Diego Patiño

Hay quienes se ufanan de tener cientos de amigos en todas las regiones del mundo. Otros, más cercanos a las rutas virtuales, dicen que tiene mil contactos en Facebook y otro tanto en Hi5. Siempre que oigo a una persona decir eso me nace la misma pregunta: ¿Habrá, acaso, alguno entre sus miles de amigos, que sepa cómo se llama su mamá, cómo conoció a su novia, si se siente deprimido o alegre, etc.?

Me pregunto esto porque las personas tienden a pensar que amigo es todo aquel con el que entabla conversaciones protocolarias, o se va ocasionalmente al estadio o a pasear. Con estas personas, a quienes podríamos llamar compañeros, están vinculadas siempre y cuando el lazo que los unió no se rompa. Es así que uno no vuelve a saber nada, o casi nada, de los compañeros de la universidad una vez se salió de esta. Los amigos, al contrario de los cómplices, socios, camaradas o colegas, siguen ahí a pesar de los años y la distancia. Sé que suena a frase de cajón, pero es cierto. El sentimiento de amistad no se menoscaba por el trote de los años ni por la acumulación de kilómetros. Todo el que ha tenido amigos sabe a qué me refiero.

Pues bien, Diego Patiño es uno de mis amigos. Lo conocí en el año noventa y uno cuando contábamos con once años de edad. Él era lo que los profesores denominan alumnos problema. Recuerdo que era altanero y que contestaba ramplonamente a los profesores (nunca olvidaré cuando le dijo a la profesora de español que no entraba a su clase porque era muy aburrida). En séptimo a él le correspondió el 704, en tanto que a mí me tocó el 705. En octavo volvimos a encontrarnos en el 801. En este curso, junto con otros cinco compañeros (Walther García; Humberto Suarez; Miguel Aguilar, más conocido como EL Negro; Diego Navarrete y Nabyl Cortes) conformamos un grupo de siete “gonorreas” que hasta el día de hoy sigue unido. Ese año, como dato curioso, el juicioso de la agrupación era Diego Navarrete gracias a estar repitiendo el curso (en décimo, si no me falla la memoria, estaba Gustavo Navarrete, su hermano, repitiendo ese grado).

En once, para abreviar el cuento, nuestra amistad encontró dos catalizadores idóneos: el billar y el alcohol. Una noche fuimos a jugar Diego y Gustavo Navarrete, Patiño, y yo billar. Los hermanos Navarrete nos dieron una paliza ejemplar. El sábado siguiente decidimos ir a entrenar el esquivo deporte en unos billares de mala muerte. Estuvimos toda el día tacando hasta que empezamos a entender las dinámicas del juego. El lunes siguiente invitamos a la mancorna de oro a jugar en el billar de mala muerte en el que entrenamos. Después de una hora de juego, en un final de infarto, les ganamos por una o dos carambolas. Hay que decir, en honor de la verdad, que nos ayudó el hecho que empujábamos la mesa de billar cuando ellos tacaban (el billar era tan de mala muerte que las mesas no eran firmes; algunas, incluso, descansaban sobre hileras de ladrillos). Desde esa inolvidable victoria visitamos los billares todos los días de clase. Aunque había veces que saltábamos el muro para llegar más temprano, la hora de llegada era a la una de la tarde y la de la salida variaba según el ánimo del garitero (el día que más tarde salimos fue a las diez de la noche).

El alcohol no fue tan frecuente como el amado billar. Quizás la borrachera más memorable de aquellos días se protagonizó el diecinueve de octubre. Después que Castro arrastró, embarró, le echo huevos y le lanzó la camiseta de Patiño a las ruedas de un bus fuimos a mi casa a beber. El trago con el que llegaron el Negro, Patiño y Nabyl era un brandy barato e indigerible llamado Faena. Después de la tercera botella el brebaje empezó a bajar sin dificultad por el gaznate escaldado. Cuando consumimos las cinco botellas fuimos a conseguir más trago barato. A dos cuadras de la casa conseguimos un aguardiente que valía mil doscientos la botella. Compramos tres botellas y nos fuimos a la casa a rematar la borrachera.

Sólo una vez, en los cerca de dieciocho años que nos conocemos, nuestros gustos coincidieron en la misma mujer. Se llamaba Abigail pero le gustaba, por alguna razón incomprensible, que le dijeran Doris. La invité a una de las decenas de fiestas que Patiño organizó en su casa. El objetivo era, como todos sospechan, “levantármela”. Cuando se la presente a Patiño entendí, sin embargo, que había cometido un error inmenso: los ojos de los dos brillaron cuando se dieron la mano. Después de una hora de monopolización, Patiño la saco a bailar. A la tercera pieza de baile se estaban besando. ¡Nada que hacer!

En diciembre de ese mismo año (1999) Patiño se fue a Francia y con él se fue un fragmento de mi pasado. Las cosas nunca volvieron a ser las mismas: las fiestas eran más insípidas, las bebetas eran, o más frenéticas o más lentas, nunca con el ritmo adecuado y las tardes de ocio se tornaron grises. El tiempo, a partir de su ausencia, empezó a masticarnos transformándonos en personas extrañas a aquellos adolescentes que derretían sus tardes en billares hundidos en el humo y el alcohol.

En noches como la que está precipitándose ahora mismo sobre Bogotá caminábamos por la calle sesenta y ocho sin un peso en el bolsillo, pero con el corazón alegre de las victorias conseguidas mediante carambolas alucinantes o gracias “chochazos” inconfesables. Es por ello, y porque está cumpliendo años, que decidí escribir en su homenaje.

Patiño: desde este rincón del mundo deseo que todas las estrellas encuentren el camino de su casa y que todos los fantasmas huyan con el repiqueteo del piano, el serpenteo de la trompetas y el martillar del los timbales de Tito Puente.

¡¡Feliz Cumpleaños!!

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6 comentarios

Archivado bajo colegio, evocaciones, General

6 Respuestas a “Diego Patiño

  1. capitana666

    Que bonito homenaje a un amigo, lleno de recuerdos de tiempos pasados, y es que cuando arrancan de nuestro lado a alguien a quién apreciamos, siempre nos duele, como si se nos fuese un trozo de alma con esa persona, aunque siempre quedará vivo el recuerdo, por suerte es sólo un “hasta luego”.

  2. Diego Niño

    El grupo de amigos ha tenido que sobrellevar dos tipos de ausencias: la del viaje al otro lado del mundo (Patiño) y la del amigo que se va al otro mundo (Nabyl). En las dos ocasiones los que nos quedamos nos hemos unido en torno a la ausencia y hemos salido adelante.

    Un abrazo desde la fría Bogotá

  3. Diego Navarrete

    Escribiré simultáneamente en los blogs de mis entrañables amigos Diego Patiño y Diego Niño. Lo hago porque, aunque siempre están presentes (junto con Walter, Humberto, El Negro y Nabyl), quiero aprovechar la celebración del cumpleaños de Patiño para decir algunas cosas.

    El jueves en la noche salí de mi trabajo con el ánimo en el suelo sin saber por qué. A pocas cuadras de mi casa vi que venían caminando Maria José (la mujer de mi vida), Diego Niño (uno de mis mejores amigos) y Pepa (nuestra hija adoptiva de cuatro patas). Me dio tanta alegría que se me olvidó por completo que venía desanimado. Esa noche fuimos a la inauguración de una exposición de arte en la Macarena, en la que regalaban cerveza italiana y sangría.

    El domingo pasado tuvimos partido de fútbol con el equipo en el que estamos El Negro y yo, y desde ese día Humberto. Siempre que veo al Negro me alegro mucho, pero hacía mucho tiempo que no veía a Humberto, así que la emoción fue mayor. Cuando nos estabamos poniendo el uniforme estuvimos charlando de Patiño porque ese mismo día era su cumpleaños y, aunque ninguno lo mencionó, todos deseabamos que estuviera con nosotros en ese instante, alistándose para jugar y hablando de cualquier maricada que nos hiciera reir.

    Mi hermano: si su desición es volver, lo estaremos esperando con los brazos abiertos, a usted y a Josianne; y si su desición es irse a Canadá, usted sabe que sus amigos siempre estarán con usted y lo esperarán, así mismo, con los brazos abiertos.

    Un abrazo enorme,

    Diego Navarrete

  4. Diego Niño

    Diego tiene razón: esté donde esté siempre tendrá lugar en nuestra memoria y nuestros brazos siempre estarán abiertos esperándolo.

  5. Diego Patino

    Gracias al todopoderoso, que somos amigos;
    lo que mas me gusta es poderme acodar de todo lo que vivimos juntos, lo mejor es que mis recuerdos a veces son solos fragmentos de un magnifico momento vivido a lado de ustedes,
    gracias a dios que existe la Fania y Hector lavoe, y unos cuantos mas, fruko; el gran combo, angel canales, la sonora matancera y la sonora ponseña; todos ellos me traen a cada melodia uno de ustedes,
    “es tarde ,ya me voy mi negrita me espera!!!”;
    esta frase me hace pensar a todas la veces que estuvimos cito:”azotando baldoza inde dance floor mis perros”;

    hoy vi una pelicula que se llama “Youth Without Youth” de Francis Ford Coppola; la verdad no entendi mi m…; lo unico que creo que capte ,es que al final de su existencia, la ultima cosa que hace el personage principal es ver a sus amigos de toda la vida, en el bar favorito de su ciudad natal;

    yo creo que eso es lo que mas deseo !!!

    Saludos mi Perrito, y gracias

  6. Diego Niño

    Ya que habla de la canción de Ismael Rivera, ¿se acuerda una vez que saque a bailar a una vieja loca esa canción? Aún me acuerdo que Nabyl no sabía si reírse o ponerse rabón con la nena.

    Cada vez que nos vemos, sin importar el lugar, la vida reverdece, volvemos a ser adolescentes. Desde que usted se fue siento que envejezco con una rapidez pasmosa. No lo digo solamente porque me han dado una docena de enfermedades sino porque cada vez me parezco menos al adolescente que se burlaba de todo y de todos.

    Todo bien mi perrito que el otro año las cosas se enderezarán. Y no hay nada que agradecer, ¡fue con todo gusto!

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