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La sacerdotisa

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Sobre lo que parece una roca tallada una mujer sentada, con una palidez lunar, sopesa las praderas del infinito. Dos columnas vigilan su indiferencia; una de ellas, la negra de la derecha, anuncia que es la fuerza (Boaz) en tanto que su compañera de la izquierda revela que es la justicia (Jakin). Un velo adornado con cárdenas granadas la separa de un mar sosegado como el futuro que susurra desde la campiña del tiempo. Entre los pliegues de su túnica reposa la Torá y a sus pies la luna crece perezosamente.

La mujer mide las dimensiones de la carta en silencio. Alza la mirada lentamente, como si quisiera pedirle perdón al frío que murmura detrás de la ventana. Te contempla con la misma morosidad con la que, segundos atrás, calculó las palabras de la sacerdotisa.
– Se trata, ante todo, de una relación psicológica, que está a la orden del día, que puede acabar transformándose en una verdadera relación amorosa, recita el parlamento aprendido en los albores de la juventud. Examinas en tu memoria, entretanto, la fotografía que duerme en el bolsillo interior de la chaqueta: una mujer con el cabello alborotado por la brisa; un hombre con una ligera pelusa adornándole la cabeza y una barba densa; atrás, a la izquierda, una rama, encorvada y sarmentosa, rasguñando el techo de una casa colonial; ella atenazando una sonrisa que, a fuerza de reprensión, parece coqueta; él mirando con curiosidad el lente de la cámara y el tronco de una estatua oxidándose a sus espaldas.
– Esta carta representa la idea de un reconocimiento por parte del otro, en el sentido literal del término; un reconocimiento recíproco que se manifiesta, incluso, sin necesidad de palabras, continúa la anciana. Reconocimiento, repites para ti. Eso es lo que anhelas que suceda: que ella, la mujer que te ha robado los que acaso debieron ser los mejores años de tu vida, te llame una buena tarde para pedirte perdón y, por esa misma vía, para reiniciar la relación. Carraspeas para desanudar la maraña de emociones que te suben por la garganta. Eso es, sin duda alguna, mi vida, te dices con amargura: un enojoso, y quizás inconveniente, paréntesis en medio de la narración de una novela barata.
– Puede que se trate de alguien que tiene una vida interior fuertemente desarrollada, que forma parte del mundo del arte, en la psicología o la investigación, prosigue. Dado que el dolor es el mejor cultivo del alma, y como Cristina ha padecido infortunios de toda clase y naturaleza, no queda la menor duda que la mujer aludida es ella, concluyes con satisfacción.
– Pocas palabras en este tipo de relación, sin embargo, todo tu ser va a sufrir una conmoción profunda, así como tu futura vida afectiva, dice con voz cavernosa, como si anunciara una tragedia. Un escalofrío navega tu espina dorsal a toda vela.
– Con esta carta, la sexualidad está a flor de piel; el juego amoroso se basa en una poderosa atracción y una comunicación, aunque “silenciosa”, casi perfecta. Clava una mirada seca en tus ojos. No sabes si es una pausa para reanudar la perorata o si no hay más noticias. Le sostienes la mirada con desgano. ¿Eso es todo?, inquieres en medio del tedio. Eso es todo, responde con antipatía. ¿Podría darme un nombre o una descripción de la mujer de la que ha hablado?, preguntas con sorna. No puedo hacer eso, susurra la anciana. Llevas la mano al bolsillo derecho de la chaqueta. Sacas la fotografía y la dejas encima de la mesa. ¿Es ella? Contempla la muchacha escoltada por el dorso corroído. No puedo decirle nada más, repite.
– Dice Heródoto que en el año 480 antes de Cristo, Jerjes, hijo del gran Darío, envío en señal de sometimiento a algunos mensajeros a todas las tierras para pedir agua y tierra; dices lentamente. Todos aceptaron menos la arrogante Atenas y la belicosa Esparta. Los mensajeros, afirma el historiador, fueron arrojados a un pozo después de decirles “tendréis toda la tierra y el agua que queráis”. Guardas silencio al tiempo que la mujer se pone nerviosa. Yo, al igual que ellos, odio a los heraldos que traen buenas noticias, dices al tiempo que introduces la mano en el bolsillo izquierdo de la chaqueta y sacas un revolver. Le apuntas a la cabeza y disparas dos veces sin importarte los quejidos de la octogenaria. Los estallidos concitan el ladrido de los perros. Tomas la fotografía que cubre a la impasible sacerdotisa. Das una última mirada a la carta; giras sobre los talones como aprendiste en el ejército; cuando abres la puerta te recibe una descarga de frío que te impele a subir la cremallera de la chaqueta; tanteas las tinieblas con una mirada sombría y empiezas a caminar silbando bajito…

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