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Acechanza

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Dedicado a Marjorie Carbonó 

Camacho dice que vendrás una noche. Pero han pasado tantas noches, tantos días y tantas esperanzas que estoy convencido que no vendrás una noche sino que quizás llegues con el silencio de las dos de la tarde, con el tinto con el que espanto la nostalgia, con la brisa que despeina las cuerdas de la luz. O Tal vez te traigan un taxi o una duda (disculpe señor, ¿esta es la diagonal ochenta y uno hache? No señora, esta es la calle melancolía de la que habla Sabina). Acaso traerás certezas que se irán desmigajando hasta ser una melcocha de convicciones que no servirán para nada y un abrigo del color de la tristeza que dejarás colgado en armario hasta que haga parte de las sombras que nacen cuando corro la puerta. Ese día empezaré a ser semilla, cicatriz, historias que nadie lee, silencios a cuatro bandas, caminatas hasta la Calle Sesenta y Ocho, manos en los bolsillos, parciales aplazados, grados que no llegan. Puede que también sea, aunque esto no lo puedo asegurar, la esquina de una alegría, una llamada a media noche, un consuelo a doce cuotas, una despedida protocolaria. El caso es que la certeza de Camacho, la línea delgada que se aferra al fondo del pocillo y la marca oscura del cigarrillo hablan de tu llegada que al parecer sucedió cuatro años atrás, cuando inauguraste mi alegría con una sonrisa saturada de interrogantes…

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Albergue

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                                                                       Dedicado a Marjorie Carbonó

Algunas inquilinas de mi vida han partido cautelosas de no despertar al dueño de casa para irse sin pagar la cuenta. Otras han salido dando portazos por el vaivén del ático, por la propensión a la melancolía o por un par de cucarachas que les han salido en el caldo de euforias. Otras tantas se han ido avergonzadas por dejar el alma atiborrada de huellas, las ventanas y puertas clausuradas, el futuro equilibrándose en tres patas. Otro grupo contempla desde afuera la luz que ilumina los corredores, la cocina en la que resuenan algarabía de trastos y quisieran compartir mesa y cobija, noches y anécdotas, pero al final deciden irse para una posada menos incierta. Otra, la permanente, la que siempre está, la que paga el alquiler borrando las huellas de arrendatarias anteriores, reparando las goteras que oxidan los engranajes del tiempo, abriendo ventanas para que vuelva a soplar la esperanza en el alma, es quien lentamente, sin que el dueño lo advierta, empieza a cobrar deudas pendientes, cerrar vacantes, espantar posibles inquilinas que observan desde la vereda, hasta que ha hecho de este albergue un lugar donde sólo duermen ella y el propietario, un hogar donde encuentran cobijo sus sueños y en el que sólo es necesario que ella encienda su sonrisa para apaciguar la tormenta que baja de la montaña…

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Cuarenta y tres metros

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Fue suficiente un roce de miradas para que nos conectáramos desde las dos orillas de un río de personas y mesas. Ella estaba con su pareja y yo estaba sentado junto a mi esposa. Marjorie, mi mujer, no tardó en descubrir las ojeadas que erraban por los cuarenta y tres metros que nos separaban. Arribó la incomodidad con todos sus aguijones. ¿Quién es ella?, pregunto interrumpiendo una conversación azarosa. ¿Quién?, respondí como lo hacen todos los hombres que se sienten descubiertos antes que las ideas (las malas ideas) concluyan su proceso de maduración. Ella, la que lo mira desde hace una hora (no era una hora sino catorce minutos). ¿Cuál?, rematé con otro interrogante con la esperanza que se perdiera en el laberinto de dudas y respuestas para que emergiera, minutos después, en un diálogo inofensivo. Eso, hágase el pendejo, objetó, destruyendo, de esa manera, la única estrategia existente desde los días en los que Filipo de Macedonía, padre de Alejando Magno, la estableciera: confunde y reinarás (creo, de hecho, que es divide y reinarás; para el presente episodio tiene, sin embargo, la misma validez). El caso es que arribó, al término de un bufido que descuadernó los arbustos, una ráfaga de silencio que abrió un abismo de segundos que se marchitaban lentamente.

Poco después la muchacha se levantó y vino contoneando las caderas en una vorágine de balanceos provocativos que succionaba manteles y hojas, que decapitaba frases, que despeinaba las hebras de viento. Marjorie se encrespó cual mar embravecida. No existe mujer que acepte que otra venga a pavonearse de esa manera en el territorio que no es territorio, ni enclave o consulado, sino un espacio tan etéreo como la ley que lo genera y tan escurridizo como los múltiples estatutos que le crecen con los años hasta transformarlo en una maraña de normas tácitas y explícitas que siempre, sin excepción, castigan al hombre por ser como es. Ella continuaba acercándose y Marjorie seguía erizándose como si fuera un animal defendiendo la comarca en el que habrán hijos, casas a quince años, deudas, peleas y reconciliaciones; es decir, en el que hay futuro en estado sólido.

Yo, entretanto, quería bramar con todas las fuerzas de la testosterona que burbujeaba en las vecindades de los ojos. Y no era para menos: ella, ese imperio de carne y sensualidad, venía a toda vela a mi encuentro sin temerle a la mirada rencorosa de mi esposa, a los susurros que hacían ondular su minúscula falda, ni a su pareja. Nada la detenía. Parecía que sólo la impulsaba el deseo de poseerme en un frenesí de sudor y flujos seminales. El cerebro para este momento había apagado todas sus funciones cognoscentes y sólo operaba en modo emergencia. Simultáneamente la especie humana, la bendita especie humana, pedía desde las cumbres metafísicas que hiciera posible su perpetuación. Quizás, me digo en el instante que escribo estas palabras, es el único momento en el que el acto y la potencia son uno y la misma cosa: la perpetuación de la especie (que sólo existe en potencia) se cumple en el ejercicio sexual (que sólo se consuma en acto)… en fin. Concomitante con el llamado de la especie, pero desde los abismos de la animalidad, rugía el instinto sexual: toda la fuerza de la naturaleza se acumulaba en una región que demandaba toda la sangre posible, abandonando, de esa manera, al pobre cerebro a la deriva de su suerte (que era poca).

Ella seguía acortando la infinita distancia que nos separaba. Marjorie la miraba con los ojos inyectados de sangre, en tanto arrugaba la servilleta para retener el alarido que ahogaría el fandango con la eficiencia de un cañonazo. Seguía acercándose y mi mujer continuaba poniéndose rígida y le vibraban los maseteros y el músculo orbicular. La respiración se había transformado en una especie de sortilegio que pretendía convocar un rayo que la reduciría a un cúmulo de ceniza y rescoldos que ella pisotearía a su antojo.

Me levanté cuando le faltaban dos centímetros para llegar a la mesa. Las piernas sólo se sostenían por el ímpetu de la reproducción. Cuando estaba frente a mí dijo en un susurro leve, manso como el silencio que se filtra entre los versos, tierno como la sonrisa de una mujer, Hola. Hola respondí al tiempo que ella continuaba su marcha hasta llegar a la mesa que estaba detrás de mí y abrazar a un hombre corpulento. La sangre se redistribuyó instantáneamente por todos los órganos y extremidades hasta llegar al cerebro (quien dos segundos antes me avisó, a pesar de su avanzado grado de invalidez, que había hecho el ridículo). Sentía que todos me observaban, pero mi esposa era la única que me lanzaba una mirada que helaba la sangre. ¡Idiota!, señaló con rabia. Luego se hundió en una región perdida en las nebulosidades de la indignación. Yo sabía que era lo último que le escucharía esa noche (y quizás el resto de semana). Mañana, o el próximo mes, dependiendo de su humor, cuando vuelva a hacer uso de la palabra, se referirá a ella como “la zorra del centro comercial” (acentuando las comillas con voz temblorosa) y me recordará este episodio hasta el final de mis días para hacerme pagar, de esa manera, la osadía de haberle mostrado, así sea por un par de segundos, la posibilidad de que ese futuro sólido se puede derretir y escurrirse por la rendija de la primera mujer que atraviesa el cuarto piso de un centro comercial.

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Enlaces

Cuando tejes parece que sólo te importara el movimiento de las manos, la puntada que se desprende de las agujas, el empalme de las hebras que emergen del ovillo. Te pierdes en la maniobra hasta arribar a terrenos en los que no puede entrar mi curiosidad y luego, en un galope tenue, regresas intangible, como si tú y tus manos fueran humo de un incendio lejano. Luego me contemplas con curiosidad o miras el televisor que enciendes para que te acompañe en la larga travesía, y retornas, poco después, al imperio de agujas y hebras anudándose, retorciéndose, desentrañando la silueta que va naciendo enredada de tus más olvidados recuerdos.

En la leve ondulación del tejido encuentro razones que no hallé en los fangales de la especulación: creí que te conocía, que sabía quién eras, pero mis ojos no veían el dolor que evades hilando, la angustia que estrangulas en cada giro ni la zozobra que se transforma en prolongados silencios. He aprendido, por tanto, a maravillarme con el jugueteo de las agujas, el dulce traqueteo de sus embates, sus breves escaramuzas y el hermoso milagro de ser testigo del instante en el que te hundes en el semántico murmullo del temor…

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1097 días (732 de Unión Libre)

Primero fue la divergencia de ciudades quien nos obligó a amarnos a cuentagotas, desbaratando la distancia (aquella línea que distribuye kilómetros y caricias), desordenando las horas que se acumularon hasta imponer su pesadez de sombra sobre las noches que anunciaban el desvelo de la despedida, sobre las conversaciones que pregonaban la esperanza del reencuentro.

Después fue el viaje que se hizo definitivo, y con quien vinieron los aguijones de la convivencia que almacena pretextos para reñir, que rasguña el humor, la cotidianidad que acomoda papeles en cajones, que recoge la ropa arrugada en canastas, que transforma el destino montaraz en un presente de camisas planchadas e hipotecas a quince años. Fue una buena decisión, me digo en las mañanas en las que encuentro el amor alineado con las estrellas y en las auroras de sábanas arrugadas por el amor de la media noche, por el jugueteo crepuscular, por los besos que me ofreces poco antes que te lances a ese mar de mujeres y hombres que crecen en la espuma del temor.

Pero cuando estás arisca, cuando los problemas te ponen agresiva o cuando hay dudas o celos, me digo que fue mala idea, que es hora de acuchillar las manos que te tocan y enterrar los versos que quieren robarte una sonrisa. Son días en los que te encierras en un silencio de abismo, en los que tu cuerpo se hace extraño, como si fuera de piedra o ceniza, días en los que las frases hieren con sus filos. Llego a la misma conclusión cuando me corroen los celos, cuando me abruma esta melancolía que se desborda llevándose los recuerdos por las grietas de la brisa, que abate árboles que caen sobre el pasado, que se arremolina en las esquinas del olvido. Me transformo, en ese momento, en un huracán de blasfemias y gritos que amenaza señalando la puerta, como si fuera el dedo de Dios o los renglones del Destino (que ingenuidad suponer que tengo el poder de decidir sobre tu vida o la mía). Luego me tranquilizo, disminuyo de tamaño como el Chapulín Colorado después de tomar pastillas de chiquitolina y me escurro por los ojales de la vergüenza. Tú, aprovechando el repliegue, enumeras los errores que he cometido (los reales, los que aún no han ingresado a esa categoría y los que cometeré en el futuro), sabiendo que ese es el preludio del perdón, del arrumaco de las tres de la mañana, cuando piensas que estoy durmiendo, siendo, en realidad, que finjo el sueño para que te acerques lentamente, como las tinieblas que emergen de todos los rincones, me acaricies la barba, la frente lustrosa y te diga, entre las telarañas del sopor, perdóname, logrando, de esa manera, que el tiempo se encorve hasta llegar a aquella noche en la que te besé el dorso de la mano, en la que me miraste como si hubiera descendido de un platillo volador, y seamos, nuevamente, una pareja acomodándose a los vaivenes del azar, a los caprichos de la vida, una dupla que gana en los complicados cálculos del amor gracias a que la sumatoria de sus actos es mayor a cada acción y a la suma de los circunstancias de cada uno. Al siguiente día bajo a la cocina para hacer el tinto y despedirte con una bendición y un pico apresurado, mientras llega la certeza que la vida es más que el dinero con el que sobornamos la felicidad, más que el futuro con televisores de cuarenta y dos pulgadas, más que las deudas que se emboscan en las promesas de la tarjeta de crédito y muchísimo más que títulos o trofeos. Doy media vuelta, cierro la puerta y subo a dormir entre las cobijas que custodian las incertidumbres de la noche, entre el perfume que te persigue por la casa y las camisas que se mecen por el empuje del rayo de sol que penetra por la rendija que la alborada abrió en la unión de las cortinas…

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Poema horizontal (1)

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Te forcejeo en pasillos donde se apuestan las tinieblas a un golpe de cartas, te debato en cada nombre, en cada recodo del pasado, en cada asedio del presente, en cada mañana en la que debemos separamos con delicadeza de cicatriz, en cada atardecer en el que deseo que seas etérea como las princesas cuando se desmigajan sobre los cuentos de hadas, en el mismo atardecer en el que te dibujo con trazos vacilantes, dudando, avanzando, retrocediendo, borrando (“así no es su melena”, “es más curvas su cadera”, “a esa sonrisa le faltan filos”), hasta quedar solo por todos los costados, sin norte ni sur, con tu imagen alumbrando el camino que lleva hasta la piel que espera mansamente, hasta tu acento de río enfurecido, hasta las noches en las que nos amamos, al borde mismo de la esperanza, sin culpas ni testigo, solos como las palabras que nacen de este silencio que se transforma en zozobra, en dolor, en prosa o en poema…

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730 días (365 de Unión Libre)

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Has perdido la esperanza, después de dos años de conocernos, que yo coma lentamente, como las personas decentes, que cuelgue la ropa en vez de lanzarla a un rincón para que se arrugue, se ensucie, se aje como un papel viejo, que tenga una vida convencional, que estudie matemáticas en lugar de leer, de sentarme a escribir, de perderme en los meandros de la red, que no ronque como una locomotora, que no me comporte como un niño cuando me enfermo o cuando quiero llamar la atención. No es un secreto, por otro lado, que en el mismo periodo me he transformado en un hombre que pierde cabello y dinero con una facilidad pasmosa, que convive con las brumas de la melancolía, que se enferma a la menor provocación y que olvida sus promesas. Es asombroso, por lo tanto, que brillen tus ojos cuando te beso a las seis de la mañana o en las tardes en las que te recibo con una sonrisa torcida, chueca, que sugiere subir las escaleras rápidamente, encerrarnos para querernos entre jadeos encadenados, con posiciones oblicuas que buscan evadir el asedio de chirridos desalentadores (también es maravilloso que sigas creyendo que el futuro nos sorprenderá juntos, a pesar que sabes que mi suerte es juguetona, muchas veces turbia, que mi destino gusta de recovecos y bravatas, que la vida me lleva y trae sin que yo oponga resistencia). Tanta ternura, me digo frente a este panorama, que cabe en tu corazón y yo recompensándolo con este amor ocioso que te nombra con las mismas palabras con las que enseño Integrales o con las que hago reclamos airados, ese sentimiento que retribuyo con la cordialidad de estas manos que no aprendieron a recortar ni a dibujar, con estos dedos que martillean teclados, con estas caricias que se atropellan cuando la sangre emigra hacia regiones australes. Es una suerte, en consecuencia, que el amor arrincone la razón, que ignore desigualdades, que no le importe que ames caribeñamente (es decir, que te enamores hasta la médula de los huesos) mientras yo te ame a la andina (esto es, como las palomas y los gatos), que continúe creciendo a la sombra de las conversaciones de las nueve de la noche o de las rascaditas de espalda, que margine los números, que desdeñe las cifras, que no le importe que acumulemos dos años bajo sus alas ya que para él, para el desorientado amor, sólo ha pasado un segundo desde el instante en el que te di aquel tembloroso beso que te llevó a los callejones de la curiosidad…

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