Archivo mensual: octubre 2009

Mínimas (14)

mujer11(Fuente de la Imagen)

Tengo la certeza que llegará el día en el que te sentaré en mis piernas y te daré las sombras que me esperan bajo la cama, aquel arpegio que evoca miradas perdidas en el horizonte, el rayito de sol que entra por las rendijas de mi alma -aquel por el que navega el polvo de mi melancolía- y este amor deformado por la costumbre de lanzarse desde los altos andamios de la esperanza; tú, en contraprestación, me entregarás los relámpagos que iluminan las tinieblas de tu pasado, la inabarcable sonrisa que te hace dueña de mis pensamientos, el acento de río crecido y aquella pasión –desenfrenada y arisca- que despeina prejuicios y embriaga todas las fibras de mi cuerpo…

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Delirios

delirios2(Fuente de la Imagen)

Escucho tus pasos al otro lado de la puerta. Tenía la esperanza que llegarías después que la oscuridad se hubiera filtrado por las grietas de la noche… No es necesario que llames a la puerta: siempre ha estado abierta para ti… Perdona el temblor de mi voz y la incoherencia de mis actos…

La última vez que nos vimos fue en aquel crepúsculo en el que, sentada en mis piernas, esperaste el bus ; ¿lo recuerdas? Aquella mañana llegaste con la mirada lustrosa y la mano urgente. Yo, por el contrario, sobrellevaba el desasosiego que presagia tempestades. Vinimos, después de un tanteo verbal, a besarnos en la poltrona que continúa esperándote. Al término de la accidentada refriega ajustaste cada uno de tus lunares, serenaste la incertidumbre de tu cabello y alzaste la castidad que aún centellea en tus ojos. Yo, entre tanto, te contemplaba sin saber que era la última vez que representaríamos el papel de amantes confesos…

Meses después, cuando tu ausencia se hizo cierta, encontré un poema de Rubén Bonifaz Nuño que hubiera querido susurrarlo a tu oído… ¿Quieres escucharlo?… gracias; sabía que entenderías…

¿Cuál es la mujer que recordamos
al mirar los pechos de la vecina
de camión; a quién espera el hueco
lugar que está al lado nuestro, en el cine?
¿A quién pertenece el oído
que oirá la palabra más escondida
que somos, de quién es la cabeza
que a nuestro costado nace entre sueños?

Hay veces que ya no puedo con tanta
tristeza, y entonces te recuerdo.
Pero no eres tú. Nacieron cansados
nuestro largo amor y nuestros breves
amores; los cuatro besos y las cuatro
citas que tuvimos. Estamos tristes.
Juntos inventamos un concierto
para desventura y orquesta, y fuimos
a escucharlo serios, solemnes,
y nada entendimos. Estamos solos.

Tú nunca sabrás, estoy cierto,
que escribí estos versos para ti sola;
pero en ti pensé al hacerlos. Son tuyos.

Ustedes perdonen. Por un momento
olvidé con quién estaba hablando.
Y no sentí el golpe de mi ventana
al cerrarse. Estaba en otra parte.

Tienes razón: fue un error venir… entiendo que mi apariencia desastrada y la anarquía de mis palabras te sean repulsivas… te abrazaría si no estuviera atado a la cama en la que engañé y fui atraicionado…

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Instantánea (2)

Photo 059

A Patiño; en su cumpleaños número 30

Seis miradas apagadas por la nostalgia. Era la primera vez, desde la despedida de Patiño en diciembre de 1999, que lográbamos congregar al conjunto de ingobernables jóvenes (en ese momento pensábamos -y quizás aún lo sigamos haciendo- que Nabyl se escondía, gracias a su estrenada condición de muerto, en el intersticio entre El Negro y Suarez). En algunos semblantes florece una madurez incipiente, en tanto que en otros la juventud sigue, por el contrario, vigente. La formación quiere imitar, sin éxito, la ceremoniosa fotografía que antecede los partidos de futbol. El único que asume el papel de futbolista es el moreno que está acurrucado. Su nombre de pila es Diego Orlando (pero siempre nos referimos a él por su primer apellido: Patiño).

[Diego es un nombre que tuvo la virtud de ser abundante entre mis contemporáneos gracias a la fama meteórica de Diego Armando Maradona a finales de los setenta. Esa fue la razón, lo recuerdo bien, por la que acepté ese nombre cuando mi padre me preguntó, a finales del año 1984, si quería llamarme Diego (hasta ese momento me llamaban –como continúan haciéndolo- Motas). Nadie recuerda, sin embargo, quién decidió que el destemplado Germán acompañara al primer nombre].

En el grupo se encuentra otro Diego: Diego Alejandro. La coincidencia del nombre hizo que profesores y coordinadores se refirieran a nosotros como Los Diegos (aseguraba Martha Mantilla, profesora de química, que no había reunión en la que no se hablara de nosotros). Quien apoya la punta del pie derecho sobre la pierna de Patiño es Miguel Antonio (entre nosotros se conoce con el mote de El Negro). A su flanco derecho está Humberto Germán (conocido, al igual que Patiño, por su primer apellido: Suarez); y al lado de él está Navarrete (Diego Alejandro) y a su costado estoy yo. Cierra filas Walther con una seriedad que, acaso, desentona con la ocasión.

Esta mañana llegaron, simultáneamente, el recuerdo de esta fotografía y la fecha del cumpleaños de Patiño. La reproducción la encontré en el CD que él dejó seis años atrás (estaba en una carpeta denominada arrivee_bogota), la segunda se guarda en el sitio donde almacenamos las fechas asociadas a nuestros afectos. Lo primero que descubrí –y que no había visto hasta ahora- es que la fecha de la fotografía es engañosa: no es el 2002 sino 2003 el año en la que fue tomada. La miro después de la corrección mental para hacer el arqueo de los cambios que el tiempo ejecutó en nosotros: mujeres que dejaron su huella tatuada en la piel, títulos universitarios, viajes, errores, aciertos. Al enumerarlos parecen pocos. Quizás porque hice, como sucede con todas las categorizaciones, una clasificación arbitraría. Pude, de hecho, haber afirmado que en seis años hicimos dos cosas: acertar y equivocarnos, en ese orden y en el inverso. Después del balance no pude evitar el impulso narcisista de ojearme largamente. Tenía más cabello y menos barba de las que tengo actualmente. Me estrenaba, por aquellos días, en la abstinencia etílica que ya cumple más de seis años de funciones. Me parece curioso que apoye, de esa forma tan ridícula, la mano sobre el hombro de Walther. Me quedo contemplándolo para saber por qué lo veo diferente. Luego de unos segundos recuerdo que a él, al Negro y a Suarez los años les arrebataron la frondosa cabellera (al Negro gracias a que trabajo en Miraflores, Guaviare; los otros por causas desconocidas). Viéndolo bien, no hemos tenido mayores cambios físicos. En ese momento empiezo a articular quienes quedaron fuera de la foto: mi hermana, Cristina y Rocío. Es inevitable enlazar a Cristina con Nabyl, y a ellos con la borrachera bíblica en la que él confeso su amor. Fue una tarde en Villa de Leyva, en la casa de mi abuelo. Cuando llegamos no había nadie: sólo los perros y seis galones de Chicha. Con chicha, perros y tejos fuimos a celebrar hasta que la oscuridad impidió jugar. Cuando se extinguió la bebida espirituosa tomamos Tres Esquinas (la botella que sobrevivió a la carretera que une el pueblo con la vereda donde se ubica el domicilio de mi abuelo). Luego vinieron las confesiones. El amor, cuando se está en la adolescencia, es vergonzoso, pienso mientras la voz algodonosa de Nabyl llega a mi memoria. Lo deshonroso, a mi edad, es admitir que se llegó a la madurez sin haberlo conocido, me digo mientras continúo explorando la instantánea. Son muchos los años que hemos compartido: a Patiño lo conozco desde febrero de 1991, a Suarez desde 1992 y a los demás desde 1993. Toda una vida, dicen los abuelos con voz nostálgica (quizás con el mismo tono con el que escribo estas líneas). Toda una vida, repito mientras examino las posiciones diseñadas para ser observadas seis años después. Sonrío, segundos después, al suponer que he descubierto una nueva facultad del tiempo: redefinir la consanguinidad. A nosotros, en el año 93, sólo nos unía la relación generada por el compañerismo; dieciséis años después nos hermana el dolor de perder un amigo (Nabyl), la alegría de compartir las victorias y la certeza que no existe dificultad, por grande que sea, que rompa el vínculo…

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92 días

compromiso1(Fuente de la Imagen)

Todos los hombres, sin excepción, transitamos la vida con la sensación – incuestionable o discutible, no importa- que existe una mujer que está destinada a oír las confesiones que sobrellevamos, con inquebrantable silencio, durante buena parte de la vida y para acompañarnos en el pedregoso camino de la vejez. No son pocas las veces que creemos encontrarla en la mirada compasiva de la compañera de trabajo -o de estudio-, en la caricia fácil de la jovencita hallada en un recodo de la noche o, acaso, en la novia que arrulla nuestras desgracias con palabras de consuelo. No son escasas, por tanto, las ocasiones que este yerro perceptivo nos arrastra a circunstancias azarosas de las que salimos por la gracia de otra mujer o por la inocente fusión de casualidades (si acaso estas existen); frecuente, asimismo, encontrarnos errando por ciudadelas de besos, caricias y camas hasta que arriban a la lustrosa mirada que anuncia el final del desastrado periplo.

Yo, en la doble calidad de hombre y vagabundo, he deambulado por las circunvalaciones de algunos besos (pocos, para ser franco), caricias (exiguas para los tiempos que corren) y lechos (irrisorios para mi edad), en busca de aquella mujer que le diría -robándole las palabras a Sabines-

Me tienes en tus manos
y me lees lo mismo que un libro.
Sabes lo que yo ignoro
y me dices las cosas que no me digo.
Me aprendo en ti más que en mí mismo.

Aquella peregrinación, como venía diciendo, me condujo a la ardiente Barranquilla y, por esa misma vía, a la radiante sonrisa que anunció el término de la travesía.

¿Cómo supe que era el final del camino?, preguntarán, con justicia, ustedes. La sabiduría de la piel y la curtida razón insinuaron, en un primer tanteo, que la carretera que otrora se perdía en el horizonte, llegaba a su fin. Los días y los hechos trajeron las pruebas que demostraron que la mujer  de acento de río crecido era la misma que ocupaba, en mi imaginación, el hueco de la silla vecina o quien emergía de mis sueños para ocupar la huérfana almohada.

Después del beso que refrendo nuestra relación hemos venido, por otra parte, clausurando las puertas por las que los caprichosos amores insinuaban su decadente cabeza. Si bien es cierto que algunos de ellos han sido, para nuestro disgusto, más obstinados que otros, tenemos la seguridad que los hemos despachado gracias al desaire certero o por el efectivo uso de la ausencia. Esto nos ha traído el sosiego sin el que ninguna relación, por sólida que sean sus bases, sobrevive. Dicha serenidad, y la certeza que ella es la mujer de mi vida, me impulsaron a prometer, la noche del domingo, que nos casaremos cuando Marjorie viva en Bogotá.

Sea, pues, este escrito el respaldo de las huidizas palabras que anunciaron la decisión, así como el humilde regalo a los inolvidables noventa y dos días de nuestro incansable amor.

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Mínimas (13)

muerte1(Fuente de la Imagen)

Pregunta # 4

Si tan sólo somos un mueble que se descascara en un cuarto abandonado; o una mirada que se diluye en la oscuridad; o, en el mejor de los casos, un verso que vaga por un soneto quien, a su vez, se deshace en hebras de silencio; ¿por qué se nos permite vislumbrar, con la delirante caricia o con el orgasmo febril, la eternidad a la que no concurriremos?

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A tu puerta quise llamar

puerta1(Fuente de la Imagen)

No conocí tu casa y, por ello mismo, no tuve la oportunidad de ver el postigo que te separa del mundo que te ha propinado golpes asesinos. Hace algunos años –cuando era dependiente de tus caricias- me imaginaba sacudiendo el portón con mis nudillos sangrantes al tiempo que despeinaba la oscuridad con improperios sonoros. Te veía, desde mi fantasía, asomada a la ventana con voz implorante y con las lágrimas resbalando por tus pómulos amenazantes. Mi cobardía, para fortuna del pórtico, de mis articulaciones y quizás de ti, me disuadió de lanzarme a la vergonzante empresa.

Hoy decido, en un acto de catarsis, confesarte que planeé, noche tras noches, sustraerte del pantano del sueño para gritarte -después de una tanda de dicterios- los versos de Rubén Bonifaz Nuño:

Desde aquí, junto a la oreja sorda
amo en secreto, y enmudezco.
Dicen que la vida no perdona.
A tu puerta llego, y sin mirarte,
maravillado te contemplo.

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