Archivo mensual: mayo 2012

Poema horizontal (1)

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Te forcejeo en pasillos donde se apuestan las tinieblas a un golpe de cartas, te debato en cada nombre, en cada recodo del pasado, en cada asedio del presente, en cada mañana en la que debemos separamos con delicadeza de cicatriz, en cada atardecer en el que deseo que seas etérea como las princesas cuando se desmigajan sobre los cuentos de hadas, en el mismo atardecer en el que te dibujo con trazos vacilantes, dudando, avanzando, retrocediendo, borrando (“así no es su melena”, “es más curvas su cadera”, “a esa sonrisa le faltan filos”), hasta quedar solo por todos los costados, sin norte ni sur, con tu imagen alumbrando el camino que lleva hasta la piel que espera mansamente, hasta tu acento de río enfurecido, hasta las noches en las que nos amamos, al borde mismo de la esperanza, sin culpas ni testigo, solos como las palabras que nacen de este silencio que se transforma en zozobra, en dolor, en prosa o en poema…

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Evocaciones (8)

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Era una de aquellas tardes de plomo en las nubes y smog en las arterias. Al final de la calle y de mi infancia, entre la angustia de testigos y peatones, aullaba un gozque que había sido atropellado minutos atrás. El perro, hincado ante lo ineludible, ojos vidriosos, patas temblorosas, venas aferradas al pánico, suplicaba que un alma menesterosa lo rescatara de las entrañas del dolor. Entre los circunstantes apareció un hombre de mirada sólida que se arrodillo frente al cuerpo tembloroso; la alegría del perro hablaba de los lazos afectivos que los unía. Le acarició el lomo, contempló las heridas y la sangre que emergía de todas partes. Entre los ojos temblorosos de los espectadores, entre los murmullos de mujeres, se quitó la correa, se la puso al cuello del animal, haló fuertemente hasta que el perro empezó a lanzar aullidos dolorosos que entraba como un huracán por las rendijas del alma; no flaqueó a pesar de las lágrimas que bajaban por sus mejillas ni del pataleo enérgico que fue bajando en intensidad hasta derivar en una quietud melancólica de las manos que apretaban y del cuerpo que luchaba contra la muerte. Al final,entre la bruma de un silencio compasivo, levantó lo que quedó del animal y se lo llevó por la misma calle que trajo al conductor asesino…

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Delirio (1)

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Si usted, querida lectora, apreciado lector, tuvieran la posibilidad, por curiosidad, suerte o desventura, de asomarse a mi alma, verá que por ella baja corriendo un desamor sin dar posibilidad que lo alcance el olvido. Corre y corre, camina cuando el cansancio vence el poder de sus piernas, luego emprender un trote ligero, fatigoso, para perderse en algún callejón. En su afán no vio al amor que viene sonriente, el paso tardo, los labios empalagados de besos, en busca de un motel. Las esperanzas lo ven pasar mientras interceptan a Daniel Santos, revólver en mano, para que deje de cantarle al desasosiego. Héctor Lavoe les hace una señal obscena con los dedos y sigue de largo para perderse en el mismo callejón por el que se fue el desamor, al tiempo que cruza la sensatez en su carroza abarrotada de conjeturas que saltan en los baches y quien es sobrepasada por las campanadas de La Obertura Solemne de Tchaikovski que emergen del auto deportivo que lleva a la demencia a los vértices de las tinieblas. Los prejuicios, desde las ventanas del edificio adyacente, observan con los ojos arrugados y el dedo censor tieso de tanto señalar a la felicidad que se sube la falda para orinar los recuerdos que empiezan a marchitarse a fuerza de ser evocados, Joaquín Sabina le lanza un piropo ruboroso, Chavela Vargas levanta la copa para saludar a la desesperanza que cruza afanosa para alcanzar una sonrisa perdida. Yo, aguardiente en mano, debato con el futuro sobre la posibilidad de ser escritor a la vez que Marjorie se extravía en los recodos de un verso…

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