de paredes anchas en el que te sumieron sus palabras. Intentas levantar la cabeza pero te pesa demasiado. Te toma del cabello y te levanta la cabeza con violencia. Sientes un fluido tibio descender por tu nariz después que te escupe la cara. ¿Qué harás conmigo? Preguntas con voz ahuecada. Te voy a asesinar, responde con naturalidad. Lo primero que haré es abrir la llave del cilindro de gas, dice mientras camina hacia la cocina. Haciendo un esfuerzo sobrenatural levantas la cabeza y abres los ojos. Ves a Cristina luchando con la manguera azul que sale del tambor de gas. Ríes con desgano. ¡Callese!, responde. Levanta el cuchillo del lavaplatos y empieza a cortar la manguera. Una vez concluida la incisión abre la llave que está sobre el cilindro de gas. Escuchas el ligero murmullo del gas escapando por la boca de la manguera. ¿Me vas a ahogar con un cilindro semi desocupado de cincuenta libras?, le preguntas con sorna. No; pienso quemarte, te responde con altivez. Extrae del gabán un despertador unido por dos cables blancos a una bombilla. Los cables que ves acá están unidos al parlantico que suena cuando el despertador funciona; la bombilla tiene el vidrio roto; cuando el reloj dé las doce activará la bombilla; pero como esta no tiene vidrio, simplemente encenderá el filamento que prenderá el gas que flota en el cuarto. ¿No es genial?, pregunta con júbilo. ¡Creo que te hizo daño ver tanta televisión!, respondes con desgano. Como sea, creo que es hora de irme, dice Cristina mientras mira las manecillas del despertador. Levanta la palanquita del despertador y lo deja sobre la estufa, frente al tambor de gas. Toma las llaves que la esperan sobre la cama y se dirige a la puerta; mete la llave en la cerradura y empieza a girarla frenéticamente hasta que las guardas crujen. Cuando está bajo el marco de la puerta gira sobre sus talones. Estaré esperando, con una cerveza fría, la detonación en la tienda de Freddy. Gira de nuevo, da dos pasos y cierra la puerta.

Supongo que este es el final del camino, te dices con resignación. Tu cabeza se descuelga al tiempo que cierras los ojos. Escuchas el zumbido del gas escapándose y el taconeo del segundero del despertador…

¡Ni mierda!, gritas con furia después de una breve pausa. Halas con fuerza los brazos. Sientes un dolor insoportable en las muñecas. No te importa; halas con más fuerza. Escuchas crujir la varilla a la que estás atado. Empiezas a lanzarte hacia a delante con lo que te queda de vigor. Crepita la pared. Sientes un fluido tibio que te baña las manos. Debe ser sangre, piensas entre jadeos. Te lanzas, de nuevo, hacia adelante. Una puñalada te fustiga los músculos abdominales. Sientes que el aire entra con dificultad. Te levantas hasta que tu espalda toca la pared fría. El oxigeno ya no llega a tus pulmones. Presientes que te desmayarás en ese instante. Tomas aire por la nariz con fuerza y te lanzas, en un último y desesperado intento por sobrevivir, hacia adelante. La pared muge cuando la caña se desengancha. El impulso te lanza hacia adelante hasta que sientes una presión insoportable sobre tu cintura; te quedas inmóvil un segundo y luego empiezas a ladearte hacia la derecha; caes lentamente; ves el piso alcanzar tu cara mansamente; un golpe esponjoso anuncia tui llegada al piso. Escuchas vacilar los libros que reposan sobre la mesa. Estiras los brazos hasta que tocan tus nalgas. Levantas la cola al tiempo que bajas los brazos. Sientes que las nalgas cruzan los brazos. Haces fuerza hacia adelante para que las muñecas avancen. Cuando llegas a la mitad de los muslos el brío te abandona. Piensas que no importa; que lo mejor es extinguirse como un fósforo en mitad de las tinieblas. Tus músculos se relajan completamente. Oyes el zumbido del gas y el manso repiqueteo del despertador. La figura de Sandra visita los pliegues de la memoria. Sientes una llama que se enciende en el pecho. Encojes las piernas con fuerza al tiempo que alargas tus brazos intentando llegar al talón. Sientes el roce del talón con las muñecas. Las plantas de los pies, en un instante glorioso, transitan las muñecas amoratadas. Empujas hacia adelante hasta que tienes los brazos frente a tus ojos. ¡Lo logre!, te dices en medio de estertores. Te levantas y corres hacia la cama. Sacas debajo de ella una caja llena de hojas y recortes de periódicos. Volteas la caja sobre el suelo y empiezas a revolcar con frenesí los recortes y las hojas. Bajo un recorte bilioso aparece una llave plateada. La tomas y corres hacia la puerta; intentas introducir la llave en la cerradura; esta resbala a causa de la sangre que corre abundantemente; ¡Hijueputa!, gritas con el corazón palpitándote en la garganta; te agachas y la tomas; te levantas e intentas meterla de nuevo; oyes las guardas abriendo paso; una brisa fresca baja por tu espalda; intentas girar la cerradura a la derecha pero una fuerza la detiene; ¡ahora no llavecita malparida!, dices al borde del llanto; empiezas a girarla con violencia; no cede; giras la cabeza hacia la derecha y ves el segundero llegar al doce; clac, chasquea el despertador. Debí coger el despertador en lugar de buscar la llave, piensas al tiempo que ves el filamento de la bombilla lanzar un destello amarillo…

Próximo capítulo

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