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Nota al respaldo de una fotografía

Mirando detenidamente la imagen encuentro un sendero de pecas franqueando tu tabique que no vi en las escasas noches que estuvimos juntos. Descubro, además, la huella de los años en los surcos, abandonados al viento y a las lágrimas, que sostiene tus ojos. Tu sonrisa, a pesar de ser postiza, recuerda las estrepitosas carcajadas que lanzabas en las cafeterías de la universidad. El tiempo, además de las estelas en tu piel, ha abatido los rizos con los que antaño jugaban mis dedos.

En la misma foto me veo, por otra parte, más cachetón gracias a una barba que resiste peinillas y tijeras. Los ojos que antaño sondeaban la oscuridad de la noche están sostenidos por tenues ojeras. Mis dientes resienten once años de bruxismo y veintiocho años de uso constante. Una frente brillante reemplaza la indomable cabellera de aquellos años.

Para el advenedizo el retrato no tiene nada novedoso; para el conocedor, sin embargo, el retrato habla de espinas que aún muerden y de felonías emboscadas en los pliegues de la hermandad; de amores materializados en el rumor del alcohol y forjados en las tinieblas; de años de auto recriminaciones y de atardeceres de evocaciones afiladas; de sentimientos encontrados y de oportunidades halladas…

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A Elizabeth

(Fotografía de Elizabeth Ruiz)

Algunos destacan por construir teorías que penetran en los meandros del conocimiento; otros, por el contrario, descuellan por sus capacidades físicas; las de más allá sobresalen por la delicadeza de sus curvas o la superioridad de su voz. Ellos, sin embargo, no agotan el grupo de los que dejan su huella en las arenas del tiempo: en cada rincón encontramos personas que dejan estela en el alma de los hombres por su paciencia, inocencia o, incluso, por su malgenio. Puede que su pie no deje su impronta en el lugar más concurrido de la playa, pero está escrito en el corazón de personas que, al igual que ellos, caminan en la fronda del anonimato y que en sí mismas valen más que la gloria que demanda la vanidad que nos palpita en las venas.

La autora de la foto, por ejemplo, ha dejado un rastro indeleble en mi alma gracias a la firmeza de su carácter: admiro su arrojo porque la ha conducido por los senderos que su corazón ha diseñado desde, supongo, la adolescencia; la ha sostenido en borrascas capaces de amedrentar filibusteros y bucaneros; y porque carezco de él: soy de los que abandona el barco cuando una nubecilla esconde el sol en el horizonte o ante el primer rugido del mar.

Aprovecho, pues, para enviarle un saludo desde este rincón virtual y desearle toda la suerte del mundo en su nueva empresa en las frías tierras de Canadá.

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Dos miradas

(Foto de Elizabeth Ruiz)

Las voces diluyéndose en el susurro del mar; el sol resistiéndose a cruzar la estría que separa al mar del cielo y proyectándose en una cenefa que resalta las ondulaciones; sillas esperando los nadadores que se pierden en la penumbra del atardecer; la arena macerada por las pisadas de los impertinentes; el cielo, por último, matizando el azul hasta llegar al dulzón tono que acoge al sol.

Esta toma no habla del vértigo del mar ni del frenesí de la aventura, sólo nos invita a la contemplación y a la mesura. Nos sugiere, quizás, dejarnos lamer por el susurro de las olas; o nos estimula, a lo sumo, a conversar mansamente. Ese es justamente el atractivo de la foto: no nos vende la imagen manida de una playa atiborrada de turistas con toallas, bronceadores, chancletas y flotadores; nos incita, por el contario, a playas solitarias sin impertinentes vendedores o niños gritones.

Para que puedan contrastar les dejo con esta foto que encontré en este sitio.

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Fotografía número dos

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El fondo azul evoca las interminables filas, los vendedores con kimono blanco y las cabinas con fondos intercambiables. La inocencia que navega los ojos del niño sugiere que el retratado tiene a lo sumo doce años. El papel maltratado evidencia el contundente paso de los años.

La foto acecha el fondo de uno de los dos cajones de la mesa de noche. Sus vecinos son un encendedor anaranjado con la mitad del combustible, dos cigarrillos sin filtro que esperan en una cajetilla custodiada por la mirada hosca de un nativo norteamericano y una caja de fósforos regentada por la risa irónica del señor de las tinieblas.

A las doce de la noche el ruido de pasos vacilantes resuena en la oquedad del silencio. El tintineo de las llaves señala que las manos ebrias de cigarrillo y de copas sucias no están en sus cabales. Después de dos patadas a la puerta las llaves entran en la chapa; giran con dificultad hasta que el pestillo cede. La puerta, al abrirse, da paso a un hombre que cruza las tinieblas de la embriaguez. Da dos pasos inciertos; lanza la botella de tequila sobre la cama y enciende la luz. Saca del primer cajón de la mesa de noche la cajetilla arrugada de cigarrillos; extrae un cigarrillo; saca la caja de fósforos y enciende el cigarrillo con el único miembro de testa bermeja que queda en la caja. Siente el humo aletear en los bordes del alma. Se sienta en la cama. Saca la fotografía ajada que lo acompaña en las noches de melancolía. Suspira. Desde el abismo del pasado los ojos del niño le piden explicaciones. No responde a la petición. Toma la botella de tequila; acerca el pico de la botella a la boca al tiempo que la empina hasta que el brebaje desciende por su garganta…

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Fotografía número uno

buenavidar.jpg

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

(Jaime Gil de Biedma)

 

En el margen derecho un fregadero de cemento vacila sobre una roca; más adelante está la jaula que encarcelaba copetones desplegando el milenario ardid del pan y la cabuya que desenganchaba la puerta de la mazmorra; en el fondo múltiples plantas suspendidas en la eternidad de la tarde plomiza; en el centro del cuadro un niño con actitud de bacán sesentero con escapulario a la vista y barriga cervecera (la sonrisa y la mirada extraviada auguran inclinación a la concupiscencia y al libertinaje); al futuro calavera lo acompaña una niña que concita simpatía…  

En la lobreguez de las noches capitalinas la foto navega por el delgado hilo de agua creado por la llovizna que cubre la ciudad. A dos metros de la espontánea barca el brazo de un indigente tantea el agua en busca de la fotografía que huyó de su mirada melancólica segundos antes.

A doce kilómetros del pordiosero una mujer contempla la calle húmeda con lágrimas en los ojos evocando los atardeceres grises en los que el tiempo se detenía a oír el canto de tres copetones encarcelados en un calabozo de alambre y a ver el alegre retozo de dos inocentes niños
 

 

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