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Cliché

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No es que pensara traicionar a mi esposa. Es más, ni siquiera había planeado que nos encontráramos, por no decir, tropezáramos, en la biblioteca. Fue un momento incómodo en el que cada uno deseaba dar la espalda y perderse en la multitud. Sin embargo la cortesía exigía que saludáramos, hiciéramos las preguntas protocolarias, los elogios que se usan en estos casos, diéramos media vuelta y nos fuéramos cada uno por su lado. El problema, lo sabíamos bien, era que las sonrisas empezarían a brotar de las comisuras del alma, los ojos se encontrarían y las manos se rozarían (como en efecto sucedió). El resto era protocolo: cortos pero efectivos trámites de las palabras que traerían el pasado a la mitad de la conversación, que nombrarían aquel motel que queda a pocas cuadras de la biblioteca, reviviendo de esa manera el deseo que nunca se agotó en los entresijos de mi alma. El deseo y la rabia porque, debo decirlo, incidió más el coraje que el apetito por aquel cuerpo que frecuenté años atrás.

Poco después se hicieron las llamadas respectivas a su esposo y a mi esposa. Ella se burlaba de mis manos sudorosas y del temblor de mi voz. No sabes mentir, afirmó al final de una carcajada llena del orgullo que supone ser experta en el arte de falsear los rectos caminos de la verdad. En efecto no sabía mentir… ni engañar. Era la primera vez que lo hacía. Ella, en cambio, se había acostado conmigo muchísimas veces sin que apareciera la menor señal de arrepentimiento por traicionar a su esposo. Vamos, dijo llevándome de la mano como se lleva un niño al primer día de escuela: con la seguridad que aprenderá que la vida es demasiado grande para poderse encerrar en definiciones y conceptos. Caminamos algunas cuadras hasta llegar a una zona infestada de moteles. Entramos, pagamos y seguimos a la dependiente dando pasos cuya resonancia se multiplicaba en las puertas de las que emergía aquel silencio gelatinoso que se desprende de manos acariciando brazos de hombres hundidos en los crespones del sueño. Abrió el cuarto, nos miró para indagar si había peticiones y se fue por el mismo pasillo que nos trajo.

¿Qué pasa? ¿No tienes ganas?, indagó con una mirada desilusionada. Mi pene, y perdón por usar esa denominación tan catedrática, estaba arrugado, frío y acostado contra mi pelvis. Parece que no quiere, dije para llenar con razones y excusas el enorme silencio que generaba la contemplación de ese pedazo de cuero, como lo llamó ella cuando notó que no quería funcionar. Déjalo, indiqué cuando ella empezó a lamerlo, acariciarlo y succionarlo para imprimirle la vida que traería los viejos tiempos. No quiere, insistí. Ella contemplaba el pene y la ventana por la que entraba la gritería de los niños del parque que estaba al otro lado de la calle. ¿Estoy muy fea?, inquirió con voz temblorosa. No eres tú, soy yo, respondí con la satisfacción de emplear las mismas palabras que ella usó para señalar que había terminado el pequeño romance que sostuvimos a lo largo de tres meses (y de quien supe después, cuando todo importaba un comino, que había terminado porque salía simultáneamente con mi jefe). Lo triste es que ahora ella y yo empezábamos a ser un lugar común: relaciones que terminan, infidelidades, puñeteras con el jefe, vidas truncadas por un desamor, celos y cientos de clichés. Terminamos cumpliendo el estereotipo a pesar que son tantas las variantes en las que pueden suceder las circunstancias. Duele tener la misma suerte de un actor de cualquier novela venezolana. Hasta el nombre me funciona: Diego Germán. Quizás si llevara un apellido pomposo me acercaría un poco más al Universal platónico que haría de ella La Mujer y de mi El Hombre, los dos en mayúsculas para señalar que encarnamos todas cualidades y todos los defectos existentes y por existir.

Ella, mientras me sumergía en honduras filosóficas, continuaba reavivando el miembro que como sabemos todos los hombres del mundo, sólo cumple los designios de su caprichosa e insondable voluntad. ¡Déjalo!, indiqué con fastidio. Ese man no piensa parase hoy, concluí. ¡Maricón!, respondió con el odio con el que las mujeres trasmiten sus propios temores. Porque el asunto no es que le preocupara que fuera impotente. Ese, visto a la luz de las circunstancias, es un problema que sólo me competía a mí y eventualmente a mi esposa. Tampoco podría pensarse que un polvo menos o un polvo más hicieran la diferencia en su abultado cronómetro y, menos aún, que los deseos no satisfechos le arruinaran la semana. Todas las mujeres, siendo sinceros, viven y sobreviven con unas apetito que nunca, bajo ninguna circunstancia, será satisfecho gracias a que cada orgasmo les permite atisbar uno más grande, quien, a su vez, les deja ver otro superior y así hasta el infinito… y más allá, porque las mujeres, en asuntos sexuales, conocen aquellos confines que ni el más imaginativo de los hombres podrá entrever en sus acaloradas noches de sexo. Lo cual me permitía concluir que su rencor apuntaba a suponer que su generoso y delicioso cuerpo ya no tiene el mismo efecto sobre El Hombre, en mayúsculas, porque las mujeres siempre piensan que cualquier hombre es el representante de todos y cada uno de los restantes hombres (¿pensarán, en esa misma línea, que un pene encarna todos los penes?).

Se levantó de la cama, fue hasta la silla en la que descansaba su cartera y sacó un revólver. Me apuntó a la frente. Empezaban a borrarse los límites de lo convencional, a dejar de ser una reproducción de cualquier novela venezolana para pasar a pertenecer al grupo de desafortunados hombres que aparecen en El Espacio bajo algún título sugestivo. En mi caso, pensaba mientras ella me miraba con el resentimiento que sentía por sí misma, el título debía dejar en claro que moría fusilado a causa de una disfunción eréctil (“le dieron chumbimba porque no le sirvió la chimba”, podría ser una posibilidad). Sé que suena increíble que piense esas estupideces al borde de la muerte, pero mi cabeza es así de voluntariosa y se va por caminos insólitos cuando está bajo presión. Intentó martillar el revólver pero sus deditos no tenían la fuerza para hacerlo. La mente se fue limpiando lentamente, como si fuera un tablero acrílico al que se le pasa un trapo humedecido con metanol. ¡Espera!, grité cuando sentí un calor que cosquilleaba por las vecindades de los testículos. Millones de mililitros corrían, venturosos, por los cuerpos cavernosos levantando el pene con la misma algarabía con la que los soldados estadounidenses izaron la bandera en la cima del monte Suribachi. La erección contradecía en su contundencia el sentido común, la biología y quizás la psiquiatría. Venga mamasita recordamos viejos tiempos, indiqué para disipar las tinieblas que habían crecido en los minutos preliminares y que pudieron costarme la vida…

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Confidencia

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No hay razón para que le niegue que ella me trae loco. Especialmente cuando se pone aquellas minifaldas que deben llamarse de otra manera porque no es falda sino una faja de tela que va desde los senos hasta cuarenta centímetros arriba de la rodilla. Aquellas que, como dicen los comerciales y una que otra mujer que asimila el lenguaje de los publicistas, se ciñen al cuerpo como una segunda piel. Tiene varias, de todos los colores. Quiero decir, varías minifaldas, porque piel sólo tiene una. Aunque debo aclarar que parece que fueran cientos de pieles que se empalman en lugares desconocidos de la geografía de su cuerpo: la piel de la cintura no es la misma piel que cubre los omoplatos y esta, a su vez, es distinta de la que envuelve el dorso de las manos. Todas las pieles, sin embargo, me enloquecen cuando me acarician, cuando las beso, cuando se transforman en un mar en el que me hundo como un viejo e inservible buque de guerra…

Decía que no usa una sola de aquellas minifaldas, o como quiera que se llamen, sino varias, de muchos colores: unas son de los colores que puedo nombrar (blanco, rojo, negro, azul) y otras de colores que desconozco porque aluden frutas, hojarascas y flores (tabaco, verde hoja seca, anturio, mandarina). Algunas veces, pocas en realidad, no las usa porque prefiere vestir un jean y una camiseta. El jean no estaría mal de no ser porque los usa dos o tres tallas más grande que la suya. Quizás sea más cómodo para caminar, sentarse en el prado, pero dificulta el examen de las tentadoras curvas que me calientan las zonas bajas.

Ella, no hay lugar a dudas, me fascina: no hay día, hora o minuto que no piense en ella. ¡Qué embarrada que hayan tantos problemas! El primero es el novio. El segundo, como usted bien sabe, es mi esposa. El tercero es que ella es mi alumna. Esta última es, sin embargo, la menor de todas las dificultades ya que cesará en dos meses, cuando concluya el semestre y termine, de esa manera, la vinculación Alumna-Docente.

¿A qué se deberá que las personas vean con malos ojos una relación de este tipo? Si el problema son las notas, que haya auditorias para certificar la ecuanimidad en ellas. O, mejor aún, que califique un tercero. Yo califico su curso, usted califique el mío. Zanjado el problema. Pero hay algo que oscurece el juicio de las personas y que hace que los implicados se sientan culpables. Supongamos que no estoy casado y que ella no tiene novio. ¿Qué problema habría en que tuviésemos un romance? Eso no cambiaría mi manera enseñar. Sólo modificaría mi cotidianidad de puertas hacia afuera. Quiero decir, de las puertas del salón. Pero la presión, los prejuicios, hacen que uno sienta que se está acosando con la hija o con la sobrina. Y la implicada siéntelo mismo: que se acostó con el tío o con el papá. He tenido alumnas, y esto no de lo debería decir porque me puede causar problemas, que salen llorando del motel y nunca, bajo ninguna circunstancia, me vuelven a mirar a los ojos. Es más, ni siquiera vuelven a dirigirme la palabra.

Pero ese no es el problema. Tampoco su estética es la razón por la que le pongo trabas al asunto. Si la viera creo que no pensaría eso: tiene un cuerpazo que ni para qué le cuento. Si tuviera que calificarla, y disculpe mi viejo hábito de cuantificar todo cuanto me rodea (al fin de cuentas he sido profesor por veinte años), diría que sus nalgas merecen 4.5, la cintura 5.0 y las tetas 3.5. Sí señor, tiene un cuerpo 4.3 que tiende a ser 4.5 por aquello de la nota apreciativa. La cara es normal. Es decir, ni atractiva ni repulsiva. Le daría un 3.0. Sería una mujer 4.0, si nos damos a la tarea de promediar todas las notas con la misma ponderación. Una definitiva nada desdeñable: está por encima de ochenta por ciento de las mujeres. Tome, para que me comprenda, cinco mujeres al azar; ella es probablemente mejor que cuatro de las mujeres eligió. Tampoco se trata que sea mal polvo. ¡Todo lo contrario! Hace en la cama lo que no ha hecho ninguna mujer que he conocido en mi larga vida sexual. Incluso estoy tentado a entrar en detalles para que me crea, pero, ya sabe, los caballeros no tenemos memoria.

El asunto en realidad es otro: ella quiere que “formalicemos”, entre comillas, o entre guiños, como prefiera, nuestra relación. Ese es el meollo del asunto: de tener encuentros esporádicos, como los que hemos tenido con una frecuencia bastante grata, a que exista estabilidad, así sea en la clandestinidad, hay una brecha enorme. De hecho no somos dos sino cuatro los implicados. O quizás más. Y conste que no lo digo por las enfermedades venéreas, que deberían importarme. Sino porque son tantas las mentiras y tanta la suerte que se necesita para sostener ese artificio. Haga usted de cuenta que es un edificio que se sustenta sobre hebras de silencio, realidades acondicionadas, itinerarios falaces. Algún día se caerá, de eso no me cabe duda. Luego vendrán los problemas, las peleas, los reclamos. Aparte, ¿qué necesidad de complicar las cosas? Parece que a las mujeres no les gusta la felicidad: justo cuando están bien las cosas, cambian de parecer y se les da por enredarlas, por ponerle moños y arandelas hasta que lo que era tranquilidad y alegría, se transforma en una maraña de dolores de cabeza, de subidas de presión y enfermedades gástricas que ni para qué le cuento. Así empezó su mamá y fíjese, ahora le ando buscando solución a tanto problema, a tanto reclamo, con todas las mujeres que se atraviesan en mi vida. No debería decírselo, lo sé, pero a quién más le puedo contar mis problemas que a mi hijo. Dígame, ¿a quién más?…

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Herencia

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El abogado había cumplido con agilizar los trámites de la sucesión, la escrituración de los predios y la venta de algunas empresas. Esta reunión era, por tanto, la última del largo rosario de encuentros para entregar autorizaciones, ir a notarias del pueblo, Tunja o Bogotá, reuniones con topógrafos o con el séquito de gerentes y administradores de mi abuelo.

Decidimos, después de las últimas firmas, quedarnos para almorzar como la familia que no éramos y, como sucedía en mi caso, para concretar algunos negocios relacionados con la herencia. Durante la comida recordamos a los papás que habían muerto y preguntamos por los ancianos que navegaban en las ciénagas de la demencia. Hablamos de nuestros hijos y de los proyectos que emprenderíamos con el dinero que reposaba en las maletas que se amontonaban contra las paredes del comedor.

Poco después de finalizar el almuerzo se desencajó el aguacero que traía el rebaño de nubes grises y gordas que volaban a menos de seis metros de altura. Nos arracimamos, entonces, en la puerta del comedor para contemplar los árboles arqueados por el peso del agua y las vacas que soportaban el embate con mirada melancólica. Pasó más de diez minutos antes que el primero de nosotros decidiera regresar al comedor. Todos lo seguimos lentamente, abatidos por el clima y el triste destino que nos congregó en la casa del abuelo. Intentamos retomar la conversación del almuerzo, pero el diálogo recaía constantemente en penosos silencios que se veían interrumpidos por el estallido de los truenos.

¡La quebrada se desbordó!, gritó el hijo de uno de mis primos. Corrimos a la puerta para presenciar el momento en el que riachuelo perdía sus orillas y empezaba a devorar todo lo que se atravesaba en su camino. Los árboles se tambaleaban hasta que se escuchaba el crujido de sus maderas rompiéndose y luego caían al agua que se los llevaba inmediatamente, sin dar tiempo de referir el deceso. A medida que crecía, se llevaba enormes porciones de tierra que instantáneamente se transformaban en una mancha de barro que se perdía en el recodo que estaba más abajo del naranjo.

No pasaron más de quince minutos antes que una enorme roca partiera el puente por la mitad. Las dos fracciones se aferraron algunos segundos a sus soportes, pero la fuerza del agua las venció, llevándoselas como si fueran dos briznas de hierba. Ahora sí nos tocó quedarnos, indicó una voz oscura y densa como las aguas que acababan de llevarse el puente. Ahora sí nos tocó jodernos, corrigió alguien. El riachuelo crecía y crecía sin dar tregua, devorando tierra y árboles, cultivos y enormes peñascos.

Las vacas transitaban por lo que ahora era parte del río. Chapaleaban con la misma lenta y triste nostalgia con la que deambulan por el mundo. Las próximas víctimas, sugirió el niño que había anunciando el desbordamiento. ¡No diga esas cosas!, le corrigió la mamá con el énfasis que ponen las mujeres cuando se habla de tragedias. No se los dije, contradijo con el brazo señalando la otra orilla. Las vacas daban vueltas en un remolino grueso que las puso patas arriba y las hundió en una vorágine de ramas y troncos que las engulló rápidamente.

La circunstancia empezaba a ser angustiosa porque el agua se acercaba rápidamente a la casa. Algunos sugerían que corriéramos montaña arriba. Otros tantos decían que no crecería más y que por tanto no tardaría en regresar a su cauce. Lo cierto es que el agua se tragaba todo lo que le perteneció a mi abuelo como si quisiera llevárselo a La Nada en la que él navegaba desde hacía tres meses. La angustia derivó en discusiones que las mujeres intentaban apagar. De un momento a otro el niño gritó ¡Avispa! Ella, la perra de mi abuelo, corría directamente hacia el torrente. Nos unimos en gritos desesperados hasta que la vimos lanzarse a las aguas en el más extraño, pero inequívoco, acto de suicidio. Las mujeres se desesperaron, los hombres peleamos a gritos y empellones. Un empujón me dejó en mitad del porche. Desde allí pude testificar que el agua estaba a menos de cinco metros de la casa. ¡Vámonos!, grité, pero la voz se enredó en el fragor del aguacero.

Tuve la sensación que la borrasca redobló su fiereza. La visibilidad se redujo a la mitad. Distinguí algunas siluetas que corrían en dirección de la montaña. Me levanté y me dirigí al grupo que aguardaba bajo el marco de la puerta. Intenté entrar pero me empujaron nuevamente. Cerraron el portón y giraron el pestillo. No tenía alternativa: debía huir hacia la montaña. Busqué el rastro de quienes salieron antes, pero sólo veía sombras diluidas por el aguacero. Fui hacia una de ellas pero, al acercarme, descubrí que era un grupo de árboles. Al oriente vi un manchón que se desvanecía detrás de la cortina de agua. Vi, al darle alcance, que era el viejo horno de leña. A su lado estaba un rancho del que emergía un primo con una pala. ¿Para qué es esa pala?, grité con toda la fuerza de mis pulmones. Qué le importa, respondió con fiereza. Lo vi correr hacia el cimiento que delimitaba el terreno. Troté detrás de él a pesar de saber que tomaba el camino opuesto a la salvación. Cuando llegué, vi a un grupo de hombres y mujeres extrayendo un cofre que el agua había desenterrado.

No pude reprimir una ira enorme ante la avaricia de mis familiares. Di media vuelta y empecé a correr cuesta arriba. La montaña se derretía en miles de riachuelos de fango y hojas. Corrí en diagonal para ganar altura y buscar el sector por el que bajaba menos agua. Caía de rodillas, me resbalaba, retrocedía algunos metros, volvía a levantarme, volvía a caer. Algunas partes subía aferrado a las raíces que brotaban bajo el chorro de fango para soportar la fuerza del torrente que bajaba con velocidad de tragedia.

Al final me aferré a un viejo roble, di media vuelta y contemplé una enorme franja de lodo que avanzaba lenta, inexorable, hacia las arrugas de la cañada. El techo de la casa de mi abuelo flotaba sobre el fango, desmigajándose a cada golpe. En un giro de cuarenta y cinco grados se llevo en su naufragio a los primos que se aferraban al enorme baúl que lograron desenterrar. El pequeño terreno con el que mi abuelo inició su emporio (el mismo en el que nacieron sus catorce hijos) era, además de la garganta por la que se resbalaba el pueblo de quien fuera el más ilustre de sus alcaldes, el luctuoso teatro en el que murieron su riqueza y los nietos a quienes maldijo cuando el mayor de ellos se casó con su secretaria (quizás la única mujer que el abuelo amó en su vida). Tomé aire y seguí subiendo con la certeza que no moriría gracias a que resultaron verídicos los rumores que afirmaban que soy hijo de Gabriel, el conductor que entraba silenciosamente a la casa, justo después que Bogotá se aferrada a las tinieblas del apagón del noventa y dos…

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Libre

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Me tomo la libertad de compartir la historia que narró un taxista mientras cruzábamos el taco que se forma en la oreja de la Avenida Boyacá con la Calle Ochenta.

Acá donde me ve, pisé universidad. Casi termino ingeniería de sistemas, pero las viejas y el trago no me dejaron. Sé que no me cree, que ve este taxi con la puerta descuadrada, con el bumper amarrado con alambres y se dice, “este man ni habrá pisado el colegio”; pero le juro que tiene un ingeniero frente a usted. Un ingeniero y un verraco para ganarse los polvos que andan pagando en las calles y los bares. Así, chiquito, negrito y vaciado, pero les sé echar el cuento a las viejas. Aunque hay algunas con las que no funciona el carreto. Usted sabe, hay palos que no se dejan encontrar la comba.

Para la muestra un botón.

El jueves pasado yo iba como a la una de la mañana por la Coruña. No había un alma y el radioteléfono, para completar, estaba dañado. Ya me iba para la casa cuando veo a una muchachita como de diecinueve años que saca la manito en esa oscuridad tan verraca. ¿Para dónde va?, le pregunté medio desconfiado porque esas no son horas para que una vieja de esa edad, y así de buena, ande por las calles. Voy para Venecia; el problema es que sólo tengo tres mil pesos, respondió con una sonrisa sospechosa. Usted entiende que este trabajo lo vuelve a uno receloso. Yo me dije: o esta vieja tiene sus manes por ahí listos para robarme o se peleó con el novio y salió sin un peso. Mami, me queda grave por esa plata, respondí para escurrir el bulto. Mira, sólo tengo tres mil, dijo sacando dos billetes de un bolsillito de esos jeanes ajustados que a uno lo ponen a volar. Yo vi esas caderotas y esa cinturita tan rica y me animé. Usted sabe, uno es hombre: ver caderas grandes y cinturitas así de chiquita, como de avispa, pone eléctrico a cualquiera. Hágale mami, dije mientras le abría la puerta de atrás.

La vieja venía sentada donde está usted. No decía nada. Sólo miraba la ventana. Yo venía sano, lanzándole una que otra mirada por el retrovisor para verle esas patotas tan ricas. Eran unas patotas de este porte. Y con ese jean se le veían mejores. De pronto aparece un Caldo Parado y le digo que si quiere tomarse un caldito conmigo. Yo creí que se iba a cabrear porque así son las viejas buenas: rogadas y rabonas como ellas solas. Pero vea que me dijo que sí, que tenía hambre, que muchas gracias, que pitos y flautas, que Yayitas y Condoritos. Yo no podía creer que esa viejota tan rica se bajara a un lugar de esos. Me orillé, prendí estacionarias y nos fuimos para el fondo del local.

El caldo como que la empezaba a animar porque me hizo la charla y yo también le hacía charla. No me va a creer, pero hasta terminamos siendo de la misma universidad. Como es de pequeño este mundo. Yo me iba arrechando, pero paila, esa vieja me tenía jodido porque no me daba pie para hacerle la parla por donde era. Usted sabe que cuando a uno le trama mucho una vieja se enreda porque no sabe cómo decirle las cosas por miedo que lo deje viendo un chispero. La verdad yo quería seguir hablando con ella toda la noche. Hablarle y comérmela, claro, porque los hombres sólo pensamos en sexo. ¿En qué más podemos pensar? Además no tenía lucas para invitarla a un sitio mejor porque el trabajo estaba muy pailas: diga usted un jueves a las dos de la mañana, después de pico y placa. Ni siquiera había hecho la cuota del patrón. Pero yo le seguía haciendo la charla y ella seguía dándole al interrogatorio. Hasta preguntó si tenía hijos. Claro mami, tengo tres hijos, le respondí porque a mis hijos no se los niego a ella ni a nadie. Son lo mejor que me ha pasado en la vida. Que si estaba casado. ¡Qué voy a estar casado!, le dije; ella es la mamá de mis hijos, pero cada uno por su lado. Me tocó negar la costilla porque las viejas prefieren tener la consciencia tranquila a pesar que saben que uno les dice mentiras. Parece que buscan excusas para poder dormir tranquilas. En cambio uno le mete el chiche a una vieja, sea casada o soltera, y eso que llaman consciencia, no le remuerde a uno para nada. Es más, es la misma consciencia la que le dice a uno que la vuelva a hacer la vuelta porque vida sólo hay una, y la vida se hizo para gozársela. ¿O no?

De ahí salimos para su casa. Yo iba sano: le seguía la charla pero no le insinuaba nada. Cuando íbamos por los lados de la Avenida Sesenta y Ocho, por la cuadra de los moteles, un man salió con una bandera roja diciendo, hágale mijo, le dejo la noche en veinte mil pesos. A mí me cosquillearon las huevas, pero no mostré el hambre. Más adelante salió otro man que se tiró encima del carro. Patrón, hágale una atención a la niña, gritaba aferrado de la ventana. Yo quiero, pero ella no quiere, dije por decir, porque yo pensaba que esa vieja no se lo daba ni al novio. Ella soltó una carcajada lo más de vacana. Por marica no dije nada y por marica seguí de largo. No sé qué me pasó. En otros casos no se la rebajo a otra vieja. Aunque sea le hago el intento para que me eche la madre. Acá donde me ve, verraco y hablador, me han corrido la madre más viejas de las que me he comido. Pero así es la vuelta: se lo pide a cien para que se lo den veinte. Le juro que valen la pena los ochenta madrazos. Finalmente para eso se hizo el chiche: para darle gusto. ¿Para qué más? Si no tendríamos hijos como los pescados: orinando sobre una camada de huevos.

Llegamos a Venecia. Todas las luces de la casa estaban apagadas. Ya no me abren, dijo. ¿Cómo así? Mi mamá no abre a esta hora. ¿Qué hacemos?, pregunté lo más de preocupado. Tienes que hacerte cargo de mí. Mami, no podemos trabajar los dos porque nadie se sube al carro. Tampoco la puedo llevar a mi casa porque… porque no me dejan entrar a nadie, alcancé a arreglar la cagada; casi le digo que no puedo porque mi esposa está allá. Menos mal que la cabeza estaba en la juega. No sé, tienes que llevarme a algún lado, insistió. No me va a creer pero no se me ocurría nada. Si quiere la llevo a donde el tipo que se agarró de la ventana, dije al fin. Bueno, respondió ella lo más de tranquila. Pero no vamos a hacer nada: hablamos, vemos televisión y luego nos dormimos.

Llegamos al lugar. Le dije al man que nos atendió, sin que la vieja escuchara, que me vendiera tres condones, porque sin preservativos ni pío, como dice la propaganda. Ven, decía mientras yo esperaba sentado en el borde de la cama. Estoy esperando las vueltas, dije para que dejara de joder. Ven, insistía. Yo me emputaba porque tenía afán de que me acostara con ella a ver televisión; si estuviera afanada para echarnos un polvo, lo entiendo; pero, ¡para ver televisión! ¡Qué maricada! Hasta que golpearon la puerta. Salí, pagué, cogí los condones, los metí al bolsillo del pantalón y entré. No me quité la ropa para no dar boleta. Usted sabe que hay viejas que ven que uno se quita el pantalón y se van saliendo de la cama como un tiro. Pero cuando levanté las cobijas la veo con unos hilitos delgaditos. Pero rechiquitos, una cosa de nada. Ahí sí me puse como un toro. Me bajé los pantalones y la vieja apenas abrió los ojos cuando vio que tenía el chiche como pata de perro envenenado. Usted no me va a creer pero se lo metí sin darle un besito ni una caricia, ¡hasta sin saber su nombre! Es que esa vieja era cosa seria.

¿Te acerco a algún lado?, le pregunté en la madrugada por pura cortesía porque, la verdad, tenía afán de entregar el carro. No, voy a la Coruña a ver si ya se le quitaron los celos a mi novio, dijo la muy descarada. En la puerta cada uno cogió por su lado: ella para la calle y yo para el parqueadero. Ni el teléfono nos pedimos. Para qué, lo gozado no se repite; y si se repite, no se le saca el mismo gusto. Haga de cuenta que es cuando uno raspa la olla para sacarle la pega del arroz: sólo hace bulla porque el arroz hace rato que se los comieron. Las repeticiones y las segundas partes son eso: bulla que sólo sirve para llamar el hambre…

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Cecilia


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Ella no puede hacerse la cera, ni siquiera podría darle una sonrisa razonable gracias a que sus dientes quedaron aferrados a los años perdidos en las catacumbas del olvido. Lo espera, sin embargo, con las pocas esperanzas que no han marchitado los tumbos de una vida que se ha llevado hijos y alegrías y quienes sólo le han dejado una soledad que ni siquiera Carlos puede llenar con las visitas dominicales que matiza con astromelias envueltas en papel periódico o, cuando no hay dinero (que es lo más frecuente), con choco break que se derriten los bolsillos de la chaqueta de cuero que se desmigaja cuando la abandona en cualquier rincón. Nada, decía, llena su soledad: ella sólo es vacío y miseria, silencio y necesidades que nunca se satisfacen o que, en el mejor de los casos, se resuelven a medias, como si las soluciones le hicieran cocos desde la esquina del tiempo, se acercaran tímidamente y la acompañaran por unos días para luego irse con cualquiera. Así piensa ella, La Veci, como le dicen quienes suben o bajan por estas laderas de calles jabonosas, mientras espera a Carlos todos los domingos.

Él siempre llega sin importar si llueve o hace sol, si pierden o ganan los equipos capitalinos, si hay o no hay sueldo: sólo le dice a su esposa que va a hacer una vuelta, sale de su casa dando un portazo furibundo porque la violencia es el único argumento que él conoce en el trato con sus semejantes, y empieza a caminar por calles fracturadas que empatan con un sendero que las pisadas tallaron sobre el pastizal y quien, al final de una hora de marcha, desembocan en los caminos de herradura por los que suben mulas arrastrando carromatos. Sólo lo acompaña un palillo que muerde con ternura hasta que se deshace en hebras de balso que expele en densos escupitajos.

Suenan dos golpes autoritarios que ordenan bajar el volumen de la grabadora que se conecta a un cable que se embute en la maraña de alambres tentaculares que roban algunas horas de electricidad a las redes que descienden a barrios igualmente marginales, pero que tuvieron la suerte de arribar antes que ellos. La Veci se levanta despacio, acomoda los pliegues de la falda, ajusta el cabello detrás de la oreja y camina hacia la puerta hecha con las mismas latas de las paredes y del techo. Lo recibe con una sonrisa porosa que él corresponde con una mirada agresiva que pretende instalar los sentimientos en los lugares correspondientes. Alarga el brazo con el habitual ramo o, si no hubo trabajo o el sueldo se fue en una borrachera, saca algunos choco break’s de los bolsillos de la chaqueta y los depositas en sus manos. Camina hasta el fondo y se sienta en la única silla que hay en esta vivienda. Ella, entretanto, va a la hornilla donde aguarda una sopa en la que nadan dos patas de pollo, la sirve en un plato desportillado y, desde la viga que sostiene la techumbre, lo observa comer vorazmente. Luego sobreviene el amor apurado, sin trámites ni caricias preliminares: un ataque feroz atiborrado de envestidas, gemidos y cuerpos trenzados que terminan diez minutos después, entre la mirada adolorida de ella y los ojos de él cerrándose a pesar de la resistencia…

Afuera suena el temblor de hojas, un perro lanza un aullido que el crepúsculo atrapa en su vuelo, al tiempo que unos ojos que vigilan, indiferentes, el silencio que crece a la velocidad de las tinieblas. Adentro La Veci contempla el techo acanalado que cruje por el cambio de temperatura y piensa que está nuevamente sola, con las entrañas insatisfechas y una larga jornada que la espera a la otra orilla de la noche. Su vida, piensa, es un pozo ancho y oscuro del que no saldrá jamás. Cierra los ojos para dejarse llevar por las fantasías mientras concluye lo que Carlos inició horas atrás.

Él, entre tanto, jura que es la última vez que se acuesta con ella, siguiendo, de esa forma, el libreto que se repite todos los domingos. Sus hijos merecen respeto; especialmente la menor, la que le escribe cartas en hojas de cuaderno ferrocarril que él guarda en el cajón de las camisas, piensa entre largas zancadas. También, se dice con la culpa galopándole en el pecho, Cecilia merece respeto por el sólo hecho de acompañarlo en los más difíciles e intransigentes años de su existencia. Cecilia, reflexiona con los ojos temblorosos, ha mantenido a flote la casa lavando ropa ajena, remendando pantalones, volteando el cuello de camisas raídas, subsanando los huecos que deja su alcoholismo galopante y tolerando las ínfulas de mujeriego que lo llevan ladera abajo hacia la encrucijada en la que está un grupo de muchachitos bebiendo vino para acorralar los efectos del bazuco.

Los saluda después que fracasa en su intento de equiparar sus caras con el recuerdo de la fisonomía de los compañeros de colegio de Gonzalo, su hijo. Le dan la mano, se cruzan miradas opacas, le ofrecen la caja de vino que él rechaza con un movimiento de cabeza. Hágale, insiste el mayor de ellos. No gracias, responde Carlos al tiempo que intenta continuar su camino. Una mano le detiene el paso al tiempo que otra, a su espalda, lanza la primera cuchillada.

El siguiente domingo La Veci lo esperará sentada frente a la grabadora. Más abajo, en la casa de Carlos, su ausencia crecerá por todos los rincones de la casa, subirá por el silencio de las tres de la tarde y se hará palpable a las ocho de la noche, hora en la que él llegaba oliendo a mujer y a rencor. Luego Cecilia, enfilando meses y congojas, asumirá el papel de la madre del hijo que tomó la antorcha del alcoholismo y quien, siendo fiel a la consigna, emprenderá, con paso firme y seguro, el camino por el que se perdió su papá.

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Despedida (3)

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“La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar”.
Canta Silvio Rodríguez

Hola, dijo con sonrisa nerviosa. Conservaba aquel cabello que se iba con la primera brisa juguetona. Este es mi esposo, remató. A su lado sonreía un hombre de cuarenta y tantos años, alto y simple como la mayoría de los norteamericanos. Hi, dije sin controlar las fluctuaciones de una voz que se perdía en los ribetes del tiempo. Me lanzó, al final del apretón de manos, una sonrisa protocolaria, emitió un par de susurros en su oído y se hundió en el tumulto de hombres inexpresivos.

Conocí a Deisy a miles de kilómetros de la Universidad de Fitchburg, lugar al que, sea dicho de paso, ella vino para acompañar a su marido a una de aquellas convenciones que congregan hombres de discursos letárgicos y carcajadas artificiales que imparten los parámetros y normas que se deben observar en la enfermería superior. Nuestro universo se gestó, decía, en los tiempos en los que fui profesor de Pre Icfes: ella fue mi alumna, hecho que inauguró una amistad protocolaria que se encauzó, poco después que ella cumpliera la mayoría de edad, por las cunetas del erotismo.

(Debo decir, en honor de la verdad, que la última frase es exagerada puesto que nunca llegamos más allá de correos acalorados en los que confesábamos nuestros más oscuras fantasías, ubicando al otro (o a la otra) como protagonista).

Poco después cambié el oficio de profesor por el de Community Manager, el cual abandoné, a su vez, por las veleidades del periodismo. Luego renuncié a encasillarme en una profesión y me dediqué a errar por el mundo ganándome la vida escribiendo notas para revistas digitales, enseñando cálculo en pequeños colegios, editando novelas que nunca llegaron a publicarse o cualquier oferta que se atravesara en el camino.

Ahora sí te acepto la propuesta, dijo al margen de una sonrisa sensual. La observé con un silencio inquisitivo. Abrió sus hermosos ojos verdes para que hallara en ellos las esquirlas que le daban sentido a la frase. ¿De qué hablas? Quise dejar todo en el perímetro de lo explícito. Quiero que hagamos el amor, dijo con naturalidad. De las ciénagas del olvido regresó la tarde en la que acordamos vernos en un centro comercial y luego acatar lo que el azar o el cuerpo decidiera hacer con nosotros. Ahora sí quiero hacerlo porque estamos en igualdad de condiciones, recalcó. En realidad no lo estábamos puesto que me había separado años atrás. Estoy soltero, aclaré. Mejor aún, concluyó con una mirada que pretendía meterse por las rendijas de mi cuerpo. Aquella tarde del dos mil doce no llegó a la cita. ¿Perdiste el temor a los quince años de ventaja?, inquirí. A estas alturas de la vida no importa que yo tenga treinta y siete y tú cincuenta y dos; importan las ganas. Los deseos existían hace veinte años, atajé su evasiva; ¿qué ha cambiado? Era una niña, afirmó con los ojos bajos. En realidad no era una niña en el rigor de la palabra: abandonaba, cuando nos conocimos, la adolescencia con algunas escaramuzas sexuales en su haber. Aunque, en realidad, ese no es el punto, pensaba mientras daba vueltas al hielo que se derretía en un charco de Whisky tibio. ¿Por qué no llegaste?, indagué para abrir viejas heridas. Me sentí mal: tu esposa no tenía la culpa que nos gustáramos… nadie tenía la culpa que nos gustáramos… podíamos desistir del proyecto de irrespetarla, aclaró con frases vacilantes. Por supuesto, pensé con una sonrisa vaga en los labios; el sentimiento de culpa en las mujeres: sienten que cargan con todos los pecados del mundo y que ellos, los pecados, sus pecados, son los causantes de las enfermedades y desgracias de sus familiares, de la traición de sus maridos, de la inclinación del eje del planeta. ¿Dónde y cuándo?, pregunté con los ojos clavados en los cubos de hielo. Wallace Plaza, el martes a las tres de la tarde. ¿Otro centro comercial?, interpelé con ironía. Te juro que esta vez sí llego. Eso espero, concluí antes que arribara su esposo con intención de presentarnos dos señoras entradas en años.

El martes a las tres de la tarde tomé un vuelo para Bogotá. Mientras el avión desafiaba la gravedad, imaginé a Deisy sentada en una banca del centro comercial con la cabeza puesta en el encuentro sexual. No quise cargar con la responsabilidad de amargarle la existencia con reproches y condenas que le socavarían el equilibrio mental. Su seguridad y valentía eran la mampara detrás de quien escondía los temores y prejuicios de la niña de diecisiete años que se sonrojaba a la menor provocación. Es más, la osadía con la que me abordó sólo puede atribuirse a la inexperiencia: una mujer que ha sido infiel sabe que el terreno del adulterio se allana lentamente, con paciencia, para no fracasar a causa de un malentendido o por cuenta de un olvido que delate la traición. Quizás creyó, una vez estuvo al tanto de mi arribo a Fitchburg, que bastaría acorralarme en la reunión a la que me llevo Anne (amiga común) y defender todas las variantes de la conversación para librarse de posibles incidentes. Tal vez, pienso ahora, pensé entonces, el vigor con el que le insistí años atrás le dio la confianza que necesitaba para lanzarse ciega y tontamente a una propuesta a la que pude negarme y que pudo ser ocasión de un escándalo que llamaría la atención de los concurrentes.

Lo único rescatable de esta situación, reflexionaba al tiempo que la aeronave se afianzaba en velocidad de crucero, es saber que continuaba abierta la puerta que entorné veinte años atrás. Creo que los amores que se confiesan, pero a quienes las circunstancias no les permiten consumarse, sobreviven gracias a la certeza de que se pudo hacer con ellos todo lo que estaba al alcance del deseo y de la voluntad (que no es poca cosa en asuntos del amor). Tienen, además, una ventaja sobre sus homólogos: son más fuertes gracias a que se alimentan de los recuerdos y las esperanzas pero no tienen la oportunidad de perderse por los senderos por los que se extravían todos los amores del mundo.

Inicié, cuando el avión sobrevolaba el Atlántico, el duelo por un amor que se restringió a una docena de correos, tres charlas al margen de un café y que al final se precipitó por los socavones del tiempo. Levanté, en consecuencia, el vaso de Whisky, apunté hacia norte y me despedí de aquella aventura que tuvo la facultad de cambiar el rumbo de mi existencia pero quien sólo se limitó a ser una entelequias más en este universo de equívocos y mentiras.

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Cuarenta y tres metros

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Fue suficiente un roce de miradas para que nos conectáramos desde las dos orillas de un río de personas y mesas. Ella estaba con su pareja y yo estaba sentado junto a mi esposa. Marjorie, mi mujer, no tardó en descubrir las ojeadas que erraban por los cuarenta y tres metros que nos separaban. Arribó la incomodidad con todos sus aguijones. ¿Quién es ella?, pregunto interrumpiendo una conversación azarosa. ¿Quién?, respondí como lo hacen todos los hombres que se sienten descubiertos antes que las ideas (las malas ideas) concluyan su proceso de maduración. Ella, la que lo mira desde hace una hora (no era una hora sino catorce minutos). ¿Cuál?, rematé con otro interrogante con la esperanza que se perdiera en el laberinto de dudas y respuestas para que emergiera, minutos después, en un diálogo inofensivo. Eso, hágase el pendejo, objetó, destruyendo, de esa manera, la única estrategia existente desde los días en los que Filipo de Macedonía, padre de Alejando Magno, la estableciera: confunde y reinarás (creo, de hecho, que es divide y reinarás; para el presente episodio tiene, sin embargo, la misma validez). El caso es que arribó, al término de un bufido que descuadernó los arbustos, una ráfaga de silencio que abrió un abismo de segundos que se marchitaban lentamente.

Poco después la muchacha se levantó y vino contoneando las caderas en una vorágine de balanceos provocativos que succionaba manteles y hojas, que decapitaba frases, que despeinaba las hebras de viento. Marjorie se encrespó cual mar embravecida. No existe mujer que acepte que otra venga a pavonearse de esa manera en el territorio que no es territorio, ni enclave o consulado, sino un espacio tan etéreo como la ley que lo genera y tan escurridizo como los múltiples estatutos que le crecen con los años hasta transformarlo en una maraña de normas tácitas y explícitas que siempre, sin excepción, castigan al hombre por ser como es. Ella continuaba acercándose y Marjorie seguía erizándose como si fuera un animal defendiendo la comarca en el que habrán hijos, casas a quince años, deudas, peleas y reconciliaciones; es decir, en el que hay futuro en estado sólido.

Yo, entretanto, quería bramar con todas las fuerzas de la testosterona que burbujeaba en las vecindades de los ojos. Y no era para menos: ella, ese imperio de carne y sensualidad, venía a toda vela a mi encuentro sin temerle a la mirada rencorosa de mi esposa, a los susurros que hacían ondular su minúscula falda, ni a su pareja. Nada la detenía. Parecía que sólo la impulsaba el deseo de poseerme en un frenesí de sudor y flujos seminales. El cerebro para este momento había apagado todas sus funciones cognoscentes y sólo operaba en modo emergencia. Simultáneamente la especie humana, la bendita especie humana, pedía desde las cumbres metafísicas que hiciera posible su perpetuación. Quizás, me digo en el instante que escribo estas palabras, es el único momento en el que el acto y la potencia son uno y la misma cosa: la perpetuación de la especie (que sólo existe en potencia) se cumple en el ejercicio sexual (que sólo se consuma en acto)… en fin. Concomitante con el llamado de la especie, pero desde los abismos de la animalidad, rugía el instinto sexual: toda la fuerza de la naturaleza se acumulaba en una región que demandaba toda la sangre posible, abandonando, de esa manera, al pobre cerebro a la deriva de su suerte (que era poca).

Ella seguía acortando la infinita distancia que nos separaba. Marjorie la miraba con los ojos inyectados de sangre, en tanto arrugaba la servilleta para retener el alarido que ahogaría el fandango con la eficiencia de un cañonazo. Seguía acercándose y mi mujer continuaba poniéndose rígida y le vibraban los maseteros y el músculo orbicular. La respiración se había transformado en una especie de sortilegio que pretendía convocar un rayo que la reduciría a un cúmulo de ceniza y rescoldos que ella pisotearía a su antojo.

Me levanté cuando le faltaban dos centímetros para llegar a la mesa. Las piernas sólo se sostenían por el ímpetu de la reproducción. Cuando estaba frente a mí dijo en un susurro leve, manso como el silencio que se filtra entre los versos, tierno como la sonrisa de una mujer, Hola. Hola respondí al tiempo que ella continuaba su marcha hasta llegar a la mesa que estaba detrás de mí y abrazar a un hombre corpulento. La sangre se redistribuyó instantáneamente por todos los órganos y extremidades hasta llegar al cerebro (quien dos segundos antes me avisó, a pesar de su avanzado grado de invalidez, que había hecho el ridículo). Sentía que todos me observaban, pero mi esposa era la única que me lanzaba una mirada que helaba la sangre. ¡Idiota!, señaló con rabia. Luego se hundió en una región perdida en las nebulosidades de la indignación. Yo sabía que era lo último que le escucharía esa noche (y quizás el resto de semana). Mañana, o el próximo mes, dependiendo de su humor, cuando vuelva a hacer uso de la palabra, se referirá a ella como “la zorra del centro comercial” (acentuando las comillas con voz temblorosa) y me recordará este episodio hasta el final de mis días para hacerme pagar, de esa manera, la osadía de haberle mostrado, así sea por un par de segundos, la posibilidad de que ese futuro sólido se puede derretir y escurrirse por la rendija de la primera mujer que atraviesa el cuarto piso de un centro comercial.

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