Archivo mensual: enero 2013

Mínimas (34)

sonrisa1(Fuente de la Imagen)

Me encanta aquella curva de tu sonrisa en la que la luz se arquea por unos segundos para retornar después a la linealidad que la define, corretear en su férrea determinación, huir de ella como si fuera una niña que sale invicta de la aventura de precipitarse por el tobogán y extraviarse finalmente en los abismos de mi memoria…

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Carta al silencio de la noche (20)

mujer4(Fuente de la Imagen)

Hola

Te he pensado largamente… Te recuerdo con alguna frecuencia… Te pienso larga y frecuentemente… Quizás todas sean ciertas y todas, a su vez, mentira. Te recuerdo, es cierto, como también es cierto que te extraño de vez en cuando. Una que otra vez. Algunas veces sí, otras no. Algunas noches sí, como en el presente caso, otras noches no. Te pienso y te extraño cuando el amanecer se filtran en el rebaño de centellas que nacen al borde de las seis. Te pienso porque lanzo conjeturas cuando cruzas por mi mente con la misma contundencia con la que entra la luz a través de las grietas de las cortinas; te extraño porque siento deseos de tenerte cerca para hablar contigo. ¿Hablar de qué? No sé, hablar…

Ayer, sin ir tan lejos, te pensé porque te imaginé en la Biblioteca de la Universidad buscando aquel libro que te desvela y te extrañé porque quería indagar por la razón que hace que el libro sea tan urgente… ¿Lo conseguiste?… ¡Qué bien!… ¡Qué mal!… Extrañar es la curiosidad del alma…

(¡Loco!, dirás al calor de estas letras. ¡Raro!, te corregirás porque loco es Gustavo, aquel muchacho que busca pelea cuando está enredado en las telarañas de la borrachera. Loco, me dijiste cuando te pedí que me definieras en una palabra. Raro, te corregiste después que te quedaste contemplando a Gustavo mientras cruzaba la acera tambaleando… Loco, te vuelves a corregir en este momento, mientras lees el correo)

Va un abrazo de este loco que no tiene más oficio que recordarte y extrañarte

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Mínimas (33)

caminte2(Fuente de la Imagen)

Tropiezan en una esquina. Entre la conversación se enredan brisas apolilladas y pronombres empolvados que los conducen a este presente que tiene algo de eternidad y de estrechez. Conservas los mismos ojos de melancolía, afirma él; los guardé para ti, responde ella. Sonríen comprendiendo que no hay más palabras ni más horizonte que este breve instante. Ella le da la mano y continúa su camino al tiempo que él nota que le ha quedado una brizna de ilusión jugueteando en la palma de su mano…

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Funeral

funeral1(Fuente de la Imagen)

Sólo murió tres centímetros, pero daba la impresión que falleció completamente. Ha muerto una parte de mí, pensó mientras él y su esposa guardanan el silencio respetuoso e incómodo que se usa en estos casos. Estoy muriéndome a pedacitos, logró decir al final de una larga pausa. Ella le apretó la muñeca con sus dedos índice y pulgar y luego le tendió el brazo sobre sus hombros. Este gesto le produjo una amargura mayor. Era una uña terca, torcida y malhumorada, hacia lo que le venía en gana; pero era, al fin y al cabo, hija de esta creación y de esta voluntad divina que nos pone a coexistir de la mejor manera posible, indicó al tiempo que levantó la uña del suelo. Es cierto que odiaba los calcetines: los rajaba cuando mi indolencia la dejaba crecer más allá de los márgenes aconsejables; pero, salvo por ese detalle, se podría decir que era una uña buena: siempre cumplió con su deber y padeció la dosis de sufrimiento que le correspondía, concluyó con la voz atropellada por una cascada de suspiros que bajaban desde las cumbres de su congoja. Dos lágrimas gruesas descendieron por la mejilla en el instante en el que lanzó el cadáver a la caneca del baño. Dio media vuelta y salió del cuarto al tiempo que se consumía el último remanente de esperanza.

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Confidencia

sensual2(Fuente de la Imagen)

No hay razón para que le niegue que ella me trae loco. Especialmente cuando se pone aquellas minifaldas que deben llamarse de otra manera porque no es falda sino una faja de tela que va desde los senos hasta cuarenta centímetros arriba de la rodilla. Aquellas que, como dicen los comerciales y una que otra mujer que asimila el lenguaje de los publicistas, se ciñen al cuerpo como una segunda piel. Tiene varias, de todos los colores. Quiero decir, varías minifaldas, porque piel sólo tiene una. Aunque debo aclarar que parece que fueran cientos de pieles que se empalman en lugares desconocidos de la geografía de su cuerpo: la piel de la cintura no es la misma piel que cubre los omoplatos y esta, a su vez, es distinta de la que envuelve el dorso de las manos. Todas las pieles, sin embargo, me enloquecen cuando me acarician, cuando las beso, cuando se transforman en un mar en el que me hundo como un viejo e inservible buque de guerra…

Decía que no usa una sola de aquellas minifaldas, o como quiera que se llamen, sino varias, de muchos colores: unas son de los colores que puedo nombrar (blanco, rojo, negro, azul) y otras de colores que desconozco porque aluden frutas, hojarascas y flores (tabaco, verde hoja seca, anturio, mandarina). Algunas veces, pocas en realidad, no las usa porque prefiere vestir un jean y una camiseta. El jean no estaría mal de no ser porque los usa dos o tres tallas más grande que la suya. Quizás sea más cómodo para caminar, sentarse en el prado, pero dificulta el examen de las tentadoras curvas que me calientan las zonas bajas.

Ella, no hay lugar a dudas, me fascina: no hay día, hora o minuto que no piense en ella. ¡Qué embarrada que hayan tantos problemas! El primero es el novio. El segundo, como usted bien sabe, es mi esposa. El tercero es que ella es mi alumna. Esta última es, sin embargo, la menor de todas las dificultades ya que cesará en dos meses, cuando concluya el semestre y termine, de esa manera, la vinculación Alumna-Docente.

¿A qué se deberá que las personas vean con malos ojos una relación de este tipo? Si el problema son las notas, que haya auditorias para certificar la ecuanimidad en ellas. O, mejor aún, que califique un tercero. Yo califico su curso, usted califique el mío. Zanjado el problema. Pero hay algo que oscurece el juicio de las personas y que hace que los implicados se sientan culpables. Supongamos que no estoy casado y que ella no tiene novio. ¿Qué problema habría en que tuviésemos un romance? Eso no cambiaría mi manera enseñar. Sólo modificaría mi cotidianidad de puertas hacia afuera. Quiero decir, de las puertas del salón. Pero la presión, los prejuicios, hacen que uno sienta que se está acosando con la hija o con la sobrina. Y la implicada siéntelo mismo: que se acostó con el tío o con el papá. He tenido alumnas, y esto no de lo debería decir porque me puede causar problemas, que salen llorando del motel y nunca, bajo ninguna circunstancia, me vuelven a mirar a los ojos. Es más, ni siquiera vuelven a dirigirme la palabra.

Pero ese no es el problema. Tampoco su estética es la razón por la que le pongo trabas al asunto. Si la viera creo que no pensaría eso: tiene un cuerpazo que ni para qué le cuento. Si tuviera que calificarla, y disculpe mi viejo hábito de cuantificar todo cuanto me rodea (al fin de cuentas he sido profesor por veinte años), diría que sus nalgas merecen 4.5, la cintura 5.0 y las tetas 3.5. Sí señor, tiene un cuerpo 4.3 que tiende a ser 4.5 por aquello de la nota apreciativa. La cara es normal. Es decir, ni atractiva ni repulsiva. Le daría un 3.0. Sería una mujer 4.0, si nos damos a la tarea de promediar todas las notas con la misma ponderación. Una definitiva nada desdeñable: está por encima de ochenta por ciento de las mujeres. Tome, para que me comprenda, cinco mujeres al azar; ella es probablemente mejor que cuatro de las mujeres eligió. Tampoco se trata que sea mal polvo. ¡Todo lo contrario! Hace en la cama lo que no ha hecho ninguna mujer que he conocido en mi larga vida sexual. Incluso estoy tentado a entrar en detalles para que me crea, pero, ya sabe, los caballeros no tenemos memoria.

El asunto en realidad es otro: ella quiere que “formalicemos”, entre comillas, o entre guiños, como prefiera, nuestra relación. Ese es el meollo del asunto: de tener encuentros esporádicos, como los que hemos tenido con una frecuencia bastante grata, a que exista estabilidad, así sea en la clandestinidad, hay una brecha enorme. De hecho no somos dos sino cuatro los implicados. O quizás más. Y conste que no lo digo por las enfermedades venéreas, que deberían importarme. Sino porque son tantas las mentiras y tanta la suerte que se necesita para sostener ese artificio. Haga usted de cuenta que es un edificio que se sustenta sobre hebras de silencio, realidades acondicionadas, itinerarios falaces. Algún día se caerá, de eso no me cabe duda. Luego vendrán los problemas, las peleas, los reclamos. Aparte, ¿qué necesidad de complicar las cosas? Parece que a las mujeres no les gusta la felicidad: justo cuando están bien las cosas, cambian de parecer y se les da por enredarlas, por ponerle moños y arandelas hasta que lo que era tranquilidad y alegría, se transforma en una maraña de dolores de cabeza, de subidas de presión y enfermedades gástricas que ni para qué le cuento. Así empezó su mamá y fíjese, ahora le ando buscando solución a tanto problema, a tanto reclamo, con todas las mujeres que se atraviesan en mi vida. No debería decírselo, lo sé, pero a quién más le puedo contar mis problemas que a mi hijo. Dígame, ¿a quién más?…

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