Archivo mensual: marzo 2008

Evocaciones y canciones

Hace un momento las evocaciones asaltaron mi memoria como la brisa invade el silencio.

Recuerdo los días en los que el Tío Edgar colgaba la grabadora en dos tubos dispuestos para ello en la salida de la casa de mi abuelo, en Villa de Leyva. Luego le colocaba un casette de Alfredo Gutiérrez y empezaba a cantar a voz en cuello

Tiene los ojos indiooos

Como me gustan a mí

al tiempo que trabajaba con el vigor de los hombres nacidos de la tierra.

Al finalizar la jornada colocaba casette que resistía días interminables de sol canicular y noches de aguaceros bíblicos en el chaflán vecino de la grabadora. Se sentaba al lado de la pila de leña, servía en un pocillo guarapo y vigilaba los últimos estertores del día cantando levemente

Es mi orgullo haber nacido

En el barrio maaaas humilde

y bebiendo a sorbos cortos el licor milenario.




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La eroticidad de las pelirrojas

Hace diez años el destino trajo a los bordes de mi alma una mujer pelirroja. Recuerdo el tono de sus ojos y sus palabras acariciándome las tardes sangrantes de abril. Lastimosamente la perdí en un giro de las estrellas. Pero bueno, ella sigue (supongo) navegando por las aristas de la vida con los doscientos kilos de ternura que siempre la acompañaron.

Hoy la brisa de la evocación la trajo cuando leí en el Daily Mail que las mujeres pelirrojas son más activas sexualmente que las demás mujeres y que ellas, además, tienen un número mayor de parejas. Dice el artículo, asimismo, que las mujeres que se pintan el cabello de rojo “saying that they are looking for something better” [1]. Si su novia, por lo tanto, se pinta el cabello de rojo, le está diciendo que si no reforma su comportamiento será desbancado por el primer advenedizo que cruce el territorio. 

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Las Fuerzas Militares y sus amados desmanes

Tiene usted toda la razón Presidente Uribe al asegurar tácitamente que todos los campesinos son familiares de las Farc: “some officials say the FARC is prodding the families of rebels killed in combat to claim the dead were civilians” [1]. Que no nos vengan a decir los organismos internacionales que las gloriosas fuerzas armadas de Colombia asesinan, torturan y masacran agricultores; ellas, en cumplimiento de su misión, sólo matan guerrilleros y familiares de guerrilleros. Las Fuerzas Armadas no son culpables que todos los habitantes de las regiones donde no ha llegado el metro o transmilenio sean familiares de guerrilleros, ¿o sí? Por supuesto que no. 

Cómo es posible, me pregunto yo, que el congresista  Patrick J. Leahy (Demócrata) diga que “”Hemos tenido en seis años 5.000 millones de dólares para ayuda. La mitad de ella ha ido a los militares colombianos, y encontramos que el ejército está matando más civiles, no menos. Por todas las cuentas, todos los conteos independientes, encontramos que los civiles son tomados, ejecutados y vestidos con uniformes de forma tal que pueden reclamar los cuerpos como guerrilleros muertos” [2]. ¡Falso! Cómo es posible, me sigo preguntando, que el Washington Post asegure que “un informe de una coalición de 187 grupos de humanos dijo que 955 civiles fueron muertos entre mediados del 2002 y el 2007 y fueron clasificados como guerrilleros caídos en combate, un 60 por ciento más que los cinco años anteriores, cuando 577 fueron reportados como muertos por las tropas” [3]. ¡Falso!

Lo único que hacen los militares es matar a los bandidos que secuestran y matan a los colombianos de bien que vivimos en las ciudades, único lugar dónde los cristianos podemos desarrollarnos. ¡Qué vivan las fuerzas militares y sus acertados crímenes! 


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Apocalipsis informático

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El fin del mundo está cerca: la internet colapsará en dos años y no tendremos oportunidad de escuchar, ver o saber nada de los otros rincones del mundo. Todas las transacciones bancarias se harán en interminables filas de ancianos y mensajeros con maletas descomunales. No veremos más videos de españolas dándose coses al tiempo que lanzan improperios al improvisado camarógrafo o el video de colegialas colombianas mostrándole la lanosa entrepierna a sus compañeras de curso. No más pornografía ni más música pirateada. No tendremos correos electrónicos a donde puedan llegar las presentaciones de Power Point con frases de cajón, música de John Lenon y rematadas con una maldición si no se reenvía a otros desocupados. No podremos, ¡por el amor de Dios!, decir que somos modelos o gringos a nuestros compatriotas en chats argentinos o mexicanos. No sabremos, ¡sagrado rostro!, qué dicen los demás blogueros.

Ante este panorama lo mejor que podemos hacer es pegarnos un tiro o colgarnos del árbol más cercano porque una vida sin internet no vale la pena vivirla.

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Tío Edgar

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En una tórrida mañana de comienzos de la década de los setenta el párroco de la arquidiócesis del municipio de Villa de Leyva vertía agua sobre la cabeza de un niño que a partir de ese momento se llamaría, para gloria de nuestro señor, Edgar Eduardo. La algarabía y el jolgorio que este evento promovió fue noticia en las veredas vecinas gracias a la generosidad de los anfitriones. Las viandas y el alcohol, en efecto, se distribuyeron sin tasa para los circunstantes de tal suerte que antes que el sol guardara su testa la concurrencia nadaba en la espesa manigua de la embriaguez.

Años después este niño alimentaría las filas del grupo de aventureros de la región. Famosas fueron los escarceos que birlaron la doncellez de las mozuelas de las vecindades así como inolvidables fueron las jaranas que promovía en las tenduchas que se aferran al borde de la carretera.

Un buen día decidió cambiar la apacible y agradable Villa de Leyva por la fría e inhóspita Bogotá. En esta ciudad, desordenada y hostil por definición, halló pronto compinches para continuar con las jornadas licenciosas que inició en su natal pueblo. Al poco tiempo su nombre, que para este momento contaba con veinte años de bendición pontifical, alcanzó el primer puesto en la lista de bebedores en casi todas las localidades de la ciudad.

Debemos decir, sin embargo, que su capacidad de licencia sólo era comparable con su resistencia en el trabajo. Era capaz de soportar jornadas de dieciocho horas sin demostrar cansancio. Sus compañeros de fajina siempre veneraron su capacidad laboral puesto que esta, además de sustentarse en la solidez física, también asaltaba los terrenos de la creatividad. Sabemos que algunos de sus artificios mecánicos aún sobreviven en algunas de las fábricas que conocieron su semblante bonachón.

A mediados de esta semana este hombre hecho para la bebida y para el trabajo pagó el gravamen que trae implícita la vida de excesos en los campos mencionados. Su cuerpo, para pasmo de sus familiares, se desplomó ante el silencioso embate de la diabetes. Su aspecto, otrora brioso, se transformo en un fardo indiferente a los requerimientos de su hijo y su esposa; las piernas que antaño hoyaban abrojos y pateaban piedras vacilaron hasta no poder sostener su cuerpo; sus ojos, antes vivaces, no pudieron transmitirle al mundo la serenidad del viento.

Hoy, cuatro días después, el parte médico nos comunica su asombrosa recuperación y nos informa, asimismo, que lo tendremos entre nosotros al el próximo lunes. Los que hemos seguido sus pasos nos alegramos al saber que ha sobrevivido, ante la embestida del destino, con la entereza de los hombres que nacen para desafiar las estrellas. Desde esta esquina virtual le envío un entrañable abrazo al hombre con el que aprendí a beber sin descanso.


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Viagra

Ayer caminé en el parque de mi barrio. Este lugar se ha hecho célebre en la comunidad por ser expendio de drogas y habitación de amantes novatos. Mientras caminaba en los pastizales pise sin querer lo que parecía ser una tableta azul. No le presté atención y seguí en mi caminata meditativa. A la media hora descubrí que el zapato se había comido la media sobrenaturalmente. Di media vuelta y enrumbe mis pasos hasta llegar al lugar donde había pisado la píldora azul. Me incliné y recogí el remanente de la gragea y el empaque en el que venía. Después de una breve pesquisa comprobé lo que suponía: había pisado una tableta de Viagra causando el enardecimiento del zapato y la consecuente zampada de la media por parte de este.

Mientras me quitaba el zapato y me acomodaba la media me preguntaba ¿por qué los jóvenes de dieciséis años usan Viagra? A esa edad el problema no es que se le pare a uno sino que se para por todo. Los adolescentes que leen esto (si los hay) coincidirán conmigo en este aserto: todo joven de dieciséis iza la bandera en cualquier evento. Lo cual, sobra decirlo, es causa de episodios bochornosos. Si esto es así ¿para qué usan Viagra? Si lo usan para que esté duro por más tiempo creo que están lanzando la plata por la caneca puesto que con el frío que hace en el parque de marras no se pone fláccido gracias al entumecimiento natural del congelamiento. En este caso el único problema es sacudir la escarcha antes de ingresar a la gruta del amor; pero eso se puede hacer con dos sacudones enérgicos.

La respuesta al interrogante la encontré hoy en El Tiempo. En este prestigioso diario le preguntó a un muchacho de 23 años por qué usaba Viagra y este respondió: “No creo tener problemas de erección, pero me las tomo de vez en cuando para estar más seguro. Las erecciones duran más y uno se recupera más rápido” [1]. Llegamos al mismo punto que discutía en un post anterior: ¿por qué hacer del sexo una maratón deportiva? Todo placer cesa si buscamos competir o demostrarle a nuestra pareja que podemos durar una hora dándole a la matraca y repetir la operación doce veces en una faena. ¿Quién siente placer con semejante esfuerzo? Nadie. Después de ese trajín sale uno directo al quirófano para un trasplante de médula ósea. Al sexo, queridos jóvenes, no es un asunto de capacidad ni mucho menos de aguante; el sexo es un asunto de placer y sensibilidad, no de fuerza y elasticidad; en ese caso lo mejor es cultivarse en el sentimiento y la delectación que en los gimnasios y las pistas de infantería; es mejor, por lo tanto, llevar bajo el brazo un buen libro que una cantimplora de pastillas de Viagra cuando vamos a cepillarnos a una linda y tierna amiguita.

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El artículo más racista del año

La ONG Survival International ha entregado el premio al artículo más racista a una publicación del periódico la nación titulada La toldería de la plaza Uruguaya.

Entre los fantásticos argumentos encontramos esta joya:

Los indígenas tienen que civilizarse, convertirse en paraguayos, terminar con esa estupidez de preservar una cultura retrasada y marchita y vivir como gente pagando sus impuestos, o relegarse a lo profundo del monte a seguir conviviendo con los animales. No hay alternativas y los paraguayos no tenemos por qué pagar impuestos para mantener una civilización caduca, que fue incapaz de mantenerse a sí misma[1].

Creo que este solo párrafo hace al artículo merecedor de tan deshonroso galardón.


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