Archivo diario: abril 14, 2008

Evocaciones no tan lejanas

Investigando a los forasteros que han llegado a mi blog encontré una visita desde Cali. Recordé que en esa encantadora ciudad hay una mujer que transita las huellas de la memoria por varias razones. La primera de ellas es un regaño. Recuerdo que en ese momento no sabía si pararme e irme, o si debía agachar la cabeza y soportar con estoicismo la reconvención. A los quince segundos entendí que ella tenía razón: el sermón me lo merecía por negligente. Lo segundo que recuerdo de ella es la manera en la que mueve la cabeza mientras escribe en computador. La hace oscilar ligeramente al compás de alguna tonada que navega los surcos de su mente (sé que suena estúpido pero eso recuerdo en este instante). Recuerdo, por último, la calidez con la que atendía en su consultorio.

Ella, la dueña de estas líneas, me comunicó hace algunos meses que viajaba a Cali a trabajar y vivir allí. La mención del viaje me llenó, ¿por qué no decirlo?, de nostalgia gracias a que me había familiarizado con sus particularidades (las tres anteriores sólo son una breve enumeración de muchas que recuerdo) y con la firmeza de su carácter.

Hoy, más de cinco meses después, la recordé por la llegada del visitante caleño a los aguijones de mi blog.y su recuerdo fue ungüento que alivió el tedio de la noche dominical.

Si acaso el visitante eres tú quiero que sepas que no existe, ni existirá doctora que me regañe con el vigor que tu lo hiciste; ni existe, ni existirá doctora que me trate con la cordialidad que tú lo hiciste. Desde esta esquina virtual deseo que las estrellas alumbren tus sueños y que la brisa te susurre versos al oído.

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La inseguridad y los festejos

Ayer venía en transmilenio escuchando los reparos que daba una señora a su hijo a propósito de la fiesta a la que el crío pensaba concurrir.

Esta conversación trajo a mi memoria los lejanos días en los que mi madre me decía que el problema no era ir o no a la fiesta; el problema, decía ella, era la inseguridad y las drogas. ¿Cuáles drogas? ¿Cuál inseguridad? Le contestaba a mi madre, como siempre lo hacía, con más interrogantes.  La verdad era que en los albores de mi juventud nunca vi, ni entendí, eso que las atribuladas mamás denominaban, con trémula voz y ojo lloroso, inseguridad. Si bien me habían robado una vez en un parque a punta de puños y madrazos nunca creí que eso estuviese relacionado con el fenómeno que tanto atormentaba a mi progenitora. La inseguridad era, en mi tonta cabeza, una excusa para evitar que me divirtiera. En cuanto a las drogas, eso era, y es aún, harina de otro costal.

Ayer mi opinión cambió a tal punto que me solidarice silenciosamente con los reclamos de la señora. Es más, quise contarle al joven sobre los atracos, las violaciones a niños, los paseos millonarios, las palizas en los parques y las riñas con navajas y armas de fuego, de la misma manera que lo hizo mi madre para disuadirme de acudir a las celebraciones.

Después de meditar sobre la imaginaria charla descubrí, para mi desconcierto, que ahora pertenezco al nefando grupo de los padres sin ser uno de ellos. Hasta anoche creía firmemente que la ideología de los papás se forjaba en los calderos de la crianza de niños gritones y malhumorados; hoy, después de largas cavilaciones, he concluido que la doctrina paternal se fragua gradualmente en la chimenea de la vida sin que nos percatemos de ello. He descubierto, asimismo, que nadie puede substraerse a este ominoso influjo y que, aceptémoslo o no, terminaremos siendo como nuestros padres en algún momento de la vida; es decir, acabaremos siendo prevenidos, gritones, y muy especialmente, temerosos de la creciente inseguridad citadina.

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