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Partida

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Creo que la Vida es un juego de ajedrez contra el Destino. Su primera jugada no es, como debería ser, con sus fichas. La primera jugada consiste en seleccionar y ubicar las piezas con las que jugará su oponente. Hay quienes dicen que Dios le susurra esta decisión al oído. Creo, aunque nunca estaré en capacidad de demostrarlo, que es su criterio quien le dicta la cifra y el lugar en el que debe ubicar la figura. Por ello a algunas personas tienen las dieciséis reglamentarias, otras tienen ocho, pero tienen varias torres y varias reinas, otros tienen cuatro o cinco y así hasta que se agoten todas las combinaciones posibles. También es relevante la ubicación ya que de nada sirven doce peones si son puestos en línea vertical o cuatro caballos apostados en las esquinas. Algunos quedan con una configuración tan delicada que un mal movimiento será suficiente para desencadenar una embestida que lo acorralará en a8. Otros tienen distribuciones estables quienes a pesar de la solidez, o quizás por ello mismo, no tiene la menor posibilidad de atacar. El caso es que el Destino se toma el trabajo de capturar fichas, custodiar el centro, avanzar sigilosamente con caballos y alfiles mientras uno, gracias a jugar con las negras, se la pasará defendiendo embates y celadas. Pocas veces se gana la partida gracias a que en el ajedrez se suman los aciertos del oponente a los errores propios. Quizás por ello hay quienes reniegan o humedecen el tablero con sus lágrimas. Otros, por el contrario, agradecen competir, algunos incluso ríen a lo largo del juego y otros más estudian las jugadas para enseñárselas a quien venga a pedirle consejo…

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Destello

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Un rayo de sol tropieza contra las ramas, se desploma en el piso del comedor, sube por las patas de la silla para terminar haciendo equilibrio en el borde de la mesa. No sé qué amaneceres destilaron su avance o que silencio lo animó a embestir el filo de madera. Lo cierto es que el destello avanza lentamente hacia mi cuerpo. Empieza a trepar los dedos, sube por el brazo hasta atravesar las cordilleras de mi hombro, escala la curvatura de mi cabeza y baja lentamente por la pared. Soy breve escala en el tránsito que lo llevará hacia la oscuridad que sobrevive más allá de las grietas del tablado. Tal vez se filtre una migaja de mi piel en los matorrales infinitesimales o una pequeñísima fracción de mi oreja haga revolotear el polvo, incluso puede que las centellas de mi nuca que se fueron aferradas al rayo, tengan la facultad de promover el zafarrancho de insectos que habitan bajo las catacumbas del comedor…

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Aprendizaje

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                                                                    Dedicado a Felipe Carmona

Aprender, gracias a la enorme porción de conocimiento que está fuera de nuestro alcance, es una tarea tanto o más agobiante que el trabajo de cambiar el color del mar a fuerza de desocupar frasquitos de tinta china sobre él. Zas, lanzamos la primera ampolla y vemos cómo se diluye la tinta hasta desaparecer en la piel del agua. Zas, otra redoma que se desocupa en segundos, y en segundos la devora el mar. Zas, zas, zas, zas. Uno tras otro, tras otro, tras otro. Y el mar del mismo color. Algunos abandonan la empresa por aburrimiento. Otros lanzan dos frascos de tinta, descubren que la actividad es estéril y se van a su casa valiéndose de la primera excusa que se cruce en su camino. Otro conjunto de personas lo hace con el único propósito de llegar a tierra a decir que lanzaron más frasquitos que cualquier que lo haya intentando anteriormente. Un reducido grupo lo hace porque no tienen otra forma de ocupar su vida. Zas, zas, zas, zas; lanzan uno tras otro, por días que se vuelven años, por años que se hacen décadas, hasta que las manos se llenan de lunares y temblores, hasta que la vida se les escapa con el último chorro de tinta que cae al mar que continúa del mismo color, pero en cuyo fondo, bajo la barca que naufraga con los cadáveres, crece una nueva especie al amparo de la sombra que ha crecido sin dar señales de agotamiento…

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Pajazo: bosquejo de una retractación

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La primera vez que me masturbe fue… fue… ¿cuándo fue? No recuerdo. Dicen los entendidos en la materia que la masturbación destruye la memoria, la aplasta con sus miríada de corrientazos que lo trepan a los últimos peldaños de la inconsciencia. Vuelven la memoria chicuca, como dice mi mamá cuando las cosas caen y se despedazan. Aunque en este caso no cae sino que sube a niveles extraordinarios. Pero igual se destroza, se fragmenta, se arruga y quiebra por todos lados hasta ser una masa deforme que no sirve para nada. O para casi nada. Sirve, al menos, para recordar los eventos que despiertan los bajos fondos, aquellos que su sola mención hace que la sangre corra en tropel a las regiones australes con algarabía cercana a la demencia.

No sé exactamente cuándo fue, pero sé, a pesar de las lagunas generadas por efectos de la masturbación, que sucedió durante el apagón del noventa y dos. Fíjense que la masturbación desmantela algunas evocaciones y preserva otras. Recuerdo que días antes, o quizás meses, no recuerdo, Juan Manuel Santos, entonces ministro de Comercio, hoy presidente de la república, a las doce de la noche del primero de mayo de ese año, con un par de teclazos, adelantó la hora oficial en el Laboratorio del Tiempo de Icontec…

Me masturbé, venía indicando antes de perderme en detalles históricos, una tarde del noventa y dos, al amparo de las sombras que crecían como una inundación. Lo hice con una destreza asombrosa si se tiene en cuenta que lo hacía por primera vez en mi vida. Esto acaso indique que nací con el instinto masturbatorio bastante desarrollado. Posiblemente todos los humanos nacemos con él. Por eso me causa curiosidad que la iglesia la enjuicie ya que, al hacerlo, condena a quien creó dicha destreza. Es decir, la reprobación de la masturbación es, a la larga, la censura del mismísimo Dios…

Exponía antes de extraviarme en especulaciones teológicas, que fue una tarde del noventa y dos (la masturbación también causa que el cerebro sea reiterativo y se pierda en los atajos que le salen al paso). Dije, asimismo, que lo hice con una maestría instintiva. También fue instintivo el temor de ser descubierto haciendo aquello que no sabía cómo se llamaba. Meses después supe que mis compañeros le llamaban paja o pajazo, por una razón que aún desconozco. Lo cierto es que prefiero ese nombre que cualquier tecnicismo gestado en las mentes de los hombres y mujeres que no se masturban por estar ocupados investigando la manera y forma en la que se pajean sus semejantes. También prefiero ser llamado pajuelo en lugar de ser denominado onanista. De hecho, ya que hablamos del señor Onán, hijo de Judá, no fue ningún pajuelo. Su pecado, si acaso se puede denominar así, era practicar el coitus interruptus con su cuñada Tamar, viuda de su hermano Er. Eso, aunque no lo crean, fue suficiente para que Jehová le quitara la vida. Lo pueden encontrar, en caso que les cause curiosidad o que no me crean, en génesis 38: 7-10.

Esa fue la primera vez. Luego lo repetí a lo largo del apagón que finalizó el siete de febrero del noventa y tres. Concluyó no tanto porque El Niño cesara en su empeño de calentar hasta las nieves perpetuas, sino por los buenos oficios que Juan Camilo Restrepo, ministro de Minas y Energía, hiciera con el sindicato de Corelca. Juan Camilo fue ministro en ese tiempo y lo es ahora: antes de Minas, ahora de Agricultura. No es extraño, entonces, que los colombianos tengamos la sensación que nada ha cambiado en el país en los últimos veinte años. Nada excepto mis pajazos: ahora no los hago con tanta frecuencia porque tengo esposa y dejé de ser aquel niño que no tenía nada que hacer. En realidad ahora tampoco tengo oficio, pero hay electricidad, internet y redes sociales. Es justo aclarar que este cambio no es del todo ventajoso: mi esposa no acude con la rapidez de la mano porque trabaja y ni el internet ni las redes sociales funcionarían si hubiera apagón. De hecho, si retornáramos a él (que no es una idea descabellada gracias a que regresó El Niño a Colombia), volverían los viejos tiempos, y quizás con ellos retornaría a las viejas mañas. No las mañas del país, que nunca se han abandonado, sino las que tuve cuando era un niño de doce año que negaba la paja…

Ese es, para ser sincero, la razón que me condujo a escribir este texto: confesar que era un pajuelo y que, a pesar de serlo, lo negaba por vergüenza y temor. Vergüenza con mis compinches que decían que no se echaban sus pajazos y temor de ser rechazado por “pelar cable”. Muchos de mis compañeros fueron, de hecho, marginados bajo el ignominioso rótulo de pajuelos (el cual tuvo la capacidad de ubicarlos en el último piso de la escala social). Debí, como indiqué antes, liberarme de yugo y decir abiertamente que me pajeaba todas las tardes al amparo de las sombras contra las que luchaba Juan Camilo y Gaviria Trujillo, y no tener que pasar la vergüenza de confesarlo a los treinta y tres años de edad, como si fuera un adolescente calenturiento que acaba de ser descubierto en el baño…

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Amor

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Hay quienes dicen que el amor se construye ladrillo a ladrillo, lanzando plomadas para que las paredes caigan perpendiculares al piso, endureciendo la mezcla para que las columnas sean sólidas, poniendo niveles para evitar inclinaciones que ponen a rodar los objetos esféricos, trabajándolo día a día, noche a noche, sin dar espacio a la indiferencia o al olvido. Yo, contrario a quienes así piensan, estoy firmemente convencido que el amor llega instantáneamente, como un estallido que detona en el fondo de nuestros entresijos y que desordena horas y destinos, desgreña prejuicios y desastilla las puertas de la razón. Fuerte, sin dar posibilidad de correr o resguardarse de su avance, crece desde el centro del alma en hondas concéntricas que se dilatan por años o décadas, arrasando todo lo que se atraviesa en su camino…

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El incendio de abril (Miguel Torres)

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Reseña publicada inicialmente en El Espectador

Quien penetra las páginas de esta novela se entrega al vértigo del infierno: cientos de voces que se articulan en torno de la muerte de un líder que era la esperanza de quienes sobreviven rasguñando las paredes del infortunio. Voces que no son voces sino lamentos, gritos de indignación, crujido del futuro cercenado por los delirios de un demente o, quizás, mutilado por la orden de un cobarde amparado en las sombras.

Torres nos va conduciendo por las calles en las que estallan robos, barrios en los que hay cientos de hombres que deciden sacrificar su vida por la muerte de Gaitán y mujeres que asumen su destino de viudas. Emergen, igualmente, disidentes que señalan con bravuconería de matón de esquina, “por fin le dieron a ese negro hijueputa”, sin pensar, al afirmar, que ellos, al igual que el muerto, son herederos de la misma cepa genética, sin sospechar que comparten el mismo destino de la nación que a partir de ese momento empezó a desbarrancarse, a hacerse trizas entre la gritería y los robos, entre los incendios y las balaceras.

Los testimonios continúan avanzando, solapándose, contradiciéndose en una vorágine de vidas que sobrevuelan el Bogotazo, aquella denominación totalizante que pretende encerrar las circunstancias en una palabra que deja afuera las preguntas que penetran, los interrogantes que excavan y socavan, las hipótesis que iluminan. En los corredores de la novela también hay capitanes que le ponen pecho a los proyectiles, policías que se unen a la horda iracunda, médicos que se esconden en ataúdes por temor a ser asesinados por la masa enardecida y temerosos dirigentes liberales (Echandía, Lleras Restrepo, Araújo) encerrados en salas de cine.

Entre tanto naufraga la noche. El centro de Bogotá es un solo incendio que lanza humo y ceniza que el viento dispersa por todos los puntos de la ciudad y de la memoria. Los soldados disparan y disparan, sin reflexión ni motivo, sólo cumplen la orden de matar a todo el que se atraviese llevado por los criterios del azar. Mujeres, hombres y niños mueren, entonces, por cometer el crimen de buscar a sus seres queridos o de regresar a sus casas.

Se extravían, entre el fandango de muerte y desolación, las razones que incitaron a la revuelta. Baste citar, para apoyar esta afirmación, al comerciante Javier Tibaduiza: “queríamos sacarnos de adentro ese dolor de patria que nos agusanaba el alma por la muerte de Gaitán. Pero ya nadie hablaba de revolución. Esa causa se había embolatado con el correr de las horas a cambio del consuelo de acabar con todo, de incendiarlo todo, de asaltar negocios y robar y emborracharse hasta que San Juan agachara el dedo”. Así, en efecto, se hizo: se entregaron al saqueo, a incendiar todo lo que se atravesara en su marcha, a la bebida que enmarañaba los caminos de la razón dejando, en su lugar, una alegría torpe, una euforia malsana que estropeaba los resortes de la insurrección.

Fue en este momento que el país se echó a perder. No se malogró, sin embargo, por las mentes acaloradas por el alcohol, ni por la sevicia de miles de hombres y mujeres analfabetas que robaron, destruyeron y quemaron. No. Se extravió a causa de los dirigentes del Partido Liberal que se escondieron en cines, de los conservadores que huían de la ciudad o que, en un ataque de oportunismo, como en el caso de Laureano Gómez, pedían al presidente entregar el poder a manos de militares, y por culpa del mismo presidente por entregarse al pánico. Ninguno cumplió con su obligación política e histórica. Todos ellos causaron este derrumbe que no cesa de precipitarse por los abismos de la miseria y la desigualdad.

Finalmente la noche dio paso al primer día de los miles en los que Colombia se asesina a sí misma por cuenta de pertenecer a este o a aquel partido político, mientras los dirigentes de dichas toldas debaten pacíficamente gracias a que “la cosa es bien simple: tú, Pombo y yo somos liberales, con nuestra variadas tendencias, y Urrutia, Umaña y Dávila son conservadores con las suyas. Pero unos y otros nos encontramos todas las mañanas jugando golf en el Country Club”. Los únicos que pusieron la sangre y los muertos fueron, por tanto, los que creyeron que hay diferencias entre un partido y otro, sin pensar que el asunto no es de bandos ni de ideologías, sino del poder y sus vergonzosos laberintos.

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Errores en estudio sobre consumo de alcohol

cerveza2(Fuente de la Imagen)

El reciente Estudio sobre Patrones de Consumo y Consumo nocivo de Alcohol en Colombia 2012, de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), afirma que Colombia es el tercer país de Latinoamérica en consumo de alcohol. Pienso, con todo respeto, que el artículo se equivoca por dos razones: la veracidad de las respuestas y la incapacidad de calcular la cantidad de alcohol que se ingiere en un año.

La metodología de entrevistar a ciudadanas y ciudadanos generó, en primer lugar, imprecisiones gracias a que en este país nadie se considera alcohólico a pesar de emborracharse dos veces por semana. ¿Alcohólico yo? ¡Nunca! Sepa usted que nunca me he emborrachado en mi vida, apostaría que dijo más de uno. En este país, además de lo anterior, nadie admite que está embriagado a pesar que no se puede sostener en pie o que está dando botes bajo la mesa después de haber ingerido dos botellas de aguardiente.

Quedan dudas, asimismo, de la manera en la que se llega a la conclusión que se bebe 6,3 litros de alcohol por año. ¿Cómo una persona determina cuánto alcohol ha ingerido en una noche?

Para hacerlo necesitaría, en primera instancia, beber el mismo licor. Esto, como todos sabemos, no se cumple, ni se cumplirá en Colombia gracias a que se acostumbra mezclar tragos. ¿Cuáles tragos? Todos. Acá, por ejemplo, bebemos cerveza, vino que parece jarabe, aguardiente que sabe a juagadura de techo de cantina, tequila de caja, ron y brandy en un breve paseo por la cuadra. Vecino; tómese un ron, dicen los dueños de la casa adyacente. Venga el ron. Vecino; tómese un whisky, dicen los propietarios de la casa contigua a la adyacente. Venga el whisky. Así hasta que al límite de la cuadra caminamos en eses, sin saber para dónde íbamos y desconociendo la razón por la que salimos de la casa. Entonces damos media vuelta y empezamos a dirigirnos a ella recibiendo los mismos tragos, pero en sentido inverso.

Supongamos, volviendo al tema y en aras de facilitar el debate, que ingerimos un solo tipo de bebida. Digamos, por decir una cifra, que esta tiene una concentración del 8%. Ahora nace un nuevo inconveniente. ¿Cuántas botellas se bebió? Si se sentara solo en su casa y las fuera acumulando una detrás de otra, sería fácil hacer la cuenta. Pero el colombiano promedio no toma en la casa. Al menos no lo hace en la propia. Bebe en la calle, mientras va de un punto a otro.

Presumamos, entonces, que se sienta en la mesa de un bar y que deja sobre la mesa todas las botellas. Lo malo es que no son pocos los tenderos que les agregan cascos desocupados para aumentar la cuenta. O, si no es el dependiente, son los borrachos de la mesa vecina quienes cambian una botella llena por la desocupada que tienen ellos sobre su mesa. También acostumbran poner un grupo de botellas para aminorar el importe propio y subir el ajeno. Si el lugar está muy lleno se roban la botella entera y se pierden entre la marejada de piernas y brazos que intentan bailar entre los borrachos.

Establezcamos, para facilitar el ejercicio, que nadie roba o cambia las botellas. Ahora viene el problema de la dosis que ingiera en cada sorbo. Quisiera suponer que ingiere la misma dosis. En Colombia, sin embargo, se bebe directamente del pico de la botella. Así la medida depende del diámetro de la boca de la botella (o de las dimensiones del roto de la caja) y de la tolerancia que se tenga en el momento de empinar el codo.

Lo anterior demuestra que es imposible que un colombiano promedio pueda responder con absoluta certeza, cuánto alcohol ingiere en una sola jornada etílica. Piensen ahora el problema que supone hacer los cálculos de un año entero. Normalmente no recuerda la mitad de las bebetas porque se enlagunó en ellas. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Qué hice?, se preguntan poco después que se despiertan en una casa ajena, sin ropa, al lado de una mujer igualmente desnuda, igualmente ajena e igualmente enlagunada. En algunos casos la laguna desemboca, incluso, en el asesinato de los compañeros de jarana a causa de alguna pequeñez. Baste citar, para respaldar esta afirmación, el caso que fue ampliamente documentado por la prensa amarillista de Bogotá, del joven que amaneció al lado del cadáver del amigo que ultimó a puñaladas porque cometió la imprudencia de pedir “un vaso de cerveza”, en lugar de “un vaso con cerveza” (bastante peligroso esto de vivir en un país de gramáticos).

En suma, y para no dar más largas, es imposible determinar cuál es la cantidad de alcohol que consumimos en un año y en consecuencia, es falaz el resultado del Estudio sobre Patrones de Consumo y Consumo nocivo de Alcohol en Colombia 2012, de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).

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Parábola del Triciclo y la Bicicleta

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Mario Saavedra, diez años atrás, expuso lo que él denominó entre pielrojas y cervezas, la Parábola del Triciclo y la Bicicleta.

Lo primero que hacemos cuando nos regalan una bicicleta es abandonar el triciclo, decía él. Sin embargo, un día alguien decide montar el triciclo y uno, por más que tenga bicicleta, y por más que no use el triciclo, se ofende. No sólo se ofende, entra en cólera y arremete contra el que se atrevió a tomarlo abusivamente. Después que cesa el peligro, vuelve a dejarlo arrumado entre cacharros viejos e inservibles, toma la bicicleta y se va a dar una vuelta mientras el triciclo empezará a perderse en el olvido y la indiferencia.

Quizás eso nos pasó con los setenta y cinco mil kilómetros cuadrados de mar que fueron nuestros desde el 25 de noviembre de 1802, día en el que los habitantes de la isla pidieron a la corona española depender del Virreinato de la Nueva Granada y no de la Capitanía General de Guatemala. O, si se quiere, desde el 20 de noviembre de 1803, día en el que la Corona Española, por intermedio del virrey Caballero y Góngora, emitió la cédula real en la que se pone este territorio bajo la jurisdicción de La Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá.

¿Qué hicimos con ella durante ese periodo de tiempo?

No sé. Puedo decir, sin embargo, qué No se hicimos por más de doscientos años: no se explotó, no la conocimos y no la sentimos como parte del territorio nacional. Los únicos que explotaron, conocieron y quizás hayan llegado a sentir propia esa superficie marina, fueron los doscientos pescadores que recolectaban langosta. El resto de los colombianos no sabíamos que existía o, si lo llegamos a saber por alguna casualidad de la vida, nos importaba poco su ubicación en el mapa.

Pero ahora que se fue para manos nicaragüenses, ahora que otros serán los que exploten esa zona nos rasgamos las vestiduras, nos damos golpes contra el suelo. ¡Ay dolor de patria!, se lamentan con una locuacidad quijotesca. ¡Ay de mi triciclo!, lloré cuando me lo arrebataron de las manos que pretendían salvaguardarlo. Lo use poco, pero ¡cómo me dolió que se lo llevaran! Quería tenerlo ahí, perdido entre la montaña de escombros que acumulaban mis papás con rapidez alucinante. ¿Para qué? Para saber que era su dueño y para tener la posibilidad de verlo desaparecer entre las marejadas de ruinas y óxido que se lo llevaban hacia los rincones de la inexistencia. Posteriormente vinieron por la bicicleta. Esa vez no lloré ni me quejé, simplemente la dejé ir porque sabía que sería inútil cualquier reclamo. Después no hubo nada más que se pudieran llevar: sólo quedó el silencio llevándose las últimas hebras de mi infancia.

No veo lejano el día, como consecuencia de esta indiferencia, en el que otras naciones se adueñen de la biodiversidad del país. En ese instante se armará la de Troya. ¡Ay de la biodiversidad!, gritarán arrancándose mechones de cabello. ¡Ay de los pajaritos que encerrábamos en jaulas!, vociferarán los comerciantes. Dejaremos de ser, a partir de ese momento, asombro y envidia de los demás países por cuenta de tener el ansiado record de agregar cinco especies nuevas por año. Ahora las especies nuevas serán de los canadienses, estadounidenses o de los franceses. No les alcanzará la parrilla de Animal Planet, Natgeo y Discovery para acomodar los especiales que hablarán de cada descubrimiento. ¿Y nosotros? Nosotros veremos por televisión lo que contemplábamos antes en vivo y en directo cuando íbamos a llenar de basuras las reservas naturales o cuando le dábamos la espalda gracias a que la regalamos para ser devastadas por empresas mineras. Para eso eran nuestras: para dañarlas y abandonarlas. ¿Para qué más las queremos? Luego vendrán por el petróleo, por el agua, por la tierra, hasta que esta nación no sea más que un triste jirón de sí misma.

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Caverna

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Dedicado a Andrea Castro; filósofa de altísimo vuelo

Avanzamos en contravía de quienes se enredaron en las horas y los kilómetros, en las ilusiones y las sombras. Conquistamos cada palmo calculando las fracturas del terreno, los oídos atentos al murmullo que antecede, al silencio que aguarda adelante, buscando en la bruma amores que pusimos de sesgo en el fogón del tiempo, amigas que ahora, vistas a la luz de la memoria, pueden cumplir funciones de amantes y cómplices, de linternas en la oscura ruta. Marchamos insensiblemente a pesar que no sabemos cuánto falta para arribar a aquella amarga región que puede ser una centella o una fantasía estéril y de quien todos hablan durante el trayecto. Transitamos con pasos vacilantes y manos extendidas hasta que falla el oído y el tacto, hasta que no hay compañera o compañero que amortigüe las penurias del viaje, hasta que las breves tinieblas se transforman en una oscuridad compacta que nos conducen por un laberinto interminable…

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Viaje

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Para que me llamara Diego Niño y habitara este palmo de tierra se necesitó la amplitud del planeta y la profundidad de los siglos: miles de vientres fértiles, millones de manos urgentes que cruzaron y descruzaron la resistencia de la incertidumbre, hombres de todos los continentes trenzándose con mujeres de todas las razas amparados por la luz que acompañó el milenario viaje de mis genes por la carne y los huesos, por los siglos y las tragedias. Soy, por tanto, la terca hierba que brota entre las grietas del tiempo y la esperanza, el impertinente despojo que llegó, con el favor de la enloquecida y ciega fuerza del destino, a su cumpleaños número treinta y tres…

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Viaje de Mina (Michael Ondaatje)

Reseña publicada originalmente en El Espectador

El Oronsay acoge a jóvenes que terminarán su ciclo de estudios en Inglaterra, profesores que sueñan con la cultura londinense, millonarios confinados tras las rejas de una maldición, misteriosos botánicos, artistas de circo, un preso y toda clase de personas que hormiguean en sus entresijos.

Lo que promete ser un viaje agobiante para Michael (el narrador), se transforma, una vez la embarcación leva anclas, en una aventura por el simple capricho de ser ubicado en la mesa número 76, a la cual, por su posición marginal, casi condenatoria, denominan “mesa de gato” (Cat’s Table, el título original de la novela).

Con este panorama inicia la última obra de Ondaatje. Los primeros capítulos son cortos, inconexos, incluso podría decirse que pecan de rudimentarios. No podría, sin embargo, ser de otra manera: los once años, edad que tenía Michael cuando aborda el Oronsay, es un período en el que los remanentes de niñez impiden ser visto como un adolescente y en la que, simultáneamente, se es demasiado grande para ser tomado por niño. Es, por tanto, una temporada precaria, difícil de transitar por cuenta de la doble marginación, las exigencias que suponen una madurez incipiente y los privilegios que quedan intrincados en las hebras de la infancia. A este hecho, fragmentario en sí mismo, deben agregarse las limitaciones de la memoria cuando retrocede a esta edad que, por su condición limítrofe, se escabulle fácilmente por las arrugas del olvido.

La novela, entretanto, avanza a la misma velocidad con la que la barca embiste la mar. Lentamente, con paciencia sólo atribuible a un hombre maduro, el autor lleva a Mina (apodo que recibe Michael durante el viaje) al Canal de Suez. Al entrar en él, el Oronsay navega entre aguas fatigadas y rumores de voces que se ven superadas por los gritos de vendedores sonámbulos que se pierden en las tinieblas del amanecer en el que Michael, en un giro imprevisto, arriba a los treinta años. Esta ruptura en la narración es la razón por la que asistimos a este viaje: las personas que pululan en los corredores y comedores del buque serán, por absurdo que suene, quienes definirán el futuro del niño. El autor afirma, para respaldar esta conjetura, que nuestra vida se desarrolla “gracias a desconocidos interesantes con quienes cruzaríamos sin que se produjera ninguna relación personal”..

La historia, entonces, no es un relato juvenil, como sugieren algunos críticos, sino una metáfora de la vida en la que el Oronsay hace las veces de este planeta vagabundo que peregrina en torno a un sol igualmente errático y al cual se aferran los humanos con sueños y fantasías, quejas y dolores que son en apariencia insignificantes, pero que afectarán, siguiendo la hipótesis sobre la que Ondaatje construye la novela, a los demás miembros gracias a que la humanidad es una red nodular en la que la perturbación de uno de sus miembros incidirá, finalmente, en los nódulos restantes.

En este punto no puedo dejar de pensar que estas palabras, las que lees en este momento, son producto de uno de aquellos “conocidos interesantes” de El Espectador que decidió elegirme entre los cincuenta y tantos para ser quien reseñara esta novela. Acaso, dejándome llevar por la algarabía de la imaginación, fue aquella muchacha de sonrisa luminosa que me entregó el libro o, quizás, nunca se sabe, fue un señor de ceño fruncido que tomó la resolución en un escritorio que naufragaba entre hojas y libros. El caso es que su sentencia impulsa en este momento mis dedos sobre el teclado y tus ojos sobre estas líneas, de tal suerte que éstas, quizás, te impulsen a obsequiar la novela a una compañera de universidad que, a la vuelta de circunstancias y años, se transforma en tu esposa o, quién sabe, en la hermana de tu esposa. La decisión de aquella muchacha de sonrisa luminosa, o de aquel hombre de ceño fruncido, sería, en ese caso, la responsable de esa unión, de ese porvenir con hijos y casas a quince años, de ese futuro de vaivenes en este planeta que transita los flujos y reflujos de la eternidad.

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En busca de…

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Kandy Strauss promete, desde su cuenta de Twitter, que tendrá sexo con el seguidor que el azar determine (imagino que incluye mujeres), si el contador de contactos llega a cincuenta mil. Este fenómeno, que parece marginal, se repite en los perfiles y páginas de fecebook en los que algunas mujeres cambian likes por fotos en las que posan semidesnudas. Ellas suponen que son aceptadas y/o vitoreadas por un ejército de manos con pulgares enhiestos de la misma manera que los norteamericanos, con su empalagoso complejo de superioridad, asumen prestigiosa la salva de aplausos y gritos con los que se reciben a presidentes y actores.

Eso es, justamente, lo que me llama la atención: que existan personas que no sólo sueñan con ser aceptados (que es, en sí mismo, difícil) sino con ser aclamados por la muchedumbre. Quizás, pienso a la velocidad de los dedos, el afán de algunas personas por obtener títulos y bienes materiales (herencia de clara raigambre ibérica) apunte en la misma dirección: buscar que los semejantes sientan el impulso de elevar el pulgar o aplaudir a rabiar demostrando, de esa manera, la admiración que entrañan sus logros.

¿Qué diferencia, en consecuencia, a quien desea progresar del que anhela señorear sobre la masa? Si la respuesta es de cantidad y no de género, es decir, si las dos son empujadas por el mismo motor, pero cada una tiene su propia concentración de vanidad, se tendría que todos buscamos esa aceptación en cada acto que realizamos. ¡Vaya panorama macabro el que promete esta hipótesis! Quiero creer que existimos y obramos en busca de nuestro bienestar y felicidad sin que la existencia del Otro infiera en el diseño de nuestros objetivos. Esto indicaría, por tanto, que hay una diferencia (quizás grande) entre la persona que prospera por gusto y quien lo hace por necesidad, entre el que elige su carrera para crecer como humano y quien lo hace para acopiar activos, entre el que asciende en la escalera de títulos universitarios por el placer de aprender y quien lo hace buscando aplausos, entre el que cuidan su dieta por salud y quien lo hacen en busca de pulgares que se eleven en señal de aprobación…

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