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Mínimas (28)

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Qué ingenuidad imaginar que te puedo dar todo: cielos, atardeceres, noches estrelladas, versos y libros… sólo puedo ofrecerte una esquina de mi melancolía, las yemas de mis dedos, algunas sonrisas inclinadas y un beso que no olvidarán tus labios… el resto, lo que vendrá después, serán cifras, anécdotas, efemérides, estadísticas… sólo pasto y cieno para el olvido…

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En la otra orilla del deseo

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Sé que vendrás un crepúsculo lluvioso y triste como la que agoniza al otro lado de la ventana. Primero arribarán el estruendo de hierros rasguñando la arena, el golpe del mar contra el casco del barco y tus pies cayendo sobre la gravilla; después subirás con tus pasos de felina con la certeza que te esperaré detrás de la espesa manigua de verbos y adjetivos. En ese instante renacerá ese amor adúltero que nos unía en los atardeceres de lloviznas horizontales, de tintos perpetuos en las cafeterías de la universidad, de miradas seductoras y sonrisas delatoras. Veré emerger, entre las fibras de las reminiscencias, tu cabello peinado al azar, tus ojos iluminando las tinieblas de las cinco de la tarde, tu imperfecta nariz, los labios que mordía en las noches de luna llena, el largo cuello, los senos que medí con los dedos que ahora cabalgan sobre el teclado, la cintura de arcos convergentes, las anchas caderas a las que me aferraba en el naufragio de gemidos y sábanas, los apetitosos muslos y, al final de este inventario, aparecerán tus enormes pies. Estarás completa ante mí, con todas tus sombras y con todos tus filos; caminarás hacia el pizarrón donde espera el proyecto que dibujamos a dos manos; contemplarás la ventana arqueada, el humo y la ceniza que huye de la chimenea, las montañas gemelas, los asteriscos que imitan luceros y los sonrientes muñequitos tomados de la mano. Borrarás, acto seguido, tu retrato de tiza (empezarás por las líneas que emergen como dos hebras de la falda triangular, seguirás con los tres cabellos que imitan la moña que te hacías después del amor de las seis de la tarde y concluirás con el muñón que se aferra al trazo que reproduce mi mano), modificarás la simetría de las colinas y desvanecerás el hollín que sobrevivió al olvido. Darás inmediatamente la vuelta dejando aquella ventana desde la que observaré, en medio de la caprichosa soledad, los fragmentos que la brisa llevará enredada en sus brazos…

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Letanía fúnebre

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Contemplo la procesión escondida atrás de un arbusto, para que no me vean tu esposa, tu hermana o tu mamá. Se ven tan tristes, tan acongojadas, como si una parte de su vida (acaso la más valiosa) se hubiera ido contigo al abismo de la muerte. Ellas siempre te imaginaron ajeno a los caprichos de la carne, a los dientes de la ira, a la traición…si supieran la clase de persona que fuiste en vida; la violencia con la que me hacías tuya en los moteles a los que me llevaste por años, las dos criaturas que nacieron de nuestra relación y los puños y patadas con las que decías defenderlas de mí (como si yo tuviera la capacidad de amenazar su estabilidad de oropel)… ¿Recuerdas cuando nos conocimos en la universidad? Yo era una niña incapaz de calificar la bondad de los humanos; llegó, al poco tiempo, aquello que las adolescentes ingenuas y los novelistas de tercera llaman amor y, después de él, la violencia (tú única arma) con la que me obligaste a acostarme con tus amigos para financiar el inicio de tu carrera de degradación… se escucha, mi querido capitán, la tierra golpeando tu cajón (¡cómo odio ese sonido que presagia el vacio eterno!). Empiezan a llorarte tus mujeres (entre quienes me incluyo a pesar de haberme prometido no concederte una lágrima de despedida). Los empleados lanzan paladas – tras, tras, tras- con el afán propio de los que dejan el aguardiente y la noche temblando en los labios de una mujer; no miran a nadie, simplemente lanzan la tierra contra la sombra del destino, sin la menor consideración con los dolientes. Una llovizna viscosa cae sobre la espalda de los obreros, sobre el dolor que roe la respiración de tus mujeres, sobre el odio que amenaza desbarrancarme, sobre la indiferencia del tiempo. Los jornaleros dan la última palada; recogen las herramientas y se marchan dando trancos urgentes. Los pocos asistentes se amparan, cuando la llovizna deriva en aguacero, en los árboles vecinos. Queda, en medio del tropel de personas corriendo, las coronas pisoteadas, tu esposa vislumbrando su estrenada condición de viuda y el olvido erosionando tu pasado…

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Instrucciones para Despedir un Amor

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Dedicado a las mujeres que despiden, despidieron o despedirán, un amor.

Reemplace, en primer lugar, los ojos que lo amaron; destituya los gladiolos que murmuran desde el pasado; corte la mano que acaricio su frente y entiérrela en los surcos del olvido. Tronche, acto seguido, la luna y expulse las tinieblas que suspiran su nombre. Es de suma importancia que no olvide, en este punto, apagar la voz que mascullaba obscenidades y los labios que medían la geografía de su piel (si no toma en cuenta esta advertencia es probable que la traicione el corazón). Acuchille, una vez se han cerrado las rutas de la evocación, los versos que palpitan detrás de la fotografía, borre las estelas de su sonrisa, anule su voz, apuñale sus palabras, lije sus abrazos, degrade sus afirmaciones y repudie su memoria. Saque -si su voluntad no se ha desmigajado en alguno de los pasos anteriores- la mano que le queda (recuerde que la otra está enterrada en los surcos del olvido); despídase de él, de usted, de las calles que concurrían a su cinismo, del gorjeo de las alondras, de sus besos y de aquel rincón de su cuerpo al que se aferraba en las noches de desasosiego. Encienda, para terminar, su mejor sonrisa y entréguese al azar de los amores susurrantes.

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Mínimas (3)

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Instrucciones para el Olvido

Mírela a los ojos y admita todas las imputaciones que le haga. Póngase, una vez las palabras hayan enturbiado el aire, el antifaz de villano y permita que la infamia opaque lentamente los recuerdos edificados en las tardes de ocio y en las noches de pasión. Permítales maldecir el día en el que se conocieron; déjela llorar desconsoladamente para, al final –bien el final-, abandonarla en el calvario que sus actos han suscitado…

Si sigue las instrucciones le garantizamos que al término de tres meses usted será una ventana olvidada en algún callejón de su memoria.

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