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Final, Final… no va más…

Este es el final de una etapa que duró muchísimo más de lo que imaginé aquella noche que inicié la aventura de escribir en un blog. De los mil visitantes que suponía que llegarían a curiosear por estos predios, llegué a poco menos de 255.000 visitas en los 65 meses en los que estuve aferrado a esta bitácora. De igual manera, de los 10 post que creí que publicaría antes de desfallecer en mi intento de ser bloguero, llegue a 521 (incluyendo el actual), siendo esta cifra el acervo total de este sitio. Vale decir que una parte de este patrimonio fue quien nutrió la antología publicada en Tampa, Florida, gracias a la amable invitación hecha por el Dr Oxel Portilla, Editor de Portilla Foundation (y que aprovecho para invitarlos una vez más a comprarla en Amazon).

Como ven son miles las razones por las que me siento agradecido con este lugar que a riesgo de sonar cursi, fue el hogar de mis desvelos, voz cuando no quise o no pude hablar, manos cuando necesité acariciar a través de la distancia, sonrisa y coqueteo con ese destino que muchas veces fue esquivo.

A partir de ahora iniciaré una nueva etapa en mi vida de bloguero y escritor en ciernes ya que desde ahora estaré publicando en Tejiendo Naufragios, blog que pertenecerá a la comunidad de El Espectador. Allá continuaré con el ejercicio narrativo y reflexivo que llevaba en este lugar, con los mismos objetivos azarosos y con el mismo amor con el que trabajé en cada texto que subí a Con Vocación de Espina. Por ello están cordialmente invitados para que me visiten allá, comenten las entradas y se nutran de la diversidad de enfoques y temas de la comunidad.

No puedo irme sin antes agradecer su sincera y grata compañía, los comentarios que dejaron diseminados a lo largo y ancho de la bitácora, los correos y palabras emocionadas que siempre me dieron razones para creer en el poder de la palabra.

Como siempre les envío un abrazo desde la fría Bogotá y reitero la invitación para que visiten Tejiendo Naufragios, su nueva casa.

¡Gracias por su paciencia!

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Despedida (4)

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Te escribía de todas las formas posibles, exponía todo lo que se puede exponer en estos casos, te dejaba largas retahílas en el correo, en algunas ocasiones contemplaba la posibilidad de dejarlo en el muro de facebook y etiquetarte para que todos entendieran lo que tú y yo sabíamos. En lugar de hacerlo, redactaba otro mensaje más rabioso que el anterior con el único fin de ocultar la pataleta que nacía de la indiferencia que te producen mis palabras…

A pesar de tantas idas y venidas por la amargura y el olvido, hoy 3 de julio de 2013, a la 7:35 de la mañana, después de varios días en los que tu nombre no dolía como una herida abierta, te volví a recordar sin saber por qué. Sin embargo esta vez no te reclamé ni recurrí a Silvio; sólo me restringí a escribir esto y dejarlo en el blog para que sepas, si acaso algún día cruzas por estos parajes, que alguna vez te quise y que ese querer, que era sincero y largo como el rayo de luz que entra por las rendijas de un cuarto desamparado, empieza a abandonarme lenta pero irremediablemente…

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Primera variación del Claro de Luna de Beethoven

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A Alejandro García; quien sembró la semilla de este texto… 

Beethoven es un hombre de treinta y un años, en tanto que la Condesa Giulietta Guicciardi es una niña de diecisiete. Ella es la aristócrata hija de un consejero de Bohemia; él es el desafortunado hijo del alcohol y la miseria. Quizás se aman en proporciones desiguales, que es lo que más se usa en el amor. En efecto Ludwig está enamorado hasta el último cogollo del alma. Giulieta se limita a tantear el terreno, ojear desde las últimas ramas de la curiosidad, a dejar migajas para que él la siga en los laberintos de la incertidumbre. Ella, sin embargo, no se atreve a cruzar las restricciones de una sociedad que podría aplastarla con un ligero movimiento de la muñeca. Por ello prefiere restringirse a frases que susurra entre arpegios y armonías. Bethoveen, a pesar del amor que fermenta las costuras de la voluntad, debe actuar conforme a su edad. ¿Cómo dejarse llevar por los efluvios de una pasión que promete lanzarlo a regiones estériles? Además, ¿cómo puede permitirle a su alumna, una dulce niña que empieza a conocer la vida, que se desbarranque por las laderas de un amor pantanoso?

Nace entonces la hiriente melancolía de aquello que se hace imposible por cuenta de la cobardía. Sopla el tiempo y con él empieza a subir las espirales de una pavesa de nostalgia que alcanza los últimos andamios de la noche. Quizás hay una luna que emerge entre los ribetes de las nubes. Quizás hay una laguna que chapalea en las ciénagas del silencio. Lo cierto es que no hay esperanza que sobreviva a tanta pesadumbre. Huyen las ideas por los surcos de la realidad y con ellas se evade la imagen de la condesa. Por tanto hay que dar trámite a la despedida que se hace inevitable. Sombras que se arremolinan intentándose llevar su nombre.

Giiiiiiuuuuuulllllllllllliiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiieeeeeeeeeeeeeettttaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.

Juega con el nombre que pronunciará durante años sin que se materialice en manos blancas, dedos ágiles, ojos verdes o en una sonrisa aferrada a la juventud. Sólo habrá ausencia después de la a que alargará más allá de lo posible.

Giiiiiiuuuuuulllllllllllliiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiieeeeeeeeeeeeeettttaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.

Ruge antes de atacar el piano en un inesperado golpe de ilusión que acaso proviene de las oscuras regiones en las que se fabrican los deseos. Posiblemente recuerda un beso furtivo, una caricia emboscada, una mirada que acarició mejor que sus largos dedos y que besó mejor que sus delgados labios. Porque las adolescentes primero besan y acarician con los ojos y luego, si hay tiempo y maneras (que normalmente no las hay), lo hacen con los labios y las manos. Los labios… sus labios… sus manos… ¿dónde estás Giulieta de los abismos?, pregunta entre lágrimas y armonías. Debe continuar con el cascabeleo del piano para deleite y curiosidad de futuras generaciones. Se encabritan las notas, se enardecen los acordes, algunas fusas caen descabezadas ante una esperanza traviesa y malintencionada que está fuera de lugar. También hay dudas. Tercas dudas. Desciende en ese instante por las cuestas melódicas hasta tropezar con la certeza que arribará el olvido. Nace entonces una elipsis eterna e impenetrable en la que no habrá espacio para el nombre de la condesa ni para su espinoso recuerdo…

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No reside destinatario

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A la memoria de Nabyl Cortes

Veintitrés años. Veintitrés años y una semana. Esa era la edad que usted tenía cuando murió. Ahora que soy uno de esos viejos de los que renegábamos, y a quienes nunca les dimos la oportunidad de explicarse, estoy tentado a decir que usted era un niñito, en diminutivo, como si quisiera acentuar la invalidez de su edad. Veintitrés añitos. Casi nada. Ni siquiera había empezado a construir su identidad, como no lo habíamos hecho ninguno de nosotros (los de siempre, los del colegio, los de toda la vida). Aún éramos lo que nuestros padres habían hecho de nosotros. O querían hacer de nosotros. Después nos fuimos apartando de sus directrices hasta ser lo que somos. ¿Qué somos?, se preguntará usted. La verdad, no sé. Le podría decir, en contraprestación, qué hacemos. A mí, por ejemplo, me da algunas veces por decir que soy profesor. Otras tantas me da por decir que escribo.

¿A qué se dedicaría usted en este momento? Quizás habría seguido con la idea de ser bombero y seguro que habría desistido a mitad de camino. Por ahí contaba Walther a propósito del proyecto, que usted le mostró una foto en la que está sobre uno de aquellos carros de bomberos enormes, rojos, llantas veloces, manubrio postizo, que servían para que uno se desmierdara en la primera callejuela inclinada que apareciera. Si ve que siempre quise ser bombero, dice Walther que dijo usted al tiempo que le mostraba la foto. Poco después de habérselo dicho y de que sobreviniera su muerte (que estuvieron bastante cerca), tuvimos la oportunidad de ver la fotografía gracias a que su abuela la había hallado entre los libros de la habitación que aún le decían, empujadas por la inercia de la costumbre, “el cuarto de Nabyl”. Todos miramos la fotografía con el vértigo de quien contempla la profundidad del abismo y sentimos deseos de llorar largamente, como si se hubiera muerto nuevamente.

O tal vez habría cuajado la idea de ser chef. Marica, deberíamos meternos a un curso de chef en el Sena, me dijo usted al margen de la Calle Cuarenta y Cinco una tarde de lloviznas y presagios. ¡De una!, respondí contagiado por su energía. Tres semanas después averigüe qué debíamos hacer para entrar. Usted nunca lo supo. ¡Cómo iba a saberlo si la muerte no le dio tiempo de enterarse de esas pequeñeces! Se lo iba a decir la noche que le conté al Negro que estaba saliendo con Astrid. Usted, poco después de mi confesión, me miró como si hubiera perdido el juicio. No tuve tiempo de demostrarle que tenía razones poderosas para hacerlo: tenía la certeza que usted y Walther detendrían al Negro mientras yo salía corriendo. Ustedes, contrario a mis expectativas, empezaron a caminar para atrás. Un paso, dos pasos, tres pasos. Clac, clac, clac. El segundero transitando mansamente. El Negro levantándose y mirándome con los ojos inyectados en sangre. Otro paso para atrás y los brazos levantados para evitar que les salpicara sangre a la cara. Mi vida completa desfilando frente a mis ojos a la velocidad de las tragedias. Clac, clac, clac. El segundero continuaba en su tránsito circular. No hay problema, dijo El Negro poco antes que la vida retornara a mi cuerpo.

Después vino el largo y minucioso ejercicio de organizar aquella fiesta en una casa semi-destruida de Chapinero. Venían las ideas, venían las cervezas. Emergían nuevas ideas, emergían nuevas cervezas. Irrumpían otras ideas, irrumpían otras cervezas. Hasta que nos echaron de la tienda y tuvimos que irnos a la casa de Walther. Allí seguimos bebiendo, pero las ideas para la fiesta se habían agotado. Tampoco quedaba rastro de mi intención de ponerle al día sobre las averiguaciones del Sena. Sólo quedábamos nosotros y el recuerdo de la época del colegio. Dele y dele al aguardiente hasta que brotó el amanecer, nítido, agresivo, sobre las terrazas de las casas. En ese momento usted afirmó, con su infatigable optimismo, que dormiría media hora y luego se iría a trabajar. A pesar de su buena voluntad, abrió los ojos a las once de la mañana, justo después que le llegara la certeza que tendría problemas con su tío. Al rato nos fuimos caminando por las calles que naufragaban entre las guedejas del sol del medio día, el dolor de cabeza y las nauseas. Hable y camine, camine y hable, hasta que apareció la buseta por alguna grieta de la mítica Calle Sesenta y Ocho. Emprendió, entonces, su patentado pique de choro al tiempo que me gritaba, nos vemos luego…

Pero no nos vimos luego porque usted se fue de cabeza en el lago. En uso de sus facultades o en ausencia de ellas. No importa. Lo relevante es que se fue de la misma manera que huye la sangre de quien se asusta. O como se acallan el murmullo después de un disparo: de tajo, sin aspavientos, de repente, de un solo golpe.

Siempre he querido pensar que aquella noche del trece de diciembre del dos mil dos, justo diez años antes de estas palabras, usted saltó la reja, evadió la seguridad y posteriormente se dio a la tarea de deambular por el parque. Primero caminando entre las sombras de los árboles, tropezando en los altibajos, cayendo en las inclinaciones que aparecían intempestivamente. Después llevado por la inercia del paseo, por el empuje de los pensamientos. Al final el lago: una mancha más oscura que la oscuridad de la noche. No sé si se fue al borde y se hundió lenta pero irreversiblemente hasta quedar aferrado al fango de la muerte. No sé si pegó el glorioso pique de choro y se lanzó. Plash. Un leve chapoteo de agua y luego el blub de su cuerpo abriéndose camino para la eternidad. Así, en medio de la noche, sin testigos, sin un alma que diera fe de lo que hizo, de lo que dejó de hacer o de lo que le hicieron, si es que le hicieron algo. Sólo dejó conjeturas en las últimas horas de su existencia. Conjeturas y un dolor amargo, difícil de digerir, agrio como el óxido del tiempo, una aflicción que vive atravesándose en las arterias de la memoria.

Solo en su soledad se fue para la perpetuidad en la que nos aguarda con su mirada ladeada, con su tumbao de malevo, con sus veintitrés años y una semana.

¡Qué pronto te fuiste Nabylón!

Cómo me gustaría que aún subsistiéramos en medio de la borrasca etílica para ver cómo van cayendo los compañeros, uno detrás de otro, en los pantanos de la borrachera. Puf, puf, puf. Para después quedarnos aferrados al trago y a la charla sobre las mujeres que nos miran desde la altura de su indiferencia. Nabylón, ¿alguna novedad? Ninguna. ¿Rumbeos? Cero. ¿Y usted? A ceros, como siempre. Y como siempre levantaría el codo para espantar la frustración. Pero queda el trago, diría antes de entregarle la botella. Pero queda el trago, repetiría usted con los ojos vidriosos de la borrachera. Después contemplaríamos las esperanzas que se iran tiñendo con la misma serenidad con la que la alborada envuelve las tinieblas…

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Despedida (3)

(Fuente de la Imagen)

“La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar”.
Canta Silvio Rodríguez

Hola, dijo con sonrisa nerviosa. Conservaba aquel cabello que se iba con la primera brisa juguetona. Este es mi esposo, remató. A su lado sonreía un hombre de cuarenta y tantos años, alto y simple como la mayoría de los norteamericanos. Hi, dije sin controlar las fluctuaciones de una voz que se perdía en los ribetes del tiempo. Me lanzó, al final del apretón de manos, una sonrisa protocolaria, emitió un par de susurros en su oído y se hundió en el tumulto de hombres inexpresivos.

Conocí a Deisy a miles de kilómetros de la Universidad de Fitchburg, lugar al que, sea dicho de paso, ella vino para acompañar a su marido a una de aquellas convenciones que congregan hombres de discursos letárgicos y carcajadas artificiales que imparten los parámetros y normas que se deben observar en la enfermería superior. Nuestro universo se gestó, decía, en los tiempos en los que fui profesor de Pre Icfes: ella fue mi alumna, hecho que inauguró una amistad protocolaria que se encauzó, poco después que ella cumpliera la mayoría de edad, por las cunetas del erotismo.

(Debo decir, en honor de la verdad, que la última frase es exagerada puesto que nunca llegamos más allá de correos acalorados en los que confesábamos nuestros más oscuras fantasías, ubicando al otro (o a la otra) como protagonista).

Poco después cambié el oficio de profesor por el de Community Manager, el cual abandoné, a su vez, por las veleidades del periodismo. Luego renuncié a encasillarme en una profesión y me dediqué a errar por el mundo ganándome la vida escribiendo notas para revistas digitales, enseñando cálculo en pequeños colegios, editando novelas que nunca llegaron a publicarse o cualquier oferta que se atravesara en el camino.

Ahora sí te acepto la propuesta, dijo al margen de una sonrisa sensual. La observé con un silencio inquisitivo. Abrió sus hermosos ojos verdes para que hallara en ellos las esquirlas que le daban sentido a la frase. ¿De qué hablas? Quise dejar todo en el perímetro de lo explícito. Quiero que hagamos el amor, dijo con naturalidad. De las ciénagas del olvido regresó la tarde en la que acordamos vernos en un centro comercial y luego acatar lo que el azar o el cuerpo decidiera hacer con nosotros. Ahora sí quiero hacerlo porque estamos en igualdad de condiciones, recalcó. En realidad no lo estábamos puesto que me había separado años atrás. Estoy soltero, aclaré. Mejor aún, concluyó con una mirada que pretendía meterse por las rendijas de mi cuerpo. Aquella tarde del dos mil doce no llegó a la cita. ¿Perdiste el temor a los quince años de ventaja?, inquirí. A estas alturas de la vida no importa que yo tenga treinta y siete y tú cincuenta y dos; importan las ganas. Los deseos existían hace veinte años, atajé su evasiva; ¿qué ha cambiado? Era una niña, afirmó con los ojos bajos. En realidad no era una niña en el rigor de la palabra: abandonaba, cuando nos conocimos, la adolescencia con algunas escaramuzas sexuales en su haber. Aunque, en realidad, ese no es el punto, pensaba mientras daba vueltas al hielo que se derretía en un charco de Whisky tibio. ¿Por qué no llegaste?, indagué para abrir viejas heridas. Me sentí mal: tu esposa no tenía la culpa que nos gustáramos… nadie tenía la culpa que nos gustáramos… podíamos desistir del proyecto de irrespetarla, aclaró con frases vacilantes. Por supuesto, pensé con una sonrisa vaga en los labios; el sentimiento de culpa en las mujeres: sienten que cargan con todos los pecados del mundo y que ellos, los pecados, sus pecados, son los causantes de las enfermedades y desgracias de sus familiares, de la traición de sus maridos, de la inclinación del eje del planeta. ¿Dónde y cuándo?, pregunté con los ojos clavados en los cubos de hielo. Wallace Plaza, el martes a las tres de la tarde. ¿Otro centro comercial?, interpelé con ironía. Te juro que esta vez sí llego. Eso espero, concluí antes que arribara su esposo con intención de presentarnos dos señoras entradas en años.

El martes a las tres de la tarde tomé un vuelo para Bogotá. Mientras el avión desafiaba la gravedad, imaginé a Deisy sentada en una banca del centro comercial con la cabeza puesta en el encuentro sexual. No quise cargar con la responsabilidad de amargarle la existencia con reproches y condenas que le socavarían el equilibrio mental. Su seguridad y valentía eran la mampara detrás de quien escondía los temores y prejuicios de la niña de diecisiete años que se sonrojaba a la menor provocación. Es más, la osadía con la que me abordó sólo puede atribuirse a la inexperiencia: una mujer que ha sido infiel sabe que el terreno del adulterio se allana lentamente, con paciencia, para no fracasar a causa de un malentendido o por cuenta de un olvido que delate la traición. Quizás creyó, una vez estuvo al tanto de mi arribo a Fitchburg, que bastaría acorralarme en la reunión a la que me llevo Anne (amiga común) y defender todas las variantes de la conversación para librarse de posibles incidentes. Tal vez, pienso ahora, pensé entonces, el vigor con el que le insistí años atrás le dio la confianza que necesitaba para lanzarse ciega y tontamente a una propuesta a la que pude negarme y que pudo ser ocasión de un escándalo que llamaría la atención de los concurrentes.

Lo único rescatable de esta situación, reflexionaba al tiempo que la aeronave se afianzaba en velocidad de crucero, es saber que continuaba abierta la puerta que entorné veinte años atrás. Creo que los amores que se confiesan, pero a quienes las circunstancias no les permiten consumarse, sobreviven gracias a la certeza de que se pudo hacer con ellos todo lo que estaba al alcance del deseo y de la voluntad (que no es poca cosa en asuntos del amor). Tienen, además, una ventaja sobre sus homólogos: son más fuertes gracias a que se alimentan de los recuerdos y las esperanzas pero no tienen la oportunidad de perderse por los senderos por los que se extravían todos los amores del mundo.

Inicié, cuando el avión sobrevolaba el Atlántico, el duelo por un amor que se restringió a una docena de correos, tres charlas al margen de un café y que al final se precipitó por los socavones del tiempo. Levanté, en consecuencia, el vaso de Whisky, apunté hacia norte y me despedí de aquella aventura que tuvo la facultad de cambiar el rumbo de mi existencia pero quien sólo se limitó a ser una entelequias más en este universo de equívocos y mentiras.

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Despedida (2)

(Fuente de la Imagen)

He venido a enterrarte entre aguardiente y boleros. No esperes que me entregue a poemas que hablan de amores ni que articule sermones porque el olvido se resiste a enamorarse o a reclamar. Tampoco esperes que te guarde luto o que balbucee la oración que se acostumbra pronunciar en estos casos ya que tu recuerdo no tomará las rutas del dolor ni los senderos del purgatorio. Nada puedes anhelar ahora que sólo eres una imagen borrosa, un reflejo difuso, de la que fuiste, de la que pudiste ser, un rumor que se pierde en el enjambre de evocaciones. Sólo podrías aspirar a que una tarde, acaso una noche, el cabeceo de una rama, quizás el chillido de un cuervo, me traigan las sombras de tu voz, el almidón de tus besos, las hondonadas de tu cuello… pero es difícil que eso suceda: vivimos en la realidad en la que las raíces de tu ausencia consumen el jardín que no conoces, la cama que nunca habitaste, los labios que eluden los tuyos y las manos que rasguñan el silencio en el que empiezas a yacer…

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Despedida (1)

Septiembre, en los últimos diez años, ha sido un mes sobrecargado de amor y de desamor. En este mes cumplen años cuatro de las cinco mujeres que me han marcado sentimentalmente (la quinta, aunque no nació en septiembre, está relacionada con él porque nos ennoviamos un día de este mes). Todos los días de septiembre me traen recuerdos de besos inolvidables, de miradas tiernas, de noches inagotables y de paseos nocturnos. Este mes es, como si fuera poco lo anterior, el del amor y la amistad.

Por eso, y por otras cosas que no vienen al caso, despido este mes con una lágrima en la solapa y un ramo de nomeolvides en la mano derecha.

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