Archivo mensual: noviembre 2012

Parábola del Triciclo y la Bicicleta

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Mario Saavedra, diez años atrás, expuso lo que él denominó entre pielrojas y cervezas, la Parábola del Triciclo y la Bicicleta.

Lo primero que hacemos cuando nos regalan una bicicleta es abandonar el triciclo, decía él. Sin embargo, un día alguien decide montar el triciclo y uno, por más que tenga bicicleta, y por más que no use el triciclo, se ofende. No sólo se ofende, entra en cólera y arremete contra el que se atrevió a tomarlo abusivamente. Después que cesa el peligro, vuelve a dejarlo arrumado entre cacharros viejos e inservibles, toma la bicicleta y se va a dar una vuelta mientras el triciclo empezará a perderse en el olvido y la indiferencia.

Quizás eso nos pasó con los setenta y cinco mil kilómetros cuadrados de mar que fueron nuestros desde el 25 de noviembre de 1802, día en el que los habitantes de la isla pidieron a la corona española depender del Virreinato de la Nueva Granada y no de la Capitanía General de Guatemala. O, si se quiere, desde el 20 de noviembre de 1803, día en el que la Corona Española, por intermedio del virrey Caballero y Góngora, emitió la cédula real en la que se pone este territorio bajo la jurisdicción de La Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá.

¿Qué hicimos con ella durante ese periodo de tiempo?

No sé. Puedo decir, sin embargo, qué No se hicimos por más de doscientos años: no se explotó, no la conocimos y no la sentimos como parte del territorio nacional. Los únicos que explotaron, conocieron y quizás hayan llegado a sentir propia esa superficie marina, fueron los doscientos pescadores que recolectaban langosta. El resto de los colombianos no sabíamos que existía o, si lo llegamos a saber por alguna casualidad de la vida, nos importaba poco su ubicación en el mapa.

Pero ahora que se fue para manos nicaragüenses, ahora que otros serán los que exploten esa zona nos rasgamos las vestiduras, nos damos golpes contra el suelo. ¡Ay dolor de patria!, se lamentan con una locuacidad quijotesca. ¡Ay de mi triciclo!, lloré cuando me lo arrebataron de las manos que pretendían salvaguardarlo. Lo use poco, pero ¡cómo me dolió que se lo llevaran! Quería tenerlo ahí, perdido entre la montaña de escombros que acumulaban mis papás con rapidez alucinante. ¿Para qué? Para saber que era su dueño y para tener la posibilidad de verlo desaparecer entre las marejadas de ruinas y óxido que se lo llevaban hacia los rincones de la inexistencia. Posteriormente vinieron por la bicicleta. Esa vez no lloré ni me quejé, simplemente la dejé ir porque sabía que sería inútil cualquier reclamo. Después no hubo nada más que se pudieran llevar: sólo quedó el silencio llevándose las últimas hebras de mi infancia.

No veo lejano el día, como consecuencia de esta indiferencia, en el que otras naciones se adueñen de la biodiversidad del país. En ese instante se armará la de Troya. ¡Ay de la biodiversidad!, gritarán arrancándose mechones de cabello. ¡Ay de los pajaritos que encerrábamos en jaulas!, vociferarán los comerciantes. Dejaremos de ser, a partir de ese momento, asombro y envidia de los demás países por cuenta de tener el ansiado record de agregar cinco especies nuevas por año. Ahora las especies nuevas serán de los canadienses, estadounidenses o de los franceses. No les alcanzará la parrilla de Animal Planet, Natgeo y Discovery para acomodar los especiales que hablarán de cada descubrimiento. ¿Y nosotros? Nosotros veremos por televisión lo que contemplábamos antes en vivo y en directo cuando íbamos a llenar de basuras las reservas naturales o cuando le dábamos la espalda gracias a que la regalamos para ser devastadas por empresas mineras. Para eso eran nuestras: para dañarlas y abandonarlas. ¿Para qué más las queremos? Luego vendrán por el petróleo, por el agua, por la tierra, hasta que esta nación no sea más que un triste jirón de sí misma.

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Libre

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Me tomo la libertad de compartir la historia que narró un taxista mientras cruzábamos el taco que se forma en la oreja de la Avenida Boyacá con la Calle Ochenta.

Acá donde me ve, pisé universidad. Casi termino ingeniería de sistemas, pero las viejas y el trago no me dejaron. Sé que no me cree, que ve este taxi con la puerta descuadrada, con el bumper amarrado con alambres y se dice, “este man ni habrá pisado el colegio”; pero le juro que tiene un ingeniero frente a usted. Un ingeniero y un verraco para ganarse los polvos que andan pagando en las calles y los bares. Así, chiquito, negrito y vaciado, pero les sé echar el cuento a las viejas. Aunque hay algunas con las que no funciona el carreto. Usted sabe, hay palos que no se dejan encontrar la comba.

Para la muestra un botón.

El jueves pasado yo iba como a la una de la mañana por la Coruña. No había un alma y el radioteléfono, para completar, estaba dañado. Ya me iba para la casa cuando veo a una muchachita como de diecinueve años que saca la manito en esa oscuridad tan verraca. ¿Para dónde va?, le pregunté medio desconfiado porque esas no son horas para que una vieja de esa edad, y así de buena, ande por las calles. Voy para Venecia; el problema es que sólo tengo tres mil pesos, respondió con una sonrisa sospechosa. Usted entiende que este trabajo lo vuelve a uno receloso. Yo me dije: o esta vieja tiene sus manes por ahí listos para robarme o se peleó con el novio y salió sin un peso. Mami, me queda grave por esa plata, respondí para escurrir el bulto. Mira, sólo tengo tres mil, dijo sacando dos billetes de un bolsillito de esos jeanes ajustados que a uno lo ponen a volar. Yo vi esas caderotas y esa cinturita tan rica y me animé. Usted sabe, uno es hombre: ver caderas grandes y cinturitas así de chiquita, como de avispa, pone eléctrico a cualquiera. Hágale mami, dije mientras le abría la puerta de atrás.

La vieja venía sentada donde está usted. No decía nada. Sólo miraba la ventana. Yo venía sano, lanzándole una que otra mirada por el retrovisor para verle esas patotas tan ricas. Eran unas patotas de este porte. Y con ese jean se le veían mejores. De pronto aparece un Caldo Parado y le digo que si quiere tomarse un caldito conmigo. Yo creí que se iba a cabrear porque así son las viejas buenas: rogadas y rabonas como ellas solas. Pero vea que me dijo que sí, que tenía hambre, que muchas gracias, que pitos y flautas, que Yayitas y Condoritos. Yo no podía creer que esa viejota tan rica se bajara a un lugar de esos. Me orillé, prendí estacionarias y nos fuimos para el fondo del local.

El caldo como que la empezaba a animar porque me hizo la charla y yo también le hacía charla. No me va a creer, pero hasta terminamos siendo de la misma universidad. Como es de pequeño este mundo. Yo me iba arrechando, pero paila, esa vieja me tenía jodido porque no me daba pie para hacerle la parla por donde era. Usted sabe que cuando a uno le trama mucho una vieja se enreda porque no sabe cómo decirle las cosas por miedo que lo deje viendo un chispero. La verdad yo quería seguir hablando con ella toda la noche. Hablarle y comérmela, claro, porque los hombres sólo pensamos en sexo. ¿En qué más podemos pensar? Además no tenía lucas para invitarla a un sitio mejor porque el trabajo estaba muy pailas: diga usted un jueves a las dos de la mañana, después de pico y placa. Ni siquiera había hecho la cuota del patrón. Pero yo le seguía haciendo la charla y ella seguía dándole al interrogatorio. Hasta preguntó si tenía hijos. Claro mami, tengo tres hijos, le respondí porque a mis hijos no se los niego a ella ni a nadie. Son lo mejor que me ha pasado en la vida. Que si estaba casado. ¡Qué voy a estar casado!, le dije; ella es la mamá de mis hijos, pero cada uno por su lado. Me tocó negar la costilla porque las viejas prefieren tener la consciencia tranquila a pesar que saben que uno les dice mentiras. Parece que buscan excusas para poder dormir tranquilas. En cambio uno le mete el chiche a una vieja, sea casada o soltera, y eso que llaman consciencia, no le remuerde a uno para nada. Es más, es la misma consciencia la que le dice a uno que la vuelva a hacer la vuelta porque vida sólo hay una, y la vida se hizo para gozársela. ¿O no?

De ahí salimos para su casa. Yo iba sano: le seguía la charla pero no le insinuaba nada. Cuando íbamos por los lados de la Avenida Sesenta y Ocho, por la cuadra de los moteles, un man salió con una bandera roja diciendo, hágale mijo, le dejo la noche en veinte mil pesos. A mí me cosquillearon las huevas, pero no mostré el hambre. Más adelante salió otro man que se tiró encima del carro. Patrón, hágale una atención a la niña, gritaba aferrado de la ventana. Yo quiero, pero ella no quiere, dije por decir, porque yo pensaba que esa vieja no se lo daba ni al novio. Ella soltó una carcajada lo más de vacana. Por marica no dije nada y por marica seguí de largo. No sé qué me pasó. En otros casos no se la rebajo a otra vieja. Aunque sea le hago el intento para que me eche la madre. Acá donde me ve, verraco y hablador, me han corrido la madre más viejas de las que me he comido. Pero así es la vuelta: se lo pide a cien para que se lo den veinte. Le juro que valen la pena los ochenta madrazos. Finalmente para eso se hizo el chiche: para darle gusto. ¿Para qué más? Si no tendríamos hijos como los pescados: orinando sobre una camada de huevos.

Llegamos a Venecia. Todas las luces de la casa estaban apagadas. Ya no me abren, dijo. ¿Cómo así? Mi mamá no abre a esta hora. ¿Qué hacemos?, pregunté lo más de preocupado. Tienes que hacerte cargo de mí. Mami, no podemos trabajar los dos porque nadie se sube al carro. Tampoco la puedo llevar a mi casa porque… porque no me dejan entrar a nadie, alcancé a arreglar la cagada; casi le digo que no puedo porque mi esposa está allá. Menos mal que la cabeza estaba en la juega. No sé, tienes que llevarme a algún lado, insistió. No me va a creer pero no se me ocurría nada. Si quiere la llevo a donde el tipo que se agarró de la ventana, dije al fin. Bueno, respondió ella lo más de tranquila. Pero no vamos a hacer nada: hablamos, vemos televisión y luego nos dormimos.

Llegamos al lugar. Le dije al man que nos atendió, sin que la vieja escuchara, que me vendiera tres condones, porque sin preservativos ni pío, como dice la propaganda. Ven, decía mientras yo esperaba sentado en el borde de la cama. Estoy esperando las vueltas, dije para que dejara de joder. Ven, insistía. Yo me emputaba porque tenía afán de que me acostara con ella a ver televisión; si estuviera afanada para echarnos un polvo, lo entiendo; pero, ¡para ver televisión! ¡Qué maricada! Hasta que golpearon la puerta. Salí, pagué, cogí los condones, los metí al bolsillo del pantalón y entré. No me quité la ropa para no dar boleta. Usted sabe que hay viejas que ven que uno se quita el pantalón y se van saliendo de la cama como un tiro. Pero cuando levanté las cobijas la veo con unos hilitos delgaditos. Pero rechiquitos, una cosa de nada. Ahí sí me puse como un toro. Me bajé los pantalones y la vieja apenas abrió los ojos cuando vio que tenía el chiche como pata de perro envenenado. Usted no me va a creer pero se lo metí sin darle un besito ni una caricia, ¡hasta sin saber su nombre! Es que esa vieja era cosa seria.

¿Te acerco a algún lado?, le pregunté en la madrugada por pura cortesía porque, la verdad, tenía afán de entregar el carro. No, voy a la Coruña a ver si ya se le quitaron los celos a mi novio, dijo la muy descarada. En la puerta cada uno cogió por su lado: ella para la calle y yo para el parqueadero. Ni el teléfono nos pedimos. Para qué, lo gozado no se repite; y si se repite, no se le saca el mismo gusto. Haga de cuenta que es cuando uno raspa la olla para sacarle la pega del arroz: sólo hace bulla porque el arroz hace rato que se los comieron. Las repeticiones y las segundas partes son eso: bulla que sólo sirve para llamar el hambre…

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Caverna

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Dedicado a Andrea Castro; filósofa de altísimo vuelo

Avanzamos en contravía de quienes se enredaron en las horas y los kilómetros, en las ilusiones y las sombras. Conquistamos cada palmo calculando las fracturas del terreno, los oídos atentos al murmullo que antecede, al silencio que aguarda adelante, buscando en la bruma amores que pusimos de sesgo en el fogón del tiempo, amigas que ahora, vistas a la luz de la memoria, pueden cumplir funciones de amantes y cómplices, de linternas en la oscura ruta. Marchamos insensiblemente a pesar que no sabemos cuánto falta para arribar a aquella amarga región que puede ser una centella o una fantasía estéril y de quien todos hablan durante el trayecto. Transitamos con pasos vacilantes y manos extendidas hasta que falla el oído y el tacto, hasta que no hay compañera o compañero que amortigüe las penurias del viaje, hasta que las breves tinieblas se transforman en una oscuridad compacta que nos conducen por un laberinto interminable…

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Interludio

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Aún no acaba la historia. Sólo se trata de una breve tregua para que los actores repasen sus líneas, las actrices retoquen el carmín y los tramoyistas tanteen la firmeza de las cuerdas.

Nada definitivo ha sucedido hasta el momento a pesar de algunos conatos de desesperación y diálogos que reprodujeron tragedias perpetuadas en los callejones de la memoria. No se han presentado todos los personajes y aún quedan varios cabos sueltos que se atarán con el paso de las horas. La desesperanza, sin embargo, ha aparecido en algunos intérpretes que intentan eludir el rigor del destino con lamentables pavoneos que han puesto a vibrar los ojos de algunas mujeres sensibles.

Pero no nos adelantemos a los hechos, dejemos que el telón se levante, que se enamoren de la melancolía quienes deban partir y que los tormentos que sabemos fingidos, abran grietas en nuestro corazón. Autoricemos, entonces, a que la historia continúe bajo la certeza que todo arribará a donde debe llegar: todas las circunstancias y actores se ordenarán para que los protagonistas se amen o mueran como estaba escrito desde el principio de los tiempos…

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Viaje

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Para que me llamara Diego Niño y habitara este palmo de tierra se necesitó la amplitud del planeta y la profundidad de los siglos: miles de vientres fértiles, millones de manos urgentes que cruzaron y descruzaron la resistencia de la incertidumbre, hombres de todos los continentes trenzándose con mujeres de todas las razas amparados por la luz que acompañó el milenario viaje de mis genes por la carne y los huesos, por los siglos y las tragedias. Soy, por tanto, la terca hierba que brota entre las grietas del tiempo y la esperanza, el impertinente despojo que llegó, con el favor de la enloquecida y ciega fuerza del destino, a su cumpleaños número treinta y tres…

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