Archivo diario: octubre 15, 2008

Acotaciones sobre la crisis financiera

No hay noticiero que no se pronuncie sobre la crisis financiera ni hay vecino que no esté alarmado a causa de esta. Los analistas económicos anuncian, asimismo, desde sus casas (o parques públicos si estas no son presentables) a los televidentes el advenimiento de un apocalipsis económico sin precedentes. Los telespectadores, contagiados más del semblante apesadumbrado de expertos y presentadores que del contenido de sus exposiciones, sacan los ahorros de los bancos y los dejan bajo los colchones, al lado de las estampas de San Ambrosio.

¿Acaso, me pregunto ante el desconcierto general, alguien sabe qué pasa y por qué hay que temer? Después de un interrogatorio a vecinos, compañeros de universidad y familiares he llegado a la conclusión que es bastante poco lo que se sabe sobre la crisis financiera. Ante este panorama creo que es necesario hacer algunas aclaraciones sobre el particular.

Lo primero que hay que saber es quién fue el causante de la debacle. Algunos analistas han acusado al señor Alan Greenspan, director de la Reserva Federal de los Estados Unidos (FED) en el año 2003. Este señor, asustado por la inminencia de la deflación, bajo el precio del dinero hasta el 1%. Esta medida incidió en una relajación del crédito (las tasa de interés bajaron sustancialmente) y una inyección masiva de liquidez. (¡Uff, qué maravilla: billete por todas partes y la tasa de interés por el piso!, se decían los ciudadanos Estadounidenses).

Pero acá empieza el problema: si la tasa de interés es baja, el margen de utilidad de los bancos es, asimismo, bajo. Las entidades bancarias, ante esta disyuntiva, se encaminaron a las hipotecas ya que estas tienen una tasa ligeramente más alta que la del crédito normal. Para que el negocio funcionara había que cautivar a un número considerable de clientes. Para hacerlo los bancos extendieron créditos hipotecarios a personas que no podían endeudarse (incluso se llegó al límite de conceder créditos a personas que mentían sobre sus ingresos). La condición que el banco ponía a los beneficiarios de la hipoteca era que, gracias a ser de “alto riesgo”, la tasa sobre el crédito debía ser “levemente” superior a la que tenían las personas “confiables” y esta sería, además, variable (algo inédito en EU).

Después, para diversificar el riesgo, mezclaron diferentes tipos de hipotecas y activos en bonos y los colocaron en el mercado de renta fija. En este momento todos estaban felices: el consumidor porque tenía hipotecas baratas; los bancos porque tenían clientes y se podían deshacer de las hipotecas por vía de los bonos y los tenedores de bonos, porque tenían numerosos activos a su disposición que, además, podían asegurar sin problemas, porque las agencias de calificación de riesgos, que miden la solvencia de las emisiones, daban a esos títulos calificaciones excelentes.

La fiesta, como toda celebración que lleva algunas horas de ejercicio, empezó a enredarse en su propia dinámica: los bancos sacaron de sus balances las hipotecas vendiéndolas a los “conduits” (dependencias de los bancos que son, sin embargo, independientes jurídicamente de ellos). A lo anterior se le agrega el hecho que las entidades bancarias se prestaron plata entre sí utilizando como garantía los créditos hipotecarios, además que los “hedge found” (fondos que no regulados) se endeudaban usando los mismos bonos como garantía. En otras palabras: todos estaban comprando, vendiendo y asegurando bonos muy peligrosos y, a su vez, se estaban endeudando usando los mismos bonos como garantía.

En el año 2004 el crecimiento de la inflación empujo al FED a subir las tasas de interés. Estas subieron gradualmente hasta llegar en el 2006 al 5.6%. Esta alza arrinconó a los deudores hasta obligarlos a entregar sus propiedades. Las entidades hipotecarias y financieras que tenían estas carteras empezaron a ver, por tanto, cómo los ingresos mermaban proporcionalmente al volumen de predios devuelto. Este agotamiento de capital los impulsó, asimismo, a solicitar préstamos a sus hermanos bancarios; estos, al ver que miles de personas perdían sus casas, decidieron no otorgarle los empréstitos ya que no existía ninguna garantía que les pagaran (los bonos que respaldaban la deuda no valían un centavo). Esto, como es obvio, los empujó a estas entidades a la quiebra.

Pero el problema no terminó con la ruina de las entidades hipotecarias: después del desplome la desconfianza revoloteó en el aire ya que nadie sabe cuáles bancos están en quiebra (recuerden que esa información no está disponible gracias a que las hipotecas se vendieron a los “conduits”), y por tanto no le prestan a nadie (no le dan crédito, incluso, a las empresas que están fuera del circuito financiero).

Es en este punto en el que la mayoría de los bancos centrales inyectaron inoficiosamente dinero a la economía con la esperanza que se destrabara el mercado: nadie, a pesar de la irrigación masiva de capital, ha querido invertir -y no es para menos: la crisis ha costado más de 700.000 millones de euros al sector financiero-.

¿Este cuadro afectará a los colombianos? Mi escaso conocimiento en la materia me dice que si los bancos y las empresas colombianas recurren, cuando tienen problema de liquidez, a los bancos norteamericanos, y si estos, como se dijo atrás, no le están prestando a nadie, significaría que podría haber una baja en la producción (ya que no habrá dinero para hacer nuevas inversiones) y un alza en las tasas de interés de los préstamos (el banco buscará liquidez en los ahorradores que solicitan créditos). No habría, además, florecimiento de pequeñas y medianas empresas ya que ellas nacen y crecen con el crédito de los bancos, y puesto que la tasa de este es muy alta, no tendrán acceso a él por insuficiencia de fondos.

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Retrato onírico

Hoy me desperté con la imagen de una mujer tallada en los surcos de mi memoria. Estaba sentada en una sala iluminada por bombillas que destacan de la cuadrícula del techo. Su cabello, negro como la noche, se divide en dos flancos; en el margen derecho el cabello viaja en olas desde la frente hasta le mitad la mitad del pabellón derecho; el izquierdo, entre tanto, baja, cual catarata fuliginosa, por la frente curvándose en las cejas hasta desvanecerse detrás de la oreja izquierda. Su mirada se debate entre la picardía y la seducción. Los ojos descansan sobre dos almohadillas engendradas por una sonrisa a mitad de camino. En la punta de la nariz nace el paréntesis que recluye la boca que se inclina peligrosamente hacia la izquierda. El ángulo de los labios, además, labra vagamente en la mejilla izquierda un hoyuelo. El maxilar se apoya en un mechón de cabello trincado por un caucho fucsia; el tercio de cabello que está libre se trenza en una suerte de tormenta que concluye sobre la camiseta verde. El mechón, a su vez, reposa sobre el hombro izquierdo, muy cerca de un lunar negro. El hombro derecho, por su parte, está tenso gracias al trabajo que entraña sostener el brazo en la incómoda posición en la que se encuentra. Del cuello desciende una cadena de plata que sostiene un ídolo inextricable. La cadena y a la estatuilla están circunscritas en la semicircunferencia del cuello de la camiseta. El brazo izquierdo brilla a causa del destello de las bombillas y el izquierdo está sumido en la sombra que proyecta la cabeza sobre él. Con la mano derecha sostiene un vaso de vidrio surcado por el reflejo de dos líneas rojas…

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