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Clandestinos

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Había noventa centímetros de silencio entre tu curiosidad y la mía. Sin embargo nos manteníamos distantes, serios y ajenos. Así debía ser: al fin de cuentas yo no era más que el primo de tu novio. Ni siquiera podía ser aquel amigo que aprovecha el desorden, los tragos y la algarabía para acercarse, rozar la piel, coquetear sutilmente y luego retirarse. Por aquellos días sólo estaba autorizado a contemplar la manera en la que emergía desde las grietas de las miradas furtivas, un muro enorme, pétreo, de palabras no pronunciadas. “Me gustas”, “me encantas”, “tienes algo que me atrae”, “eres interesante”. Después estaba el silencio y el respeto y las miradas y de nuevo el silencio y de nuevo las miradas y más silencio y el muro crecía y crecía, dele que dele, hasta que no éramos más que conceptos, meras especulaciones en el entramado simbólico, sólo una mancha que parecía mujer, un borrón que parecía hombre. ¡Qué mancha tan atractiva! ¡Qué borrón tan interesante! Éramos lo que nos tocaba ser en las pocas reuniones a las que ibas aferrada a su brazo, la timidez tiñendo tus mejillas. Hola, te decía. Hola, respondías y cada uno a se iba para su esquina. Los salones comunales, las salas, los asados se transformaban entonces en un ring de boxeo donde nos tanteábamos a lo lejos, ojos que medían, que se agachaban o gambeteaban, piernas que se cruzaban y descruzaban, manos que sudaban. Dulce pelea contra nuestros temores, amargo empate a ceros. Hasta luego, decía yo. Chao, respondías tú. Cada uno para su largo túnel de inexistencia hasta que venían los bautizos, el año nuevo y aparecías aferrada a su brazo, las mejillas rojas, las hermosas piernas, los ojos tanteando el terreno. Hola, decía yo. Hola, respondías tú y cada quien se iba para su esquina. Hasta que una noche o una tarde, nunca lo supe, te fuiste de su lado. Se dejaron, y dejándose, me dejaste a mí. Te esperé en fiestas y reuniones familiares. ¿Dónde está su novia?, preguntó algún curioso. Terminamos, pronunció la voz que hacía juego con el brazo al que venías aferrada. Luego todo fue un olvido incapaz de hacer lo que tenía que hacer: anular las migajas sobre las que sostenía esta vinculación que no era relación, amistad, enemistad ni soledad. Sólo vestigios que se acomodaban en aquellas regiones en las que la fantasía construye mentiras. Así te fuiste desvaneciendo hasta ser un murmullo leve, imperceptible, en el concierto de mis recuerdos. Hace un par de minutos, no obstante tu huida hacia la nada, decidiste salir de las catacumbas del olvido y dejar una huella en mi perfil de facebook. A partir de ese instante cada sombra, cada filo, cada brillo clandestino empezó a encajar hasta que te transformaste en la mujer que me esperaba en la otra esquina de todas las reuniones familiares…

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Confidencia

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No hay razón para que le niegue que ella me trae loco. Especialmente cuando se pone aquellas minifaldas que deben llamarse de otra manera porque no es falda sino una faja de tela que va desde los senos hasta cuarenta centímetros arriba de la rodilla. Aquellas que, como dicen los comerciales y una que otra mujer que asimila el lenguaje de los publicistas, se ciñen al cuerpo como una segunda piel. Tiene varias, de todos los colores. Quiero decir, varías minifaldas, porque piel sólo tiene una. Aunque debo aclarar que parece que fueran cientos de pieles que se empalman en lugares desconocidos de la geografía de su cuerpo: la piel de la cintura no es la misma piel que cubre los omoplatos y esta, a su vez, es distinta de la que envuelve el dorso de las manos. Todas las pieles, sin embargo, me enloquecen cuando me acarician, cuando las beso, cuando se transforman en un mar en el que me hundo como un viejo e inservible buque de guerra…

Decía que no usa una sola de aquellas minifaldas, o como quiera que se llamen, sino varias, de muchos colores: unas son de los colores que puedo nombrar (blanco, rojo, negro, azul) y otras de colores que desconozco porque aluden frutas, hojarascas y flores (tabaco, verde hoja seca, anturio, mandarina). Algunas veces, pocas en realidad, no las usa porque prefiere vestir un jean y una camiseta. El jean no estaría mal de no ser porque los usa dos o tres tallas más grande que la suya. Quizás sea más cómodo para caminar, sentarse en el prado, pero dificulta el examen de las tentadoras curvas que me calientan las zonas bajas.

Ella, no hay lugar a dudas, me fascina: no hay día, hora o minuto que no piense en ella. ¡Qué embarrada que hayan tantos problemas! El primero es el novio. El segundo, como usted bien sabe, es mi esposa. El tercero es que ella es mi alumna. Esta última es, sin embargo, la menor de todas las dificultades ya que cesará en dos meses, cuando concluya el semestre y termine, de esa manera, la vinculación Alumna-Docente.

¿A qué se deberá que las personas vean con malos ojos una relación de este tipo? Si el problema son las notas, que haya auditorias para certificar la ecuanimidad en ellas. O, mejor aún, que califique un tercero. Yo califico su curso, usted califique el mío. Zanjado el problema. Pero hay algo que oscurece el juicio de las personas y que hace que los implicados se sientan culpables. Supongamos que no estoy casado y que ella no tiene novio. ¿Qué problema habría en que tuviésemos un romance? Eso no cambiaría mi manera enseñar. Sólo modificaría mi cotidianidad de puertas hacia afuera. Quiero decir, de las puertas del salón. Pero la presión, los prejuicios, hacen que uno sienta que se está acosando con la hija o con la sobrina. Y la implicada siéntelo mismo: que se acostó con el tío o con el papá. He tenido alumnas, y esto no de lo debería decir porque me puede causar problemas, que salen llorando del motel y nunca, bajo ninguna circunstancia, me vuelven a mirar a los ojos. Es más, ni siquiera vuelven a dirigirme la palabra.

Pero ese no es el problema. Tampoco su estética es la razón por la que le pongo trabas al asunto. Si la viera creo que no pensaría eso: tiene un cuerpazo que ni para qué le cuento. Si tuviera que calificarla, y disculpe mi viejo hábito de cuantificar todo cuanto me rodea (al fin de cuentas he sido profesor por veinte años), diría que sus nalgas merecen 4.5, la cintura 5.0 y las tetas 3.5. Sí señor, tiene un cuerpo 4.3 que tiende a ser 4.5 por aquello de la nota apreciativa. La cara es normal. Es decir, ni atractiva ni repulsiva. Le daría un 3.0. Sería una mujer 4.0, si nos damos a la tarea de promediar todas las notas con la misma ponderación. Una definitiva nada desdeñable: está por encima de ochenta por ciento de las mujeres. Tome, para que me comprenda, cinco mujeres al azar; ella es probablemente mejor que cuatro de las mujeres eligió. Tampoco se trata que sea mal polvo. ¡Todo lo contrario! Hace en la cama lo que no ha hecho ninguna mujer que he conocido en mi larga vida sexual. Incluso estoy tentado a entrar en detalles para que me crea, pero, ya sabe, los caballeros no tenemos memoria.

El asunto en realidad es otro: ella quiere que “formalicemos”, entre comillas, o entre guiños, como prefiera, nuestra relación. Ese es el meollo del asunto: de tener encuentros esporádicos, como los que hemos tenido con una frecuencia bastante grata, a que exista estabilidad, así sea en la clandestinidad, hay una brecha enorme. De hecho no somos dos sino cuatro los implicados. O quizás más. Y conste que no lo digo por las enfermedades venéreas, que deberían importarme. Sino porque son tantas las mentiras y tanta la suerte que se necesita para sostener ese artificio. Haga usted de cuenta que es un edificio que se sustenta sobre hebras de silencio, realidades acondicionadas, itinerarios falaces. Algún día se caerá, de eso no me cabe duda. Luego vendrán los problemas, las peleas, los reclamos. Aparte, ¿qué necesidad de complicar las cosas? Parece que a las mujeres no les gusta la felicidad: justo cuando están bien las cosas, cambian de parecer y se les da por enredarlas, por ponerle moños y arandelas hasta que lo que era tranquilidad y alegría, se transforma en una maraña de dolores de cabeza, de subidas de presión y enfermedades gástricas que ni para qué le cuento. Así empezó su mamá y fíjese, ahora le ando buscando solución a tanto problema, a tanto reclamo, con todas las mujeres que se atraviesan en mi vida. No debería decírselo, lo sé, pero a quién más le puedo contar mis problemas que a mi hijo. Dígame, ¿a quién más?…

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Herencia

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El abogado había cumplido con agilizar los trámites de la sucesión, la escrituración de los predios y la venta de algunas empresas. Esta reunión era, por tanto, la última del largo rosario de encuentros para entregar autorizaciones, ir a notarias del pueblo, Tunja o Bogotá, reuniones con topógrafos o con el séquito de gerentes y administradores de mi abuelo.

Decidimos, después de las últimas firmas, quedarnos para almorzar como la familia que no éramos y, como sucedía en mi caso, para concretar algunos negocios relacionados con la herencia. Durante la comida recordamos a los papás que habían muerto y preguntamos por los ancianos que navegaban en las ciénagas de la demencia. Hablamos de nuestros hijos y de los proyectos que emprenderíamos con el dinero que reposaba en las maletas que se amontonaban contra las paredes del comedor.

Poco después de finalizar el almuerzo se desencajó el aguacero que traía el rebaño de nubes grises y gordas que volaban a menos de seis metros de altura. Nos arracimamos, entonces, en la puerta del comedor para contemplar los árboles arqueados por el peso del agua y las vacas que soportaban el embate con mirada melancólica. Pasó más de diez minutos antes que el primero de nosotros decidiera regresar al comedor. Todos lo seguimos lentamente, abatidos por el clima y el triste destino que nos congregó en la casa del abuelo. Intentamos retomar la conversación del almuerzo, pero el diálogo recaía constantemente en penosos silencios que se veían interrumpidos por el estallido de los truenos.

¡La quebrada se desbordó!, gritó el hijo de uno de mis primos. Corrimos a la puerta para presenciar el momento en el que riachuelo perdía sus orillas y empezaba a devorar todo lo que se atravesaba en su camino. Los árboles se tambaleaban hasta que se escuchaba el crujido de sus maderas rompiéndose y luego caían al agua que se los llevaba inmediatamente, sin dar tiempo de referir el deceso. A medida que crecía, se llevaba enormes porciones de tierra que instantáneamente se transformaban en una mancha de barro que se perdía en el recodo que estaba más abajo del naranjo.

No pasaron más de quince minutos antes que una enorme roca partiera el puente por la mitad. Las dos fracciones se aferraron algunos segundos a sus soportes, pero la fuerza del agua las venció, llevándoselas como si fueran dos briznas de hierba. Ahora sí nos tocó quedarnos, indicó una voz oscura y densa como las aguas que acababan de llevarse el puente. Ahora sí nos tocó jodernos, corrigió alguien. El riachuelo crecía y crecía sin dar tregua, devorando tierra y árboles, cultivos y enormes peñascos.

Las vacas transitaban por lo que ahora era parte del río. Chapaleaban con la misma lenta y triste nostalgia con la que deambulan por el mundo. Las próximas víctimas, sugirió el niño que había anunciando el desbordamiento. ¡No diga esas cosas!, le corrigió la mamá con el énfasis que ponen las mujeres cuando se habla de tragedias. No se los dije, contradijo con el brazo señalando la otra orilla. Las vacas daban vueltas en un remolino grueso que las puso patas arriba y las hundió en una vorágine de ramas y troncos que las engulló rápidamente.

La circunstancia empezaba a ser angustiosa porque el agua se acercaba rápidamente a la casa. Algunos sugerían que corriéramos montaña arriba. Otros tantos decían que no crecería más y que por tanto no tardaría en regresar a su cauce. Lo cierto es que el agua se tragaba todo lo que le perteneció a mi abuelo como si quisiera llevárselo a La Nada en la que él navegaba desde hacía tres meses. La angustia derivó en discusiones que las mujeres intentaban apagar. De un momento a otro el niño gritó ¡Avispa! Ella, la perra de mi abuelo, corría directamente hacia el torrente. Nos unimos en gritos desesperados hasta que la vimos lanzarse a las aguas en el más extraño, pero inequívoco, acto de suicidio. Las mujeres se desesperaron, los hombres peleamos a gritos y empellones. Un empujón me dejó en mitad del porche. Desde allí pude testificar que el agua estaba a menos de cinco metros de la casa. ¡Vámonos!, grité, pero la voz se enredó en el fragor del aguacero.

Tuve la sensación que la borrasca redobló su fiereza. La visibilidad se redujo a la mitad. Distinguí algunas siluetas que corrían en dirección de la montaña. Me levanté y me dirigí al grupo que aguardaba bajo el marco de la puerta. Intenté entrar pero me empujaron nuevamente. Cerraron el portón y giraron el pestillo. No tenía alternativa: debía huir hacia la montaña. Busqué el rastro de quienes salieron antes, pero sólo veía sombras diluidas por el aguacero. Fui hacia una de ellas pero, al acercarme, descubrí que era un grupo de árboles. Al oriente vi un manchón que se desvanecía detrás de la cortina de agua. Vi, al darle alcance, que era el viejo horno de leña. A su lado estaba un rancho del que emergía un primo con una pala. ¿Para qué es esa pala?, grité con toda la fuerza de mis pulmones. Qué le importa, respondió con fiereza. Lo vi correr hacia el cimiento que delimitaba el terreno. Troté detrás de él a pesar de saber que tomaba el camino opuesto a la salvación. Cuando llegué, vi a un grupo de hombres y mujeres extrayendo un cofre que el agua había desenterrado.

No pude reprimir una ira enorme ante la avaricia de mis familiares. Di media vuelta y empecé a correr cuesta arriba. La montaña se derretía en miles de riachuelos de fango y hojas. Corrí en diagonal para ganar altura y buscar el sector por el que bajaba menos agua. Caía de rodillas, me resbalaba, retrocedía algunos metros, volvía a levantarme, volvía a caer. Algunas partes subía aferrado a las raíces que brotaban bajo el chorro de fango para soportar la fuerza del torrente que bajaba con velocidad de tragedia.

Al final me aferré a un viejo roble, di media vuelta y contemplé una enorme franja de lodo que avanzaba lenta, inexorable, hacia las arrugas de la cañada. El techo de la casa de mi abuelo flotaba sobre el fango, desmigajándose a cada golpe. En un giro de cuarenta y cinco grados se llevo en su naufragio a los primos que se aferraban al enorme baúl que lograron desenterrar. El pequeño terreno con el que mi abuelo inició su emporio (el mismo en el que nacieron sus catorce hijos) era, además de la garganta por la que se resbalaba el pueblo de quien fuera el más ilustre de sus alcaldes, el luctuoso teatro en el que murieron su riqueza y los nietos a quienes maldijo cuando el mayor de ellos se casó con su secretaria (quizás la única mujer que el abuelo amó en su vida). Tomé aire y seguí subiendo con la certeza que no moriría gracias a que resultaron verídicos los rumores que afirmaban que soy hijo de Gabriel, el conductor que entraba silenciosamente a la casa, justo después que Bogotá se aferrada a las tinieblas del apagón del noventa y dos…

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Mamá…

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Hace diez años regresé de una adolescencia que naufragó en los precipicios del alcohol. Al llegar estaba mi mamá arqueada sobre la máquina de coser, los mismos problemas, la misma mirada concentrada en las costuras, el mismo ensimismamiento con el que repasaba su vida. Imágenes amarillas rodaban por los laberintos de su memoria: los años en los que trabajó interna en una joyería en La Candelaria, los meses en los que fungía como administradora de una zapatería, el matrimonio en el que se encerró para el resto de sus días.

Después de mi retorno compartimos la melancolía de las lluvias de noviembre, la falta de dinero, las dificultades que agobiaban (y aún agobian) a tíos y hermanos,la alegría de los nietos de su hermana que fueron haciéndose hombres o mujeres mientras ella continuaba arqueada sobre la máquina de la que salían pantalones reformados, perros de hocico alargado a quienes contemplaba y hablaba como si fueran reales y aquel salvoconducto económico que me autorizaba a cohabitar temporalmente con Cortázar o García Márquez.

Algunas veces se unía mi papá que perdía trabajos y esperanzas, mi hermana cuando coincidían las vacaciones universitarias con las laborales o, en casos excepcionales, mi abuelo que se iba lentamente, con la misma velocidad de los pasos que se arrastraban entre los bastones que diseñó para acortar la distancia que lo separaba de la muerte. Todos, decía, coincidíamos, en el apartamento que zozobraba entre la algarabía de la olla express, entre el canto de canarios y el bramido del viento que entraba por las ventanas sacudiendo las ramas del Billete o de la Espalda de Cristo, a las que mi mamá les hablaba cuando estaba de buen humor.

Todos, sin embargo, fueron bajando del tren: mi papá consiguió trabajos ocasionales que le dieron la posibilidad de paladear las chocheras de la vejez, mi hermana ascendió por los ramales del éxito y mi abuelo llegó, a pesar que cada paso era más corto que el anterior, a la puerta por la que todos saldremos de este mundo infame.

Corrió y corrió el tiempo hasta arribar a este presente en el que continúo aferrado a las novelas y a los versos, a la carrera que aún no termina, a la escritura y a las clases de matemáticas con las que gano el dinero con el que prolongo el periodo de estar al lado de mi mamá y de las manos que a pesar que se han llenado de pecas y silencios, siguen trabando y destrabando el motor que arrastra las agujas y las horas que se intrincan en el letargo de la tarde.

Algunas veces me desligo de los versos de Bonifaz Nuño, o de la novela de turno, me acerco a ella para halarle las orejas en busca de un bufido o, cuando hay suerte, de robarle una carcajada que la lleva en volandas a la juventud en la que apedreaba el Teatro La Candelaria, porque, a estas alturas de la vida, esa es la única manera en la que puedo aliviarle el peso de los años…

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Viaje de Mina (Michael Ondaatje)

Reseña publicada originalmente en El Espectador

El Oronsay acoge a jóvenes que terminarán su ciclo de estudios en Inglaterra, profesores que sueñan con la cultura londinense, millonarios confinados tras las rejas de una maldición, misteriosos botánicos, artistas de circo, un preso y toda clase de personas que hormiguean en sus entresijos.

Lo que promete ser un viaje agobiante para Michael (el narrador), se transforma, una vez la embarcación leva anclas, en una aventura por el simple capricho de ser ubicado en la mesa número 76, a la cual, por su posición marginal, casi condenatoria, denominan “mesa de gato” (Cat’s Table, el título original de la novela).

Con este panorama inicia la última obra de Ondaatje. Los primeros capítulos son cortos, inconexos, incluso podría decirse que pecan de rudimentarios. No podría, sin embargo, ser de otra manera: los once años, edad que tenía Michael cuando aborda el Oronsay, es un período en el que los remanentes de niñez impiden ser visto como un adolescente y en la que, simultáneamente, se es demasiado grande para ser tomado por niño. Es, por tanto, una temporada precaria, difícil de transitar por cuenta de la doble marginación, las exigencias que suponen una madurez incipiente y los privilegios que quedan intrincados en las hebras de la infancia. A este hecho, fragmentario en sí mismo, deben agregarse las limitaciones de la memoria cuando retrocede a esta edad que, por su condición limítrofe, se escabulle fácilmente por las arrugas del olvido.

La novela, entretanto, avanza a la misma velocidad con la que la barca embiste la mar. Lentamente, con paciencia sólo atribuible a un hombre maduro, el autor lleva a Mina (apodo que recibe Michael durante el viaje) al Canal de Suez. Al entrar en él, el Oronsay navega entre aguas fatigadas y rumores de voces que se ven superadas por los gritos de vendedores sonámbulos que se pierden en las tinieblas del amanecer en el que Michael, en un giro imprevisto, arriba a los treinta años. Esta ruptura en la narración es la razón por la que asistimos a este viaje: las personas que pululan en los corredores y comedores del buque serán, por absurdo que suene, quienes definirán el futuro del niño. El autor afirma, para respaldar esta conjetura, que nuestra vida se desarrolla “gracias a desconocidos interesantes con quienes cruzaríamos sin que se produjera ninguna relación personal”..

La historia, entonces, no es un relato juvenil, como sugieren algunos críticos, sino una metáfora de la vida en la que el Oronsay hace las veces de este planeta vagabundo que peregrina en torno a un sol igualmente errático y al cual se aferran los humanos con sueños y fantasías, quejas y dolores que son en apariencia insignificantes, pero que afectarán, siguiendo la hipótesis sobre la que Ondaatje construye la novela, a los demás miembros gracias a que la humanidad es una red nodular en la que la perturbación de uno de sus miembros incidirá, finalmente, en los nódulos restantes.

En este punto no puedo dejar de pensar que estas palabras, las que lees en este momento, son producto de uno de aquellos “conocidos interesantes” de El Espectador que decidió elegirme entre los cincuenta y tantos para ser quien reseñara esta novela. Acaso, dejándome llevar por la algarabía de la imaginación, fue aquella muchacha de sonrisa luminosa que me entregó el libro o, quizás, nunca se sabe, fue un señor de ceño fruncido que tomó la resolución en un escritorio que naufragaba entre hojas y libros. El caso es que su sentencia impulsa en este momento mis dedos sobre el teclado y tus ojos sobre estas líneas, de tal suerte que éstas, quizás, te impulsen a obsequiar la novela a una compañera de universidad que, a la vuelta de circunstancias y años, se transforma en tu esposa o, quién sabe, en la hermana de tu esposa. La decisión de aquella muchacha de sonrisa luminosa, o de aquel hombre de ceño fruncido, sería, en ese caso, la responsable de esa unión, de ese porvenir con hijos y casas a quince años, de ese futuro de vaivenes en este planeta que transita los flujos y reflujos de la eternidad.

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Brindis

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Dedicado a  J. Gerardo Muñoz y a Rodrigo Niño 

La algarabía se desvanece levemente cuando me acerco a Gerardo con una copa de vino rojo, le sonrío en señal de aquella familiaridad que rebasa los lazos de consanguinidad, acercamos las copas y antes que se entrechoquen, que se den el beso de cristal con el que recibiremos el nuevo año, se extingue el ruido, se detienen las carcajadas en mitad de su alborotado ascenso, frena el engranaje del reloj, el segundero queda suspendido en su trote hacia el siguiente escaño, el viento cesa en su empeño de extraviarse en la oscuridad, el tiempo se encorva, regresa, retorna a estos ojos agotados, a estas manos que se llenan de lunares y pecados, a este cuerpo de abdomen abultado, de calvicie fulminante, a este cerebro en el que el tiempo no existe, en quien el presente y el pasado son uno y el mismo desbarrancadero, la misma herrumbre que se aferra al galope de la sangre. Inmediatamente acude a los callejones de mi memoria el año dos mil con su algarabía de estreno, con su vanidad de milenio; me contempla de pies a cabeza y me lanza, desde el vacío de su inexistencia, una sonrisa cómplice para que lo convoque, para que le hable a usted, paciente lector, de él…

Pero siéntese que no hay afán que le revele un cacho del dos mil dos. Relájese. ¿Fuma? Ahí están sobre ese parlante viejo, descascarado, los cigarrillos y el encendedor. En ese mismo lugar estaba el teléfono pero Rodrigo lo quitó porque llamábamos borrachos a todo el mundo, especialmente a muchachitas que querían y no querían, que iban y venían de nuestras vidas, de nuestras mentes y corazones, usted entiende, asuntos de amor y sexo. Si gusta elija un acetato de los cuarenta y nueve que Rodrigo trajo de todas las latitudes para hacer más acogedores los festejos que se hundirán, como nos hundiremos todos nosotros, en los charcos de la muerte. Quizás es mejor que se tome un aguardientico que eso es bueno para el frío y, si lo toma con limón, le quita cualquier enfermedad que traiga amarrada al alma. Eso sí le pido, con toda la pena del mundo, que lo sirva usted mismo porque estoy buscando un LP de Julio Jaramillo para temperar un despecho viejo, polvoriento como el futuro que nos acechan desde el umbral de la esperanza. Olvidaba advertirle que no hay tijeras; debe abrirla con los dientes y las llaves como hace todo el mundo por estas épocas y latitudes. No se tense, póngase cómodo que la noche pasa como un tiro entre aguardientes, charlas y los boleros que suenan sabrosos en este tocadiscos torcido como nuestros destinos; es decir, como los destinos de Rodrigo y yo, que a usted no lo conozco y no le podría decir qué tan choneto tiene el porvenir. Hablando de él, de Rodrigo, no de su destino, no se afane que no tarda en arribar a este barco que naufragará en la nostalgia del alcohol. Y hablando de eso, ¿al fin pudo abrir la caja? Sírvase, entonces, en esa copa barrigona, la del repujado misterioso, que es la de los invitados, y tómese el aguardiente mientras afuera gira la bóveda celeste que en Bogotá no tiene estrellas, o las tiene pero se ocultan por vergüenza o miedo, y verá que en un dos por tres el sol emergerá por el horizonte.

Ve, se lo dije: no sintió las horas despeñándose por los precipicios de las palabras, de los boleros y del aguardiente ¡Nada mejor que el aguardiente Néctar para azuzar los engranajes del tiempo! Saque, por favor, esa silla que vamos a instalarnos en la terraza, que es como si dijera las praderas del sol porque acá nunca llueve cuando es fin de semana, se lo digo yo que tengo un pie en el presente y otro en el futuro. No olvide dejarla recostada contra la pared de allá, para que podamos deslizarnos a la misma alucinante velocidad con la que crece la sombra de este sábado que transcurrirá entre las estridencias del rock y la contemplación de los vecinos que irán y vendrán en su inquietante transitar. Hombre, no haga esa cara, ¡anímese!, no se quede atrás, que lo necesitamos para para celebrar que llegamos vivos al otro día, a la otra orilla de ese mar oscuro y denso que se nos viene encima todos los días de nuestra existencia; si es por hambre no se preocupe que a las seis de la tarde compráremos dos mil pesos de salchichón, que es lo único que venden en la cigarrería a la que iremos por dos o tres litros de aguardiente. Pero dejemos de decir pendejadas, destapemos una cerveza y subámosle el volumen al equipo de sonido para sacudir la pavesa que la noche ha dejado sobre esta brisa desabrida que viene a nuestro encuentro.

Y usted que creía que esta sería una larga jornada y fíjese que estamos bajo este sol anémico que viaja al occidente y quien sólo puede pertenecer a los domingos fatigosos de este dos mil jactancioso y petulante. Dese cuenta, si aún duda que es domingo, que la última botella, la que compramos con al dinero que reposaba en los entresijos de mi billetera, se agota lentamente, con el abatimiento dominical que pesa en el alcohol como pesa en las almas y en las palabras. Hablando de eso, ¿podría hacerme un favor? Tome mi chaqueta que no quiero ensuciarla en el viaje que haré, en un par de minutos, por los recovecos de una borrachera infame que estará atiborrada de lagunas, desatinos, descalabros, desmanes de todos los calibres y de historias que reconstruiremos, Rodrigo y yo, y quizás usted, si se anima a repetir la dosis el siguiente fin de semana, cuando nos encontraremos en esta misma terraza con la cabeza y el hígado dispuestos a destapar la primera caja de aguardiente, a encender el primer cigarrillo y poner a girar alguno de los cuarenta y nueve acetatos como gira este mundo ignominioso en su propio eje, y quienes esperarán en el orden en el que los deje esta noche licenciosa, perdida en el tiempo y en la memoria, con la certeza que ese viernes, es decir, el próximo, será idéntico al que murió hace dos días, así como los cincuenta y dos fines de semana del dos mil serán iguales entre sí, como si se tratara de piezas producidas por una fábrica China o Coreana. Le aseguro que en todos ellos estaremos entrando y saliendo del cuarto que con tocadiscos, sillas, acetatos, aguardiente, cigarrillos y cervezas al ritmo que emerja o se hunda el sol por aquel horizonte de casas desiguales, en todos comeremos dos mil pesos de salchichón, en todos retumbará Love Street el sábado a las siete de la mañana y detrás de su melodía repiquetearan las botellas de cerveza entrechocándose, golpeándose torpemente, dando la bienvenida a la vida.

El tiempo se endereza, el presente arriba con su impertinente presencia para desmigajar el recuerdo que se hace grato a los recodos de mi alma, Rodrigo, entretanto, se escurre por algún agujero del tiempo y con él se van las sillas, el tocadiscos, las botellas de cerveza y de aguardiente, los cigarrillos y los acetatos en un remolino turbulento, las copas suenan, estallan en un tintineo frágil, vacilante, el encuentro de dos generaciones, dice Gerardo con voz risueña, sí, pienso, el encuentro de dos generaciones: la que sale y la que entra, sin derecho a la simultaneidad, a transitar las mismas horas, los mismos días, el segundero alcanza, entretanto, el escaño a la vez que el viento huye juguetón entre las ramas, levantando a su paso hojas secas, papeles abandonados, bolsas plásticas que se enredan en sus blondas, en sus encajes de anciana demente, zarandeando begonias en su loca carrera, levantando faldas, apagando la cerilla del vicioso que se da el primer viaje del año, palmeando las nalgas desnudas de una pareja que juega al amor bajo la sombra de unos arbustos generosos, llevándose la juventud, la suya y la mía y lo que hicimos de ellas…

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Trote de las horas (1)

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Dedicado a Diego Navarrete en su cumpleaños treinta y tres

Vamos en medio de la carretera que separa, o mejor, que une a Villa de Leyva con Arcabuco, es de noche, cerca de las ocho, es siete de diciembre de mil novecientos ochenta y siete, Día de la Velitas, en mayúsculas, como todas las festividades en esta nación de conmemoraciones. Las montañas se iluminan por bombillitos pequeños que en realidad son montones de helechos, de hierba seca, de leña quemándose para saludar a la Virgen que pasará levitando encima de las volutas de humo. El año anterior, recuerdo mientras avanzamos en esta oscuridad tan impenetrable, tan densa que hay que separarla con las manos, ayudaba a mi abuelo a reunir helechos, chamizos, troncos grandes y pequeños que se fueron amontonando, que fueron creciendo, avanzando en su afán de remontar las alturas de las que bajaron para transformarse en este cúmulo de materia inerte; después, cuando la tumulto superaba los dos metros, cuando la noche se hizo espesa, mi abuelo prendió un trapo viejo y lo lanzó al montón que se encendió inmediatamente con una furia descomunal, gemían los troncos en su última agonía, la llama crecía y crecía y crecía y crecía en busca del tapete de estrellas que titilaban indiferentes a nuestros destinos, a nuestras desventuras. Yo no sabía si gritar o llorar de la impresión que me causaba esa enorme bola de fuego que expelía un calor capaz de deshacernos con la misma eficiencia con la que la lupa derrite soldaditos de plástico. Entre más crecía más nos alejábamos por la impertinencia de las llamas, “así es el infierno”, afirmaba Cleotilde, la compañera de mi abuelo, la moza, como le decía mi mamá con un odio visceral, “por eso hay que leer las Sagradas Escrituras”, concluía con la mirada extraviada, con la voz perdiéndose en los meandros de la demencia que se la llevaba de año en año por caminos de herradura, por calles empedradas, a gritar incoherencias, a vociferar con la boca llena de espumarajos, con una biblia maltrecha que años después yo le robaría, hasta que los hijos la traían a Bogotá y le daban kilos de Carbamazepina (la misma que consumo pero por razones distintas) hasta hacerla regresar a los esquivos cauces de la razón. Vamos llegando al Alto de Cane, la quebrada suena al fondo, entre las tinieblas, yéndose, huyendo de la vida que vibra en las gargantas de las ranas. Por acá pasaré ocho años después en el techo del bus de Calambres con seis amigos, los del colegio, los de toda la vida, los imprescindibles, los que siempre estarán para recordar o para hablar o para vivir. Íbamos, decía, embruteciéndonos con Ron Tres Esquinas, con Peches, con el viento, con el sol, con el paisaje y con la juventud que parecía eterna y que veinticuatro años después de esta noche de luna nueva, de evocaciones, de recuerdos y premoniciones, se deshilachará en las agujas de todos los relojes que le saldrán al paso, en los amores no correspondidos, en las encrucijadas, en todo quedarán aferradas las hebras de esa juventud que nos subirá a esa bus olvidado de la mano de Dios. Luego tomamos, tomaremos, porque será ocho años después de este viaje que empieza a hacerse largo, diez galones de chicha, 37,85 litros, 37850 centímetros cúbicos de bebida espirituosa, ancestral como la tierra a la que la regresaremos entre arcadas, entre la mirada asombrada de Cleotilde y las carcajadas de Javier. El que mejor estará será Diego Navarrete, a quien va dedicado este escrito, de quien quería hablar, pero la escritura es caprichosa, resabiada como una mula: por más que uno le jale las riendas se va por esos andurriales espinosos, escabrosos, peñas por las que uno se puede ir de cara contra el mundo para levantarse sin dientes, sin un ojo, manco como aseguran que era Cervantes. Diego Navarrete, decía, estará más lúcido, pondrá orden en ese naufragio de murmuraciones, de exclamaciones que pedirán la atención de los demás, de carreras vacilantes para vomitar afuera, al lado del cerezo, bajo los andenes de la Vía Láctea. ¡Tanta lucidez en este laberinto de existencias descarriadas! Tomaremos caldo mientras los otros dormirán los excesos etílicos, redondearemos las pocas ideas que no se fueron por las cañerías de la noche. Después todo lo consumirá el olvido, la negligencia de esta cabeza que recuerda lo que quiere, lo que le viene en gana, de esta cabeza que mastica y bota, que chupa la savia de algunos instantes y bota el resto del día, con todos sus filos, con todo y los millones de palabras que entraron y salieron de ella. Entre charla y charla vamos llegando a la Tienda de Joaquín, la misma que me verá borracho cientos de veces, en la que correré para no morir asesinado por las balas de Jacinto Espitia, un veterano de alguna de esas guerras que le nacen al planeta como verrugas en su lomo, que me verá agonizar de amor por una muchacha que no me dará ni la hora, que me verá comprar una canasta de cerveza para mis amigos del colegio con plata ajena, con dinero hurtado. Es hora de bajarnos de este sonajero de ventanas y puertas desajustadas, contemplo las bombillas que empiezan a extinguirse en las montañas que sobrevivirán al holocausto nuclear al tiempo que llega a mi oído los sonidos lentos, uniformes, que conducen a Joaquín entre las breñas de su ceguera. Tomemos este sendero irregular que nos llevará a la casa en la que mi abuelo duerme su borrachera diaria, su eterna fuga de este vida que lo devorará dieciseises años después, como me devorará a mí, como los devorará a ustedes, pacientes lectores.

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