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Tercera variación del Claro de Luna de Beethoven

claro de luna2(Stanisław Masłowski)

Quizás inició la primera semana de clases, en el instante que cruzaron sus miradas entre la algarabía de la novedad. Tal vez empezó a mitad de semestre, cuando a ella no le parecía extraño que una profesora hablara con un alumno al filo de todas las tardes. O posiblemente inicio meses después de terminar el semestre, en el momento en el que él no es más que un jovencito que se hunde en el tropel de personas que cruzan su existencia como relámpagos extraviados en el horizonte.

El caso es que se encuentran en una cafetería, bajo la tutela de charlas y angustias. Él le ofrece la silla y el espacio libre que queda en la mesa; ella acepta con una sonrisa cargada de interrogantes. Luego brota una conversación que se va desembarazando lentamente de los lugares comunes hasta arribar a una charla francamente coqueta que la pone nerviosa y lo pone eufórico, lo que no es asombroso dado que ella es una mujer de treinta y un años, con doctorado a la espalda, en tanto que él es un muchacho de diecisiete años con las hormonas bullendo en las regiones bajas. Las manos quieren tocarse, las piernas se rozan desprevenidamente, él intenta mirar entre la grietas de la blusa, ella le mira los labios, intentando cada cual hallar lo que buscan sus instintos. Ella piensa que es mala idea, pero le encanta que él la desee con esa energía que la tiene al borde de la silla. Los dedos de ella rozan el dorso de su mano en un movimiento lo suficientemente cálido y preciso para que los dos sepan que acaban de cruzar aquel límite que imponen las diferencias de edades y circunstancias (aquella sombra que segrega lo razonable de aquella locura que desbarranca matrimonios y derriba empleos). Ella, para ser justos con los eventos, perdió la cabeza dos tintos atrás gracias a que él supo encaminarla, entre sonrisas y coqueteos, por las fértiles praderas de la lujuria. El hecho es que todo irá cuesta abajo: una invitación a tomar cerveza, que no será cerveza puesto que ella ya no está para esas cosas, sino tequila en un bar en una callejuela escondida, con ingreso mostrando contraseña falsa, que es lo que se usa a su edad. Luego, porque siempre hay un después, terminarán en uno de los moteles que escoltan los bares. Un polvo apresurado, con más ardor qué técnica, con más violencia que ternura, vestirse precipitadamente y salir hacia la casa para hundirse en la regadera llorando. Mañana arribarán las dudas con la misma contundencia con la que llega la luz al fondo del ojo. También llegará la alegría, luego la culpa y finalmente el dolor. Todo en una simétrica sucesión de estados emocionales que se irán desvaneciendo hasta que el olvido erosione nuevamente las barreras de tal manera que acceda nuevamente cuando llegue otro alumno (quizás menor, quizás mayor) que le recuerde que aún es bella, que aún es posible tener aventuras entre las deudas que crecen con una velocidad alucinante y el encierro en el que la confinó su tonto deseo de ser exitosa…

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Cliché

Sexy leg in fishnet stockings(Fuente de la Imagen)

No es que pensara traicionar a mi esposa. Es más, ni siquiera había planeado que nos encontráramos, por no decir, tropezáramos, en la biblioteca. Fue un momento incómodo en el que cada uno deseaba dar la espalda y perderse en la multitud. Sin embargo la cortesía exigía que saludáramos, hiciéramos las preguntas protocolarias, los elogios que se usan en estos casos, diéramos media vuelta y nos fuéramos cada uno por su lado. El problema, lo sabíamos bien, era que las sonrisas empezarían a brotar de las comisuras del alma, los ojos se encontrarían y las manos se rozarían (como en efecto sucedió). El resto era protocolo: cortos pero efectivos trámites de las palabras que traerían el pasado a la mitad de la conversación, que nombrarían aquel motel que queda a pocas cuadras de la biblioteca, reviviendo de esa manera el deseo que nunca se agotó en los entresijos de mi alma. El deseo y la rabia porque, debo decirlo, incidió más el coraje que el apetito por aquel cuerpo que frecuenté años atrás.

Poco después se hicieron las llamadas respectivas a su esposo y a mi esposa. Ella se burlaba de mis manos sudorosas y del temblor de mi voz. No sabes mentir, afirmó al final de una carcajada llena del orgullo que supone ser experta en el arte de falsear los rectos caminos de la verdad. En efecto no sabía mentir… ni engañar. Era la primera vez que lo hacía. Ella, en cambio, se había acostado conmigo muchísimas veces sin que apareciera la menor señal de arrepentimiento por traicionar a su esposo. Vamos, dijo llevándome de la mano como se lleva un niño al primer día de escuela: con la seguridad que aprenderá que la vida es demasiado grande para poderse encerrar en definiciones y conceptos. Caminamos algunas cuadras hasta llegar a una zona infestada de moteles. Entramos, pagamos y seguimos a la dependiente dando pasos cuya resonancia se multiplicaba en las puertas de las que emergía aquel silencio gelatinoso que se desprende de manos acariciando brazos de hombres hundidos en los crespones del sueño. Abrió el cuarto, nos miró para indagar si había peticiones y se fue por el mismo pasillo que nos trajo.

¿Qué pasa? ¿No tienes ganas?, indagó con una mirada desilusionada. Mi pene, y perdón por usar esa denominación tan catedrática, estaba arrugado, frío y acostado contra mi pelvis. Parece que no quiere, dije para llenar con razones y excusas el enorme silencio que generaba la contemplación de ese pedazo de cuero, como lo llamó ella cuando notó que no quería funcionar. Déjalo, indiqué cuando ella empezó a lamerlo, acariciarlo y succionarlo para imprimirle la vida que traería los viejos tiempos. No quiere, insistí. Ella contemplaba el pene y la ventana por la que entraba la gritería de los niños del parque que estaba al otro lado de la calle. ¿Estoy muy fea?, inquirió con voz temblorosa. No eres tú, soy yo, respondí con la satisfacción de emplear las mismas palabras que ella usó para señalar que había terminado el pequeño romance que sostuvimos a lo largo de tres meses (y de quien supe después, cuando todo importaba un comino, que había terminado porque salía simultáneamente con mi jefe). Lo triste es que ahora ella y yo empezábamos a ser un lugar común: relaciones que terminan, infidelidades, puñeteras con el jefe, vidas truncadas por un desamor, celos y cientos de clichés. Terminamos cumpliendo el estereotipo a pesar que son tantas las variantes en las que pueden suceder las circunstancias. Duele tener la misma suerte de un actor de cualquier novela venezolana. Hasta el nombre me funciona: Diego Germán. Quizás si llevara un apellido pomposo me acercaría un poco más al Universal platónico que haría de ella La Mujer y de mi El Hombre, los dos en mayúsculas para señalar que encarnamos todas cualidades y todos los defectos existentes y por existir.

Ella, mientras me sumergía en honduras filosóficas, continuaba reavivando el miembro que como sabemos todos los hombres del mundo, sólo cumple los designios de su caprichosa e insondable voluntad. ¡Déjalo!, indiqué con fastidio. Ese man no piensa parase hoy, concluí. ¡Maricón!, respondió con el odio con el que las mujeres trasmiten sus propios temores. Porque el asunto no es que le preocupara que fuera impotente. Ese, visto a la luz de las circunstancias, es un problema que sólo me competía a mí y eventualmente a mi esposa. Tampoco podría pensarse que un polvo menos o un polvo más hicieran la diferencia en su abultado cronómetro y, menos aún, que los deseos no satisfechos le arruinaran la semana. Todas las mujeres, siendo sinceros, viven y sobreviven con unas apetito que nunca, bajo ninguna circunstancia, será satisfecho gracias a que cada orgasmo les permite atisbar uno más grande, quien, a su vez, les deja ver otro superior y así hasta el infinito… y más allá, porque las mujeres, en asuntos sexuales, conocen aquellos confines que ni el más imaginativo de los hombres podrá entrever en sus acaloradas noches de sexo. Lo cual me permitía concluir que su rencor apuntaba a suponer que su generoso y delicioso cuerpo ya no tiene el mismo efecto sobre El Hombre, en mayúsculas, porque las mujeres siempre piensan que cualquier hombre es el representante de todos y cada uno de los restantes hombres (¿pensarán, en esa misma línea, que un pene encarna todos los penes?).

Se levantó de la cama, fue hasta la silla en la que descansaba su cartera y sacó un revólver. Me apuntó a la frente. Empezaban a borrarse los límites de lo convencional, a dejar de ser una reproducción de cualquier novela venezolana para pasar a pertenecer al grupo de desafortunados hombres que aparecen en El Espacio bajo algún título sugestivo. En mi caso, pensaba mientras ella me miraba con el resentimiento que sentía por sí misma, el título debía dejar en claro que moría fusilado a causa de una disfunción eréctil (“le dieron chumbimba porque no le sirvió la chimba”, podría ser una posibilidad). Sé que suena increíble que piense esas estupideces al borde de la muerte, pero mi cabeza es así de voluntariosa y se va por caminos insólitos cuando está bajo presión. Intentó martillar el revólver pero sus deditos no tenían la fuerza para hacerlo. La mente se fue limpiando lentamente, como si fuera un tablero acrílico al que se le pasa un trapo humedecido con metanol. ¡Espera!, grité cuando sentí un calor que cosquilleaba por las vecindades de los testículos. Millones de mililitros corrían, venturosos, por los cuerpos cavernosos levantando el pene con la misma algarabía con la que los soldados estadounidenses izaron la bandera en la cima del monte Suribachi. La erección contradecía en su contundencia el sentido común, la biología y quizás la psiquiatría. Venga mamasita recordamos viejos tiempos, indiqué para disipar las tinieblas que habían crecido en los minutos preliminares y que pudieron costarme la vida…

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Confidencia

sensual2(Fuente de la Imagen)

No hay razón para que le niegue que ella me trae loco. Especialmente cuando se pone aquellas minifaldas que deben llamarse de otra manera porque no es falda sino una faja de tela que va desde los senos hasta cuarenta centímetros arriba de la rodilla. Aquellas que, como dicen los comerciales y una que otra mujer que asimila el lenguaje de los publicistas, se ciñen al cuerpo como una segunda piel. Tiene varias, de todos los colores. Quiero decir, varías minifaldas, porque piel sólo tiene una. Aunque debo aclarar que parece que fueran cientos de pieles que se empalman en lugares desconocidos de la geografía de su cuerpo: la piel de la cintura no es la misma piel que cubre los omoplatos y esta, a su vez, es distinta de la que envuelve el dorso de las manos. Todas las pieles, sin embargo, me enloquecen cuando me acarician, cuando las beso, cuando se transforman en un mar en el que me hundo como un viejo e inservible buque de guerra…

Decía que no usa una sola de aquellas minifaldas, o como quiera que se llamen, sino varias, de muchos colores: unas son de los colores que puedo nombrar (blanco, rojo, negro, azul) y otras de colores que desconozco porque aluden frutas, hojarascas y flores (tabaco, verde hoja seca, anturio, mandarina). Algunas veces, pocas en realidad, no las usa porque prefiere vestir un jean y una camiseta. El jean no estaría mal de no ser porque los usa dos o tres tallas más grande que la suya. Quizás sea más cómodo para caminar, sentarse en el prado, pero dificulta el examen de las tentadoras curvas que me calientan las zonas bajas.

Ella, no hay lugar a dudas, me fascina: no hay día, hora o minuto que no piense en ella. ¡Qué embarrada que hayan tantos problemas! El primero es el novio. El segundo, como usted bien sabe, es mi esposa. El tercero es que ella es mi alumna. Esta última es, sin embargo, la menor de todas las dificultades ya que cesará en dos meses, cuando concluya el semestre y termine, de esa manera, la vinculación Alumna-Docente.

¿A qué se deberá que las personas vean con malos ojos una relación de este tipo? Si el problema son las notas, que haya auditorias para certificar la ecuanimidad en ellas. O, mejor aún, que califique un tercero. Yo califico su curso, usted califique el mío. Zanjado el problema. Pero hay algo que oscurece el juicio de las personas y que hace que los implicados se sientan culpables. Supongamos que no estoy casado y que ella no tiene novio. ¿Qué problema habría en que tuviésemos un romance? Eso no cambiaría mi manera enseñar. Sólo modificaría mi cotidianidad de puertas hacia afuera. Quiero decir, de las puertas del salón. Pero la presión, los prejuicios, hacen que uno sienta que se está acosando con la hija o con la sobrina. Y la implicada siéntelo mismo: que se acostó con el tío o con el papá. He tenido alumnas, y esto no de lo debería decir porque me puede causar problemas, que salen llorando del motel y nunca, bajo ninguna circunstancia, me vuelven a mirar a los ojos. Es más, ni siquiera vuelven a dirigirme la palabra.

Pero ese no es el problema. Tampoco su estética es la razón por la que le pongo trabas al asunto. Si la viera creo que no pensaría eso: tiene un cuerpazo que ni para qué le cuento. Si tuviera que calificarla, y disculpe mi viejo hábito de cuantificar todo cuanto me rodea (al fin de cuentas he sido profesor por veinte años), diría que sus nalgas merecen 4.5, la cintura 5.0 y las tetas 3.5. Sí señor, tiene un cuerpo 4.3 que tiende a ser 4.5 por aquello de la nota apreciativa. La cara es normal. Es decir, ni atractiva ni repulsiva. Le daría un 3.0. Sería una mujer 4.0, si nos damos a la tarea de promediar todas las notas con la misma ponderación. Una definitiva nada desdeñable: está por encima de ochenta por ciento de las mujeres. Tome, para que me comprenda, cinco mujeres al azar; ella es probablemente mejor que cuatro de las mujeres eligió. Tampoco se trata que sea mal polvo. ¡Todo lo contrario! Hace en la cama lo que no ha hecho ninguna mujer que he conocido en mi larga vida sexual. Incluso estoy tentado a entrar en detalles para que me crea, pero, ya sabe, los caballeros no tenemos memoria.

El asunto en realidad es otro: ella quiere que “formalicemos”, entre comillas, o entre guiños, como prefiera, nuestra relación. Ese es el meollo del asunto: de tener encuentros esporádicos, como los que hemos tenido con una frecuencia bastante grata, a que exista estabilidad, así sea en la clandestinidad, hay una brecha enorme. De hecho no somos dos sino cuatro los implicados. O quizás más. Y conste que no lo digo por las enfermedades venéreas, que deberían importarme. Sino porque son tantas las mentiras y tanta la suerte que se necesita para sostener ese artificio. Haga usted de cuenta que es un edificio que se sustenta sobre hebras de silencio, realidades acondicionadas, itinerarios falaces. Algún día se caerá, de eso no me cabe duda. Luego vendrán los problemas, las peleas, los reclamos. Aparte, ¿qué necesidad de complicar las cosas? Parece que a las mujeres no les gusta la felicidad: justo cuando están bien las cosas, cambian de parecer y se les da por enredarlas, por ponerle moños y arandelas hasta que lo que era tranquilidad y alegría, se transforma en una maraña de dolores de cabeza, de subidas de presión y enfermedades gástricas que ni para qué le cuento. Así empezó su mamá y fíjese, ahora le ando buscando solución a tanto problema, a tanto reclamo, con todas las mujeres que se atraviesan en mi vida. No debería decírselo, lo sé, pero a quién más le puedo contar mis problemas que a mi hijo. Dígame, ¿a quién más?…

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Pajazo: bosquejo de una retractación

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La primera vez que me masturbe fue… fue… ¿cuándo fue? No recuerdo. Dicen los entendidos en la materia que la masturbación destruye la memoria, la aplasta con sus miríada de corrientazos que lo trepan a los últimos peldaños de la inconsciencia. Vuelven la memoria chicuca, como dice mi mamá cuando las cosas caen y se despedazan. Aunque en este caso no cae sino que sube a niveles extraordinarios. Pero igual se destroza, se fragmenta, se arruga y quiebra por todos lados hasta ser una masa deforme que no sirve para nada. O para casi nada. Sirve, al menos, para recordar los eventos que despiertan los bajos fondos, aquellos que su sola mención hace que la sangre corra en tropel a las regiones australes con algarabía cercana a la demencia.

No sé exactamente cuándo fue, pero sé, a pesar de las lagunas generadas por efectos de la masturbación, que sucedió durante el apagón del noventa y dos. Fíjense que la masturbación desmantela algunas evocaciones y preserva otras. Recuerdo que días antes, o quizás meses, no recuerdo, Juan Manuel Santos, entonces ministro de Comercio, hoy presidente de la república, a las doce de la noche del primero de mayo de ese año, con un par de teclazos, adelantó la hora oficial en el Laboratorio del Tiempo de Icontec…

Me masturbé, venía indicando antes de perderme en detalles históricos, una tarde del noventa y dos, al amparo de las sombras que crecían como una inundación. Lo hice con una destreza asombrosa si se tiene en cuenta que lo hacía por primera vez en mi vida. Esto acaso indique que nací con el instinto masturbatorio bastante desarrollado. Posiblemente todos los humanos nacemos con él. Por eso me causa curiosidad que la iglesia la enjuicie ya que, al hacerlo, condena a quien creó dicha destreza. Es decir, la reprobación de la masturbación es, a la larga, la censura del mismísimo Dios…

Exponía antes de extraviarme en especulaciones teológicas, que fue una tarde del noventa y dos (la masturbación también causa que el cerebro sea reiterativo y se pierda en los atajos que le salen al paso). Dije, asimismo, que lo hice con una maestría instintiva. También fue instintivo el temor de ser descubierto haciendo aquello que no sabía cómo se llamaba. Meses después supe que mis compañeros le llamaban paja o pajazo, por una razón que aún desconozco. Lo cierto es que prefiero ese nombre que cualquier tecnicismo gestado en las mentes de los hombres y mujeres que no se masturban por estar ocupados investigando la manera y forma en la que se pajean sus semejantes. También prefiero ser llamado pajuelo en lugar de ser denominado onanista. De hecho, ya que hablamos del señor Onán, hijo de Judá, no fue ningún pajuelo. Su pecado, si acaso se puede denominar así, era practicar el coitus interruptus con su cuñada Tamar, viuda de su hermano Er. Eso, aunque no lo crean, fue suficiente para que Jehová le quitara la vida. Lo pueden encontrar, en caso que les cause curiosidad o que no me crean, en génesis 38: 7-10.

Esa fue la primera vez. Luego lo repetí a lo largo del apagón que finalizó el siete de febrero del noventa y tres. Concluyó no tanto porque El Niño cesara en su empeño de calentar hasta las nieves perpetuas, sino por los buenos oficios que Juan Camilo Restrepo, ministro de Minas y Energía, hiciera con el sindicato de Corelca. Juan Camilo fue ministro en ese tiempo y lo es ahora: antes de Minas, ahora de Agricultura. No es extraño, entonces, que los colombianos tengamos la sensación que nada ha cambiado en el país en los últimos veinte años. Nada excepto mis pajazos: ahora no los hago con tanta frecuencia porque tengo esposa y dejé de ser aquel niño que no tenía nada que hacer. En realidad ahora tampoco tengo oficio, pero hay electricidad, internet y redes sociales. Es justo aclarar que este cambio no es del todo ventajoso: mi esposa no acude con la rapidez de la mano porque trabaja y ni el internet ni las redes sociales funcionarían si hubiera apagón. De hecho, si retornáramos a él (que no es una idea descabellada gracias a que regresó El Niño a Colombia), volverían los viejos tiempos, y quizás con ellos retornaría a las viejas mañas. No las mañas del país, que nunca se han abandonado, sino las que tuve cuando era un niño de doce año que negaba la paja…

Ese es, para ser sincero, la razón que me condujo a escribir este texto: confesar que era un pajuelo y que, a pesar de serlo, lo negaba por vergüenza y temor. Vergüenza con mis compinches que decían que no se echaban sus pajazos y temor de ser rechazado por “pelar cable”. Muchos de mis compañeros fueron, de hecho, marginados bajo el ignominioso rótulo de pajuelos (el cual tuvo la capacidad de ubicarlos en el último piso de la escala social). Debí, como indiqué antes, liberarme de yugo y decir abiertamente que me pajeaba todas las tardes al amparo de las sombras contra las que luchaba Juan Camilo y Gaviria Trujillo, y no tener que pasar la vergüenza de confesarlo a los treinta y tres años de edad, como si fuera un adolescente calenturiento que acaba de ser descubierto en el baño…

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Herencia

SONY DSC(Fuente de la Imagen)

El abogado había cumplido con agilizar los trámites de la sucesión, la escrituración de los predios y la venta de algunas empresas. Esta reunión era, por tanto, la última del largo rosario de encuentros para entregar autorizaciones, ir a notarias del pueblo, Tunja o Bogotá, reuniones con topógrafos o con el séquito de gerentes y administradores de mi abuelo.

Decidimos, después de las últimas firmas, quedarnos para almorzar como la familia que no éramos y, como sucedía en mi caso, para concretar algunos negocios relacionados con la herencia. Durante la comida recordamos a los papás que habían muerto y preguntamos por los ancianos que navegaban en las ciénagas de la demencia. Hablamos de nuestros hijos y de los proyectos que emprenderíamos con el dinero que reposaba en las maletas que se amontonaban contra las paredes del comedor.

Poco después de finalizar el almuerzo se desencajó el aguacero que traía el rebaño de nubes grises y gordas que volaban a menos de seis metros de altura. Nos arracimamos, entonces, en la puerta del comedor para contemplar los árboles arqueados por el peso del agua y las vacas que soportaban el embate con mirada melancólica. Pasó más de diez minutos antes que el primero de nosotros decidiera regresar al comedor. Todos lo seguimos lentamente, abatidos por el clima y el triste destino que nos congregó en la casa del abuelo. Intentamos retomar la conversación del almuerzo, pero el diálogo recaía constantemente en penosos silencios que se veían interrumpidos por el estallido de los truenos.

¡La quebrada se desbordó!, gritó el hijo de uno de mis primos. Corrimos a la puerta para presenciar el momento en el que riachuelo perdía sus orillas y empezaba a devorar todo lo que se atravesaba en su camino. Los árboles se tambaleaban hasta que se escuchaba el crujido de sus maderas rompiéndose y luego caían al agua que se los llevaba inmediatamente, sin dar tiempo de referir el deceso. A medida que crecía, se llevaba enormes porciones de tierra que instantáneamente se transformaban en una mancha de barro que se perdía en el recodo que estaba más abajo del naranjo.

No pasaron más de quince minutos antes que una enorme roca partiera el puente por la mitad. Las dos fracciones se aferraron algunos segundos a sus soportes, pero la fuerza del agua las venció, llevándoselas como si fueran dos briznas de hierba. Ahora sí nos tocó quedarnos, indicó una voz oscura y densa como las aguas que acababan de llevarse el puente. Ahora sí nos tocó jodernos, corrigió alguien. El riachuelo crecía y crecía sin dar tregua, devorando tierra y árboles, cultivos y enormes peñascos.

Las vacas transitaban por lo que ahora era parte del río. Chapaleaban con la misma lenta y triste nostalgia con la que deambulan por el mundo. Las próximas víctimas, sugirió el niño que había anunciando el desbordamiento. ¡No diga esas cosas!, le corrigió la mamá con el énfasis que ponen las mujeres cuando se habla de tragedias. No se los dije, contradijo con el brazo señalando la otra orilla. Las vacas daban vueltas en un remolino grueso que las puso patas arriba y las hundió en una vorágine de ramas y troncos que las engulló rápidamente.

La circunstancia empezaba a ser angustiosa porque el agua se acercaba rápidamente a la casa. Algunos sugerían que corriéramos montaña arriba. Otros tantos decían que no crecería más y que por tanto no tardaría en regresar a su cauce. Lo cierto es que el agua se tragaba todo lo que le perteneció a mi abuelo como si quisiera llevárselo a La Nada en la que él navegaba desde hacía tres meses. La angustia derivó en discusiones que las mujeres intentaban apagar. De un momento a otro el niño gritó ¡Avispa! Ella, la perra de mi abuelo, corría directamente hacia el torrente. Nos unimos en gritos desesperados hasta que la vimos lanzarse a las aguas en el más extraño, pero inequívoco, acto de suicidio. Las mujeres se desesperaron, los hombres peleamos a gritos y empellones. Un empujón me dejó en mitad del porche. Desde allí pude testificar que el agua estaba a menos de cinco metros de la casa. ¡Vámonos!, grité, pero la voz se enredó en el fragor del aguacero.

Tuve la sensación que la borrasca redobló su fiereza. La visibilidad se redujo a la mitad. Distinguí algunas siluetas que corrían en dirección de la montaña. Me levanté y me dirigí al grupo que aguardaba bajo el marco de la puerta. Intenté entrar pero me empujaron nuevamente. Cerraron el portón y giraron el pestillo. No tenía alternativa: debía huir hacia la montaña. Busqué el rastro de quienes salieron antes, pero sólo veía sombras diluidas por el aguacero. Fui hacia una de ellas pero, al acercarme, descubrí que era un grupo de árboles. Al oriente vi un manchón que se desvanecía detrás de la cortina de agua. Vi, al darle alcance, que era el viejo horno de leña. A su lado estaba un rancho del que emergía un primo con una pala. ¿Para qué es esa pala?, grité con toda la fuerza de mis pulmones. Qué le importa, respondió con fiereza. Lo vi correr hacia el cimiento que delimitaba el terreno. Troté detrás de él a pesar de saber que tomaba el camino opuesto a la salvación. Cuando llegué, vi a un grupo de hombres y mujeres extrayendo un cofre que el agua había desenterrado.

No pude reprimir una ira enorme ante la avaricia de mis familiares. Di media vuelta y empecé a correr cuesta arriba. La montaña se derretía en miles de riachuelos de fango y hojas. Corrí en diagonal para ganar altura y buscar el sector por el que bajaba menos agua. Caía de rodillas, me resbalaba, retrocedía algunos metros, volvía a levantarme, volvía a caer. Algunas partes subía aferrado a las raíces que brotaban bajo el chorro de fango para soportar la fuerza del torrente que bajaba con velocidad de tragedia.

Al final me aferré a un viejo roble, di media vuelta y contemplé una enorme franja de lodo que avanzaba lenta, inexorable, hacia las arrugas de la cañada. El techo de la casa de mi abuelo flotaba sobre el fango, desmigajándose a cada golpe. En un giro de cuarenta y cinco grados se llevo en su naufragio a los primos que se aferraban al enorme baúl que lograron desenterrar. El pequeño terreno con el que mi abuelo inició su emporio (el mismo en el que nacieron sus catorce hijos) era, además de la garganta por la que se resbalaba el pueblo de quien fuera el más ilustre de sus alcaldes, el luctuoso teatro en el que murieron su riqueza y los nietos a quienes maldijo cuando el mayor de ellos se casó con su secretaria (quizás la única mujer que el abuelo amó en su vida). Tomé aire y seguí subiendo con la certeza que no moriría gracias a que resultaron verídicos los rumores que afirmaban que soy hijo de Gabriel, el conductor que entraba silenciosamente a la casa, justo después que Bogotá se aferrada a las tinieblas del apagón del noventa y dos…

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Libre

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Me tomo la libertad de compartir la historia que narró un taxista mientras cruzábamos el taco que se forma en la oreja de la Avenida Boyacá con la Calle Ochenta.

Acá donde me ve, pisé universidad. Casi termino ingeniería de sistemas, pero las viejas y el trago no me dejaron. Sé que no me cree, que ve este taxi con la puerta descuadrada, con el bumper amarrado con alambres y se dice, “este man ni habrá pisado el colegio”; pero le juro que tiene un ingeniero frente a usted. Un ingeniero y un verraco para ganarse los polvos que andan pagando en las calles y los bares. Así, chiquito, negrito y vaciado, pero les sé echar el cuento a las viejas. Aunque hay algunas con las que no funciona el carreto. Usted sabe, hay palos que no se dejan encontrar la comba.

Para la muestra un botón.

El jueves pasado yo iba como a la una de la mañana por la Coruña. No había un alma y el radioteléfono, para completar, estaba dañado. Ya me iba para la casa cuando veo a una muchachita como de diecinueve años que saca la manito en esa oscuridad tan verraca. ¿Para dónde va?, le pregunté medio desconfiado porque esas no son horas para que una vieja de esa edad, y así de buena, ande por las calles. Voy para Venecia; el problema es que sólo tengo tres mil pesos, respondió con una sonrisa sospechosa. Usted entiende que este trabajo lo vuelve a uno receloso. Yo me dije: o esta vieja tiene sus manes por ahí listos para robarme o se peleó con el novio y salió sin un peso. Mami, me queda grave por esa plata, respondí para escurrir el bulto. Mira, sólo tengo tres mil, dijo sacando dos billetes de un bolsillito de esos jeanes ajustados que a uno lo ponen a volar. Yo vi esas caderotas y esa cinturita tan rica y me animé. Usted sabe, uno es hombre: ver caderas grandes y cinturitas así de chiquita, como de avispa, pone eléctrico a cualquiera. Hágale mami, dije mientras le abría la puerta de atrás.

La vieja venía sentada donde está usted. No decía nada. Sólo miraba la ventana. Yo venía sano, lanzándole una que otra mirada por el retrovisor para verle esas patotas tan ricas. Eran unas patotas de este porte. Y con ese jean se le veían mejores. De pronto aparece un Caldo Parado y le digo que si quiere tomarse un caldito conmigo. Yo creí que se iba a cabrear porque así son las viejas buenas: rogadas y rabonas como ellas solas. Pero vea que me dijo que sí, que tenía hambre, que muchas gracias, que pitos y flautas, que Yayitas y Condoritos. Yo no podía creer que esa viejota tan rica se bajara a un lugar de esos. Me orillé, prendí estacionarias y nos fuimos para el fondo del local.

El caldo como que la empezaba a animar porque me hizo la charla y yo también le hacía charla. No me va a creer, pero hasta terminamos siendo de la misma universidad. Como es de pequeño este mundo. Yo me iba arrechando, pero paila, esa vieja me tenía jodido porque no me daba pie para hacerle la parla por donde era. Usted sabe que cuando a uno le trama mucho una vieja se enreda porque no sabe cómo decirle las cosas por miedo que lo deje viendo un chispero. La verdad yo quería seguir hablando con ella toda la noche. Hablarle y comérmela, claro, porque los hombres sólo pensamos en sexo. ¿En qué más podemos pensar? Además no tenía lucas para invitarla a un sitio mejor porque el trabajo estaba muy pailas: diga usted un jueves a las dos de la mañana, después de pico y placa. Ni siquiera había hecho la cuota del patrón. Pero yo le seguía haciendo la charla y ella seguía dándole al interrogatorio. Hasta preguntó si tenía hijos. Claro mami, tengo tres hijos, le respondí porque a mis hijos no se los niego a ella ni a nadie. Son lo mejor que me ha pasado en la vida. Que si estaba casado. ¡Qué voy a estar casado!, le dije; ella es la mamá de mis hijos, pero cada uno por su lado. Me tocó negar la costilla porque las viejas prefieren tener la consciencia tranquila a pesar que saben que uno les dice mentiras. Parece que buscan excusas para poder dormir tranquilas. En cambio uno le mete el chiche a una vieja, sea casada o soltera, y eso que llaman consciencia, no le remuerde a uno para nada. Es más, es la misma consciencia la que le dice a uno que la vuelva a hacer la vuelta porque vida sólo hay una, y la vida se hizo para gozársela. ¿O no?

De ahí salimos para su casa. Yo iba sano: le seguía la charla pero no le insinuaba nada. Cuando íbamos por los lados de la Avenida Sesenta y Ocho, por la cuadra de los moteles, un man salió con una bandera roja diciendo, hágale mijo, le dejo la noche en veinte mil pesos. A mí me cosquillearon las huevas, pero no mostré el hambre. Más adelante salió otro man que se tiró encima del carro. Patrón, hágale una atención a la niña, gritaba aferrado de la ventana. Yo quiero, pero ella no quiere, dije por decir, porque yo pensaba que esa vieja no se lo daba ni al novio. Ella soltó una carcajada lo más de vacana. Por marica no dije nada y por marica seguí de largo. No sé qué me pasó. En otros casos no se la rebajo a otra vieja. Aunque sea le hago el intento para que me eche la madre. Acá donde me ve, verraco y hablador, me han corrido la madre más viejas de las que me he comido. Pero así es la vuelta: se lo pide a cien para que se lo den veinte. Le juro que valen la pena los ochenta madrazos. Finalmente para eso se hizo el chiche: para darle gusto. ¿Para qué más? Si no tendríamos hijos como los pescados: orinando sobre una camada de huevos.

Llegamos a Venecia. Todas las luces de la casa estaban apagadas. Ya no me abren, dijo. ¿Cómo así? Mi mamá no abre a esta hora. ¿Qué hacemos?, pregunté lo más de preocupado. Tienes que hacerte cargo de mí. Mami, no podemos trabajar los dos porque nadie se sube al carro. Tampoco la puedo llevar a mi casa porque… porque no me dejan entrar a nadie, alcancé a arreglar la cagada; casi le digo que no puedo porque mi esposa está allá. Menos mal que la cabeza estaba en la juega. No sé, tienes que llevarme a algún lado, insistió. No me va a creer pero no se me ocurría nada. Si quiere la llevo a donde el tipo que se agarró de la ventana, dije al fin. Bueno, respondió ella lo más de tranquila. Pero no vamos a hacer nada: hablamos, vemos televisión y luego nos dormimos.

Llegamos al lugar. Le dije al man que nos atendió, sin que la vieja escuchara, que me vendiera tres condones, porque sin preservativos ni pío, como dice la propaganda. Ven, decía mientras yo esperaba sentado en el borde de la cama. Estoy esperando las vueltas, dije para que dejara de joder. Ven, insistía. Yo me emputaba porque tenía afán de que me acostara con ella a ver televisión; si estuviera afanada para echarnos un polvo, lo entiendo; pero, ¡para ver televisión! ¡Qué maricada! Hasta que golpearon la puerta. Salí, pagué, cogí los condones, los metí al bolsillo del pantalón y entré. No me quité la ropa para no dar boleta. Usted sabe que hay viejas que ven que uno se quita el pantalón y se van saliendo de la cama como un tiro. Pero cuando levanté las cobijas la veo con unos hilitos delgaditos. Pero rechiquitos, una cosa de nada. Ahí sí me puse como un toro. Me bajé los pantalones y la vieja apenas abrió los ojos cuando vio que tenía el chiche como pata de perro envenenado. Usted no me va a creer pero se lo metí sin darle un besito ni una caricia, ¡hasta sin saber su nombre! Es que esa vieja era cosa seria.

¿Te acerco a algún lado?, le pregunté en la madrugada por pura cortesía porque, la verdad, tenía afán de entregar el carro. No, voy a la Coruña a ver si ya se le quitaron los celos a mi novio, dijo la muy descarada. En la puerta cada uno cogió por su lado: ella para la calle y yo para el parqueadero. Ni el teléfono nos pedimos. Para qué, lo gozado no se repite; y si se repite, no se le saca el mismo gusto. Haga de cuenta que es cuando uno raspa la olla para sacarle la pega del arroz: sólo hace bulla porque el arroz hace rato que se los comieron. Las repeticiones y las segundas partes son eso: bulla que sólo sirve para llamar el hambre…

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Puente

(Fuente de la Imagen)

Puentecito dormido
y entre el murmullo de la querencia,
abrazado a recuerdos,
barrancos y escalinatas. 

Canta Chabuca Granda

¿Cuántos años han pasado bajo el puente de mi corazón? ¿Quince? ¿Dieciséis? El tiempo ha corrido bajo su arco llevándose miradas y besos, destiñendo el paisaje que acompaña la nostalgia, cargando recuerdos amoratados en su viaje hacia el olvido, terrones de vida que se transforman en barro que flota por unos metros y luego se hunde en el fondo de este riachuelo de mil millonésimas de segundo apiñándose en su carrera hacia la eternidad.

Fuiste una mujer prohibida… aún eres una mujer prohibida a pesar de los años y de los olvidos que no han podido borrar la norma que condena que tú y yo estemos como estuvimos aquella noche que se pierde en los remolinos del tiempo

[noche que continúa huyendo de quienes fuimos, de quienes somos ahora (ceniza y polvo de nuestra juventud), de la piel que espera tercamente y de estas palabras que desean perpetuarla entre las salientes de las consonantes y la curvatura las vocales]

Todo muere aguas abajo, pudriéndose en la lucha contra la corriente, recuerdos hinchados de masticar flores de silencio, de revolcarse en el fango de la indiferencia. Todo muere, menos tu imagen que se aferra, testaruda y hermosa, a la imprecisa orilla de la memoria en la que sigues siendo aquella adolescente que perturba todas las aristas de mi cuerpo…

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