Archivo mensual: noviembre 2010

Ceremonial

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Todo inicia con la aceleración en la cadencia de tu respiración, el susurro de pensamientos que la noche fue lanzando al naufragio de sueños y con el incipiente rayo de luz que abate las crestas de polvo. Suena, cuando todo está en su lugar, la alarma del despertador; el trepidar te trae de aquel planeta donde también duermes conmigo, en el que continuamos amándonos pero no somos nosotros (tus manos son otras y otro, quizás, es tu acento; yo soy más alto o más bajo y mi voz suena a golondrinas o a murmullo de mar enamorado). Apagas el campaneo, das media vuelta para medir la profundidad de mi sueño con tus labios y tus manos; te respondo con palabras balbuceantes, enlodadas, venidas de las catacumbas del sopor. Me besas los ojos para quitarles las telarañas y el chillido de los murciélagos. Déjame dormir otro poquito, te pido con voz de niño malcriado. Me entierras un beso en la frente o en la mejilla. Abro los ojos, me remuevo entre las cobijas para sacudir las algas o la arena (porque en mis sueños soy la sombra que te sigue en la playa o el agua que se enredan en tu sonrisa), lanzo un “Buenos Días” que se estrella contra la penumbra, te beso los labios que aún saben a humo o melancolía y me enfrento al hecho que es noviembre, que las obligaciones te esperan en la otra orilla de un desierto de hombres temerosos y muchachas que crecen entre la espuma de los gritos, que tengo parcial de Teoría de Cuerpos, que no hay dinero para sobornar la felicidad y que tampoco hay trabajo para conseguirlo. Un burbujeo taladra mi estómago (me cae pesada tanta realidad en ayunas) al tiempo que suena el agua golpeando tu cuerpo; inicio, en ese instante, el retorno a las cavernas del letargo de las que saldré cuando me arrojes la toalla o alguna almohada que la oscuridad tiró bajo la cama…

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Reincidencia

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Una mañana despiertas con aquel tropel de sombras que se enreda en la voz, que te impide caminar, que te incita a quedarte tumbado sobre las arrugas de la sábana. Te levantas, omitiendo las telarañas de tu estado de ánimo, a trabajar con el alma jadeante. En la buseta, poco después, miras los pechos de tu compañera de asiento con la confusa sensación que te recuerdan otros senos (contemplas el tumulto de cabellos peinados de cualquiera manera y las manos que tamborilean sobre la agenda para localizarlos en los recodos de tu memoria). La llovizna que golpea las ventanas te lleva a un atardecer en el Park Way o una noche lluviosa en el Parque Nacional; viene con este recuerdo el aleteo de una sonrisa amplia, los dedos fríos atenazando tu mano, la opresión de unos labios y la certeza de un nombre (ensalmo que repetirás entre compromisos resueltos a medias, entre bramido de buses, a la sombra de la cordialidad protocolaria que te abrió puertas y corazones, al amparo de las palabras que usas para explicar o exponer, nunca para acariciar). Sabes que debes continuar la rutina a pesar que ella y su nombre se atravesarán como cadáveres en medio de las horas, entre minutos sangrantes y segundos agobiados por el peso de la congoja. Miras de nuevo a tu compañera de asiento; le sonríes débilmente; ella te responde con una sonrisa dudosa. Te duele, en ese instante, admitir que has recaído en el mismo amor de callejones del que juraste salir. Vuelves a él como el primer día que la amaste de verdad, sin arandelas ni oropeles, al borde de la noche, rematando un rosario de fatigas, con la mirada y con la mano, acaso en la faena amatoria o después de ella, sin remordimientos ni reflexiones. Olvidas, por tanto, las razones por las que la dejaste o por las que te dejó (nunca supiste quién fue el agraviado; sólo sabes que ella se llevó las camisetas y los pantalones que fueron sedimentándose en las noches, mañanas y tardes de seis meses de relación); del desconsuelo que acorraló el sueño, el apetito y el buen humor; las promesas hechas en todos los estados de embriaguez y en todas las cantinas que circunvalan la oficina y, por supuesto, del silencio que echó raíces en los días lluviosos que empotran, como queda dicho, sus adiestradas marrullerías, su sugerente cintura, sus dedos enamoradizos, entre las largas y penosas horas de agonía (extenso inventario de antecedentes escondidos en el último chiribitil del cerebro con el fin que no entorpezcan el avance del amor que, por efectos de la recaída, se ve diferente, iluminado por una aureola que lo revela ajeno al anterior). La ves, entonces, con un cuerpo más deseable -acaso porque no volverá a ser tuyo-, con ojos más seductores de los que en realidad tiene, con facultades y atributos que nunca ha tenido -y que, probablemente, nunca tendrá-, sin vicios ni defectos. Te atormenta, en consecuencia, que esté lejos de ti, que no puedas tenerla al alcance de la voz, al otro lado de las yemas, que nada le impida entregarse a otros hombres (si acaso no lo hizo minutos después del portazo con el que se despidió de tu vida), que no acceda a tu verbo pomposo -y en no pocas ocasiones lacrimoso-. La buseta, entretanto, continúa internándose en las fauces de la tormenta al tiempo que te hundes en la silla con la esperanza que emerja un rayo que tenga la decencia de partir la buseta de un estallido y te envíe con ella al sueño de los justos…

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He pensado que…

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si tuviera la facultad de crear humanos y circunstancias (es decir, si pudiera ser Dios) me daría a la tarea de producirte en serie: estarías mil veces repetida, serías tú y la que pudiste ser si hubieras nacido en Bogotá, o la que serías si nos hubiésemos conocido aquella tarde de 1999 en la que te esperé en una banca del Park Way sin saber que era a ti a quien aguardaba, o la mujer que habrías sido si estuvieras casada, o aquella mujer altanera, de ciento setenta centímetros de estatura y ojos azules que conocí una tarde en la biblioteca Luis Ángel Arango

(¿no sé si me explico? Quiero decir que si pudiera reproducir mujeres te modificaría los acentos, las formas y las circunstancias, para saber si, a pesar de las variaciones, continuarías sacudiendo con tus besos las migajas de sueño y pereza de las seis de la mañana, si seguirías reprendiéndome por arrugar la ropa, si harías valer las potestades del amor en el instante en el que la oscuridad te enlutece la voz o si tendrías el valor de abandonar tu universo para venirte a vivir conmigo).

Luego abandonaría mi posición divina para volver a ser Diego niño y esperar que el millar de mujeres empiecen a enfurecerse con la anarquía de los libros que abandono sobre la cama, aprender a temblar cuando trazo corazones en la geografía de su espalda, a enardecerse cuando nombro esquirlas del pasado y así hasta que cada una alcanzara el carácter que tienes ahora; en ese instante te amaría mil veces, mil veces me enfurecería por tus reclamos, me reconciliaría mil veces contigo y mil veces le agradecería a la muerte que no te vio, al destino que te puso en mi camino y a los hombres que no supieron amarte (especialmente a ellos)…

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Mínimas (25)

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Aquello que aguarda al amparo del destino y que no logra despeinar los flecos de mi consciencia, aquella presencia que invade las hebras de la brisa, aquella caricia que no alcanza tu mano, aquello que pudo suceder y que aún es posible que suceda de no ser porque reprobarías que sobreviniera, es tan real, tan lleno de vida, que me asombra que no escuches sus latidos cuando te entregas a la penumbra, que no te conduelas de su tristeza galopante, del dolor que rasguña los abriles lluviosos con su aguijón de amargura, como lo hago yo en los amaneceres en los que deseo abatir el crepúsculo de tu nombre…

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Espectro

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Después de tantos años de frecuentarte he llegado a la conclusión que no estás hecha de entelequias ni del cobre de la certidumbre, así como tampoco eres carne corruptible, espíritu insobornable ni la incierta amalgama de las dos. No eres resplandor o sombra, semilla o tierra, lluvia o brisa, aunque vienes con ellas, aunque huyas en sus pliegues. No eres el producto de las fiebres reumáticas, no estás escrita en las líneas del café ni en las cenizas del cigarrillo, tu futuro no está documentado en las estrellas ni tu pasado es motivo de investigaciones. No eres una sonrisa luminosa, un recuerdo cenagoso, una libido anárquica ni el nervioso promedio de todas ellas. No le perteneces a los hombres que han invadido las tinieblas de tu corazón, a tus amigos que te vigilan cuando te enganchas en las serpentinas del alcohol ni a las amigas que te sugieren caminos… eres, tan sólo, el producto de mi imaginación, de la vorágine de las evocaciones, de esta vanidad sin tropiezos, de estas manos que sólo sirven para trazar ecuaciones en el tablero o círculos en la piel de la tierra, de las palabras que te transforman en traidora o en ángel, que tiñen tu cabello de rojo, que te facultan a sonreír; eres, en última instancia -y casi exclusivamente-, de quienes te suponen real cuando me leen, de quienes te aman cuando eres bondadosa o te odian cuando haces sufrir, de las personas que esperan tu próximo trance y de quienes me saludan y no se atreven a preguntar por tu existencia pero que fabrican tus ojos, la curva de tu cintura, el olor del cabello en las incertidumbre del silencio…

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