Archivo mensual: mayo 2009

Hablando Solo (4)

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(Capítulo Anterior)

Cuando sus ojos abandonan el universo abstracto de la evocación, para transformarse en realidad palpable, los cardos punzan las esquinas del alma que no han olvidado el roce de sus entrenadas manos; Fernando, entretanto, diserta sobre las asimetrías del despecho. Aspiro con fuerza el cigarrillo para atenuar el dolor que produce el recuerdo de su mirada.
– ¿Por qué volvió a buscarla?, pregunta Fernando entre la nube de humo.
– ¿Cómo?, pregunto para dilatar el tiempo de la respuesta.
– ¿Por qué demonios volvió a buscar a Juana?, repite acentuando con las manos cada palabra.
– Porque con ella fui feliz, digo después de una pausa.
– ¿Feliz? Eso no se lo creo: nadie puede ser feliz siendo un segundón.
– No fui, en primer lugar, ningún segundón. Recuerde que abandonó al marido para irse a vivir conmigo.
– Para vivir seis meses con usted y luego desaparecer. Eso, más que una proeza, es una vergüenza. Interrumpe. Sea sincero con usted mismo y admita que en ese tiempo fue todo menos feliz.
– Fui feliz, por eso la volví a buscar… reclamo, para ser franco, el amor que encontré con ella. Empino la botella para apurar el último trago de cerveza. Llega, entretanto, la imagen de una banca verde y el frío de una noche de septiembre; retorna, asimismo, sus nalgas apoyadas sobre mis piernas y la humedad de su lengua anegando mi boca. Puede que haya traído, continúo, problemas y un dolor insufrible, pero los días que vivimos juntos fueron lo suficientemente agradables para buscarla otra vez.
– ¿Quién le asegura que de nuevo traerá aquel bienestar que tanto añora?
– Nadie. Sólo permanece la certeza que Juana trajo el esquivo amor al cerco de soledad que me encerraba progresivamente.
– ¡Valiente certeza! Creo que tanta estupidez sólo puede explicarse por el empeño de la carne de prolongar el goce.
– Creo que se equivoca mi alcohólico amigo. La carne sobra en asuntos del amor: sólo quiero reiniciar la relación inconclusa, digo con la voz apagada.
– Si fuera amor lo que arde en su pecho, como afirma, se conformaría con saber que ella encontró tranquilidad lejos de su dañina presencia. Créame, usted lo que tiene es un simple y vulgar encoñamiento: sólo quiere gozar con su cuerpo hasta hartase, para luego abandonarla, como ella hizo con usted. En ese momento levanta la mano para pedir dos cervezas. En el ser humano sólo cabe la corte de afectos siniestros; usted quiere volver a sentir el goce que encontró esos días y desea, además, castigar la afrenta perpetrada. Acá no hay, mi caro amigo, amor ni sentimientos nobles.

Un silencio espeso cae sobre la conversación. En la entrada del local una muchacha mira insistentemente hacia la mesa donde estamos sentados. Tiene una blusa negra que deja ver una franja delgada de su cintura. El cabello cae sobre sus hombros con contundencia. Cuando encuentra mi mirada desvía los ojos hacia la calle. ¿A quién esperará esta niña?, me pregunto al tiempo que arriban las cervezas. Fernando se hunde en el flujo de destellos etílicos. Miro de nuevo a la solitaria muchacha. Sirvo la cerveza en el vaso plástico, me levanto con resolución y camino hacia ella. ¿Quieres bailar?, pregunto con calculada indiferencia. Ella asiente con un delicado ademán de la cabeza y prolonga su delgado brazo en pos de mi mano izquierda; dejo el vaso de cerveza sobre la mesa a la vez que ella me lleva suavemente al espacio libre. El breve lapso de silencio acelera mi corazón por vía de la ansiedad. Suenan, poco después, en sordina, las dos trompetas que preludian el idilio musical; el repique, cinco segundos después, da paso, con devoto silencio, al aristocrático piano, quien, en pleno uso de sus prebendas, colma la elipsis rítmica con sinuoso movimiento; la insurgencia se ve reprimida, al poco tiempo, por la imperial voz de Daniel Santos que revela a la receptora, la dádiva, la razón y la obligación:

Dos gardenias para ti,
con ellas quiero decir:
te quiero, te adoro,
mi vida;
ponle toda tu atención
que serán tu corazón y el mío

La mesa nos espera con la misma paciencia con la que lo hacen las cervezas. Nos sentamos frente a frente. La tanteo con los ojos; ella hace lo propio. ¿A quién esperas?, pregunto a quemarropa. No espero a nadie, contesta sin perturbarse; sólo vengo a escuchar boleros. ¿Te gustan los boleros?, inquiero con asombro. Me gustan las letras de las canciones, contesta; dicen cosas que no expresan otros géneros. En ese orden de ideas, le interpelo, ¿consideras que el hecho de que una rubiácea perezca en el curso de una relación amorosa indica que la receptora de la ofrenda ha cometido adulterio? ¿No cabe, acaso, la posibilidad que la gardenia haya contraído un parásito que medre en su cáliz tubular o en sus flores?, interrogo con sorna. Desengancha una carcajada estrepitosa. Eres un tonto; ¿siempre dices tantas estupideces?, dice con mirada dulce. No, respondo con tono de niño recriminado; sólo las digo cuando quiero impresionar a alguien. ¿Crees qué impresionas a alguien con tantas bobadas?, apunta con mirada sugerente. Un tenue rubor tiñe los lóbulos de mis orejas. Irrumpen, en ese instante, dos cornetas anunciando Amor sin Esperanza, en la inmortal versión de Celio González. ¿No te aburre estar sola en una mesa mirando hacia la calle?, pregunto con manifiesta coquetería. No, confiesa al tiempo que sus dedos índice y pulgar hurtan el cigarrillo que tengo cautivo en mi boca y que pienso encender. Lo pone entre sus delgados labios; toma la caja de fósforos que reposa sobre la mesa; extrae un fósforo de cabeza bermeja y lo rastrilla con fuerza contra la caja hasta que restalla; lo acerca a la punta del cigarrillo al tiempo que inhala con fuerza. Usurpo, segundos después, el cigarrillo que humea en su boca y lo acomodo en mis labios. Calcula la profundidad de mis ojos al tiempo que pregunta:
– Y tú, ¿Por qué vienes a este lugar?
– Vengo en busca de la felicidad.
– ¿La has encontrado?, inquiere al tiempo que toma el cigarrillo de mis labios.
– Hace algunos años la halle resplandeciente en aquella mesa, digo al tiempo que señalo el rincón donde Fernando navega en una embriaguez pedregosa.
– ¿qué paso después?
– Huyó con la aurora. Sus ojos vuelven a hacerse palpables en mi cerebro a la vez que una punzada mansa roe el pecho. Pero no hablemos de eso… mejor hablemos de ti; ¿cómo te llamas?
– Alejandra Castillo
– ¿En tu castillo hay fosos infestados de cocodrilos y torres custodiadas por arqueros?
– Sí, pero el camino para franquear el portón es alcanzable para algunos mortales.
– ¿Qué deben tener aquellos mortales para alcanzar la fortaleza?
– Ciento ochenta mil pesos, responde suavemente.
– Emprendamos, entonces, el viaje al tálamo, le digo al tiempo que bebo el último trago de cerveza. Dame un segundo me despido de mi amigo y salimos.

Camino hasta la mesa donde Fernando cabecea. Me siento al tiempo que Fernando me contempla como si emergiera de sus ensoñaciones. Me voy con la vieja del fondo, digo sin preámbulos. Fernando mira hacia la mesa. Aguanta, concluye después de la pesquisa visual. Se inclina hacia adelante y toma la botella por el talle; la empina y bebe la mitad del contenido de un sorbo.
– Lo veo mal; debería irse para su casa a dormir la borrachera, digo en tono conciliador
– Estoy bien; usted es el que está mal: irse a revolcar con una prepago teniendo esposa.
– Candelaria no es mi esposa… y tampoco está en la casa. Imagino que está con el cabrón de Eduardo… o con cualquier hijueputa. En vez de estar diciendo estupideces, continúo después de una pausa, deje de beber y váyase a la casa.
– ¿El amor que siente, o sintió por Candelaria, es el mismo que profesa por Juana?
– Candelaria fue un capricho; Juana es el único amor que he tenido y que tendré; después de ella no hay nadie. Advierto, para mi vergüenza, la cursilería de la frase.
– Lo será hasta que agote todas sus variantes, como hizo con Candelaria; después aparecerá otra mujer y detrás de ella otra hasta que se dé cuenta que el único amor que existió fue el que sintió por sí mismo.
– Sabe qué: me voy que la niña empieza a aburrirse y no quiero que esté desmotivada.
– Relájese que el importe cubre incómodos retrasos. Mejor admita que su única posesión es la nostalgia de una noche de cervezas y boleros… el resto, mi caro amigo, son delirios de un esquizofrénico, o, quizás, sombras en la eterna noche…
Me levanto y le doy la mano señalando que la conversación ha concluido. Fernando la mira sin tomarla, se acomoda en la silla y cierra los ojos. Elevo los hombros, doy media vuelta y le hago una señal a Alejandra. Ella se levanta y camina lentamente hasta mí. ¿Vas a invitar a tu amigo?, inquiere. ¡Ni loco!, respondo al tiempo que me hundo en sus ojos. Se acerca, me da un beso desabrido, se separa y lanza una mirada lasciva que me impulsa a salir del establecimiento…

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El rugido de los buses rasguña las tinieblas. Deben ser las cinco de la mañana, piensas al tiempo que tus dedos se hunden en la manigua de cabellos de Juana. Sientes la felicidad jugueteando en la boca del estómago. La esquiva felicidad, murmuras. En las infinitas noches del ejército barajaste todos los escenarios que harían posible el arribo de aquel sentimiento de plenitud por el que los humanos devastan montañas, tronchan vidas y envenenan ríos. ¿Por qué será, le preguntas a las sombras, que la felicidad de una persona conlleva a la desventura de otra? El regocijo de tener a Juana entre tus brazos, de haberla poseído, es necesariamente la desdicha de Manuel Cadena, el astado marido de Juana. Una erección tibia germina entre tus piernas. Llegan a tu mente las imágenes desmenuzadas del bar de boleros, del taxista ebrio y, por último, de Juana pidiéndote que te quites la ropa mientras ella entra al baño. Prendiste el televisor para recrear la efervescencia que te subía por los entresijos ; a los diez minutos de interesantes gemidos venusino salió la referida; la miraste de abajo hacía arriba, como aconseja la urbanidad de Carreño; los pies no se le veían por la esquina opuesta de la cama, las rodillas son un poco grandes, como de futbolista, pensaste en ese momento; los muslos, ¡bendición del cielo!, son perfectos, están en el centro de la excelencia: no pertenecen al rollizo pernil de las obesas ni a la magra pierna de las macilentas, remataste. En medio de las dos pilastras de tersa carne, estaba el último bastión abrigado por una diminuta tanga negra de seda, dejando vislumbrar, como una mancha en el crepúsculo, la magnificencia del futuro goce. Navegando hacia regiones más septentrionales estaban los moderados senos que opacan la simetría múltiple de las piernas, la tanga negra y la curva sinuosa que une las caderas, la cintura y el busto. ¡Nada es perfecto!, dice tu padre desde el oscuro averno del pasado. En el pináculo se hallan dos ojos lascivos y unos labios carnosos que prometen amenas felaciones. Después de diferir el inicio del cotejo por el necesario tanteo visual, Juana decide acercase a la cama con pasos cortos. Llega hasta el borde subyacente del lecho, se inclina para posar sus manos en el tálamo, levanta la rodilla izquierda para apoyarse en ella y poder subir la gemela; una vez está afianzada en las cuatro extremidades inicia el abordaje con pasos lentos de felino; te debates entre la excitación y el temor; ella, entre tanto, sigue su lento contoneo hasta que su cabeza está más arriba de tus rodillas. Hay una breve pausa; extiende su mano izquierda y toma con destreza (valga la paradoja semántica) el candente ariete; tasa su firmeza (la del mástil) con rítmicos y vigorosos movimientos ascendentes y descendentes; concluida la primera fase de verificación prosigue con la inspección oral: introduce la cabeza del objeto en los labios carnosos, dándole una chupada enérgica; te retuerces con la segunda incursión de la inquisitiva boca; en este punto del trance Juana se toma confianza iniciando el movimiento conjunto de lengua, labios y manos en magistral coordinación; te deshaces en ridículos gemidos que, en imprevisto acuerdo con los destemplados gritos que salen del reo empotrado en la pared, hacen coro. Concluye el ejercicio con una mirada inquisitiva; se lanza sobre la cama con las piernas abiertas esperando que recompenses los favores recibidos; desciendes, por tanto, al cálido meridión, donde encuentras la negra seda que separa la lengua de su gabela erótica. Tomas el panty por los hilos laterales y lo halas hacía abajo con paciencia, hasta que el guarda empieza a enrollarse; Juana levanta la pelvis para liberar al suave carcelero al tiempo que continúas con la tarea de marginarlo; desciendes por los candentes obeliscos hasta arribar a los anónimos pies. Viajas, un segundo después, en el sentido contrario hasta llegar al otrora cautivo delta; frotas tu mejilla izquierda en su arenosa superficie hasta que la tranquilidad inunda tu corazón; giras un poco y encaras el objeto anhelado; le das la bienvenida con un beso, y procedes a separar los húmedos pétalos con los dedos índice y pulgar; un olor ácido inunda el lugar, lo cual no obsta para que te lances a lamer el timorato cacho de carne que aflora entre los pliegues de la flor; Juana gime con placer al tiempo que mueve el torso en convulsos movimientos; la sacudida te incita a prolongar la faena lingüística hasta el agotamiento. Te levantas para apoyarte en el codo izquierdo y con el derecho le introduces el dedo índice, zapador por excelencia, en la ignota caverna; Juana gime con sincera exaltación…

El recuerdo se evapora con la batahola del corredor. Una mujer vocifera sin concierto. Los dicterios brotan como una catarata de su boca. El radio del celador pasa frente a la puerta desperdigando los compases de la Sonora Matancera. Se escucha al fondo la voz empañada de un hombre. Un segundo después cruzan trotando varias personas. La maraña de gritos rebota en las paredes. ¿Qué pasa?, pregunta Juana con voz encharcada. Nada princesita, dices con ternura. La palma de tu mano derecha vaga por su mejilla. Segundos después te sepultas en la suavidad de su pómulo. Los gritos se extravían en una cresta de frases deshilvanadas que derivan, al final, en sollozos afelpados. Juana sucumbe al embate del sopor. El amanecer, murmuras al tiempo que un destello ajado de luz penetra por la abertura de la cortina. Aquella noche en la oficina de Eduardo supiste que no hallarías sosiego hasta que la aurora te hallara en brazos de Juana. Y acá estás: conociendo el letargo causado por la consumación de un deseo. La ejecución parcial de un deseo, corriges. Un sueño, continúas reflexionando, jamás se consumirá plenamente: siempre quedarán rescoldos que brillarán en la caverna de las apetencias hasta el día en el Caronte arribe en su barca. Una buena noche, continúas con la disertación, escucharé un rumor en el fondo de la memoria; inicialmente será un bisbiseo que crecerá hasta transformarse en una insufrible letanía que pasará a cuchillo todos tus pensamientos. En ese instante te lanzarás a buscar el sabor de su piel en otras pieles y la curva de su cintura en otras cinturas. Ensayarás amaneceres pálidos, como el que cruje detrás de la ventana, y noches etílicas como la que pereció pocas horas atrás. Pero ninguna piel poseerá el relente de almidón, ni ninguna cintura tendrá la excentricidad perfecta; los amaneceres serán más turbios o más refulgentes y a las noches les faltará el bolero que incita el recuerdo o las vocales redondas que invitan a la confesión. Una oleada de congoja anega tu corazón.

De todo aquello me quedo un vacío
como un verso de súbito olvidado

recitas de memoria al viejo Carranza. Quisieras atar el tiempo al perchero y abandonarte al goce eterno de su cuerpo; besarlo y penetrarlo hasta el hartazgo; desenmascarar la sabiduría de aquellas manos que te han conducido a un amor de húmedos callejones y de ventanas enrejadas. Porque esa es la parte que te corresponde en esta aventura: callejones donde la nostalgia se marchitará hasta ulcerarse y verjas desde las que vigilarás tu desventura. Un mordisco certero en la boca del estómago te obliga a apretar los ojos. Ese es el desenlace de los sueños alcanzados: dolores inclementes, atardeceres sangrantes y noches enhebradas en el insomnio. Pero es inevitable, continúas: nadie gobierna sus sentimientos ni dirige sus apetitos. Estos son por definición insensatos: no entienden argumentos ni razonamientos, simplemente quieren asaltar el objeto deseado. Es ineludible, por tanto, que estés recostado en una cama de motel con Juanita, como inevitable será el padecimiento que este hecho traerá a tus días. El lamento de un acordeón rasguña la luz mortecina; segundos después un gemido estrangula el brillo de su tonada. El vagido amoroso provocar un cosquilleo espeso que te impulsa a despertar a Juana. Mi vida, dices con tono azucarado. Juana abre los ojos lentamente, como si le doliera abrirlos. Mi vida linda, murmuras tiernamente. Juana lee tus ojos; sonríe y te toma por la nuca para acercarte. Sientes su lengua clavándose en tu boca al tiempo que Beto Zabaleta canta detrás de la pared:

el que persigue placeres se choca
después de haber deshojado una rosa
con un camino de espinas

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