Novela Inconclusa

Hace algunos años (casi dos) mi entonces compañera de la universidad y ahora novia, Luz Amparo, me instó para que retornara al vicio de la escritura. Fue tan insistente que terminé escribiendo el primer capítulo de una novela que no he continuado y luego de ello escribí un montón de poemas. Algunos de los poemas los puse en un blog que ya no existe el resto los enterré en la misma fosa común que sepulté la novela.

En esta noche sin bordes por los que pueda lanzar las cenizas de la melancolía, quisiera dejarles el único fragmento de la novela que quizás merezca salvarse del olvido.

A los diez minutos de interesantes gemidos venusino salió la referida; la mire de abajo hacía arriba, como aconseja la urbanidad de Carreño; los pies no se le veían por la esquina opuesta de la cama, las rodillas son un poco grandes, como de futbolista, además tienden a salirse por la lateralidad que habitan, vale decir, la rodilla izquierda se lanza hacia la izquierda y la derecha hacía la derecha, como, perdón por lo reiterativo del símil, carrileros. Los muslos, ¡bendición del cielo!, son perfectos, están en el centro de la excelencia: no pertenecen al rollizo pernil de las obesas ni al anca flaca del las macilentas. En medio de estas dos pilastras de tersa carne, se halla el último bastión de la felicidad masculina abrigado por una diminuta tanga negra de seda, dejando entrever la magnificencia del futuro goce. Navegando hacia regiones más septentrionales se hallan los moderados senos que opacan la simetría múltiple de las piernas, la tanga negra y la curva sinuosa que une las caderas, la cintura y el busto. ¡Nada es perfecto! Dice mi padre desde el averno oscuro del pasado. En el pináculo se hallan dos ojos lascivos y unos labios carnosos que prometen amenas felaciones.

Después de diferir el inicio del cotejo por el necesario tanteo visual, ella se acerca a la cama con pasos cortos. Llega hasta el borde subyacente del lecho, se inclina para posar sus manos sobre el tálamo, levanta la rodilla izquierda para apoyarse en ella y poder subir la gemela; una vez está afianzada en las cuatro extremidades inicia el abordaje con pasos lentos de felino; me debato entre la excitación y el temor; ella, entre tanto, sigue su lento contoneo hasta que su cabeza está más arriba de mis rodillas. Hay una breve pausa; extiende su mano izquierda y toma con  destreza (valga la paradoja semántica)  el candente  ariete; tasa su firmeza (la del mástil) con rítmicos y vigorosos movimientos ascendentes y descendentes; concluida la primera fase de verificación prosigue con la inspección oral: introduce la cabeza del objeto de sus pesquisas en los labios carnosos, dándole una chupada enérgica; me retuerzo simultáneamente con la segunda incursión de la  boca inquisitiva; en este punto del trance Anira se toma confianza iniciando el movimiento conjunto de lengua, labios y manos en magistral coordinación; me deshago en ridículos gemidos que, en imprevisto acuerdo con los destemplados gritos que salen del reo empotrado en la pared, hacen coro. Concluye el ejercicio con una mirada inquisitiva; se tira sobre la cama con las piernas abiertas en espera del consecuente ejercicio lingüístico; desciendo al cálido meridión, donde hallo la negra seda que separa la lengua de su gabela erótica. Tomo el panty por los hilos laterales y lo halo hacía abajo con paciencia, hasta que el guarda que aísla el objeto del deseo empieza a hacerse un rollo; Anira levanta la pelvis para liberar al suave carcelero en tanto sigo con mi dócil tarea de marginarlo de la jornada amatoria; continúo el descenso por los candentes obeliscos hasta que llego a los hasta ahora anónimos pies. Viajo en el sentido contrario hasta llegar al otrora cautivo delta; froto mi mejilla izquierda  en su arenosa superficie hasta que la tranquilidad inunda mi corazón; giro un poco y encaro el objeto  anhelado; le saludo con un beso, y procedo a separar los húmedos pétalos con los dedos índice y pulgar; un olor ácido  inunda el lugar, lo cual no obsta para que me lance a lamer  el timorato cacho de carne que aflora entre los pliegues  de la fétida flor; Anira gime con placer al tiempo que mueve el torso en convulsos movimientos; me animo y sigo en la faena lingüística  hasta el agotamiento. Me levanto para apoyarme en el codo izquierdo y con el derecho le introduzco el dedo índice, zapador por excelencia, en la ignota caverna; Anira clama con sincera exaltación…


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