Archivo mensual: mayo 2011

Alambrada

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Nos conocimos una tarde angosta y lluviosa, como todas las de aquel año. Transitabas una relación sin norte a la que te aferrabas para no caer a las ciénagas de la soledad. Una noche me presentaste a tu novio a regañadientes, acaso para evadir el hecho que lo habías negado entre miradas sugestivas. Hubiera querido tranquilizarte, decirte que no me incomodaba ser, en el reparto de tus diecisiete años, el amante que se esconde bajo la cama, pero te fuiste antes que pudiera emitir la primera palabra. Los días pasaron y emergías entre ellos con la misma relación, con el mismo novio del que sólo escuchaba algunas referencias indecisas, borrosas acaso, con las que querías salvar tu parte en la responsabilidad de amarlo a perpetuidad (como se aconseja hacerlo en los albores de la vida). Confieso que no te incitaba a abandonarlo ni te invitaba a traicionarlo: tan sólo permitía que me encontraras en bibliotecas o en salones despoblados en los que me hablabas a pesar del temor que te despertaban mis sonrisas ambiguas, mi trato de imprecisa ternura. La existencia fue, sin embargo, acumulando aquel sentimiento que crecía tranquilamente (como dicen que se hace el verso en las cavernas del alma) hasta obligarnos a encontrarnos de vez en cuando para repasar los argumentos de la novela en la que no me decidía, a pesar de la persistencia con la que aparecías en la penumbra de mis compromisos, a ser tu amante y en la que no te arriesgabas a cruzar los vaporosos límites de la prudencia. Después aparecieron personajes que ensombrecieron las líneas argumentales con su lubricidad o con su obstinación y quienes, debemos admitirlo, se apropiaron de los terrenos que habíamos obtenido a fuerza de sonrisas emboscadas, de conversaciones al amparo del azar, de comentarios alusivos a lo que podría ser el amor… y fue justamente este avance quien ahora nos compromete a vernos bajo el asedio de los alambrados que ellos alinearon para impedir que usurpemos las comarcas en las que fuimos felices a pesar que no dimos el paso definitivo, a pesar que no dijimos aquella frase que hubiera hecho posible lo que vislumbrábamos en el tejido de los segundos y de las que nos expulsaron hasta el momento en el que podamos mirarnos a los ojos para decirnos, abierta y francamente, “estuve esperándote todo este tiempo”…

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Venganza

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Cuando te vi eras, a duras penas, una madriguera de huesos, un murmullo de sueños tronchados, de miradas aleteando en la pestilencia de la esperanza. Supe por el rumor de compañeros que te marchitaste en el frenesí de noches etílicas, de amaneceres enclaustrados en líneas de cocaína, entre anotaciones marginales, entre publicaciones en revistas de prestancia. No supiste, por lo visto, que las cumbres se hicieron para no caer estrepitosamente, frente a los ojos de quienes te vieron subir, frente a aquellos en quienes te apoyaste para alcanzar las ranuras, los resquicios por los que ascendiste lentamente, con los ojos abotagados por la soledad. Dicen, asimismo, que el desplome, consecuente con tus excesos, fue vertiginoso: regresaste a Colombia sin un centavo, con el vicio galopante, radical, azotándote las entrañas; luego arribaron los fracasos desde los que caíste, sin fanfarrias ni bravuconerías, a la calle en la que vendes tu cuerpo por poco más que un mendrugo de pan.

Fue justamente allí donde te encontré mientras te insinuabas a un borracho a quien, a pesar del estímulo etílico, no le conmoviste los paisajes bajos. Si él supiera, pensaba mientras contemplaba la escena, que acaba de despreciar a la mujer que en la Universidad Nacional (y supongo que también en la UBA) todos deseaban y todas envidiaban, la que despertaba bisbiseos cuando pasaba con su contoneo de carnes sabrosas por el Jardín del Freud o por la Plaza Ché. Al verme dudaste entre seguir el camino o venir hacia mí. Te sonreí para que perdieras el temor del rechazo. ¿Tienes dinero?, inquiriste en reemplazo del saludo. Asentí con un movimiento leve, casi imperceptible, de la cabeza. Dame un poco y verás que te haré recordar los buenos tiempos, afirmaste con la voz extenuada de negociaciones y porros. No es necesario, dije para acortar el trámite. Extraje un puñado de billetes y te los entregue sin ceremonia; di media vuelta y caminé hacia la Avenida Caracas con la certeza que cobraba, por la espinosa ruta de los alucinógenos, el rechazo al que me sometiste durante años…

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Sé que nuestro amor no podía existir

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que no era factible que camináramos tomados de las manos sin que nos doliera la traición, que no era posible la aventura de lanzarnos por las cataratas de la lubricidad puesto que entendía que las cumbres de tu cuerpo estaban fuera del alcance de quijotes y quijotadas, que ni siquiera era viable una faena de una tarde porque emergerían, de las barricadas sociales y emocionales, argumentos de mirada ceñuda, de manos crispadas, que indicarían (que nos indicarían) que debíamos conservar aquella amable distancia con la que te llevaba de la mano por las Ecuaciones Diferenciales y que en cuyo tránsito no nos fue permitido sentir los sobresaltos del amor ni los arrebatos del deseo. Sin embargo, sin saber cómo, de qué grieta del corazón o de la vida, empecé a suponer que, más allá de ese cordial intercambio comercial, de esa peregrinación por las matemáticas, de ese ir y venir por el pasado, existía un afecto que tenía la facultad de abrir pestillos, de bajar persianas y de esconder prejuicios para que pudiésemos estar tranquilos con las manifestaciones de ternura, con las pasiones que, por aquellas maromas de la imaginación, por aquellos desvaríos de la razón, creía recíprocas y de las que no pude probar su veracidad gracias a que saliste de mi vida una tarde cualquiera, sin portazos ni homenajes, como una sombra que se pierde en los brotes de la noche, sin que tus pasos hayan dejado estelas en las callejuelas empedradas por las que errábamos después de clase, en el parqueadero en el que te miré con ternura ni en la terraza a la que no me atreví a entrar por temor de encontrar aquella mesa en la que te expiaba mientras batallabas contra integrales y series y en cuya superficie te leí aquel fragmento de El Día Señalado en el que encontraste la belleza y el dolor del que hiere por el uso de la existencia (“Sabía que alguien torció nuestro camino, que nosotros torceríamos el de alguien, con o sin culpa”); cerrándome, en suma, el camino a conjeturas laberínticas, a espinosas entelequias en las que te esconderías en mi pecho para huir de tardes soleadas, de algunos naufragios, de aquellas goteras que el tedio abre en el marquesina de los días y de quienes queríamos escapar por las fértiles rutas de la traición…

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