Archivo mensual: marzo 2012

Sombras

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La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”
Shakespeare. Macbeth (Acto V, Escena V).

Camina por el sendero que conoce de memoria de tanto andarlo y desandarlo por meses que se hicieron semestres, semestres que se transformaron en esa hermosa perpetuidad que lo enorgullece, que le incita a hablar de materias, profesores, experiencias, tristezas y todo aquello que puede acumular un estudiante que no estudia, que sólo pasó su vida leyendo, que sólo supo lo que le convenía para pasarla sabroso, sabrocito, diría si usted, apreciada lectora, o usted, atento lector, no lo leyera sino escuchara su voz que se hizo nasal de tanto cigarrillo, de tanta noche de aguardientes, de tantas conversaciones inapropiadas, si lo escuchara, decía, hablando, desenredando quién sabe qué ideas que se intrincan bajo su frente lustrosa, bajo esos ojos que disertan con la voz o en ausencia de ella. Lo que él no sabe es que esos pasos lentos son los últimos que dará en esa vida que, si tuviera la posibilidad de hacerlo, la condensaría en una cifra exacta que hablaría de años, meses, días, horas, minutos y segundos, resumen con pretensiones de ser inapelable como todo lo que no logró hacer por aquellas paradojas de esa existencia que lo conduce a un aneurisma que empieza a inflamarse imperceptiblemente hasta llegar a los límites de su capacidad y quien reventará dos o tres pasos más adelante, sin alboroto ni fanfarrias, en silencio, como suceden todas las cosas decisivas, las que desorientan las agujas del destino; sentirá, inicialmente, una picada y un mareo que adjudicará a la epilepsia, acaso a los triglicéridos, sin saber que es el vértigo definitivo, el hundimiento a los abismos de la muerte a los que se precipitará cuando se desplome como un trozo de materia sin alma, sin versos, amores ni desamores, sin lo que pudo ser, sin lo que quiso ser, sólo carne y huesos, sangre empozándose, neuronas huérfanas de ideas y esperanzas, tendones entumeciéndose en su tránsito hacia la descomposición. Nadie lo verá caer a las nueve de la noche de un jueves lluvioso, melancólico, como lo denominó tres horas atrás, cuando contemplaba el aguacero al que le agregaría algún adjetivo hiperbólico de los que almacena en los bolsillos de la memoria, para extraviarse, segundos después, en un silencio impenetrable, que podría pensarse que era reflexivo pero que sólo era contemplativo, visual, si acaso cabe esa expresión, y de quien saldrá para internarse en El Año de la Muerte de Ricardo Reis, su última lectura, su último solaz en esta existencia atiborrada de actividades que ahora, gracias a que no habrá tiempo, lugar o espacio para que cambien las cosas, para que se desvíe la ruta que finalizó a pocos pasos de la Biblioteca Central, se hacen categóricas. Luego partirá hacia la Plaza Ché y morirá en el trayecto causando, con su intempestivo deceso, que engañen todos los que esa noche hablen de él gracias a que se referirán a una sombra, a un recuerdo que empieza a desdibujarse en las aguas de la eternidad, en los remolinos del olvido, mintiendo al suponerlo vivo ya que ha dejado de ser en acto, que es la única manera en la que somos, en la que podemos ser en este universo en el que sólo existimos gracias a nuestros actos y lo que ellos imprimen en los demás sin importar si estos se restringen a palabras o propósitos. Vibra el celular trayendo la angustia de su esposa quien quizás presiente su inexistencia a la vez que desaparecen los eventos que sólo sus ojos percibieron en su inquieto movimiento, las fantasías que no le contó a nadie, los amores que poblaron los recodos de su corazón, de su cerebro que ahora es incapaz de recordar o de forjar pensamientos, de su alma que en este momento juguetea con los últimos vestigios de una existencia que tuvo algo de presagio y quien ahora sólo es pasado y evocaciones deshaciéndose en los flujos de la muerte…

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Primaveras y azares

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Si tuviera quince años menos no habría aceptado una negativa, ni hubiera partido con la tarde susurrante, melancólica, que me decía, que me pedía a gritos que te secuestrara una sonrisa de aquellas que lanzas cuando amas, cuando te ilusionas, las mismas que, según dicen, me arrojaste cuando habían cafés sobre la mesa y conversaciones que se perdían, que se dislocaban entre coqueteos discretos, tímidos, que no fueron a ningún lado, que no me llevaron a tu cuarto ni te trajeron a este cerco de sueños tronchados que tanto se parece a la insensatez. Los años son, como puedes ver, el bozal que censura las palabras que escondo bajo las patas de este corcel de hierro y honestidad que abre puertas de universidades y colegios, que me transporta por senderos que conocerás luego, cuando el silencio empiece a perderse en los rodeos de la vida, cuando el amor deje de ser ese delirio que te ilumina los ojos y se transforme en aquella cotidianidad tan hermosa y tan compleja que te malhumora en las mañanas cuando la camisa está arrugada y que en la noche te llena de presagios de eternidad. Pero no sé por qué te hablo de esas cosas si eres demasiado joven para los absolutos que llegan con la acumulación de primaveras que te curvan el abdomen, que te quitan el cabello, que te ponen a errar por el mundo con una maleta y un par de marcadores como únicas herramientas, que deshilachan tu voz en una rinitis fibrosa que traerán quince años de cigarrillos, los mismo quince años que no quisiera tener en este momento para ser aquel joven a quien puedas ver con ojos benévolos, no de curiosidad ni de temor, que son con los que me miras cuando nos encontramos en las calles abrumadas de azar, cuando la sombra de una nube o el aleteo del amor sobrevuela tu cuerpo sin que te des cuenta, o dándote cuenta pero obviándolo como si sólo hubiera sido un presentimiento, hablando, después de reponerte de la sombra o del presentimiento, con movimientos serenos, estudiados al milímetro, lanzando al final un Hasta Luego que me deja palpitante, sollozante, como si fuera el adiós definitivo, el que no da pie a revanchas, dando, en el instante mismo de mi desasosiego, media vuelta y extraviándote por calles empinadas o trotando por escaleras, como hiciste la última tarde en la que viniste con tu cuerpo que continúa en su empeño de abandonar la rectilinealidad de la adolescencia, que busca afanoso los frutos de la pasión que sólo conoces por algunos escarceos temerarios y al que dejarás de engañar cuando tengas mi edad, cuando seas mujer casada, con todos los compromisos del mundo, con el cuerpo acostumbrado a las tragedias del tiempo, cuando tus hijos renieguen de trigonometría o de álgebra y mi recuerdo te llegue como un relámpago desde la las grietas del olvido y te digas que yo tenía razón, que otra tonada habría sonado si hubiésemos tenido la misma edad, si hubiera sido un joven irresponsable, un muchachito temerario que te hubiera buscado día y noche hasta extraviarte en los laberintos de la ternura…

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