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Elogio a la embriaguez

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Voy a confesarles algo sumamente vergonzoso: llevo 1974 días sobrio. Es lamentable ver cómo la falta de alcohol ha afectado mi vida: primero llegó el sueño tranquilo, luego arribó el apetito y, al final, llegó la sensatez. Sí, como lo oyen: ¡me volví sensato! Yo que antes rodaba por el mundo sin más objetivo que el de embriagarme hasta perder el sentido he caído en las redes de la cordura. Ha sido tal el equilibrio al que he llegado, que en algunas ocasiones he pensado graduarme y conseguir un trabajo estable. ¿En qué cabeza enferma, ¡por Dios santísimo!, cabe una idea de este calibre? Terminar la universidad y luego trabajar… Já, Já; déjenme reírme de este despropósito. Como si trabajar (y esto suponiendo que concluir la universidad conlleva necesariamente a conseguir empleo) convenciera a la felicidad de arrimarse; el trabajo, al contrario de lo que piensan los teóricos, rechaza la felicidad como si se tratase de una perra sarnosa. Si no me creen les insto a que se paren en la puerta de una fábrica o de una oficina al término de la jornada para que contemplen el rostro de la tristeza y la frustración. Sus semblantes invitan a la compasión y a la piedad. Es tan grande su dolor que los viernes, cuando se liberan de sus obligaciones, corren a bares y tabernas a hundirse en los afectuosos brazos de la embriaguez.

Después del primer año sin alcohol, como les venía diciendo, la melancolía empieza a crecer en las comisuras del aliento hasta invadir el cerebro. Al tercer año se olvidan los improperios y la descortesía es asunto del pasado. Al cuarto año el amor se transforma en un objeto incompatible con el ardor que burbujeó en las noches etílicas. Al quinto año, como dije al comienzo, la cordura invade la razón. Al décimo año, dicen los expertos, el alma se apaga y la voluntad se desmorona como un castillo de arena.

Un mundo habitado por entes sin voluntad, sumidos en la melancolía y arrodillados ante la sensatez estaría condenado a la extinción: para crear y conquistar es necesaria la pasión que inyecta el alcohol. Alejandro Magno no hubiera salido, por ejemplo, de Pela a conquistar el mundo sin la ayuda del vino, ni William Hamilton hubiera construido la maravillosa teoría de los Cuaterniones sin la ayuda del Whiskey. Ni que decir del definitivo impulso del alcohol al arte.

Lo anterior demuestra que el verdadero combustible del progreso no es, ni de lejos, la necesidad; el verdadero carburante de increíbles hazañas y de descubrimientos asombrosos es el alcohol. No entiendo, por tanto, porque desconfían tanto de él. Es cierto que hay algunos hombres y mujeres a los que el espíritu del trago los lleva a senderos poco recomendables. ¿Piensan, acaso, que el egregio elemento se nos da gratuitamente? Por supuesto que no. Debemos cubrir el importe con algunos chispazos de miseria y de violencia intrafamiliar en algunos países subdesarrollados. Pero este precio es irrisorio comparado con las ventajas ofrecidas por avance de la humanidad. Si los anteriores argumentos no lo han convencido aún lo invito a que se imagine un planeta gobernado por borrachines, con su nariz roja y su intrincada conversación. No me puede negar que es mejor que un mundo administrado por avaros, ¿o sí?

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