Archivo mensual: abril 2009

Hablando Solo (2)

 

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(Capítulo anterior)

Su cabeza está ligeramente ladeada hacia la derecha. Una gavilla de cabellos negros se desbarranca por el costado oblicuo inundando el hombro derecho en una vorágine de ondas y surcos. Un sendero de lunares custodia una frente amplia y cruzada por dos hendeduras. Las cejas coinciden con el marco bermellón de las gafas. Los ojos están bordeados por una línea violeta que enclaustra una mirada menguada por el tiempo. Los pómulos son prominentes, casi amenazantes. El delgado tabique remata en una nariz respingada. Los rollizos labios permiten ver los pequeños dientes. La imagen sugiere que la mujer hablaba en el momento en el que fue tomada la fotografía. Los anteojos, la cadena que emerge entre la manigua de cabello y los aretes insinúan, asimismo, que goza de estabilidad económica. Las pequeñas bolsas que sostienen los ojos hablan de noches de desvelo y la oscuridad de la mirada sugiere atardeceres melancólicos…

Tomo la cajetilla de Pielroja que descansa en el costado derecho del computador. Extraigo un cigarrillo ajado y lo enciendo con un fósforo. Siento el humo rasguñando los pulmones. Exhalo enérgicamente contra los ojos que me contemplan desde el fondo del tiempo. Candelaria murmura desde la cama. La miro con displicencia. Escudriño los ojos marchitos de Juana. Intento ubicar el último día que la vi. Desde la oquedad de la nostalgia emerge una calle desierta. Brota, de la misma forma, una noche melancólica de borrachos estrellándose con bolsas de basura e indigentes desenterrando esquirlas de felicidad de botellas de pegante. Estoy solo en una tenducha. Sobre la mesa se dibujan las sombras de una docena de botellas. Miro hacia la calle para oxigenar el tedio. Brota repentinamente de las desmedidas carcajadas de un grupo de adolescentes. Me mira por un segundo y continúa su camino. Grito su nombre cuando pasaba frente a mí. Apresura el paso temiendo, quizás, que la persiga. Contemplo su espalda hasta que esta se disuelve en la oscuridad.

Deja de fumar; dice Candelaria con voz pedregosa. Vislumbro el cigarrillo lanzar una estela gris de humo. ¡No; Me; joda!, mascullo pausadamente. Me encara con ira; sostengo la mirada; gira y se arropa la cabeza. ¡Hijueputa; malparido; cabrón de mierda!, dice con la voz enredándose en las cobijas. Si supieras mi pequeña Candelaria que esta mañana me encontré con Juana Otero no estarías lanzando improperios entre las cobijas sino jarrones contra las paredes, pienso al tiempo que hundo el cadáver del cigarrillo en el cenicero.

La tarde del viernes examinaba las direcciones de los locales que tenía que fotografiar. La última dirección atrajo mi atención. Eduardo, dije con una sonrisa gris; ¡esta es la dirección del cabrón del Eduardo!, dije en voz alta, casi gritando. El lugar estaba a seis cuadras del parque donde revisaba los papeles. Cuando arribé a la dirección sentí un temor que nacía del centro del estómago. El local lo ocupaban mesas que descansaban apiladas en un rincón. El piso estaba tapizado por una capa de papeles y tierra. La memoria me llevó a los días en los que Eduardo seducía muchachitas ingenuas internándolas en la maraña de embustes y versos aprendidos en tardes de ocio. Mis profesiones, recuerdo que me dijo el día que lo conocí, son las ventas y la seducción; más la segunda que la primera. ¡Recordando viejos tiempos!, me dijo un hombre desde la puerta. Giro la cabeza sabiendo que la voz pertenece al legendario Eduardo. Recordando; no; trabajando. ¿Trabajando?, responde la sombra que navega en las tinieblas; pero si tu nunca has trabajado en tu puta vida. Una carcajada sonora encrespa el silencio del lugar.

El acopio de doce cervezas me infunde, horas después, el suficiente valor para preguntarle por Juana.
-Esa vieja terminó medicina en Medellín. Allá trabajó un tiempo largo; más de ocho años; luego se devolvió para Bogotá, indica moviendo las manos con energía.
-¿Vive con alguien?
-Con el hijo solamente. El recuerdo del niño que lloraba cuando la abrazaba marchitó la alegría que el alcohol había sembrado en mis ojos.
-¿tienes su teléfono?, dije con voz neutra.
-Sí, pero no te lo daré por nada del mundo. Juanita fue muy clara al advertirme que ese teléfono no podía caer en tus manos.
-¿Cómo va saber ella que me lo diste?, pregunté con desconsuelo.
-Porque soy el único de los amigos de aquellos años que aún trata. Juanita abandonó todos los amigos y lugares que lo unían, después que le jodieras la vida; o mejor; que se jodieran la vida mutuamente. Llegó a mis ojos la banca de la calle 95 y el sauce que la custodiaba; las tenduchas en las que nos embriagábamos; el motel en el que contemplábamos el polvo navegando en los rayo de sol que se colaban por las cortinas.
-Hagamos un trato: me das el teléfono de Juana y yo te dejo seducir a Candelaria.
-¿Candelaria?, preguntó con la botella frente a la boca.
-Mi compañera. Es una guajira de veinte años que conocí en Fonseca, cuando era profesor.
-Veo que no has dejado de ser un completo hijo de perra: ¡¿me estás ofreciendo a tu esposa por el teléfono de tu antigua amante?!
-no es mi esposa. Es… ¿cómo decirlo?… las circunstancias nos unieron y ellas mismas nos separarán algún día. Sólo le doy un empujón al destino.
-En ese caso, mi querido amigo, creo que no es uno, sino dos los favores que me pides.
-Cuando te acuestes con ella entenderás que el de los dos favores soy yo: te doy una amante para alejar el aburrimiento y, como si lo anterior fuera poco, tendrás la oportunidad de conocer el mejor catre de la guajira. La lascivia empieza a lustrar su mirada. Una sonrisa infame deforma la comisura de sus labios.
-¡Trato hecho y no deshecho!, dice al tiempo que extiende su mano. La tomo y correspondo la fuerza con la que oprime mis dedos con una sonrisa fingida.
-Antes de darte el teléfono quiero saber una cosa: ¿cuánto tiempo llevan viviendo juntos?
-tres años y medio, respondo con naturalidad. Una carcajada estrepitosa rasga el velo melancólico del lugar
-siempre he dicho que eres el más cabrón de todos los hijos de perra que haya conocido en mi vida, dice al tiempo que golpea la mesa con la mano abierta…

Contemplo una vez más la fotografía que tome esta mañana. Felipe tenía razón: la felicidad existe. Y no sólo instantánea, como él asegura; también la hay de grandes extensiones. Tomo la cajetilla y extraigo el último Pielroja. Enciendo la punta del cigarrillo al tiempo que aspiro con fuerza. Los pulmones se inflaman con aquella serenidad lacerante que viaja en la densa nube de humo. Una congoja percude la sonrisa que escapa por las comisuras de mis labios. Levanto el maletín que reposa sobre una pila de papeles arrugados. Saco del bolsillo una cuaderno verde. Busco entre sus hojas la letra de Juana. La encuentro entre los versos de Federico Díaz-Granados. Su caligrafía, a pesar de ser encorvada como la mía, es más legible. Bajo su nombre está escrita la dirección de su trabajo y una flecha que llega hasta los versos encerrados en un cuadro rojo. Leo en voz alta:

Las mujeres han salido de este cuerpo dando portazos
quejándose de mi tristeza,
en algunas temporadas se han quejado de la humedad
de mucho frío, de algún extraño moho en la alacena

En la orilla inferior izquierda sale otra saeta que apunta unas palabras escritas con tinta roja:

“la humedad no molesta tanto como la propensión a desembarcar en otras orillas ni la tristeza hiere tanto como el afán de refugiarte en otras piernas”.

En ese instante la voz de Don McLean agrieta la elipsis:

I thought that I was over you
but its true, oh so true
I love you even more than I did before
but darling, what can I do?
oh you do not love me
and Ill always be

(Próximo Capítulo)

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Hablando solo (1)

mujer1(Fuente de la Imagen)

Caminan hacia la salida de la universidad sosteniendo una conversación amena. La llevas de gancho y sientes su mano abierta sobre tu muñeca. Siempre te ha gustado que ella te lleve así. Me lleve, te dices al tiempo que una ráfaga fría golpea tu híspida barba. Ni la llevo ni me lleva, piensas mientras Juana observa una pancarta que pende en la entrada de la universidad. El único responsable de este encuentro es el destino: nadie más que él es capaz de enlazar todas las variantes para que nos encontráramos el miércoles en mitad de la plaza de San Francisco, continúas deliberando. Te gustaría acompañarme a ese evento, escuchas la voz de Juana entre las tinieblas de la reflexión. ¿Cómo dices?, preguntas con la voz enlagunada. Que si me acompañarías a ese evento, dice Juana con su voz de azúcar. Levantas los ojos y te encuentras con un pendón que invita a un ciclo de conferencias sobre la responsabilidad de los padres en la crianza de los hijos. ¿Por qué no invitará al marido?, te preguntas al tiempo que un ligero rumor gorgorea en el callejón de tus sentimientos. Claro, ¿por qué no?, respondes con naturalidad. Quisieras acompañarla a ese y a todos los lugares a los que ella te invitara. Podría ir al infierno si me lo pidieras, murmuras. Un tenue rubor enciende los lóbulos de tus orejas. Más que romántico eres cursi. Siempre te has dicho al filo de la inconsciencia etílica que eres un romántico; pero la verdad, lo sabes mejor que nadie, es que eres un hombre con una enfermiza propensión a la cursilería. Afortunadamente la mayoría de las ridiculeces las guardas para ti. ¿A dónde vamos?, vuelve a interrumpir Juana. Vamos a… no sé. ¿Qué quieres hacer? Juana busca en la oscuridad tus ojos. Quisieras enterrarte en sus ojos tibios hasta el final de los tiempos. Vamos a tomar una cerveza, consigues decir después del desagradable paréntesis. El problema, anuncias con voz vacilante, es que no sé a dónde ir. En ese instante emerge de las sombras un señor con delantal blanco. Tienes la sensación que fue enviado por alguien. ¿Quieren tomar una cerveza y escuchar buena música?, inquiere con una sonrisa bondadosa. El destino lo remitió, te dices mientras contemplas el volante que te entregó. ¿A qué llama usted buena música?, preguntas con voz palpitante. Boleros, contesta sin vacilar. Giras la cabeza a la derecha en busca de Juana. La encuentras con los ojos lustrosos. ¿Entramos a ese lugar?, inquieres con la certeza que dirá que sí. Gira la cabeza en señal de aprobación. ¡Vamos!, le dices al heraldo del destino. Este cruza la calle con una rapidez prodigiosa. Frena en la puerta del establecimiento al tiempo que abre los brazos. La única mesa libre está al fondo, dice al tiempo que pone la mano derecha sobre tu hombro. Te incomoda que la mesa quede al lado de la grieta por donde prorrumpen meseros como brotes de hierba. Uno de ellos se detiene frente a la mesa. ¿Qué desean?, pregunta con las manos en la espalda. ¿Qué quieres?, trasmites la inquietud a Juana. Una cerveza, responde con una sonrisa de comercial de dentrífico. ¿Nacional o importada?, interrumpe el mesero. Nacional, responde Juana con una sonrisa rebosante de sensualidad ¿Aguila, Poker, Costeña o Club?, pregunta de nuevo el mesero. Costeña, indica con los ojos refulgentes. ¿En vaso o en botella? Continúa el mesero. ¿En vaso de vidrio o en vaso de plástico? ¿En plástico transparente o en plástico opaco? ¿En plástico opaco con estrías o en plástico sin estrías?, interrumpes. El mesero te lanza una mirada fulminante. En vaso de vidrio y para mí una cerveza águila en botella, respondes con las vocales magullando la penumbra. Extraes del bolsillo interior de la chaqueta la cajetilla ajada de Pielroja y el encendedor. Contemplas el mechero. Recuerdas que abandonaste los fósforos gracias a que quemaste accidentalmente una extensión considerable de pasto al lado del edificio 404. Sientes el impulso de contarle la historia a Juana pero te detienes ante la posibilidad que ya se la hayas narrado.

A las tres horas la conversación resbala por  engranajes lubricados por veinte cervezas (diez en cada hígado). Quisieras hablar sin detenerte pero la vejiga pide justicia dedsde las nueve de la noche. Cuando te levantas sientes la punzada en los entresijos. Uy jueputa, farfullas mientras caminas al mingitorio. Miras las ramas de eucalipto marchitándose por efecto de los orines. Apuntas el chorro contra las baldosas para no tocar los gajos ambarinos. Miras la pared del frente y te encuentras con un rosario de improperios contra el presidente de turno. Arriba de un epíteto trazado con tinta azul encuentras una caligrafía perfecta que contrasta con las letras encorvadas que han trazado alcohólicos y embravecidos estudiantes durante años. Algo en la redondez de las vocales y en la firmeza de las consonantes te impulsa a confesarle a Juana que te gusta desde la noche que la buscaste en la oficina donde trabajaba Eduardo (amigo común que se vanagloria de alcohólico consumado y mujeriego incorregible). Una espuma dulce asciende por la boca del estómago. Subes la cremallera y sales envalentonado a la mesa donde Juana espera con la mirada opacada por los efluvios etílicos….

Al filo de las dos de la mañana estás navegando en la densa fosca de la embriaguez. Juana te contempla con la mirada arenosa. Debería sentirme satisfecho con haber catado sus labios, te dices al tiempo que empinas la vigésimo primera cerveza. No hay posibilidad que esto se repita; no hay más allá; non plus ultra, concluyes. Quisieras recibir la aurora con su cabeza descansando sobre tu hombro derecho. ¿La invito a pasar la noche conmigo?, te preguntas al tiempo que los labios de Juana atenazan los tuyos. Sabes que sus labios no morderán de nuevo los tuyos y que sus ojos no te volverán a contemplar con la ternura que lo hacen ahora. Entiendes, asimismo, que en la lista de prioridades los primeros escaños los ocupan su hijo y su esposo; tú sólo eres una aventura que concluirá cuando la música se hunda en el silencio y te saquen del establecimiento; en ese instante te transformarás, para tu desgracia, en un exiguo rumor en el tropel de recuerdos. Tomas un mechón de su cabello y lo acomodas detrás de su pequeña oreja. Pasas el dorso de tus dedos por su mejilla izquierda. ¿Quieres pasar la noche conmigo?, te oyes decirle como si fuera otro el que lanza la importuna pregunta. Sí, responde Juana con sensualidad. ¿El niño con quién se queda?, interrogas con amargura. Con mi esposo… esta tarde llame para avisar que me quedo esta noche en la casa de Cristina para hacer un ensayo. La miras a los ojos. ¿Quién puede creerse esa mentira tan obvia? ¿Y si el esposo llama a la casa de Cristina? Cristina ya sabe qué debe decir, responde Juana como si hubiera oído tus pensamientos. Creo que es hora de irnos, continúa. Levantas la mano. Dos meseros acuden afanosos a la mesa. La cuenta, por favor, dices sin dejar de contemplar el sendero de pecas que custodian la nariz de Juana. Los oyes alejarse. Un minuto después ves deslizarse la cuenta sobre la mesa. Miras la factura. Te acercas a los oídos de Juana y le susurras: vámonos que nos están cobrando menos de la mitad de la cuenta. Sacas los billetes arrugados del bolsillo derecho del pantalón. Los dejas sobre la mesa y dices en tono sarcástico al mesero que trajo el recibo: quédese con el cambio. Juana, entretanto, te espera en la puerta. Te levantas al tiempo que Walter Jiménez canta:

Soy ese beso que se da
sin que se pueda comentar
soy ese nombre que jamás
fuera de aquí pronunciarás,
soy ese amor que negarás
para salvar tu dignidad
soy lo prohibido…

(Próximo Capítulo)

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Evocaciones (7)

dib_mujer1(Fuente de la Imagen)

Aquel atardecer el viento acariciaba mansamente las ramas de las acacias y sacudía con ternura los pétalos de las begonias. El sol sonreía pálidamente sobre el asfalto humedecido por una tímida llovizna. El timbre del teléfono encrespó el silencio en el que navegaba el apartamento. Camine lentamente hacia el aparato que repiqueteaba desde la yerma sala. Al levantarlo oí la voz de la vecina preguntando por mi mamá. No señora Patricia; ella no está, dije con desgano; yo le digo, no se preocupe, rematé. Colgué con la certeza que no le diría nada a mi mamá. Miré el reloj de mi muñeca. Las tres y media de la tarde; hora de salir. Tomé la maleta que me espera sobre el sofá y me dirijí a la puerta. El teléfono vuelve a despeinar la tregua que presagia ausencias. Doy media vuelta y me acerco al artefacto. Al contestar escucho la misma voz arenosa. En esta ocasión el recado se hace más largo y específico. Contemplo con impaciencia al segundero pisar las líneas grises del reloj. Por alguna razón recuerdo las películas gringas de beisbolistas que se lanzan sobre arenosas almohadillas con ovaciones de fondo. La vecina sigue explicando al detalle las circunstancias que la obligaron llamar dos veces al apartamento. Los canarios lanzan un triste gorjeo detrás de las rejas. Señora Patricia, digo en medio del tumulto de palabras; tengo que salir ahora mismo para Tunja. Cuelgo sin dar otra explicación ni esperar respuesta.

A la mitad de la cuadra veo cruzar el colectivo por la avenida. Me debato entre esperar el próximo o correr detrás de este. Al término de un segundo de deliberación me lanzó a trotar por las hendidas callejuelas. Un rugido manso anuncia la decisión del conductor de elevar la velocidad. Freno en seco. Lanzo un improperio ampuloso que incomoda a la señora que espera, a la sombra de un árbol cetrino, el arribo del sosiego. Me ubico en el margen de la sombra del mismo arbusto con el fin de esperar el advenimiento del próximo colectivo. El viento, entre tanto, decide juguetear con una bolsa blanca de un supermercado del barrio. El cierzo, después de algunos segundos de invisibles trompadas, decide enganchar la chuspa a un remolino de polvo y hojas que retorna de la esquina. Lanzo una sonrisa de doce quilates que irrita a mi vecina de andén. Brota del remolino de hojarascas un colectivo blanco. Rueda, contrario del primer vehículo, con paciencia mineral. Insto al conductor, mediante un rosario de insultos, a que acelere el autobús. Leyendo mi mente –o acaso mis labios- el piloto detiene el automotor. ¡Malnacido!, grito con rabia. Uiiichhh, dice la señora al tiempo que abandona la tersa sombra. Camino hacia el microbús clavando los tacones en el pasto. Me subo con ira, pago el pasaje y me acomodo en el segundo asiento de la fila de sillas que escoltan al auriga grecoquimbaya. El chofer me mira por el retrovisor con sorna. Siento el impulso de ultrajarlo pero el instinto de supervivencia ataja mi boca. Lanzo, como sucedáneo, una mirada estriada. El automóvil huye de la tolvanera con un trote que rasguña mi paciencia.

Frente al centro comercial Plaza Imperial una mujer levanta la mano para anunciar el deseo de tomar el vehículo. Este frena diez metros adelante del lugar donde ella espera con el brazo alzado. Camina lentamente hasta la ventana del copiloto y le pregunta al conductor si pasa por el Éxito de la 170. Sí, dice él secamente. Gracias señor, dice al aire frío del atardecer. Al subir la miro a los ojos; ella hace lo propio. Se dirige hasta mí al tiempo que giro sobre mis nalgas para dejar franco la ruta hacia la silla de la ventana. Se sienta. Murmura entre dientes una frase que no logro entender. La miro con curiosidad. Ella, al parecer, no se percata de mi contemplación inquisidora. Saca dos billetes del bolsillo de la maleta. Mete las manos a los bolsillos de su Jean en busca de monedas. Continúa musitando palabras incomprensibles. Saca, al final de una larga pesquisa, una moneda de doscientos pesos; introduce uno de los billetes al mismo saquillo donde salió. Me mira a los ojos al tiempo que dice: pagas, por favor. Lo hace con tal naturalidad que tomo el billete ajado y la moneda tibia (mis manos en ese momento estaban congeladas) y se los entrego a la señora del puesto de adelante para que las deposite en el perol metálico. Giro la cabeza para observarla de nuevo. Algo en ella me es familiar pero no logro saber qué es. Quizás la conozco en alguna de aquellas vidas paralelas que abandonamos con cada decisión, con cada quiebre del azar. Acaso, continuaba pensando mientras ella se perdía en la contemplación, atiborró mi vida de emociones, sentimientos y esperanzas en algún sendero claro que jamás conoceré. Una fuerza invisible me impulsó a preguntarle hacia qué lugar viajaba. Voy hacia Duitama, me dijo con la mirada ensartada en mis ojos. Y tú, ¿a dónde vas?, preguntó sin desclavar los ojos. Voy a Tunja, dije con un tono oloroso a laureles…

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