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Añoranza

atardecer

(Fuente de la imagen)

Con la dulzura de tus dieciocho años sembrabas geranios en el tedio de la tarde y tu cuerpo de palmera encendía las pajizas miradas de tus compañeros. Yo, por el contrario, cargaba con dificultad una edad que, a fuerza de golpes y magulladuras, me quedaba pequeña.

Después de seguirte con la mirada por pasillos y pastizales el tiempo nos condujo al mismo callejón gris. Y fue justamente en esa calleja dónde las palabras se hicieron nubes y las miradas se transformaron en puentes que se perdían en el horizonte. El rincón plomizo se transformo, por tanto, en una sucursal del Olimpo con sueños danzantes y héroes de iluminado entendimiento. En aquello días tu mirada, dulce por axioma celestial, se incrustó en los cancerígenos pliegues de mi melancolía con la firmeza del rayo. Mis palabras raídas por el uso se incrustaron, a su vez, en la blanda comarca de tu corazón (esto no lo sé de cierto, pero lo supongo). El caso es que un día el mismo tiempo que nos unió decidió arrojarnos a caminos divergentes: a ti te envió a praderas azucaradas y a mí me lanzó a contornos espinosos. Desde ese momento no existe atardecer en el que no te vea caminar en busca de la sombra de los árboles; luego de rastrearte con la mirada, evoco las mañanas luminosas en las que compartimos arco iris y su repentina interrupción; en ese instante me derrito en palabras acuosas que lanzo a la brisa con la esperanza que te lleguen; doy media vuelta y continúo alambrando la cárcel que nos separa…

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Caballo viejo (Simón Díaz)

Con el farallón desmoronándose bajo mis pies contemplo tus ojos alumbrando el vacío del pasado y las experiencias inútiles que este trajo. En tu juventud examino, asimismo, el vigor que se desmenuza en los engranajes del tiempo y el talento que se evapora por las comisuras del viento.

Lo anterior, sin embargo, no perfora el afecto que nació aquella mañana que entraste por la puerta blanca para guiarme por los recovecos de las particiones con tus manos de astromelia, ni frena el campaneo de mi corazón cuando el destino nos concede dos minutos de tregua.

Estas palabras acudieron a mi mente cuando el rumor de la composición de Simón Díaz llego a las bordes de mi aliento. Sea, pues, esta canción un homenaje a tu vibrante lozanía y a la alegría que esta trajo a mis días.

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