Archivo mensual: octubre 2011

Amor posible

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Dedicado a Oscar Romero

Sólo hay música y una pareja en la mesa del fondo. La conversación serpentea entre las fosforescencias que emite el LCD.

-esta es la razón por la que lo traje a este lugar, anuncia Oscar al tiempo que la mesera sube las escaleras.

Ella dice el nombre pero se enreda en las guitarras eléctricas al tiempo que lanza una sonrisa protocolaria, fatigosa. Nos entrega dos cartones plastificados de cuarto de pliego, da media vuelta y baja por las mismas escaleras que la trajeron a este paraje de miradas extenuadas.

-Mamasita, grita Oscar para desahogarse, para darle vía al deseo carnal, animal, que lo trae cada dos meses a este bar de mesas pequeñas, de sillas incómodas, en el que naufragamos entre los centelleos de un aguacero bogotano. Esa vieja me trae loco, concluye como si no hubiera espacio en esta grieta del amor para otra explicación. Quisiera indagar por los detalles donde, asegura Luis Carlos, habita el diablo, pero la muchacha está nuevamente a nuestro lado. Ahora me doy la licencia de contemplarla descaradamente, sin recato, para entender, si acaso ese verbo tiene lugar en las praderas del deseo, por qué lo trastorna. Ella sonríe nerviosa, intimidada por mis ojos que la recorren como si fuera el mar que me espera amarrado en la bahía de Santa Marta. Pedimos, para calentar la noche, un tinto y una aromática. Gira nuevamente pero esta vez lo hace pausadamente (o así me parece), en cámara lenta, para empezar a deslizarse entre el bajo y la batería de alguno de esos grupos que nunca conoceré.

Ahora la curiosidad empieza a transformarse en deseo, incluso en excitación: no puedo evitar acosarla en busca de su pasado, de su presente, de su edad, de su correo electrónico, de su teléfono o de cualquier reducto que encienda esa lucecita que me aferra a una mujer por años. Contemplo a Oscar y lo veo con la misma inquietud persiguiendo sus movimientos avasalladores, como si quisiera calcular su respiración en la noche o sus carcajadas a orillas del amanecer. Vuelve a subir para llevarse los pocillos. Ahora es ella quien nos mira con curiosidad, ha quedado atrás la vacilación de minutos antes, ahora es, al parecer, dueña de la situación, poseedora del mango de esta sartén en la que burbujean testosterona y feromonas.

-quiero un litro de cerveza de la casa, pide Oscar para evadir la mirada que empieza a acuchillarlo.

-¿con dos vasos?, inquiere con la tranquilidad que supone el intercambio comercial.

-uno solo porque él no puede tomar alcohol, dice señalándome con los ojos y con la voz.

Vuelve a salir de escena. Iniciamos conversaciones fracturadas, atiborradas de hendiduras, de quebraduras por las que entran sus ojos, su cabello negro, sus nalgas enormes, apetitosas como pocas, su espalda ancha, como de nadadora, sus manos acostumbradas a la vida, sus labios que frecuentan el regaño, el reclamo airado

-se ve que es furiosa, digo para evitar ese silencio que se presenta como un barranco por el que podríamos precipitarnos con las horas, con los recuerdos, con las esperanzas y con todo aquello que no se ha llevado la melancolía.

Reaparece con una jarra saturada de un brebaje negro como la noche que se deshace en jirones de lluvia, en hilachas de frío, un vaso largo en el que sirve la bebida y un portavasos rectangular. Da media vuelta y se escabulle de la voracidad con la que Oscar la contempla, del deseo que quiere hacerse demencia, de las ansias que se desbordan en conjeturas, en fantasías que se transforman en palabras, en versos de canciones

“En qué lugar me ocultas,
En qué lugar me pierdes”.

Minutos después, entre las manos que se deshacen en el tedio, cae al suelo el portavasos y al levantarlo nos damos cuenta que tiene un texto en el respaldo.

“Salgo en una hora. Manda al calvito a la casa y nos vamos para Chapinero”

Oscar me mira con incredulidad al tiempo que lo contemplo con envidia. Él relee para encontrar una frase, una letra siquiera que explique esta nota que no comparece con la indiferencia que ella mostró en las dieciocho visitas anteriores ni con esa crueldad de Dios o del Destino que impide que nos suceda algo extraordinario, algo que merezca salvarse del olvido, ponerse en letra de molde para la posteridad.

-pida otro litro y pregúntele dónde se ven, afirmo con la resignación que esta noche el amor ha jugado a su favor; si la nota iba para otra mesa ella se hará la loca y ahí quedará el asunto; pero si es para usted no dudará en darle las coordenadas.

A los pocos minutos ella sube sin que nadie la haya llamado. Camina hacia la mesa con un contoneo sabroso y con una sonrisa enigmática.

-¿Desean tomar algo más?, pregunta clavando la mirada en los ojos de Oscar.

-Otro litro de cerveza y saber en qué lugar nos encontramos, responde arrastrado por su sensualidad luminosa que expulsa todas las sombras que la duda había sembrado en su cabeza.

-en una hora en la esquina de la ochenta con once, indica tranquilamente; no tomes mucho que te necesito en tus cinco sentidos, concluye con esa voz que ponen las mujeres para sugerir noches desenfrenadas…

-creo que debo irme, indico al tiempo que me levanto; me cuenta, digo por decir algo, porque a estas alturas de la noche, en esta encrucijada de eventos, no hay lugar para las palabras.

En el bus pienso que a esa hora Oscar empieza a transformar una entelequia en Realidad que es, por definición, inamovible, de acero, , perdiendo, por tanto, cientos de interpretaciones (todas perfectas) por una que será incompleta, que estará atiborrada de tachones, de borrones, de lunares que no se removerán, que persistirán para la eternidad, que crecerán, si acaso tiene la posibilidad, hasta hacerse fallas incorregibles, vicios que devastarán lo bueno que aún sobrevivirá en la relación (sin importar la naturaleza de esta). Yo, por el contrario, me digo mientras el bus esquiva baches y charcos de agua, tendré la posibilidad de tirármela detrás de la barra, o hacer trío con su compañera, o ser quien reciba el mensaje, quien la espere entre la llovizna, entre los taxis y los vendedores ambulantes, para irnos hacia Chapinero a concluir la jornada con una faena amatoria digna de perpetuarse en cintas de treinta y cinco milímetros…

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Ciénaga

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Sé que fue un golpe de ingenuidad suponerte interesada en estas aguas desamparadas, de tempestuosos remolinos, de lechos cenagosos, de algas que se desprenden de árboles muertos y troncos naufragando con angustiadas hormigas en su lomo. Pero sabes, lo supiste desde que me viste sentado a espaldas de La Pola con una novela de Mejía Vallejo en las manos, que soy un soñador, un romántico de suelas raídas, de versos chuecos, un quijote sin rocinante que vaga y vaga por las praderas del tiempo. La culpa, como bien dijiste, no es de los argumentos, ni de las fantasías, ni siquiera de las circunstancias, la culpa es mía por no haber tenido la fuerza para enamorarte sin darle espacio a reclamos de la razón, a especulaciones de amigas que intentarían hacerte bajar de esa nube ni a consejos de familiares bienintencionados. Nada ni nadie habría tenido lugar en este amor que te robaría la cabeza y del que te sentirías tan orgullosa como si fuera un hijo. Pero los hechos no dieron la talla o no dieron la talla las palabras (mis palabras), o quizás tardé mucho en darme cuenta que era ternura esa sonrisa que se emboscaba cuando pronunciaba tu nombre o que era pasión esa necesidad de estar a tu lado. El caso es que una tarde desahuciaste mis esperanzas de un solo tajo abandonándome a mi suerte (que dicen que es poca), dejándote llevar por este río de horas y minutos sin que el aire te tocara, sin que mi voz te alcanzara, sin que mis manos pudieran detener la huida, hasta que fuiste una sombra, luego una hebra y al final un punto que se desvanecía en las encías del horizonte. Es difícil, ahora que lo pienso, sentir este destino vulgar, de muchedumbre, de hombre que pudo conocer tus silencios arcangélicos, tus besos de querube y quien ahora debe resignarse a ser esta charca que se embotella en los recuerdos, que se atasca en el enjambre de suposiciones, que se solaza contemplándote en el horizonte que desaparece entre las lluvias de octubre…

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Tejido del Destino

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Dice Silvio que “la noche es traviesa cuando se teje el azar”, pero olvidaba, al decirlo, que es más juguetona la mañana en la que el destino enfila tus pasos a una calle empedrada que remata en un Café donde te esperan un par de ojos olvidados, perdidos en las telarañas de los años, unos labios sonrientes, unas piernas que se cruzan y descruzan al ritmo de tus interrogantes, unas manos que buscan las tuyas en la densidad de la llovizna que desciende de las montañas o que asciende de la sabana (no puedes determinarlo en estos meses donde las nubes viajan a toda hora y en todas las direcciones cargadas de aguaceros bíblicos), de un pasado que reverdece en los sardineles de las horas que empiezan a detenerse, a llenarse de la misma ansiedad que tuviste en los meses que se hundieron en el naufragio de esperanzas. Luego vienen los arqueos, la sumatoria de amores que sobrevinieron a la ausencia, la novia que se transformó en esposa, el novio que no abandonó a pesar de aquella noche en la que él se extravió en los laberintos del alcohol y que concluyó en un Motel de Chapinero, pero a quien le terminó meses después por un viaje imprevisto. Alguien sonríe en un recoveco de este relato por el tejido de circunstancias que quieres llamar Coincidencia con mayúscula, son cosas del destino, dice ella con una cursiva que quiere hacerse sensual, insinuante, que busca tu cerebro, tus argumentos adoloridos, achatados por los años, para volver a enamorarse, si acaso lo estuvo alguna vez, de aquellas palabras que vibraban en aquel rinconcito del corazón que piensas, que quieres creer, sólo te pertenece a ti. Los cafés se transforman en cervezas, en empanadas para evadir la insensatez de beber sin haber almorzado, en monedas de quinientos que se hacen Canto Social en la rocola, que se hacen recuerdos de universidad, ¿has vuelto?, preguntas, ¿con qué tiempo?, responde, sonríen por quinta vez. Le tomas la mano, le acaricias el torso con el pulgar, ella apresa la mano libre, arriban los recuerdos de tu esposa, los de su prometido, saben que es la última oportunidad de despedirse y dejar el asunto de ese tamaño, pero ninguno quiere irse a la casa o regresar al trabajo a esta hora de la tarde, con esa lluvia que ensombrece el local, con esas ganas de ponerse rebelde con el matrimonio que te hace feliz pero al que no le caería mal una pequeña pausa, con el compromiso que la tiene endeudada con todos los bancos de la ciudad y al que, al igual que tu matrimonio, le caería bien un paréntesis de dos horas. Saben que se irán a la cama a la menor provocación, a la primera propuesta, pero ella quiere que seas tú quien cargue con la responsabilidad, que seas tú a quien pueda culpar esta noche o mañana, cuando el alcohol se desfiguré en dolor de cabeza, en sed insobornable, en depresión, cuando no seas más que la esquirla de sus años universitarios, cuando ella sea motivo de orgullo porque, no lo puedes negar, y menos después de tantas cervezas, que ahora está mejor que en sus épocas de universitaria (días en los que se la pasaba un poco andrajosa, con camisetas de cuellos raidos, con pantalones dos tallas más grandes que su medida, con tenis agujereados). Vamos a un lugar menos ruidoso, te oyes decir sin saber qué o quién habla por ti, ¡listo!, te responde con los ojos vidriosos, con el corazón a todo galope. Salen dando pasos vacilantes, confusos como la tarde que quiere hacerse noche, se dirigen a sus carros, sígueme, dices con la lengua estropajosa, ¡okey!, acepta con las manos sudorosas, enciendes el radio, pones rock, subes el volumen para cantar a voz en cuello, piensas en tu esposa que a esta hora empaca la ropa para irse de tu vida dando un portazo, aburrida que llegue todas las noches borracho, oliendo a mujer, comenta tu ex esposa a una amiga del trabajo mientras desencajona la ropa interior. Ella, entretanto, empieza a creer que no es tan buena idea, después de todo, aquello de darle un alto a una relación que la ha alejado de los periodos de depresión, que la ha estabilizado en todos los campos de su vida, piensa, entonces, en su prometido, en su bondad, en lo respetuoso que ha sido en estos tres años de noviazgo, al tiempo que él está con su amante, quien le recrimina, una vez más, que debe decidir entre su “noviazgo” (usa comillas hirientes) y su hijo de un año, él entretanto piensa en lo bien que se siente con ellos, en lo fastidiosa que se ha puesto su novia con los preparativos de la boda. Ellos, ustedes, entretanto, pasan frente a la Universidad Nacional, la observan con melancolía, recuerdas cuando la viste por primera vez en Piscoanálisis, ella evoca cuando pelearon en la Biblioteca Central por un libro de Amarrortu, los dos sonríen, tú miras por el retrovisor para comprobar que sigue detrás tuyo, ella te mira a través de la llovizna, se les olvida, de nuevo, tu esposa y su prometido, se internan por la Calle Veintiséis al tiempo que suena en algún lado, en alguna parte de mi cerebro, la canción de Silvio Rodríguez que inspiró esta narración, que les dio vida a partir del verso que encabeza este texto y que los tiene al borde de la traición o que los tiene, nadie lo sabe (ni siquiera yo que soy quien les da vida, quien les da movimiento a las los hechos), a las puertas de una relación, de una vida nueva o, quizás, de una existencia diferente de aquella que en este momento los encamina hacia el Motel al que llevas a todas tus conquistas…

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Juramento

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Eran las nueve de una noche de comienzos del noventa y nueve. Esperábamos ansiosos a un grupo de mujeres que Nabyl y El Negro habían enganchado en uno de los primeros chats de hispanoparlantes.

-El futuro está en los chats, afirmaba Nabyl para amedrentar la ansiedad que a esas horas, en aquel paraje solitario y desconocido, empezaba a solidificarse, a hacerse palpable, a transformarse en un silencio compacto, impenetrable. Llegará el día en el que sólo se podrán hacer levantes por ese medio, remataba con una confianza que emergía de las manos que nunca abandonaban los movimientos frenéticos.

A los cinco minutos llegó un grupo de siete mujeres que, a lo lejos y bajo las tinieblas de esa hora, parecían tan atractivas como las imaginaba El Negro cuando chateó con ellas. Llegó el desquite, me decía en tanto se aproximaban tímidas o, acaso, temerosas de nosotros y de nuestras intenciones.

-vaya Nabyl, salúdelas, demandó una voz acostumbrada al trato áspero y quien se encontraba, a esa altura de la noche, lacerada por varias rondas de aguardiente litreado y por no pocas cajetillas de cigarrillos.

Él, habituado a llevar sus planes hasta las últimas consecuencias (especialmente si en ellos se incluían mujeres y romances), fue al sitio donde se detuvo el grupo. A los tres minutos regresó con cara de acontecimiento.

-las viejas no son como las imaginamos; propongo que vayamos con ellas y que cada quien decida qué hace: si quedarse, rumbeárselas, comérselas o irse para la casa, dijo antes que le lanzáramos la primera pregunta.

-¿están muy pailas?, inquirió Walther con la mirada opacándose a causa de la desilusión.

-lo voy a poner en estos términos: la única que aguanta le faltan dos dientes.

Quisimos reír pero todos sabíamos que Nabyl, Nabylón, en estos casos no cometía la imprudencia de mentirnos, de llevarnos con embustes al matadero, de lanzarnos a los brazos del matarife con los ojos vendados.

-eso hagámosle sin asco, invitó el Negro con timbre enérgico.

-de una, apoyé con poca convicción.

Fuimos hacia ellas lentamente, con desconfianza, algunos evitando las risas nerviosas, otros bebiendo de la caja de vino que habíamos llevado para paladear el frío, los de más allá contemplando el pavimento fracturado, deshecho, calamitoso, los más escépticos examinando la luna que se ocultaba tras un rebaño de nubes.

Ellas, imagino, sintieron el impulso de correr al ver a un grupo de doce hombres de miradas agrias, de tufos de ochenta octanos, de camisas raídas, de melenas indómitas, de barbas de varios días, hombres, en suma, que daban la impresión de haber descendido de las montañas o de haber sido liberados, horas atrás, de una prisión.

-pensábamos que eran menos, afirmó una muchacha que descollaba por un abdomen prominente.

Quisimos explicarles que éramos cinco, los cinco de siempre, los del colegio, los de toda la vida, pero camino al bus se fueron uniendo vecinos y amigos que encontramos al paso y quienes al oír de mujeres hermosas, de piernas inabarcables, de nalgámenes apetitosos, se unieron ofreciendo dinero para el trago, tarjetas de amigos que administran moteles y toda suerte de promesas y ofertas que serían útiles en el momento de rematar la velada, pero preferimos callarnos, dejar que las circunstancias continuaran en su desplome, en su inevitable inclinación hacia la desesperanza.

-Nosotros pensamos lo mismo de ustedes, respondió un desconocido que no sabíamos de dónde había salido ni quién lo había invitado. Mejor vamos a bailar, concluyó para zanjar cualquier conato de réplica.

-Conocemos un sitio bueno, afirmó la muchacha que me contemplaba con ojos golosos.

Ellas emprendieron la caminata entre bisbiseos y carcajadas emboscadas en tanto que nosotros, hundidos en un silencio sepulcral, les seguíamos con la certeza que cometíamos un gran error. Dos cuadras después, bajo un letrero oxidado, de letras desteñidas por las encías del tiempo, emergían los compases de vallenatos lastimeros.

-acá es, dijo la desdentada

-vaya marica y nos dice qué tal está el sitio, instó Walther para que yo midiera el caletre del establecimiento.

Me asomé en la puerta y vi en las vecindades de la barra a un joven con una chaqueta enlazada al brazo izquierdo y con una correa en la derecha defendiéndose de otro que enarbolaba una patecabra y quien tenía la clara intención de apuñalearlo.

-hay dos manes dándose chuzo, resumí.

-mejor vamos para otro lado, dijo la voz azucarada de una muchacha que estaba abrazada a un vecino del Negro, al tiempo que emprendía el camino por una calle oscura, tenebrosa, lóbrega como todas las calles del sector.

Fuimos detrás de la pareja que caminaba lentamente, como si quisieran perpetuar el placer de abrazarse y de hablar a media voz, con la sonrisa colgando de las comisuras de los labios.

Ocho cuadras después llegamos a un lugar igual que el anterior: letrero en lata, puerta pequeña, vallenatos magullando la noche. Adentro dos parejas de borrachos bailaban por el empuje de la música mientras una mujer de edad incierta cabeceaba detrás de la barra. Unimos cuatro mesas al tiempo que El Negro, con aquel entusiasmo financiero que lo acompañó buena parte de su juventud, sugería pidiéramos dos botellas de aguardiente en lugar de perder la plata en rondas de cerveza.

Al filo de la media noche, gracias a la acumulación de alcohol, sueño y testosterona, se inició una pelea con botellas despicadas, butacas estrellándose contra paredes y ventanas, improperios y alaridos de mujeres queriendo imponer el orden. Miré, al escuchar el primer estallido, a los ojos a Nabyl para confirmar que haríamos lo mismo: salir corriendo para no pagar la cuenta y, de paso, para espantar la frustración de ver a los otros, a los vecinos y amigos, a los desconocidos que encontramos en el camino, bailando y besándose con las mujeres que nos correspondían por el derecho que concedía el hecho de haberlas cotizado en el escaso y difícil espacio de la virtualidad. Salimos, en efecto, entre la gritería y quinientos metros más adelante, cuando sabíamos que no nos podían encontrar, que nadie nos seguía, nos detuvimos para constatar que estábamos los cinco, los de siempre, los de toda la vida (el último en llegar fue Suarez quien por aquellas intrigas del azar, por aquellas paradojas de la noche, había tomado la calle equivocada).

-de la nevera, dijo El Negro al tiempo que enarbolaba una botella de ron.

-de la mesa, continúe mientras exhibía el remanente de aguardiente que sobrevivía antes de empezar la gresca.

-de la barra, concluyó Nabyl al tiempo que empuñaba una paca de cigarrillos.

Soltamos una carcajada al corroborar que persistían las enseñanzas adquiridas en colegios públicos y y diversos batallones del circuito militar de Colombia. Buscamos, poco después, el parque más cercano para aguardar el arribo del amanecer bogotano entre tragos, risas, evocaciones y todo aquello que brota de las ranuras de las almas irresponsables. A las seis de la mañana, o quizás un poco antes, cuando nace un brillo incierto en los contornos de las montañas, cuando empiezan a trinar copetones desde arbustos completamente secos, me paré con la mirada vidriosa, con las manos temblorosas, los contemplé con dificultad al tiempo que les decía, con la lengua estropajosa: juro solemnemente que este trance lo rescataré de las arenas del olvido, de los barrancos de la ingratitud, para gloria de las futuras generaciones. Levanté, acto seguido, el remanente de ron y lo apuré de un sorbo teatral, pomposo, como todos los movimientos generados por el alcohol al tiempo que la promesa empezaba a diluirse en las circunvalaciones del lóbulo frontal, a desdibujarse de mi cerebro hasta que, a las seis de la mañana de hoy, por aquellas intrigas de la memoria, emergió sólida, concreta, como si la hubiera hecho minutos atrás…

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