Archivo mensual: septiembre 2011

Ensueño

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Después de ser cierta, concreta como las rosas o la brisa, te perdiste en las arrugas de las horas, en el filo de las obligaciones, hasta transformarte en sueños, en entelequias que escondo de los amigos, del olvido que rastrea las sonrisas que se escapan a las diez de la mañana (momento en el que llegas a mis manos y a mi voz), de mi esposa que te presiente en las sombras de la noche, en la algarabía de la cotidianidad… Y es justamente en ellos, en los sueños, cuando reanudamos las caminatas por La Candelaria o inventamos nuevos lugares para entablar las conversaciones laberínticas en las que te desvaneces en la bruma del tiempo hasta hacerte transparente, casi invisible, para luego desaparecer en las vecindades de las bibliotecas o en los eternos pastizales que habitan mis fantasías. Te busco, segundos después, en las voces, en el brillo de los ojos, en el cabeceo de las begonias, en las fracturas de los andenes, en la intersección de las paredes hasta que me despierto sobresaltado, sudoroso, con las manos crispadas por la impotencia, con la garganta arenosa de tanto llamarte, de tanto indagar por tu paradero, con el alma trémula ante la certeza de haberte perdido nuevamente entre palabras, entre pasos lentos, entre las ranuras de la realidad…

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Incertidumbre

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No se trata solamente de tu generosidad sin orillas, ni el haber sido compañeros de travesías, ni que seas hermosa como pocas o tierna como ninguna. Tampoco es mi extravagante manera de existir, ni mis desvaríos, ni los pensamientos que germinan cuando cruzas por el silencio de la mañana. No sé si eres tú como entidad o yo como sujeto. No sé si sea Dios y su cuadrilla de ángeles o si es el Diablo y su depravada corte. No sé si es mi cobardía o la incapacidad de las circunstancias. No sé si son las travesuras del destino o la anarquía del azar. No sé si es este torpe corazón que no puede desdeñarte o si es tu terca alma que no se decide a amarme… es más que eso: es la ausencia a la que me confinan los versos; es el respeto y la prudencia que me impiden confesar lo que siento; es la vida que se escurre por las rendijas de los días; es el chasquido de las hojas, el rumor del viento, el chirrido de bisagras que restalla cuando pienso en ti; es el tiempo que marchita los pétalos, que blanquea las cabezas, que arruga las pieles, que deteriora las probabilidades; es este sentimiento que no encuentra nombre, que no tiene recinto en los recovecos de la razón, que sólo encuentra interrogantes a su paso, que se resiste a desaparecer en los abismos del olvido…

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En la otra orilla del deseo

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Sé que vendrás un crepúsculo lluvioso y triste como la que agoniza al otro lado de la ventana. Primero arribarán el estruendo de hierros rasguñando la arena, el golpe del mar contra el casco del barco y tus pies cayendo sobre la gravilla; después subirás con tus pasos de felina con la certeza que te esperaré detrás de la espesa manigua de verbos y adjetivos. En ese instante renacerá ese amor adúltero que nos unía en los atardeceres de lloviznas horizontales, de tintos perpetuos en las cafeterías de la universidad, de miradas seductoras y sonrisas delatoras. Veré emerger, entre las fibras de las reminiscencias, tu cabello peinado al azar, tus ojos iluminando las tinieblas de las cinco de la tarde, tu imperfecta nariz, los labios que mordía en las noches de luna llena, el largo cuello, los senos que medí con los dedos que ahora cabalgan sobre el teclado, la cintura de arcos convergentes, las anchas caderas a las que me aferraba en el naufragio de gemidos y sábanas, los apetitosos muslos y, al final de este inventario, aparecerán tus enormes pies. Estarás completa ante mí, con todas tus sombras y con todos tus filos; caminarás hacia el pizarrón donde espera el proyecto que dibujamos a dos manos; contemplarás la ventana arqueada, el humo y la ceniza que huye de la chimenea, las montañas gemelas, los asteriscos que imitan luceros y los sonrientes muñequitos tomados de la mano. Borrarás, acto seguido, tu retrato de tiza (empezarás por las líneas que emergen como dos hebras de la falda triangular, seguirás con los tres cabellos que imitan la moña que te hacías después del amor de las seis de la tarde y concluirás con el muñón que se aferra al trazo que reproduce mi mano), modificarás la simetría de las colinas y desvanecerás el hollín que sobrevivió al olvido. Darás inmediatamente la vuelta dejando aquella ventana desde la que observaré, en medio de la caprichosa soledad, los fragmentos que la brisa llevará enredada en sus brazos…

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