Archivo mensual: noviembre 2009

Desencuentro

(Fuente de la Imagen)

Te encontré en la penumbra de un café. Usabas lentes oscuros para desorientar las miradas que buscaban tus ojos. Tenías una falda concisa que dejaba entrever la vorágine de tus piernas y una blusa con dos botones leales que se abrían a conveniencia. El cuadro lo remataba aquella melancolía que hace juego con el cigarrillo que se marchita entre el índice y corazón. Yo usaba, por aquellos días, una melena desafiante, una barba desordenada y el incontrolable hábito de leer poesía. Entre verso y verso estudiaba tu deliberado silencio, el milimétrico movimiento de tus piernas y el mechón de cabello que rehusaba aferrarse al pabellón de la oreja izquierda.

Me dirigí, al cabo de una hora de excesivo tanteo visual, a la caja a pagar el tinto apaciguado por los versos de Ángel González quien, a su vez, se extravió en el naufragio de tu indiferencia. Camine con el mayor aplomo hacia la salida. Cuando pasé frente a tu mesa me dijiste: ¿quién se atreve a leer en la anarquía de un establecimiento de mala muerte? ¿Qué mujer se aventura a sentarse en un local frecuentado por ladrones y desesperanzados?, inquirí para extraviar los argumentos. En la pregunta está la repuesta, dijiste con vocales insinuantes. Miraste la tapa del libro que llevaba bajo el brazo y recitaste:

Cuando tengas dinero regálame un anillo,
cuando no tengas nada dame una esquina de tu boca,
cuando no sepas qué hacer vente conmigo,
pero luego no digas que no sabes lo que haces.

Yo, al igual que tú, distraigo los minutos con versos clandestinos…

El sol que entraba por las aberturas de las cortinas iluminaba la botella vacía de Moscato Passito, dos vasos de plástico, cuatro libros de poesía, mi pantalón con una bota arrugada, la correa abandonada sobre una mesa negra, la falda en ovillo y mis zapatos alineados con los tuyos. Acaricie tu espalda como si fuera el lomo de una yegua montaraz. Te despertaste; giraste la cabeza hacia la izquierda y me lanzaste una mirada envejecida por el continuado uso de amaneceres con hombres desconocidos. Respondí con un mohín tierno. Sonreíste con dulzura. Tienes que irte, dijiste con los ojos deshaciéndose en las brumas de la realidad. La afirmación no tenía las grietas que facultan a los interrogantes o a las discrepancias a controvertirla. Me levante, me vestí y me fui sin pronunciar palabra.

Me hallaste, tres años después, hundido en las catacumbas del alcohol. No usabas falda con aureola de polvo ni blusa raída; vestías, por el contrario, un jean de edición limitada acompañado de aquellas camisetas que custodia un manso reptil. Veo que no has perdido la mirada dulce ni la tristeza de niño desamparado, dijiste después de besarme en la mejilla y enredarme el cabello con tus largos dedos. Te miré con la poca dignidad que sobrevivió al embate etílico y declamé de memoria:

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita…

No te equivoques; ya no soy la mujer que leía a Ángel González en las nostálgicas tardes de agosto y que regalaba orgasmos falaces, señalaste con altanería; la muchacha que conociste quedó enterrada en las praderas del pasado; ahora soy, como ves, una mujer exitosa. Pensaba que el alcohol era el peor vicio en el que se puede caer; pero ahora que te veo creo que no hay nada peor que la arrogancia, declaré; el alcohólico sólo le debe obediencia a un solo jefe: a la bebida; pero el soberbio tiene que rendirle cuentas a todos sus semejantes para sostener la mentira que su vanidad ha levantado con las migajas que ha recogido del fango. Dos lágrimas redondas descendieron por tus mejillas. Diste media vuelta y empezaste a caminar por el sendero tapizado de hojas secas. Abrí, entretanto, el cuaderno para escribir la historia que, de otra forma, perecería en la hoguera del tiempo.

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En la orilla del pecado

(Fotografía de Marjorie Carbonó Avellaneda)

Estás hecha a la medida de la vanidad masculina, le dice después del amor arenoso de las dos de la tarde. Ella lo mira desde los brumosos pantanos del orgasmo. Un viento melancólico y denso entra por la ventana. Es una lástima que estés casada, continúa con perfecta dicción andina. Es una lástima, repite al tiempo que su mano derecha transita la piel morena del brazo. Se detiene, segundos después, en una cicatriz redonda que remata su hombro derecho. Si estuvieras soltera te propondría matrimonio ahora mismo, concluye con la certeza que sobreviene a la jarana erótica. Esa es la que te cae, responde ella con la mirada clavada en las ondulaciones del techo; gira la cabeza y lo mira a los ojos; imagino que eso le dirás a todas las cachacas, remata. Él desengancha una carcajada aparatosa; ella, entre las greñas de la risotada, lo contempla con ojos lustrosos. No soy ningún payaso para que te rías de mí, señala al tiempo que lo reta con la mirada. Lo sé negrita, apunta con ternura. Ella, entre tanto, gira sobre sus nalgas para poner los pies en el piso. El chichorro ondula cuando se levanta. ¿A dónde vas?, masculla entre dientes. A bañarme, responde con desgano. Quédate otro ratico, dice al tiempo que contempla alejarse las voluminosas nalgas y la convergente cintura. Ven, repite sin éxito. Se escucha el chillido del grifo seguido del golpe del agua sobre el cuerpo acezante. Cruje, cuando empieza a internarse en la hojarasca del sueño, la puerta e irrumpen, detrás del chasquido, tres hombres armados y uniformados. Antes que pueda levantase uno de ellos lo toma por el cuello y lo lanza al suelo. Intenta erguirse pero lo disuade el frío del cañón contra su nuca. Quédese quieto gran hijueputa si no quiere que lo encienda a plomo, grita,con pronunciación montaraz, el asaltante. Se escucha, poco después, los gritos de una mujer, la puerta salirse de su marco a causa del embate de las culatas y los improperios de otro agresor. Llega, en el instante que la joven es lanzada al suelo, un hombre con un revolver en la mano derecha y una botella de ron blanco en la izquierda. Extrae de la guerrera un papel ajado y lo lanza al cemento. Los pasquines, después de todo, no eran un asunto de mujeres sino una concesión a la desgracia de ser cornudo, dice con voz palpitante; ya saben qué hacer, indica al piquete de soldados. Da media vuelta y empieza a caminar pausadamente. Al cachaco láncenlo, con un piedra amarrada al cuello, a que se pudra en la Ciénaga Grande con Carmichael y a ella… con ella hagan lo que se les dé la puta gana, decide bajo el marco de la puerta. Como ordene mi teniente, contestan, en coro, los uniformados…

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124 días

(Fuente de la Imagen)

Recibo tu nombre en las auroras para tenerte cerca a mi boca y poder besar aquella ternura que tus ojos acunan o, quizás, para acariciar la melancolía que emerge de las ciénagas de tu amanecer. En las mañanas, después de la primera llamada, espero que el viento transforme la huella de tus palabras en una espiral de polvo y cenizas. Intento cumplir, después que la hélice se deshace en migajas de silencio, las gravosas obligaciones: la topología que rehúsa definir la continuidad de las turgencias y hondonadas por las que transita mis labios, las derivadas que trazo con las mismas yemas que guardan la memoria de tu piel y la infame labor de transitar la ciudad sin mi mano encarcelada en tus dedos. En el ocaso te llamo (o me llamas) para acordar la hora en la que tendrás una mirada de 8.2 megabytes, una sonrisa desmagnetizada y una voz polifónica. Al final, cuando las frases se deshilachan a causa del cansancio, y cuando susurran, desde las tinieblas, los compromisos que seguirán cerrando el nudo en torno a nuestro cuello, apagamos los computadores y me acuesto a esperar la alborada que, de nuevo, me recibirá sin tu ternura y sin aquella melancolía que brota de las comisuras de tu alma…

El amor crece -no obstante los días en los que tu ausencia es más concreta que mi existencia y las noches en las que anhelo que tu cuerpo encienda los tendones de mi pasión- en todos los rincones del corazón con la solidez de un trasatlántico y las certezas que se construyen en las orillas de la cotidianidad hunden, asimismo, sus raíces en las cada día más abonadas praderas del compromiso. Todos los pasos que he dado en los últimos 124 días se encaminan (como nunca lo habían hecho) hacia el insondable futuro, así como mis pensamientos buscan las rutas por las que transitarán nuestros destinos…

Por ello agradezco al cielo por ponerte en mi camino y por darme la licencia de ser feliz a lo largo de los últimos meses…

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Mínimas (15)

girasol_cama(Fuente de la Imagen)

Te espero en cada curva del destino, en cada grieta del tiempo, en las ranuras del silencio, en la azucena que se marchita, en las ramas que el viento comba, en el compromiso postergado, en la deuda ascendente, en la calle solitaria… Mi cuerpo aguarda -en la fronda de miradas clandestinas- el arribo de tu agitada piel, del sigilo que protege tus pensamientos, de tu mano urgente, de tu naturaleza jadeante, de la palabra que juguetea en las cisuras de tu cerebro, de la confesión que repites cada noche… y sólo queda, al final de tanta espera y de tanto deseo insatisfecho, un naufragio de buenas intenciones, un escrito oxidándose en las praderas del olvido y aquella flor que nos espera sobre alguna cama…

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Instantánea (3)

yo1

A mí; en mi cumpleaños número 30

En el encuadre hay un niño con una sonrisa que navega en las espirales de la incertidumbre. Su cabeza está coronada por una nube de cabellos ensortijados que le hace beneficiario del apodo que, a falta de nombre, lo identifica. Frente a él está el pastel que anuncia, con una ostentosa vela azul, la razón de la foto (que por aquellos días sólo se tomaban en eventos de alto vuelo): la conmemoración de su segundo año en las tinieblas del orbe. Las botellas sugieren, por último, que la festividad estará amenizada, horas después, por las extravagancias que el alcohol trae bajo sus efluvios alados.

Los recuerdos de aquella instantánea no me llegan por conducto de la memoria sino por las cañerías de experiencias posteriores al 6 de noviembre de 1981 (fecha en la que, con toda certeza, se hizo el retrato). Sé, por tanto, que la imagen se capturó con aquellas cámaras a las que le adosaban un dado de flashes que perecía en el cuarto destello así como tengo la convicción, gracias a que reconozco los vasos y las sillas que le pertenecieron a mi tía por bastantes años, que la casa en la que se ofició la reunión es la de ella…

Hoy desperté, como me ha sucedido a lo largo de la semana, con la nostalgia alborotada. Busqué, para reconciliar la melancolía con la realidad, la única fotografía que me han tomado en un cumpleaños. La miré con atención para redimir el pasado. La botella de Whiskey trae a las cisuras de la reminiscencia el cumpleaños al que concurrieron seis amigos del colegio, Rodrigo -mi entrañable primo- y yo. Era la noche del 6 de noviembre de 1999. Todos, por algún sortilegio, teníamos el deseo de beber hasta perder la razón. Después de comprar dieciséis botellas de aguardiente y veinte cajetillas de cigarrillos nos encerramos en la casa de Patiño a naufragar en los excesos etílicos. Al filo del amanecer permanecíamos, Patiño y yo, aferrados a la botella de Whiskey que Nabyl me había regalado. Es inevitable arribar a los treinta sin que la muerte haya cegado la vida de algún ser querido, pienso mientras mi memoria contempla la mirada vidriosa que lucía Nabyl aquella noche. Como ineludible es haber traicionado, concluyo al tiempo que giro la fotografía 180 grados para quedar con una barba frondosa y la frente hendida por una cicatriz cavernosa (desde pequeño tengo la costumbre de invertir los retratos para ver si se ve otra cara, como sucedía con un dibujo que vi en el Almanaque Bristol de mi abuelo). Las flores me recuerdan los claveles que le regalé a Liliana días después que asesinaron al profesor Jesús Bejarano en el edificio de postgrados de Economía. Desmonté un clavel de cada uno de los barrotes que aíslan la universidad. Los observé con curiosidad y luego, en un giro incomprensible a las inclinaciones de aquellos días, los puse en sus manos. Ella, más sorprendida que enternecida, bajo la mirada y -después que se repuso de la sorpresa- caminó a mi lado esquivando, con frases deshilvanadas, el pastoso silencio que creció entre nosotros (quizás esa fue la única tentativa de galanteo hacia ella y hacia cualquier compañera de la universidad). El amor y su insobornable hábito de desviar destinos e intrincar sueños, pienso al tiempo que mis ojos retornan a la fotografía. Gracias a este sentimiento he atravesado el país varias veces, me enfrente a un hombre con un chuchillo (eso es, por lo menos, lo que me cuentan que hice en una noche etílica de finales del 93), traicioné la confianza de un amigo, escribí cientos de páginas de poesía, me hundí en el alcohol, dejé de hablarle a mi mamá por más de un mes…

Miro con detenimiento el semblante sobre el que se fijaron los trazos que sombrean mis rasgos actuales. Marjorie dijo, a propósito de este hecho, que quiere ver las fotos de mi niñez para entrever la fisonomía de nuestro hijo. Debe ser extraño ver repetidos los errores que se piensan superados; y, más insólito aún,  es  intentar enmendarlos, de nuevo, como si fuese uno el que vuelve a incurrir en ellos, delibero con la mirada perdida en los pliegues de la cortina. Espero que la genética sea lo suficientemente benévola para no imprimirte la terquedad de tu mamá ni la inclinación a la melancolía de tu papá, le digo al niño que, gracias al amor, existe en potencia. El amor y su insobornable hábito de desviar destinos e intrincar sueños, repito en voz alta. Imagino, gracias a los torcidos caminos de la especulación, a mi mamá en la terminal de transportes de Tunja esperando, al borde del infarto, el bus que la llevara a Moniquirá, donde la espera una tía. La veo,  con la noche rasguñando la ventana de la flota, maldiciendo el hecho que no haya llegado el vehículo que la llevaría donde la tía y que se haya visto obligada, a causa de este incidente, a pasar navidad en un pueblo desconocido incluso para las cartografías más escrupulosas. Lo paradójico es que es justo en esta población donde conoce a mi papá, lo que significa –reevaluado con los ojos del presente- que en el momento de la presentación emerjo de la nada para existir potencialmente (es hermoso, visto así, el oficio de generar universos de la extensión y profundidad del humano a partir de la nulidad). Años después -el 6 de noviembre de 1979- pasé, gracias a lo que sobrevino a esa inocente cortesía, de la existencia en potencia a la vida concreta. Es bien poco, en verdad, lo que se necesita para engendrar un universo: una mirada resuelta, un perfume acariciante, la correcta pronunciación de una palabra esdrújula en el sopor de la tarde; así como es mínimo el esfuerzo para borrarlo, digo con la voz oprimida por el peso de la muerte. Treinta años midiendo con la nostalgia la única fotografía que me he tomado en un cumpleaños, repito mientras los segundos huyen por el vano de la ventana…

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Carta abierta a Gabriel García Márquez

garcia m3[a](Fuente de la Imagen)

Apreciado Gabriel.

La primera vez que leí sus escritos me pareció un hombre con una imaginación tan cercana a la demencia que, para serle franco, me produjo el mismo rechazo que experimentan los sobrios hacia los borrachos que asedian la conversación sosegada. Una tarde, sin embargo, tuve la oportunidad de sentarme en la orilla de la Ciénaga Grande que usted, en su niñez, cruzó con su abuelo. Experimenté, poco después, aquel letargo que desciende con los primeros estertores de la tarde en una de aquellas casas de tablas y patio de piedra que hormiguean en sus relatos. Escuche los susurros del mar y contemplé, cuando el ocaso abatió las certezas andinas, las lámparas de los pescadores iluminando las tinieblas como luciérnagas extraviadas. En ese momento, respetado Gabriel, entendí que sus relatos no son fruto de una imaginación vecina del delirio sino el inventario de la realidad caribeña. Esa noche examiné, para corroborar la hipótesis, el alegre y espinoso amor de las mujeres que crecen con el arrullo del mar (el mismo que usted, como buen hombre del Caribe, vigiló en su juventud con la firmeza de un militar y que describe con exactitud matemática en sus narraciones).

La carta es, por tanto, para pedir que disculpe los limitados argumentos con los que juzgué su obra y la terquedad indómita de los hombres que fuimos educados al amparo de foscas y lloviznas eternas -las mismas que, sea dicho de paso, usted padeció en Zipaquirá-.

Dejo estas palabras a la deriva del destino con la esperanza que lleguen a sus ojos o, si la suerte es menos benigna, que rocen sus oídos transformadas en tenues rumores.

Afectuosamente

Diego Niño

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