Archivo mensual: mayo 2013

Llueve…

lluvia1(Fuente de la Imagen)

Dedicado a Adriana Hernández

Llueve sobre este texto sin importar que algunos silencios corren para escamparse bajo la t mayúscula al tiempo que los demás deciden irse por los renglones silbando bajito y con las manos en los bolsillos. Llueve sobre la nostalgia que gobierna las hojas que se precipitan por las alcantarillas. Llueve sobre esas cosas vagas que no se detienen en la memoria, que atraviesan sin mirar atrás, que se van sin dejar huella. Llueve sobre las peladuras de la eternidad que tienen la suerte de dominar el idioma de la poesía. Llueve sobre el futuro que no sabemos si existe o se construye, sobre el presente que es el único bien que nos pertenece verídicamente, sobre el amor que se embosca en las sonrisas que siembran incertidumbre. Llueve y llueve y llueve y sigue lloviendo mientras el viento levanta bolsas abatidas para llevárselas enredadas en sus alambres, mientras la vida se refugia en esta noche que se desploma con todas sus amarguras, mientras me pregunto qué estarás haciendo en la otra orilla de este mar oscuro y denso en el que naufragamos de tanto en tanto…

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Mínimas (35)

revolver2(Fuente de la Imagen)

Dedicado a Angie Carranza Castañeda

Divertida y asustada, empuñaste el revólver de tu cuerpo y disparaste. ¡Pum! Salió tu sonrisa alegre, victoriosa, despeinando el aire con su silbido homicida. ¡Crash!, un cristal roto, ¡catabúm!, un postigo hecho trizas. Continua tu sonrisa airosa y rebelde sin que los impactos le resten fuerza. Entretanto voy cruzando la calle sin saber que ese cartucho que lleva tus nombres y apellidos, me atravesará la piel y los huesos, hará pedazos mi pasado, desintegrará mi presente. Sólo habrá un breve estallido y luego me iré desbocado a las estepas del paraíso…

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Quisiera creer…

cerca...(Fuente de la Imagen)

Quisiera creer que existe un camino por el que se llega a tu corazón. Quisiera creer que es mi derecho, ¡qué digo derecho!, que es mi obligación hallarlo, quitarle los tablones, cortar los alambres de púas, segar las ramas y apartar las rocas que cubren su entrada. Acaso cuando termine la tarea sepas más de mí, me veas despojado de las ecuaciones y los triángulos que esconden mi alma, de las edades y los kilómetros que me hacen más lejano, menos factible. Tal vez, me digo en medio de la esperanza, el día que llegue hasta ti podamos tomarnos una cerveza, hablar un poco y, quién sabe, darnos un beso al amparo de las tinieblas. Quisiera creer, de hecho, que cada día me acerco a la entrada que está escondida en algún recodo de ese silencio al que me has condenado por meses…

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Acechanza

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Dedicado a Marjorie Carbonó 

Camacho dice que vendrás una noche. Pero han pasado tantas noches, tantos días y tantas esperanzas que estoy convencido que no vendrás una noche sino que quizás llegues con el silencio de las dos de la tarde, con el tinto con el que espanto la nostalgia, con la brisa que despeina las cuerdas de la luz. O Tal vez te traigan un taxi o una duda (disculpe señor, ¿esta es la diagonal ochenta y uno hache? No señora, esta es la calle melancolía de la que habla Sabina). Acaso traerás certezas que se irán desmigajando hasta ser una melcocha de convicciones que no servirán para nada y un abrigo del color de la tristeza que dejarás colgado en armario hasta que haga parte de las sombras que nacen cuando corro la puerta. Ese día empezaré a ser semilla, cicatriz, historias que nadie lee, silencios a cuatro bandas, caminatas hasta la Calle Sesenta y Ocho, manos en los bolsillos, parciales aplazados, grados que no llegan. Puede que también sea, aunque esto no lo puedo asegurar, la esquina de una alegría, una llamada a media noche, un consuelo a doce cuotas, una despedida protocolaria. El caso es que la certeza de Camacho, la línea delgada que se aferra al fondo del pocillo y la marca oscura del cigarrillo hablan de tu llegada que al parecer sucedió cuatro años atrás, cuando inauguraste mi alegría con una sonrisa saturada de interrogantes…

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Profecía

cabaña1(Fuente de la Imagen)

Dicen quienes conocieron a Diego Niño que su vida era como sus actos: terca y caprichosa. Terco, terco, ¡qué hombre tan terco!, revela una anciana de ojos negros. Y es que dicen que eras terco Diego Niño. Terco y dulce. Escribía, borraba, volvía a escribir y volvía a hablar con su sonrisa irrevocable; su dulzura nos alcanzaba para ayudarnos a entender ecuaciones, triángulos rectángulos, líneas paralelas y todas esas cosas que no sirven para nada, señala otra mujer entrada en años y melancolías. Todas tus alumnas son octogenarias, algunas incluso esperan desde la otra orilla de la eternidad. Terco, dulce y coqueto, eso dicen que eras Diego Niño. Yo era un adolescente cuando venía a hablar con mi hermana; parecía que traía deseos torcidos, ya sabe, de los que tenemos los hombres enredados en el cuerpo, apunta un señor de sesenta años que sobresale por su vitalidad. Es que él era un coqueto sin remedio; a mí me dijo de todo, me escribió por meses sin éxito porque yo siempre supe darme mi lugar, interpela una anciana de ojos verdes. Dicen que luego te fuiste a aquella cabaña perdida en las montañas. El silencio ahogó tus palabras, dejaste de bañarte y la barba te creció sin tregua. Parecía una fiera salvaje, dice una señora que se persigna cada vez que te nombran. Decían que tenía el diablo metido en el cuerpo, interrumpe otra. Quizás no fue el diablo quien te llevó a esos parajes sino la poesía que te mostró el frágil y trasparente camino de la felicidad…

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