Archivo mensual: abril 2011

Renglones de la decadencia

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Pocos dudan que El Hombre pierde y que lo hace con bastante frecuencia: lo abandona el autobús en las mañanas en las que sale con el afán amarrado al corazón, extravía las llaves cuando le truenan los intestinos, nunca encuentra una media de la pareja que se calza junto con los zapatos que tantos le gustan (quienes, casualmente, se descomponen primero que aquellos que odia y que, por un incomprensible arranque de caridad (no sabemos si con él o con el calzado), no se atreve a arrojarlos al bote de basura). Desperdicia, asimismo, la niñez esperando el arribo de la juventud; esta se pierde, a su vez, soñando con lo que poseen los demás (como aquella muchacha de mirada lujuriosa que tiene la costumbre de besarse con todos los muchachos del salón –incluso con González- pero que no ha tenido la decencia de lanzarle un pico de caridad), así como la adultez se malgasta trabajando con la única idea, con el único fin, de alcanzar lo que se deseó en la adolescencia (incluida la joven de virtud extraviada que besó a González) y en el entrevero, en las arrugas de esta insensata carrera, se agota la vida. Parece, por tanto, que viene a perder a diario, en cada paso, en cada latido del corazón, en cada paso vacilante y que poco o nada puede hacer contra este lento hundimiento que lo abruma en su calidad de naufragio. Llama la atención, por tanto, el afán del Hombre de acopiar objetos que se perderán por alguna vía, de coleccionar mujeres que se irán detrás de otros Hombres, bien por interés bien por aburrimiento, de atesorar títulos que se extraviarán en la maraña de eventos que, se supone, deben rescatarse del olvido, de coleccionar aciertos que lo ascenderán a la montaña desde la que se despeñará en medio de un tropel de recuerdos fracturados, de ilusiones tronchadas en el esplendor de su existencia (¿Será, me pregunto ahora, que olvidó que todo lo que se consigue en este mundo es prestado (incluida la vida) y que de acá no podrá llevarse ni siquiera el cuerpo que se marchitó a la sombra de la esperanza?)

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Siempre tendremos el primer semestre de 2008

“The world will always welcome lovers 
As time goes by.
Oh yes, the world will always welcome lovers
As time goes by”.

Canta Doolye Wilson

 

No sé si fuiste tú o fue la suerte quien impidió que nos viéramos aquel enero de brisas y presagios. No podremos saber, por tanto, qué hubiésemos hecho aquella tarde de lloviznas horizontales, de conversaciones helicoidales, de miradas escudriñando la intención en los ojos del otro, contemplando el temblor de las manos o los labios que se cuartean por efectos de la humedad, crepúsculo de oídos que medirían el silencio que habría coronado aquel comentario importuno que, estoy seguro, habría emergido como una brizna de hierba entre las ranuras de tu prevención, de tu temor de romper el juramento hecho contigo misma y quien se venía aferrando en el tránsito de la convivencia, de los momentos que te hablan de su lealtad, de su incapacidad de abandonarte a pesar de aquellos caprichos que no has podido extirpar de tu conducta, de aquellos ataques histéricos de los que tanto te arrepientes, observación, como decía, que hubiese sido suficiente para darme la posibilidad de confesar aquello que se deslizaba entre las líneas de los correos, entre los tabiques de los post que escribía con la esperanza que entendieras que aquel acento de eses aplastadas, aquel torbellino de frases, aquella incapacidad para la resignación empezaba a ganar, con paso lento pero seguro, la oscura orilla del amor… no puedo saber, ahora que lo pienso, qué habría sucedido después de haber puesto los puntos sobre las íes que en el tropel del tiempo, en el alboroto de las llamadas, se vieron sin aquellas puntadas que las diferencias de las alargadas -y, por ello mismo, vanidosas –eles y quienes, por efectos de la revelación, como queda dicho, las volvieron a tener sobre sus testas. No podría saber (nunca lo sabré) cuáles eran tus intenciones (si las había) ni podré conocer el calado de mis palabras en tus sentimientos o en tus sentidos ya que nunca, bajo ninguna circunstancia, nos dimos la oportunidad de forjar un universo en el que tus manos (que imagino largas y delgadas) avanzaran por la oscuridad de mis pensamientos y en el que mis besos rasguñaran tu melancólica madrugada… sin embargo, siempre tendremos, parafraseando a Rick, el primer semestre de 2008, con sus ciento quince correos, con sus comentarios ardorosos y no pocas veces irónicos, de frases veladas, de pensamientos clandestinos, en los que tú, en los que yo, en los que nosotros quizás, tal vez, a lo mejor tendríamos la posibilidad de expresar lo que se ha ido secando en las praderas del olvido, de intentar lo que acaso quisimos que sucediera y que nuestro cerebro (aquel policía) reprimía con sus reglas, con su fidelidad, con su moral verrugosa y que, al final, se dejó para mejores épocas, para vidas en las que habitaremos la misma ciudad, en la que no le deberemos fidelidad a nadie más que a la carne que nos llama, que grita desde el fondo de esta animalidad de la que tanto nos avergonzamos…

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No existe mejor lugar para amarse…

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que aquella bahía donde construyes castillos de arena y viento en los que soy un príncipe de exaltados sentimientos, de formas elegantes y palabras perfectas; no hay, asimismo, mejor puerto que tu carcajada caribeña, en la que soy un hombre musculoso, de incontables experiencias amorosas, donde mi piel es oscura como mi voz y mis ojos son claros como el cielo que abraza el mar; no existe, dices con voz enamorada, mejor noche que la que nace de las tinieblas de mis manos, cuando transitan tu silencio de pétalo, cuando acarician aquel cuenco diseñado para fabricar hijos y orgasmos y del que me marginas cuando te hiero con mi elocuencia de verdugo, con el metal de mi indiferencia o, con mayor frecuencia, con el filo de mis celos. No hay, en suma, mi niña hermosa, mejor lugar para amarse que aquel cuarto donde hablamos a media voz para no molestar a la familia, donde diseñamos futuros con mellizos y deudas a veinte años, donde inventamos caricias que no hagan gruñir las tablas, que no sacudan las sombras que la noche ha lanzado bajo la cama, donde improvisamos versos que se pierden en las praderas de tus muslos o en la manigua de mi barba, alcoba en la que huimos del tiempo y sus arrugas, del capitalismo y sus deudas, de las mujeres que me miran y de los hombres que te desean, de las grietas del invierno, de los surcos de la melancolía, de las miradas fiscalizadoras y de la incertidumbre que nos arroja a los abismo de este presente obstinado y ciego en el que nos amamos sin respeto por los prejuicios ni remordimiento por las consecuencias…

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