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Cliché

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No es que pensara traicionar a mi esposa. Es más, ni siquiera había planeado que nos encontráramos, por no decir, tropezáramos, en la biblioteca. Fue un momento incómodo en el que cada uno deseaba dar la espalda y perderse en la multitud. Sin embargo la cortesía exigía que saludáramos, hiciéramos las preguntas protocolarias, los elogios que se usan en estos casos, diéramos media vuelta y nos fuéramos cada uno por su lado. El problema, lo sabíamos bien, era que las sonrisas empezarían a brotar de las comisuras del alma, los ojos se encontrarían y las manos se rozarían (como en efecto sucedió). El resto era protocolo: cortos pero efectivos trámites de las palabras que traerían el pasado a la mitad de la conversación, que nombrarían aquel motel que queda a pocas cuadras de la biblioteca, reviviendo de esa manera el deseo que nunca se agotó en los entresijos de mi alma. El deseo y la rabia porque, debo decirlo, incidió más el coraje que el apetito por aquel cuerpo que frecuenté años atrás.

Poco después se hicieron las llamadas respectivas a su esposo y a mi esposa. Ella se burlaba de mis manos sudorosas y del temblor de mi voz. No sabes mentir, afirmó al final de una carcajada llena del orgullo que supone ser experta en el arte de falsear los rectos caminos de la verdad. En efecto no sabía mentir… ni engañar. Era la primera vez que lo hacía. Ella, en cambio, se había acostado conmigo muchísimas veces sin que apareciera la menor señal de arrepentimiento por traicionar a su esposo. Vamos, dijo llevándome de la mano como se lleva un niño al primer día de escuela: con la seguridad que aprenderá que la vida es demasiado grande para poderse encerrar en definiciones y conceptos. Caminamos algunas cuadras hasta llegar a una zona infestada de moteles. Entramos, pagamos y seguimos a la dependiente dando pasos cuya resonancia se multiplicaba en las puertas de las que emergía aquel silencio gelatinoso que se desprende de manos acariciando brazos de hombres hundidos en los crespones del sueño. Abrió el cuarto, nos miró para indagar si había peticiones y se fue por el mismo pasillo que nos trajo.

¿Qué pasa? ¿No tienes ganas?, indagó con una mirada desilusionada. Mi pene, y perdón por usar esa denominación tan catedrática, estaba arrugado, frío y acostado contra mi pelvis. Parece que no quiere, dije para llenar con razones y excusas el enorme silencio que generaba la contemplación de ese pedazo de cuero, como lo llamó ella cuando notó que no quería funcionar. Déjalo, indiqué cuando ella empezó a lamerlo, acariciarlo y succionarlo para imprimirle la vida que traería los viejos tiempos. No quiere, insistí. Ella contemplaba el pene y la ventana por la que entraba la gritería de los niños del parque que estaba al otro lado de la calle. ¿Estoy muy fea?, inquirió con voz temblorosa. No eres tú, soy yo, respondí con la satisfacción de emplear las mismas palabras que ella usó para señalar que había terminado el pequeño romance que sostuvimos a lo largo de tres meses (y de quien supe después, cuando todo importaba un comino, que había terminado porque salía simultáneamente con mi jefe). Lo triste es que ahora ella y yo empezábamos a ser un lugar común: relaciones que terminan, infidelidades, puñeteras con el jefe, vidas truncadas por un desamor, celos y cientos de clichés. Terminamos cumpliendo el estereotipo a pesar que son tantas las variantes en las que pueden suceder las circunstancias. Duele tener la misma suerte de un actor de cualquier novela venezolana. Hasta el nombre me funciona: Diego Germán. Quizás si llevara un apellido pomposo me acercaría un poco más al Universal platónico que haría de ella La Mujer y de mi El Hombre, los dos en mayúsculas para señalar que encarnamos todas cualidades y todos los defectos existentes y por existir.

Ella, mientras me sumergía en honduras filosóficas, continuaba reavivando el miembro que como sabemos todos los hombres del mundo, sólo cumple los designios de su caprichosa e insondable voluntad. ¡Déjalo!, indiqué con fastidio. Ese man no piensa parase hoy, concluí. ¡Maricón!, respondió con el odio con el que las mujeres trasmiten sus propios temores. Porque el asunto no es que le preocupara que fuera impotente. Ese, visto a la luz de las circunstancias, es un problema que sólo me competía a mí y eventualmente a mi esposa. Tampoco podría pensarse que un polvo menos o un polvo más hicieran la diferencia en su abultado cronómetro y, menos aún, que los deseos no satisfechos le arruinaran la semana. Todas las mujeres, siendo sinceros, viven y sobreviven con unas apetito que nunca, bajo ninguna circunstancia, será satisfecho gracias a que cada orgasmo les permite atisbar uno más grande, quien, a su vez, les deja ver otro superior y así hasta el infinito… y más allá, porque las mujeres, en asuntos sexuales, conocen aquellos confines que ni el más imaginativo de los hombres podrá entrever en sus acaloradas noches de sexo. Lo cual me permitía concluir que su rencor apuntaba a suponer que su generoso y delicioso cuerpo ya no tiene el mismo efecto sobre El Hombre, en mayúsculas, porque las mujeres siempre piensan que cualquier hombre es el representante de todos y cada uno de los restantes hombres (¿pensarán, en esa misma línea, que un pene encarna todos los penes?).

Se levantó de la cama, fue hasta la silla en la que descansaba su cartera y sacó un revólver. Me apuntó a la frente. Empezaban a borrarse los límites de lo convencional, a dejar de ser una reproducción de cualquier novela venezolana para pasar a pertenecer al grupo de desafortunados hombres que aparecen en El Espacio bajo algún título sugestivo. En mi caso, pensaba mientras ella me miraba con el resentimiento que sentía por sí misma, el título debía dejar en claro que moría fusilado a causa de una disfunción eréctil (“le dieron chumbimba porque no le sirvió la chimba”, podría ser una posibilidad). Sé que suena increíble que piense esas estupideces al borde de la muerte, pero mi cabeza es así de voluntariosa y se va por caminos insólitos cuando está bajo presión. Intentó martillar el revólver pero sus deditos no tenían la fuerza para hacerlo. La mente se fue limpiando lentamente, como si fuera un tablero acrílico al que se le pasa un trapo humedecido con metanol. ¡Espera!, grité cuando sentí un calor que cosquilleaba por las vecindades de los testículos. Millones de mililitros corrían, venturosos, por los cuerpos cavernosos levantando el pene con la misma algarabía con la que los soldados estadounidenses izaron la bandera en la cima del monte Suribachi. La erección contradecía en su contundencia el sentido común, la biología y quizás la psiquiatría. Venga mamasita recordamos viejos tiempos, indiqué para disipar las tinieblas que habían crecido en los minutos preliminares y que pudieron costarme la vida…

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Herencia

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El abogado había cumplido con agilizar los trámites de la sucesión, la escrituración de los predios y la venta de algunas empresas. Esta reunión era, por tanto, la última del largo rosario de encuentros para entregar autorizaciones, ir a notarias del pueblo, Tunja o Bogotá, reuniones con topógrafos o con el séquito de gerentes y administradores de mi abuelo.

Decidimos, después de las últimas firmas, quedarnos para almorzar como la familia que no éramos y, como sucedía en mi caso, para concretar algunos negocios relacionados con la herencia. Durante la comida recordamos a los papás que habían muerto y preguntamos por los ancianos que navegaban en las ciénagas de la demencia. Hablamos de nuestros hijos y de los proyectos que emprenderíamos con el dinero que reposaba en las maletas que se amontonaban contra las paredes del comedor.

Poco después de finalizar el almuerzo se desencajó el aguacero que traía el rebaño de nubes grises y gordas que volaban a menos de seis metros de altura. Nos arracimamos, entonces, en la puerta del comedor para contemplar los árboles arqueados por el peso del agua y las vacas que soportaban el embate con mirada melancólica. Pasó más de diez minutos antes que el primero de nosotros decidiera regresar al comedor. Todos lo seguimos lentamente, abatidos por el clima y el triste destino que nos congregó en la casa del abuelo. Intentamos retomar la conversación del almuerzo, pero el diálogo recaía constantemente en penosos silencios que se veían interrumpidos por el estallido de los truenos.

¡La quebrada se desbordó!, gritó el hijo de uno de mis primos. Corrimos a la puerta para presenciar el momento en el que riachuelo perdía sus orillas y empezaba a devorar todo lo que se atravesaba en su camino. Los árboles se tambaleaban hasta que se escuchaba el crujido de sus maderas rompiéndose y luego caían al agua que se los llevaba inmediatamente, sin dar tiempo de referir el deceso. A medida que crecía, se llevaba enormes porciones de tierra que instantáneamente se transformaban en una mancha de barro que se perdía en el recodo que estaba más abajo del naranjo.

No pasaron más de quince minutos antes que una enorme roca partiera el puente por la mitad. Las dos fracciones se aferraron algunos segundos a sus soportes, pero la fuerza del agua las venció, llevándoselas como si fueran dos briznas de hierba. Ahora sí nos tocó quedarnos, indicó una voz oscura y densa como las aguas que acababan de llevarse el puente. Ahora sí nos tocó jodernos, corrigió alguien. El riachuelo crecía y crecía sin dar tregua, devorando tierra y árboles, cultivos y enormes peñascos.

Las vacas transitaban por lo que ahora era parte del río. Chapaleaban con la misma lenta y triste nostalgia con la que deambulan por el mundo. Las próximas víctimas, sugirió el niño que había anunciando el desbordamiento. ¡No diga esas cosas!, le corrigió la mamá con el énfasis que ponen las mujeres cuando se habla de tragedias. No se los dije, contradijo con el brazo señalando la otra orilla. Las vacas daban vueltas en un remolino grueso que las puso patas arriba y las hundió en una vorágine de ramas y troncos que las engulló rápidamente.

La circunstancia empezaba a ser angustiosa porque el agua se acercaba rápidamente a la casa. Algunos sugerían que corriéramos montaña arriba. Otros tantos decían que no crecería más y que por tanto no tardaría en regresar a su cauce. Lo cierto es que el agua se tragaba todo lo que le perteneció a mi abuelo como si quisiera llevárselo a La Nada en la que él navegaba desde hacía tres meses. La angustia derivó en discusiones que las mujeres intentaban apagar. De un momento a otro el niño gritó ¡Avispa! Ella, la perra de mi abuelo, corría directamente hacia el torrente. Nos unimos en gritos desesperados hasta que la vimos lanzarse a las aguas en el más extraño, pero inequívoco, acto de suicidio. Las mujeres se desesperaron, los hombres peleamos a gritos y empellones. Un empujón me dejó en mitad del porche. Desde allí pude testificar que el agua estaba a menos de cinco metros de la casa. ¡Vámonos!, grité, pero la voz se enredó en el fragor del aguacero.

Tuve la sensación que la borrasca redobló su fiereza. La visibilidad se redujo a la mitad. Distinguí algunas siluetas que corrían en dirección de la montaña. Me levanté y me dirigí al grupo que aguardaba bajo el marco de la puerta. Intenté entrar pero me empujaron nuevamente. Cerraron el portón y giraron el pestillo. No tenía alternativa: debía huir hacia la montaña. Busqué el rastro de quienes salieron antes, pero sólo veía sombras diluidas por el aguacero. Fui hacia una de ellas pero, al acercarme, descubrí que era un grupo de árboles. Al oriente vi un manchón que se desvanecía detrás de la cortina de agua. Vi, al darle alcance, que era el viejo horno de leña. A su lado estaba un rancho del que emergía un primo con una pala. ¿Para qué es esa pala?, grité con toda la fuerza de mis pulmones. Qué le importa, respondió con fiereza. Lo vi correr hacia el cimiento que delimitaba el terreno. Troté detrás de él a pesar de saber que tomaba el camino opuesto a la salvación. Cuando llegué, vi a un grupo de hombres y mujeres extrayendo un cofre que el agua había desenterrado.

No pude reprimir una ira enorme ante la avaricia de mis familiares. Di media vuelta y empecé a correr cuesta arriba. La montaña se derretía en miles de riachuelos de fango y hojas. Corrí en diagonal para ganar altura y buscar el sector por el que bajaba menos agua. Caía de rodillas, me resbalaba, retrocedía algunos metros, volvía a levantarme, volvía a caer. Algunas partes subía aferrado a las raíces que brotaban bajo el chorro de fango para soportar la fuerza del torrente que bajaba con velocidad de tragedia.

Al final me aferré a un viejo roble, di media vuelta y contemplé una enorme franja de lodo que avanzaba lenta, inexorable, hacia las arrugas de la cañada. El techo de la casa de mi abuelo flotaba sobre el fango, desmigajándose a cada golpe. En un giro de cuarenta y cinco grados se llevo en su naufragio a los primos que se aferraban al enorme baúl que lograron desenterrar. El pequeño terreno con el que mi abuelo inició su emporio (el mismo en el que nacieron sus catorce hijos) era, además de la garganta por la que se resbalaba el pueblo de quien fuera el más ilustre de sus alcaldes, el luctuoso teatro en el que murieron su riqueza y los nietos a quienes maldijo cuando el mayor de ellos se casó con su secretaria (quizás la única mujer que el abuelo amó en su vida). Tomé aire y seguí subiendo con la certeza que no moriría gracias a que resultaron verídicos los rumores que afirmaban que soy hijo de Gabriel, el conductor que entraba silenciosamente a la casa, justo después que Bogotá se aferrada a las tinieblas del apagón del noventa y dos…

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Libre

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Me tomo la libertad de compartir la historia que narró un taxista mientras cruzábamos el taco que se forma en la oreja de la Avenida Boyacá con la Calle Ochenta.

Acá donde me ve, pisé universidad. Casi termino ingeniería de sistemas, pero las viejas y el trago no me dejaron. Sé que no me cree, que ve este taxi con la puerta descuadrada, con el bumper amarrado con alambres y se dice, “este man ni habrá pisado el colegio”; pero le juro que tiene un ingeniero frente a usted. Un ingeniero y un verraco para ganarse los polvos que andan pagando en las calles y los bares. Así, chiquito, negrito y vaciado, pero les sé echar el cuento a las viejas. Aunque hay algunas con las que no funciona el carreto. Usted sabe, hay palos que no se dejan encontrar la comba.

Para la muestra un botón.

El jueves pasado yo iba como a la una de la mañana por la Coruña. No había un alma y el radioteléfono, para completar, estaba dañado. Ya me iba para la casa cuando veo a una muchachita como de diecinueve años que saca la manito en esa oscuridad tan verraca. ¿Para dónde va?, le pregunté medio desconfiado porque esas no son horas para que una vieja de esa edad, y así de buena, ande por las calles. Voy para Venecia; el problema es que sólo tengo tres mil pesos, respondió con una sonrisa sospechosa. Usted entiende que este trabajo lo vuelve a uno receloso. Yo me dije: o esta vieja tiene sus manes por ahí listos para robarme o se peleó con el novio y salió sin un peso. Mami, me queda grave por esa plata, respondí para escurrir el bulto. Mira, sólo tengo tres mil, dijo sacando dos billetes de un bolsillito de esos jeanes ajustados que a uno lo ponen a volar. Yo vi esas caderotas y esa cinturita tan rica y me animé. Usted sabe, uno es hombre: ver caderas grandes y cinturitas así de chiquita, como de avispa, pone eléctrico a cualquiera. Hágale mami, dije mientras le abría la puerta de atrás.

La vieja venía sentada donde está usted. No decía nada. Sólo miraba la ventana. Yo venía sano, lanzándole una que otra mirada por el retrovisor para verle esas patotas tan ricas. Eran unas patotas de este porte. Y con ese jean se le veían mejores. De pronto aparece un Caldo Parado y le digo que si quiere tomarse un caldito conmigo. Yo creí que se iba a cabrear porque así son las viejas buenas: rogadas y rabonas como ellas solas. Pero vea que me dijo que sí, que tenía hambre, que muchas gracias, que pitos y flautas, que Yayitas y Condoritos. Yo no podía creer que esa viejota tan rica se bajara a un lugar de esos. Me orillé, prendí estacionarias y nos fuimos para el fondo del local.

El caldo como que la empezaba a animar porque me hizo la charla y yo también le hacía charla. No me va a creer, pero hasta terminamos siendo de la misma universidad. Como es de pequeño este mundo. Yo me iba arrechando, pero paila, esa vieja me tenía jodido porque no me daba pie para hacerle la parla por donde era. Usted sabe que cuando a uno le trama mucho una vieja se enreda porque no sabe cómo decirle las cosas por miedo que lo deje viendo un chispero. La verdad yo quería seguir hablando con ella toda la noche. Hablarle y comérmela, claro, porque los hombres sólo pensamos en sexo. ¿En qué más podemos pensar? Además no tenía lucas para invitarla a un sitio mejor porque el trabajo estaba muy pailas: diga usted un jueves a las dos de la mañana, después de pico y placa. Ni siquiera había hecho la cuota del patrón. Pero yo le seguía haciendo la charla y ella seguía dándole al interrogatorio. Hasta preguntó si tenía hijos. Claro mami, tengo tres hijos, le respondí porque a mis hijos no se los niego a ella ni a nadie. Son lo mejor que me ha pasado en la vida. Que si estaba casado. ¡Qué voy a estar casado!, le dije; ella es la mamá de mis hijos, pero cada uno por su lado. Me tocó negar la costilla porque las viejas prefieren tener la consciencia tranquila a pesar que saben que uno les dice mentiras. Parece que buscan excusas para poder dormir tranquilas. En cambio uno le mete el chiche a una vieja, sea casada o soltera, y eso que llaman consciencia, no le remuerde a uno para nada. Es más, es la misma consciencia la que le dice a uno que la vuelva a hacer la vuelta porque vida sólo hay una, y la vida se hizo para gozársela. ¿O no?

De ahí salimos para su casa. Yo iba sano: le seguía la charla pero no le insinuaba nada. Cuando íbamos por los lados de la Avenida Sesenta y Ocho, por la cuadra de los moteles, un man salió con una bandera roja diciendo, hágale mijo, le dejo la noche en veinte mil pesos. A mí me cosquillearon las huevas, pero no mostré el hambre. Más adelante salió otro man que se tiró encima del carro. Patrón, hágale una atención a la niña, gritaba aferrado de la ventana. Yo quiero, pero ella no quiere, dije por decir, porque yo pensaba que esa vieja no se lo daba ni al novio. Ella soltó una carcajada lo más de vacana. Por marica no dije nada y por marica seguí de largo. No sé qué me pasó. En otros casos no se la rebajo a otra vieja. Aunque sea le hago el intento para que me eche la madre. Acá donde me ve, verraco y hablador, me han corrido la madre más viejas de las que me he comido. Pero así es la vuelta: se lo pide a cien para que se lo den veinte. Le juro que valen la pena los ochenta madrazos. Finalmente para eso se hizo el chiche: para darle gusto. ¿Para qué más? Si no tendríamos hijos como los pescados: orinando sobre una camada de huevos.

Llegamos a Venecia. Todas las luces de la casa estaban apagadas. Ya no me abren, dijo. ¿Cómo así? Mi mamá no abre a esta hora. ¿Qué hacemos?, pregunté lo más de preocupado. Tienes que hacerte cargo de mí. Mami, no podemos trabajar los dos porque nadie se sube al carro. Tampoco la puedo llevar a mi casa porque… porque no me dejan entrar a nadie, alcancé a arreglar la cagada; casi le digo que no puedo porque mi esposa está allá. Menos mal que la cabeza estaba en la juega. No sé, tienes que llevarme a algún lado, insistió. No me va a creer pero no se me ocurría nada. Si quiere la llevo a donde el tipo que se agarró de la ventana, dije al fin. Bueno, respondió ella lo más de tranquila. Pero no vamos a hacer nada: hablamos, vemos televisión y luego nos dormimos.

Llegamos al lugar. Le dije al man que nos atendió, sin que la vieja escuchara, que me vendiera tres condones, porque sin preservativos ni pío, como dice la propaganda. Ven, decía mientras yo esperaba sentado en el borde de la cama. Estoy esperando las vueltas, dije para que dejara de joder. Ven, insistía. Yo me emputaba porque tenía afán de que me acostara con ella a ver televisión; si estuviera afanada para echarnos un polvo, lo entiendo; pero, ¡para ver televisión! ¡Qué maricada! Hasta que golpearon la puerta. Salí, pagué, cogí los condones, los metí al bolsillo del pantalón y entré. No me quité la ropa para no dar boleta. Usted sabe que hay viejas que ven que uno se quita el pantalón y se van saliendo de la cama como un tiro. Pero cuando levanté las cobijas la veo con unos hilitos delgaditos. Pero rechiquitos, una cosa de nada. Ahí sí me puse como un toro. Me bajé los pantalones y la vieja apenas abrió los ojos cuando vio que tenía el chiche como pata de perro envenenado. Usted no me va a creer pero se lo metí sin darle un besito ni una caricia, ¡hasta sin saber su nombre! Es que esa vieja era cosa seria.

¿Te acerco a algún lado?, le pregunté en la madrugada por pura cortesía porque, la verdad, tenía afán de entregar el carro. No, voy a la Coruña a ver si ya se le quitaron los celos a mi novio, dijo la muy descarada. En la puerta cada uno cogió por su lado: ella para la calle y yo para el parqueadero. Ni el teléfono nos pedimos. Para qué, lo gozado no se repite; y si se repite, no se le saca el mismo gusto. Haga de cuenta que es cuando uno raspa la olla para sacarle la pega del arroz: sólo hace bulla porque el arroz hace rato que se los comieron. Las repeticiones y las segundas partes son eso: bulla que sólo sirve para llamar el hambre…

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Cuarenta y tres metros

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Fue suficiente un roce de miradas para que nos conectáramos desde las dos orillas de un río de personas y mesas. Ella estaba con su pareja y yo estaba sentado junto a mi esposa. Marjorie, mi mujer, no tardó en descubrir las ojeadas que erraban por los cuarenta y tres metros que nos separaban. Arribó la incomodidad con todos sus aguijones. ¿Quién es ella?, pregunto interrumpiendo una conversación azarosa. ¿Quién?, respondí como lo hacen todos los hombres que se sienten descubiertos antes que las ideas (las malas ideas) concluyan su proceso de maduración. Ella, la que lo mira desde hace una hora (no era una hora sino catorce minutos). ¿Cuál?, rematé con otro interrogante con la esperanza que se perdiera en el laberinto de dudas y respuestas para que emergiera, minutos después, en un diálogo inofensivo. Eso, hágase el pendejo, objetó, destruyendo, de esa manera, la única estrategia existente desde los días en los que Filipo de Macedonía, padre de Alejando Magno, la estableciera: confunde y reinarás (creo, de hecho, que es divide y reinarás; para el presente episodio tiene, sin embargo, la misma validez). El caso es que arribó, al término de un bufido que descuadernó los arbustos, una ráfaga de silencio que abrió un abismo de segundos que se marchitaban lentamente.

Poco después la muchacha se levantó y vino contoneando las caderas en una vorágine de balanceos provocativos que succionaba manteles y hojas, que decapitaba frases, que despeinaba las hebras de viento. Marjorie se encrespó cual mar embravecida. No existe mujer que acepte que otra venga a pavonearse de esa manera en el territorio que no es territorio, ni enclave o consulado, sino un espacio tan etéreo como la ley que lo genera y tan escurridizo como los múltiples estatutos que le crecen con los años hasta transformarlo en una maraña de normas tácitas y explícitas que siempre, sin excepción, castigan al hombre por ser como es. Ella continuaba acercándose y Marjorie seguía erizándose como si fuera un animal defendiendo la comarca en el que habrán hijos, casas a quince años, deudas, peleas y reconciliaciones; es decir, en el que hay futuro en estado sólido.

Yo, entretanto, quería bramar con todas las fuerzas de la testosterona que burbujeaba en las vecindades de los ojos. Y no era para menos: ella, ese imperio de carne y sensualidad, venía a toda vela a mi encuentro sin temerle a la mirada rencorosa de mi esposa, a los susurros que hacían ondular su minúscula falda, ni a su pareja. Nada la detenía. Parecía que sólo la impulsaba el deseo de poseerme en un frenesí de sudor y flujos seminales. El cerebro para este momento había apagado todas sus funciones cognoscentes y sólo operaba en modo emergencia. Simultáneamente la especie humana, la bendita especie humana, pedía desde las cumbres metafísicas que hiciera posible su perpetuación. Quizás, me digo en el instante que escribo estas palabras, es el único momento en el que el acto y la potencia son uno y la misma cosa: la perpetuación de la especie (que sólo existe en potencia) se cumple en el ejercicio sexual (que sólo se consuma en acto)… en fin. Concomitante con el llamado de la especie, pero desde los abismos de la animalidad, rugía el instinto sexual: toda la fuerza de la naturaleza se acumulaba en una región que demandaba toda la sangre posible, abandonando, de esa manera, al pobre cerebro a la deriva de su suerte (que era poca).

Ella seguía acortando la infinita distancia que nos separaba. Marjorie la miraba con los ojos inyectados de sangre, en tanto arrugaba la servilleta para retener el alarido que ahogaría el fandango con la eficiencia de un cañonazo. Seguía acercándose y mi mujer continuaba poniéndose rígida y le vibraban los maseteros y el músculo orbicular. La respiración se había transformado en una especie de sortilegio que pretendía convocar un rayo que la reduciría a un cúmulo de ceniza y rescoldos que ella pisotearía a su antojo.

Me levanté cuando le faltaban dos centímetros para llegar a la mesa. Las piernas sólo se sostenían por el ímpetu de la reproducción. Cuando estaba frente a mí dijo en un susurro leve, manso como el silencio que se filtra entre los versos, tierno como la sonrisa de una mujer, Hola. Hola respondí al tiempo que ella continuaba su marcha hasta llegar a la mesa que estaba detrás de mí y abrazar a un hombre corpulento. La sangre se redistribuyó instantáneamente por todos los órganos y extremidades hasta llegar al cerebro (quien dos segundos antes me avisó, a pesar de su avanzado grado de invalidez, que había hecho el ridículo). Sentía que todos me observaban, pero mi esposa era la única que me lanzaba una mirada que helaba la sangre. ¡Idiota!, señaló con rabia. Luego se hundió en una región perdida en las nebulosidades de la indignación. Yo sabía que era lo último que le escucharía esa noche (y quizás el resto de semana). Mañana, o el próximo mes, dependiendo de su humor, cuando vuelva a hacer uso de la palabra, se referirá a ella como “la zorra del centro comercial” (acentuando las comillas con voz temblorosa) y me recordará este episodio hasta el final de mis días para hacerme pagar, de esa manera, la osadía de haberle mostrado, así sea por un par de segundos, la posibilidad de que ese futuro sólido se puede derretir y escurrirse por la rendija de la primera mujer que atraviesa el cuarto piso de un centro comercial.

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Intrigas del destino

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De repente, murió: que es cuando un hombre llega entero, pronto de sus propias profundidades. Se pasó para el lado claro. La gente muere para probar que vivió. Pero ¿qué es el pormenor de ausencia? Las personas no mueren. Quedan encantadas, suspendidas en un paréntesis encharcado de eternidad, en una grieta que crece y crece hasta devorar el último recuerdo, el último vestigio de un pasado impreciso como el destino que lo llevó a morir a manos de un delincuente de falanges nerviosas, o quien, en un golpe de aburrimiento, lo arrinconó, como le sucedió a este hombre que contemplamos en este camastro, en la más extraña de las enfermedades: de felicidad crónica.

Todo inició dos años atrás, cuando le llegó la felicidad en la más categórica de sus formas: primero invadió todos los recodos del presente para luego dar vuelta atrás y poder entrar a saco en su pasado: devastar latifundios tenebrosos, acuchillar evocaciones, ahorcar contradicciones hasta transformarlo en un remanso de buenos recuerdos. En ese instante su vida derivó en una fila de sucesos afortunados en los que siempre había una mano salvadora, un fajo de billetes hallado en los márgenes de una calle, una mujer que vendría a borrar la anterior, una casa que evaporaba, con sus balcones atiborrados de flores, barandas brillantes y pisos en mármol de carrara, los lujos de la anterior, de tal manera que la tristeza no tendría la menor posibilidad de corroer las horas que empezaban a hacerse eternas, inconmensurables en su monótona repetición, en las que las esperanzas se marchitaban gracias a su incompetencia frente a la resolución de la suerte de enderezar todo lo que era susceptible de torcerse.

Luego, con el pasar de los meses, se lanzó a beber diariamente notando, entre noches de algarabía y amaneceres luminosos, que el alcohol sólo cumplía parcialmente sus funciones: lo elevaba por las cuestas del frenesí etílico pero se detenía segundos antes de desbarrancarse en una borrachera atiborrada de quejas y lágrimas.

Sus familiares, amigos y compañeros, en una macabra forma de compensación, empezaron a sufrir descalabros económicos y enfermedades que los mataban en horas. No existió, asimismo, mujer que no cayera en la desgracia de perecer entre las guirnaldas de un amor incondicional, terminante como la balanza que distribuía la desgracia que no tocaba a este hombre que, sea dicho de paso, no tenía la posibilidad de enamorarse porque la felicidad no le permitía la más leve insinuación de añoranza por un cuerpo, una voz, unos ojos extraviados en los laberintos de su gozo, ni mucho menos lo autorizaba a evocar porque en el recuerdo siempre existe, como todos sabemos, el germen de la amargura.

Había, entre las mujeres que fueron llamadas a satisfacer sus más protervos impulsos, una especial: Amy, una hermosa Cienaguera de veinticinco años a quien conoció en Santa Marta a comienzos del año pasado. Ella, poco después de capitular a la tentación de un hombre que ofrecía asilo a su alborotada sexualidad, fue testigo de la muerte de sus cercanos hasta verse reducida a una servidumbre incondicional de quien no tenía la posibilidad de recordar las bondades de un cuerpo fraguado en los hornos del Caribe: sólo la veía como una entelequia que le ayudaba en los trámites de la cotidianidad, en los rigores del tedio que apenas lograba vislumbrar desde las cumbres de su existencia.

Ella no tardó en cansarse del imprudente desequilibrio y, como antídoto a esta inequidad, se lanzó a la tarea de envenenarlo. El único efecto alcanzado por el rosario de brebajes adquiridos en barrios marginales y plazas de Taganga, fue una embriaguez caprichosa que lo despeñaba por una nostalgia dulce, amable como pocas, y quien lo invitaba a hundirse en las laderas del igualmente voluntarioso cuerpo de Amy. Faltaron seis meses de pruebas para que ella descubriera que sólo puede burlar la felicidad mediante el uso de la euforia y la borrachera. Por ello se dio a la labor de embriagarlo diariamente, hora a hora, segundo a segundo, sin dar espacio a la reflexión ni al desacuerdo. A cada botella de vodka le agregaba, para no errar en el intento, algunos gramos de San Isidro, hongo de la familia de los Strophariaceae, que conseguía por algunas monedas en las caravanas de Hippies que vagan por las playas de Santa Marta. Fue una labor lenta que los llevó por las cunetas de quiebras y descalabros económicos hasta arrinconarlo en esta casa de tablones que agoniza a orillas de la Ciénaga Grande de Santa Marta.

A mediados de la semana pasada, no obstante el aparente desinterés de la enfermedad, los vómitos se hicieron frecuentes, el apetito despareció por completo hasta llevarlo al estado catatónico en el que lo encontró la muerte poco antes que el alboroto de turpiales arribara al cuarto. Amy entró a las diez de la mañana con una jarra de jugo de naranja y la primera botella de vodka. Se acercó lentamente, se arrodilló frente al camastro y se quedó contemplándolo hasta que tuvo la fuerza de tocar el cuerpo inerte. Cuando estuvo segura que había muerto, le lanzó un escupitajo en la cara y salió corriendo por la calle a gritar que le había ganado al destino sin saber, sin sospechar siquiera, que él era justamente quien había definido, desde el principio de los tiempos, el futuro de todos los que murieron por causas de este desequilibrio, el deceso de este hombre que deseaba la muerte desde el primer mes de su incomprensible racha de buena suerte y es quien ahora dirige los pasos de esta Cienaguera que conocerá las aureolas del éxito dos años después, cuando le llegará la felicidad en la más categórica de sus formas: primero invadirá todos los recodos del presente para luego dar vuelta atrás y poder, de esa manera, entrar a saco en el pasado, devastar latifundios tenebrosos, acuchillar evocaciones, ahorcar contradicciones hasta transformarlo en un tranquilo remanso de buenos recuerdos…

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Indignación

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Laura tenía una jean descaderado que se aferraba a su cadera a pesar de tener dos botones deliberadamente abiertos, un top blanco, una placa metálica que bailaba en medio de sus senos, el cabello cayendo en dos vertientes, un gabán café, una mirada asustadiza y la desconfianza de las mujeres criadas bajo los excesos varoniles.

– ¡Qué frío tan terrible!, señaló a manera de saludo.

– Subamos que hace menos frío en un bar que conozco.

– ¡Hágale!, dijo con altanería, casi con odio.

Nos sentamos en la mesa que estaba al lado de la puerta. Levante el índice y el corazón a la muchacha que se hundía en las tinieblas de la barra. Se escuchó, a los pocos segundos, el tintineo de las botellas en la penumbra de una tarde de lloviznas horizontales. La mesera trajo dos cervezas y encendió la vela que reposaba sobre un enorme montículo de parafina.

Dos horas después me besaba largamente, con confianza, con la serenidad de recorrer parajes conocidos. No te muevas; quédate quieto, decía cuando intentaba intervenir en el beso. Me gusta que los hombres se queden quietos, remataba. Yo le hacía caso: dejaba que la lengua se enroscara e ingresara como una víbora en mi boca, que acariciara las hendiduras del paladar, que saliera y jugueteara con la mansedumbre de mis labios.

– ¿Te gustó?, inquiría con sus ojos clavados en los míos.

– Espera, dije cuando sentí la vibración del celular. Me levanté y salí corriendo del local. A los diez minutos regresé con la mirada turbia.

– Mi mujer.

– No te preocupes: esta noche le pasa el malgenio, aseguró al tiempo que se aferraba a la pretina de mi pantalón.

– Más bien aprovechemos el tiempo y vayamos a un sitio en el que podamos estar solitos

– ¿Dónde tengo pintada la P?… ¿piensas que sólo quiero darla a la tiradera?, preguntó con ira.

– No te pongas así; sólo era una sugerencia

Me senté y empezó a besarme tranquilamente, como si eso compensara su cobardía, o la mía, o la indecisión del destino que no quería ponernos las circunstancias fáciles, seguras, sin tropiezos morales. Mejor dejemos las cosas de ese tamaño, declaré mientras intentaba liberarme de sus brazos. Quiero que las cosas se hagan con mañita, que no parezca que me buscas sólo para pasar un buen rato, indicaba mientras mis ojos divagaban por su largo cuello. Yo también quisiera que fuera así, pero sabes que no es conveniente para nuestro trabajo…

[Porque somos, mi querida y paciente lectora (o lector) compañeros de trabajo. Ella, con su mirada sensual, con su cinturita de avispa, con sus veinte años que parecen diecisiete, o que se acercan, cuando habla con las eses silbantes, a los quince, o quizás a los doce, es licenciada de idiomas, lo cual, unido a las intrigas del destino o a las componendas de Dios, la llevo a uno de lo Pre-Icfes que pululan en Bogotá (aquellos que prometen duplicar el puntaje, o entrar a la Universidad Nacional, de los que tienen el buen criterio de atiborrar las paredes bogotanas con sus afiches de colores chillones) y en cuyas instalaciones nos coqueteábamos a pesar que ella tiene novio y yo esposa (o quizás por ello mismo) sin el menor reparo en lo que pudieran decir o pensar compañeros o alumnos].

…pienso, por tanto, que es mejor que tengamos una relación en la que sólo haya espacio para jornadas de gemidos y quejidos, de ropa tirada de cualquier manera y carcajadas al salir agachados en un taxi, aseguré al tiempo que el mundo se resquebrajaba bajo sus pies. Midió mis palabras con violencia y dolor. Eso quiere decir que me buscas sólo para sexo, interrogo con asombro [como si mis palabras hubieran dejado un espacio, una grieta siquiera, a otra interpretación]. En efecto: así son las cosas, confirmé. ¡Hijueputa!, gritó mientras descendían dos lágrimas por las mejillas. No existe mayor adicción que la que produce el sufrimiento, pensaba mientras ella se desvanecía en las telarañas del rencor. Deja de llorar, le pedí para evitar los susurros de las mesas vecinas; permite que las cosas continúen por donde van: no es tu culpa ni la mía que la esquina estuviera doblada cuando llegamos; poco podemos hacer con el hecho que yo sea un hombre comprometido y que tú confundas las necesidades fisiológicas con el amor y a este con la felicidad. Está bien; vamos, afirmó imperceptiblemente…

Horas después yo estaba desnudo y atado a las listones de la cama. Ella me contemplaba semidesnuda desde la esquina opuesta del cuarto. Golpearon en ese instante. Llego quien esperaba, susurró. Al abrir la puerta vi a mi esposa con cara de circunstancia. ¡Das lástima!, afirmó con voz serena al tiempo que extraía una nueve milímetros de la cartera.

– Ahora quiero ver quién es el machito que se las come a todas, afirmó Laura entre las guirnaldas de una sonrisa publicitaria.

– No te conviene que te pongas agresiva, interrumpió mi mujer mientras le apuntaba a la cabeza con el arma.

– ¡Que empiece la fiesta!, sugerí.

– Hazle sexo oral a mi marido, le pidió al tiempo que levantaba el martillo de la pistola. Y tú deja de sonreír que esta es la última vez que usamos a niñitas tontas; ¿o acaso se te olvidó la gritería que armó la estúpida que botamos en el potrero del Tintal?…

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Venganza

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Cuando te vi eras, a duras penas, una madriguera de huesos, un murmullo de sueños tronchados, de miradas aleteando en la pestilencia de la esperanza. Supe por el rumor de compañeros que te marchitaste en el frenesí de noches etílicas, de amaneceres enclaustrados en líneas de cocaína, entre anotaciones marginales, entre publicaciones en revistas de prestancia. No supiste, por lo visto, que las cumbres se hicieron para no caer estrepitosamente, frente a los ojos de quienes te vieron subir, frente a aquellos en quienes te apoyaste para alcanzar las ranuras, los resquicios por los que ascendiste lentamente, con los ojos abotagados por la soledad. Dicen, asimismo, que el desplome, consecuente con tus excesos, fue vertiginoso: regresaste a Colombia sin un centavo, con el vicio galopante, radical, azotándote las entrañas; luego arribaron los fracasos desde los que caíste, sin fanfarrias ni bravuconerías, a la calle en la que vendes tu cuerpo por poco más que un mendrugo de pan.

Fue justamente allí donde te encontré mientras te insinuabas a un borracho a quien, a pesar del estímulo etílico, no le conmoviste los paisajes bajos. Si él supiera, pensaba mientras contemplaba la escena, que acaba de despreciar a la mujer que en la Universidad Nacional (y supongo que también en la UBA) todos deseaban y todas envidiaban, la que despertaba bisbiseos cuando pasaba con su contoneo de carnes sabrosas por el Jardín del Freud o por la Plaza Ché. Al verme dudaste entre seguir el camino o venir hacia mí. Te sonreí para que perdieras el temor del rechazo. ¿Tienes dinero?, inquiriste en reemplazo del saludo. Asentí con un movimiento leve, casi imperceptible, de la cabeza. Dame un poco y verás que te haré recordar los buenos tiempos, afirmaste con la voz extenuada de negociaciones y porros. No es necesario, dije para acortar el trámite. Extraje un puñado de billetes y te los entregue sin ceremonia; di media vuelta y caminé hacia la Avenida Caracas con la certeza que cobraba, por la espinosa ruta de los alucinógenos, el rechazo al que me sometiste durante años…

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