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He pensado que…

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si tuviera la facultad de crear humanos y circunstancias (es decir, si pudiera ser Dios) me daría a la tarea de producirte en serie: estarías mil veces repetida, serías tú y la que pudiste ser si hubieras nacido en Bogotá, o la que serías si nos hubiésemos conocido aquella tarde de 1999 en la que te esperé en una banca del Park Way sin saber que era a ti a quien aguardaba, o la mujer que habrías sido si estuvieras casada, o aquella mujer altanera, de ciento setenta centímetros de estatura y ojos azules que conocí una tarde en la biblioteca Luis Ángel Arango

(¿no sé si me explico? Quiero decir que si pudiera reproducir mujeres te modificaría los acentos, las formas y las circunstancias, para saber si, a pesar de las variaciones, continuarías sacudiendo con tus besos las migajas de sueño y pereza de las seis de la mañana, si seguirías reprendiéndome por arrugar la ropa, si harías valer las potestades del amor en el instante en el que la oscuridad te enlutece la voz o si tendrías el valor de abandonar tu universo para venirte a vivir conmigo).

Luego abandonaría mi posición divina para volver a ser Diego niño y esperar que el millar de mujeres empiecen a enfurecerse con la anarquía de los libros que abandono sobre la cama, aprender a temblar cuando trazo corazones en la geografía de su espalda, a enardecerse cuando nombro esquirlas del pasado y así hasta que cada una alcanzara el carácter que tienes ahora; en ese instante te amaría mil veces, mil veces me enfurecería por tus reclamos, me reconciliaría mil veces contigo y mil veces le agradecería a la muerte que no te vio, al destino que te puso en mi camino y a los hombres que no supieron amarte (especialmente a ellos)…

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Las calles del amor

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El corazón se detiene al verte con tus pantalones de cuero y tu mirada festiva. Me acerco a pesar que sé que te gustan los hombres que irrumpen con sus manos olorosas a oscuridad y con el odio revoloteando en sus ojos, como luciérnaga extraviada. ¿Qué haces por estos parajes?, preguntas con los labios humedecidos por las blasfemias del bravucón que te lleva al baño después de la tercera botella de whisky. Vengo a perderme en la turbulencia de tus ojos, en el frenesí de tu voz de cigarros y vodkas, en las canciones melancólicas remojadas en cerveza y en el mechón rojo que me regalaste en las tinieblas de una noche de noviembre, confieso con el resentimiento ronroneando en mis palabrasl Le faltan a tus promesas las tinieblas de bares fragantes a a orines y atardeceres endulzados con fenobarbital y ron, aseguras con el pesimismo desmigajándose como pan mohoso; deberías irte antes que Bartram te vea hablando conmigo.

(Nota a pie de página: Bartram fue un adolescente brillante hasta que se cruzó en su horizonte una mujer que cargaba una colección de porros y amaneceres lluviosos. Ella le enseño a rasguñar las madrigueras del deseo, a esconder sus frustraciones en nubarrones de marihuana, a teñir la nostalgia con rayas de perico y a solucionar los problemas con el concurso de los nudillos)

Entretanto Mick afirma con su voz a prueba de excesos,

better come back later next week
‘cause you see I’m on losing streak.

Una tristeza densa encaja arena en mis pulmones. Quiero verlo. ¿A quién?, inquieres detrás de la octava copa de Brandy. A Bartram; anhelo que me parta la cara y que me escupa; que me borre de tu vida y de mi vida; que me exprima las palabras que te dije una noche de noviembre, entre estrellas, entre aguardiente, entre porros; que me arranque los brazos que te tocaron, la lengua que te habló, los ojos que contemplaron tus nalgas celestes y la nariz que olfateó tus sueños; eso quiero. ¿Tanto alboroto por una noche embarcada en las naves del desenfreno? ¿Tanta bulla por un orgasmo entre botellas y colillas? No hay duda que eres demasiado bueno para mí, concluyes después de esnifar un pase de perico. Me llega de la barra la compasión de una mujer de mirada azul al tiempo que Jagger (discrepando de la agresividad etílica) canta dulcemente en su noche -en la noche de fosas y nostalgias-, desde la eternidad que lo espera con inquietud:

You had the moves
You had the cards
I must admit
You were awful smart
The awful truth
Is awful sad
I must admit
I was awful bad
Walk the streets of love
And they´re drenched in tears

No te equivocas Mick (¡nunca lo haces!): las calles del amor están empapadas de lágrimas, de noches oxidándose en los abismos del olvido, de silencios rencorosos, de reencuentros amargos… Asger, princesa, tú tampoco te engañas: los versos de Ángel González y de Jattin, los amaneceres sin pepas ni alcohol, son demasiado buenos para ti… Mick, el buen Mick, continúa pontificando detrás del parlante coronado por latas de cerveza:

And I, I, I, I, I, I, I
I walk the streets of love
For a thousand years

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Un canto triste de melancolía

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Todo empieza con una llovizna tímida que incita al trote con hojas de periódico sobre la cabeza o, quizás, a la marcha con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón. Sobreviene, poco después y sin previo aviso, un aguacero interminable que enturbia el ocaso y del que emerge un rumor de tristezas hacinadas en atardeceres igualmente lluviosos; irrumpen, por tanto, astillas de amores desairados, frustraciones olvidadas en algún recodo de la vida y promesas quebrantadas impunemente. La melancolía se encausa hacia aquella impalpable depresión que despluma el irresponsable impulso de vigilar las nalgas de tu compañera (ancas, de las que sea dicho de paso, nunca, bajo ninguna circunstancia, serás su ocasional dueño). Llegan, por vía inductiva, los celos que te impulsan a vislumbrar a tu esposa deseando a sus colegas (o, lo que es peor, siendo deseada por ellos). Piensas, en consecuencia, que no puedes estar tranquilo con tanto ojo hambriento, con tanta mano urgente que se embosca en la cordialidad de un saludo, en la complacencia de un favor o en la mansedumbre de una vieja amistad. Sopesas, una vez has especulado sobre su traición y su consecuente huida, las dimensiones de la intemperie de interrogantes en la que naufragarías. El chaparrón amaga con transformarse, por quinta vez, en un diluvio bíblico. Te contemplas zozobrando en el entrevero policromático de paraguas y bolsas que amparán de la intransigente tormenta, al blower o a la lustrosa frente. Acude el olor a cansancios húmedos y a soledades empantadas que surcarán las busetas y que, al agrietar la tolerancia sobreviviente, te obligarán, contra tu inquebrantable condición de tacaño, a solicitar un taxi. El indómito taconeo evapora las imágenes y las pestilencias para lanzarte a la irrevocable ondulación de las nalgas que te tienen al borde del infarto. Te imaginas -no puedes evitarlo- bajándole los pantalones con más violencia que pasión. La detonación de un relámpago sacude la oficina y, de paso, los crespones de tu entelequia lujuriosa. Suspiras con rabia; tomas el teléfono y digitas los números para pedir el vehículo que te conducirá por los recovecos de una melancolía difusa, al tiempo que Joan Manuel cantará, desde alguna comisura de tu cerebro:

Una balada en otoño,
un canto triste de melancolía,
que nace al morir el día.
Una balada en otoño,
a veces como un murmullo,
y a veces como un lamento
y a veces viento.

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En la orilla del pecado

(Fotografía de Marjorie Carbonó Avellaneda)

Estás hecha a la medida de la vanidad masculina, le dice después del amor arenoso de las dos de la tarde. Ella lo mira desde los brumosos pantanos del orgasmo. Un viento melancólico y denso entra por la ventana. Es una lástima que estés casada, continúa con perfecta dicción andina. Es una lástima, repite al tiempo que su mano derecha transita la piel morena del brazo. Se detiene, segundos después, en una cicatriz redonda que remata su hombro derecho. Si estuvieras soltera te propondría matrimonio ahora mismo, concluye con la certeza que sobreviene a la jarana erótica. Esa es la que te cae, responde ella con la mirada clavada en las ondulaciones del techo; gira la cabeza y lo mira a los ojos; imagino que eso le dirás a todas las cachacas, remata. Él desengancha una carcajada aparatosa; ella, entre las greñas de la risotada, lo contempla con ojos lustrosos. No soy ningún payaso para que te rías de mí, señala al tiempo que lo reta con la mirada. Lo sé negrita, apunta con ternura. Ella, entre tanto, gira sobre sus nalgas para poner los pies en el piso. El chichorro ondula cuando se levanta. ¿A dónde vas?, masculla entre dientes. A bañarme, responde con desgano. Quédate otro ratico, dice al tiempo que contempla alejarse las voluminosas nalgas y la convergente cintura. Ven, repite sin éxito. Se escucha el chillido del grifo seguido del golpe del agua sobre el cuerpo acezante. Cruje, cuando empieza a internarse en la hojarasca del sueño, la puerta e irrumpen, detrás del chasquido, tres hombres armados y uniformados. Antes que pueda levantase uno de ellos lo toma por el cuello y lo lanza al suelo. Intenta erguirse pero lo disuade el frío del cañón contra su nuca. Quédese quieto gran hijueputa si no quiere que lo encienda a plomo, grita,con pronunciación montaraz, el asaltante. Se escucha, poco después, los gritos de una mujer, la puerta salirse de su marco a causa del embate de las culatas y los improperios de otro agresor. Llega, en el instante que la joven es lanzada al suelo, un hombre con un revolver en la mano derecha y una botella de ron blanco en la izquierda. Extrae de la guerrera un papel ajado y lo lanza al cemento. Los pasquines, después de todo, no eran un asunto de mujeres sino una concesión a la desgracia de ser cornudo, dice con voz palpitante; ya saben qué hacer, indica al piquete de soldados. Da media vuelta y empieza a caminar pausadamente. Al cachaco láncenlo, con un piedra amarrada al cuello, a que se pudra en la Ciénaga Grande con Carmichael y a ella… con ella hagan lo que se les dé la puta gana, decide bajo el marco de la puerta. Como ordene mi teniente, contestan, en coro, los uniformados…

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